Amor y sexo

 

Para muchos, yo incluida, amor y sexo son lo mismo; para otros tantos, son cosas bien distintas, aunque se pueden complementar de una forma más que bonita. Este post no es para comprobar quién tiene razón, sino para expresar de una forma más explícita lo que dije ayer en unos comentarios en otro post de por aquí.

Mi opinión es que el próximo salto evolutivo de la humanidad no requerirá solamente de cooperación, en lugar de competición, dentro de nuestra sociedad, sino también de la consciencia de la enorme fuerza que yace en todos nosotros, que es la energía sexual y que, mal usada, suele causar estragos (que muchos ni siquiera la identifican como causa de los mismos). Hoy en día no ha mejorado mucho nuestro concepto sobre la sexualidad en comparación con las pasadas centurias, sino que solo se ha desplazado al polo opuesto y hemos pasado de la represión sexual impuesta por la Iglesia durante casi dos milenios, que fue causa de enfermedad (especialmente álmica) no solo a nivel individual, sino especialmente a nivel de sociedad, al actual «amor libre», que es como algunos llaman a la incapacidad de domar su propio instinto sexual y que de libertad nada tiene, ya que solo se puede ser libre cuando nadie ni nada te condiciona o domina, el impulso sexual incluido.

En la cultura occidental el sexo fue anatemizado durante siglos y el conocimiento que tenemos al respecto de esta enorme fuerza es bastante escaso. Sin embargo, el caso es distinto en las culturas orientales, de las que se inspiraron en cierta medida algunas corrientes esotéricas occidentales que sí han desarrollado una ciencia milenaria muy exacta sobre este tema, aunque a veces no se difunde de una forma muy correcta ni honesta. Llámese Tantra rojo, llámese Alquimia sexual, o cómo quieran, los antiguos nos dejaron bien trazado el camino hacia la trascendencia por medio de la más placentera de las formas que existen: la sexualidad. Porque lo mismo que se puede conseguir por medio de complicadas y prolongadas técnicas psico-físicas, se puede conseguir por medio del uso consciente de nuestra energía sexual.

Escuetamente explicado aquí, ya que hay voluminosos libros y gruesos tratados sobre el tema que cualquiera puede estudiar tranquilamente, la energía sexual del ser humano es lo mismo que su energía creativa, tanto a nivel físico-material como en el plano de las ideas u otros aún más sutiles aún. Sabiamente usada, la energía sexual no solo que es un catalizador que ayuda a materializar ideas en el plano terrenal, sino que, además, es capaz de despertar e iluminar al ser humano cuando se eleva desde la base de la columna vertebral, donde se ubica cuando está en estado latente, hasta la coronilla y por encima, formando un puente de unión entre el hombre y la Divinidad. Hay muchas técnicas para conseguirlo, desde el Tantra rojo que utiliza el sexo, o el Tantra blanco, que es el Kundalini Yoga, una serie de ejercicios psico-físicos no sexuales pero que tienen resultados parecidos, hasta métodos menos transparentes, pero igual de recomendables, como los empleados por diferentes escuelas iniciáticas y que yo resumo como «alquimia sexual». Los que prefieren crear su vida a la carta en función de sus deseos y saben trabajar con su energía sexual, lo consiguen por medio de ciertas técnicas y el resultado suele ser bastante mejor si en el acto ha participado una pareja, y no solamente un individuo. Los como yo, que prefieren evolucionar fluyendo por entre los obstáculos que les presenta la vida y aprender de ello por medio de la experiencia directa, no la usan para este propósito, sino para aumentar su creatividad, salud y vivir en un optimo estado de ánimo. Está claro que ni lo primero ni lo segundo son metas fáciles, sino todo lo contrario, y hacen falta años de practica para conseguirlo, a veces cruzando verdaderos abismos que la vida nos presenta para ponernos a prueba y hacernos evolucionar a toda pastilla.

Sin embargo, usada a la ligera y sin consciencia, la sexualidad puede volverse una vía hacia el infierno, eso sí, de las más placenteras posibles (debido a ello muchos no la identifican como tal), pero no por ello menos destructiva. Una consecuencia de la Ley de equilibrio es que, si algo te puede regalar el Cielo (y la sexualidad consciente sí lo hace), también te puede bajar a las tinieblas. De lo anterior nos advirtió incluso la Biblia judeo-cristiana cuando se refirió a la lujuria como uno de los pecados capitales, junto al asesinato, por ejemplo. «Pecado capital» es una expresión fuerte, porque se refiere a algo que puede matar, que va bastante más allá de los problemas habituales que desembocan de un mero asunto «de cuernos» y muchos no entienden cómo puede matar la lujuria y por qué puede ser tan peligrosa. No hay suficiente espacio aquí para detallar el tema, pero principalmente la lujuria es peligrosa no porque mata el cuerpo, sino porque mata el alma (tanto del que la inicia como del que la acepta debido a su incapacidad de autocontrol y de decir «no»), un proceso muy sutil y que, generalmente, es irreversible o de muy difícil recuperación.

