Bendito océano que bendijo mi vida…

El océano se envolvió perezoso en su manta de aguas y espuma, preparándose para ensoñar, como cada noche.

– Los días y las noches son como segundos para ti – pensé. Dentro de tu eternidad, las pobres vidas humanas no son más que instantes, igual que sus guerras, que dejaron de importarte hace mucho, tan acostumbrado como eres con las locuras del mundo… Aún siento esa extraña melancolía que tantas veces se hizo una conmigo – pensé después de una breve pausa. Esa nostalgia que tan familiar me es porque pasamos juntas un montón de vidas; tantas, que ya he perdido la cuenta. Pero ahora es liviana, como una pluma y como mi alma que se reinventó de nuevo después de probar los límites de una existencia que a veces quiere ganar sus laureles a prueba de fuego, para disolver en sus cenizas mis tantas imperfecciones…

El océano se balanceaba inocente, como si hubiera nacido ayer, sin dejar entreverse las arrugas que el paso callado de las eras le habían rajado en el rostro.

– Las noches son para abrir las ventanas del alma – me dijo. Bébete mi brisa salada como las lágrimas que limpian y sanan, y ríete celebrando la vida. Abrázame sin miedos, pues en mi vientre naciste. Abrázame y déjate llevar por el runrún de mis olas que tantos secretos te destaparon durante tantas vidas…

Lo acaricié cerrando los ojos para sentir mejor su frescor y me adentré en sus aguas, ahora teñidas de negro por la noche. Jugué con los destellos que la luna reflejaba y lavé mi alma, para renacer con más vida. Y lo bendije. Lo bendije por sanarme de nuevo, por devolverme a mí, por recordarme quién soy y porque siempre estuvo a mi lado. Allí, callado, sereno, paciente. Lo amé, bendito océano que bendijo mi vida…

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: