La Mezquita Al-Aqsa no es la «mezquita más lejana» mencionada en el Corán

Uno de los símbolos más aireados por los árabes para justificar su reclamo en el sentido que Jerusalén es el tercer lugar sagrado del islam es la mezquita Al-Aqsa, que significa la «mezquita más lejana» – sobre la cual hay pruebas sólidas que confirman que fue construida sobre las ruinas del Templo de Solomon. Según esta nueva teoría, impulsada con especial ímpetu después de 1967, cuando Israel recuperó Jerusalén durante la Guerra de los Seis Días, Mahoma dirigía las plegarias hacia dicha mezquita hasta que, al decimoséptimo mes de su peregrinaje de La Meca a Medina, Alá le ordenó que las dirigiera hacia la Kaaba, en La Meca.

Sin embargo, según se deduce del Corán, Al-Aqsa no está ubicada en Jerusalén, sino que más bien sería una de las dos mezquitas situadas cerca de la aldea Ji’irrana, ubicada entre La Meca y Taaf, en la Península Arábiga, en lo que hoy es Arabia Saudita. Los textos sagrados musulmanes hablan de dos mezquitas: Al-Adna, que significa la «mezquita más cercana»; y Al-Aqsa, que significa la «mezquita más lejana» y supuestamente es la que aparece en el sura 17:1 que dice: «Exaltado es Aquél que llevó a su Siervo de noche desde la Mezquita Sagrada (La Meca) a la mezquita al-Aqsa (la lejana), cuyos alrededores hemos bendecido, para mostrar el de nuestros signos». Sin embargo, Al-Aqsa fue construida en el año 692, después de la muerte de Mahoma, por el califa Abd el-Malik. Por lo que está claro que es imposible que el profeta se refiriera a Al-Aqsa de Jerusalén simplemente porque aún no existía.

Otro aspecto que hay que tener en cuenta es que, en el año 682, cincuenta años después de la muerte de Mahoma, Abdullah Ibn al-Zubayr de La Meca, que era el sobrino de Aisha, la tercera esposa del profeta, se rebeló contra los omeyas que gobernaban Damasco y les prohibió la peregrinación a la ciudad sagrada, imposibilitándoles de esa forma cumplir con uno de los cinco mandamientos musulmanes básicos. Debido a ello, los omeyas se vieron obligados a elegir la mezquita Al-Aqsa de Jerusalén como lugar de peregrinación, alterando la interpretación coránica en el sentido de que el viaje celestial de Mahoma se había dado allí. Es por eso que hoy en día los sunitas consideran Jerusalén su tercera ciudad sagrada. En lo que concierne a los chiitas, ellos no aceptaron la versión anterior, por lo que su segunda ciudad más sagrada después de La Meca es Najif, en Irak, donde está la tumba de Ali bin Abi Talib, el fundador de esta rama del islam. Fue después de la revuelta iraní de 1979 cuando algunos chiíes, iraníes e integrantes de Hezbolá empezaron a decir que Jerusalén era una ciudad musulmana santa para evitar que los sunitas los tacharan de aliados de los judíos.

Pero que la mezquita – como tampoco la Cúpula de la Roca y la propia ciudad de Jerusalén – no tuviera importancia alguna para los árabes antes de 1967 lo confirman, entre otras, las fotos de Bonfils Studio Beirut de 1875, en las que se aprecia lo mismo que describieron los viajeros que visitaron la región y cuyos testimonios dibujan una tierra donde reinaba la maleza – aunque en dichas fotos sí se ven judíos rezando al Muro de los Lamentos.

Otro punto que aclara las cosas es que, cuando Mahoma visitó Jerusalén, ya era la ciudad sagrada del judaísmo, por lo que no podría ser la ciudad sagrada del islam también. Y, como si fuese poco, en el año 632, cuando falleció Mahoma, Jerusalén estaba ocupada por los cristianos y no había ninguna mezquita allí, hecho confirmado por el Dr. Manfred R. Lehmann. Entonces, si ni las escrituras sagradas del islam ni la historia afirman que Jerusalén es una ciudad islámica, ¿a qué se debe el ímpetu de los musulmanes de hoy en día de afirmar que sí lo es? Y más aún: ¿por qué gastan los políticos europeos el dinero de los contribuyentes europeos para defender una farsa?

 

Síntesis de mi libro La conexión entre el radicalismo islámico, el nazismo, el Vaticano y la ONU

 

 

 

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