Los que se toman el sexo a la ligera lo hacen porque su visión está cerrada aún y no perciben sus efectos, que van desde impregnarse a nivel energético de la esencia del otro (en algunas jergas se usa la expresión «intercambio de karmas», y a ver qué «karma» coges y de quién…), hasta perder la capacidad de amar verdaderamente, que a su vez degenera en la pérdida del alma de la que hablaba antes, porque la única vía de ir de cabeza hacia la inexistencia, al vacío total que en la Biblia se llama «infierno», es no amar, vivir sin amor. Por ello, cuando alguien me habla del «amor libre», y de paso me mira como si no comprendiera la vida, o no fuera de este mundo, lo único que pienso (y a veces también expreso en voz alta) es: «Estás confundido con el sexo, con el amor y con la libertad. No tienes ni puñetera idea de lo que significa ninguno de ellos y lo que de verdad te pasa es que eres incapaz de controlar tu pene. Por lo que, en lugar de asumir y corregir un fallo que solo cometen los hombres aún en pañales desde el punto de vista sexual, te parece que el asunto se vuelve más interesante y moral si lo llamas presumidamente “amor libre”». Eso si el hombre tiene más de 40 años de edad, porque hasta entonces la personalidad del ser humano aún no está formada del todo («No escribas un libro ni hagas un niño hasta los 40 años», reza un antiguo dicho chino) y hasta esa edad puede ser comprensible y perdonable la incapacidad de regir tu ser, el pene incluido. Me he referido a los hombres porque hablo desde el punto de vista de una mujer, al ser yo misma una, y también porque la lujuria suele ser más habitual en los hombres que en las mujeres debido a cuestiones fisiológicas. Pero lo anterior es válido para las mujeres también, con las oportunas correcciones de expresión.

En realidad, el amor verdadero siempre es libre, porque amor y libertad son casi sinónimos desde un cierto punto de vista. Pero no se trata de esa libertad a la que se refiere la mal usada expresión actual de «amor libre» y que solo puede conducir a algo parecido a lo descrito por Aldous Huxley en su libro Un mundo feliz – para quién no lo ha leído, os dejo abajo los enlaces del libro y de la película:

https://www.amazon.es/dp/B07Z466GKS/ref=dp-kindle-redirect?_encoding=UTF8&btkr=1

https://www.youtube.com/watch?v=Zl23rBCw3W8

En el mundo descrito por Huxley, el sexo ha perdido toda su trascendencia (igual que para los practicantes del «amor libre», o de la lujuria, que viene a ser lo mismo) y ya no es la manifestación genuina del amor del alma, lo cual es su verdadera y esencial función, sino que se ha vuelto un remedio para descargar tensiones, que incluso puede ser regulado por medio de un aparatito capaz de hacerte sentir orgasmos más o menos intensos, según el deseo de momento. De paso, en la película se considera responsabilidad social acostarse con cuantos más, mejor, por un extraño deber de satisfacer las «necesidades» de la sociedad. El sexo se ha vuelto una «necesidad» y ya no tiene nada que ver con el amor, e incluso es vergonzoso concebir hijos por medio del sexo. Allí es donde se llegaría si quitáramos el amor al sexo: a un extraño nuevo orden social que, en cierta medida puede parecer atractivo porque ha conseguido solucionar muchos de los problemas de nuestra sociedad, el impulso sexual incluido. Sin embargo, a ese orden le hace falta eso que más diferencia al ser humano de los reinos de vida inferiores: el libre albedrio, la compasión y el amor (el amor sexual incluido).

No sé si he conseguido expresar bien mi idea, es imposible hacerlo en un espacio tan reducido. Lo anterior es mi punto de vista y desde luego que para nada condena a nadie. En el sexo todo está permitido si ambos (o todos) los integrantes lo aceptan y disfrutan. Todos nos hemos equivocado alguna que otra vez y, muy probablemente, muchos lo volverán a hacer, porque la carne es débil y no es fácil domar y controlar el fuerte impulso sexual, especialmente en el caso de los hombres (las mujeres debemos ser comprensivas con ellos en este sentido, pero sin que ello se pase de cierta raya y se vuelva tóxico para nosotras y también para la relación). Es difícil ser dueños absolutos de una maquinaria tan perfecta y aun no comprendida del todo, que es el cuerpo humano. Pero por lo menos intentarlo y, desde luego, nunca vanagloriarse de nuestros fallos, que es lo que algunos practicantes del «amor libre» hacen, ya que una disfunción sexual o un fallo volitivo nada tienen que ver con el amor ni menos aún con la libertad. Considero que, igual que hay que manifestar consciencia en todos nuestros actos y en cada momento de nuestras vidas, si queremos crecer, superarnos e incluso trascender nuestra débil condición humana, de la misma forma hay que manifestarla en el sexo y, principalmente, en el amor.

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