Blancos, negros y… causalidades. Devolver la otra mejilla, ¡no!

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Nada sucede por casualidad, es el sexto gran principio hermético. La casualidad, en realidad, lo único que indica es la existencia de una causa no reconocida o percibida, y «azar no es sino un nombre para la ley no reconocida; porque hay muchos planos de causalidad, pero nada se escapa a la ley», según el Kybalión. Todos nuestros pensamientos y actos tienen sus resultados directos o indirectos que se ajustan en la infinita cadena de Causa y Efecto. Lo anterior podría parecer que enturbia el libre albedrío que a todos nos gusta pensar que disponemos, pero en realidad ambos aspectos no son más que dos polos de lo mismo (de conformidad con el Principio hermético de Correspondencia, del cual no hablaré hoy, aunque lo hice en algunas ocasiones en el pasado). Aunque lo anterior no es del todo así, a efectos del lenguaje y para que lo comprendamos mejor, se podría decir que ambos aspectos son una clase de media verdad, los polos opuestos de una misma situación.

Todo lo que hacemos se nos devuelve de alguna u otra forma, y en algún u otro momento, generalmente con cierto retraso, debido a que en la materia cualquier manifestación requiere de su tiempo. Es este retraso en la manifestación lo que hace que muchos no perciban la cadena de las causas y efectos generados por sus propios actos, pensando que este mundo es una clase de Oeste salvaje donde cada cual puede hacer lo que se le ocurra sin consecuencia alguna. Lo cual está muy lejos de la verdad, porque en realidad, no hay nada más ordenado, justo y equilibrado que este universo que nos envuelve.

Otro aspecto que hay que reseñar es que el resultado de nuestras acciones lo sufrimos no solo nosotros, sino que, en ocasiones también repercute en las vidas de nuestros seres queridos. Ello se debe a la unión espiritual que se crea entre las personas que se aman. Es una ley que nos fue dejada en la Biblia, cuando se nos advirtió que los pecados de los padres se transmiten a los hijos y hasta la séptima generación. Ello no es por venganza o fallo divino, sino por esa unión creada y porque así funciona la física, que ha demostrado que dos partículas que una vez estuvieron unidas, aunque se separen luego por distancias enormes, seguirán manteniendo esa unidad para siempre y si se aplica un estimulo a una, se reflejará también en la otra. Traspasando lo anterior a los seres humanos, cuando dos seres humanos fueron unidos alguna vez (madre e hijo, marido y mujer, amantes e incluso muy buenos amigos), lo que uno siente, sentirá el otro también, incluso cuando estén separados por grandes distancias, de forma más o menos consciente, en función de la evolución espiritual de cada uno.

Por ello, cuando alguien me da una palmada, generalmente se la devuelvo. Aunque ello podría parecer en un primer momento un atropello de la ley espiritual cristiana del perdón, en realidad es un acto de amor y justicia (que en ciertas alturas son lo mismo). Porque de esa forma, dicha persona tendrá la ocasión de conocer rápidamente el efecto de sus acciones y así saber si volverá a cometerlas, o no, lo cual no es más que evolución pura y dura. Estoy de acuerdo con muchas de las enseñanzas del Maestro Jesús, pero lo de devolver la otra mejilla es, en mi opinión, un lavado de cerebro de mucho cuidado, porque imposibilita que uno sepa qué está bien hacer y qué no, ya que pocos de esta humanidad tienen la capacidad de aprender de lo que les ocurre a otros y solo son capaces de hacerlo cuando sienten en su propia piel el efecto de sus actos. De paso, lo anterior es la vía más rápida de crear una sociedad de ovejos pusilánimes. Sin embargo, dicha enseñanza también tiene sus blancos, como todo, porque en cierta medida rompe la cadena de lo que comúnmente llamamos «karma», en caso de que la haya. Pero en un mundo tan poco evolucionado como este, no sirve de mucho sustituir una ley de universo por otra, sin el riesgo de crear un caos de mucho cuidado que a ver cómo y quién de por aquí es capaz de reparar.

En realidad, ni siquiera los más grandes Maestros, que conocen las reglas del juego (y del universo) escapan de esta ley ni de ninguna. «Situándose en contacto con los poderes superiores de la naturaleza», reza el Kybalión refiriéndose a los Maestros, ellos «dominan sus propias modalidades, caracteres, cualidades y polaridades, así como el medio ambiente que los rodea, y así se convierten en jugadores del juego en vez de meras fichas: causas en vez de efectos. Los Maestros no escapan a la causalidad de los planos superiores, sino que se ajustan a las leyes superiores y dominan así las circunstancias en el plano inferior. Forman así una parte consciente de la Ley, en vez de ser instrumentos ciegos. Mientras que sirven en los planos superiores, rigen en el plano material».

Lo anterior no tiene que asustar ni hacer pensar que el ser humano es un autómata sin voluntad y sometido a su entorno como una hoja que el viento vuela a su antojo. Es cierto que no hay nada fuera de la Ley, que es la manifestación de Dios, pero el hombre puede (y a veces debe) emplear la Ley contra las leyes, siempre en un acto creativo y en beneficio de la Totalidad. «Lo superior siempre prevalecerá sobre lo inferior», aclara una vez más el Kybalión, «hasta que al final el hombre haya alcanzado la etapa en la que busque refugio en la Ley misma, y podrá evadirse de todas las leyes fenoménicas. ¿Sois capaces de captar el significado interno de esto?».

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