Brindemos

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Se acercó como la brisa de un perfume, como un beso que aún era pensamiento…

– No te puedes esconder – le dijo él. Porque te siento. Te siento y siempre sabré encontrarte.

– Me encuentras porque te dejo encontrarme – sonrió ella. ¿Recuerdas que yo te enseñé la magia? – siguió, acercando un dedo a sus labios, mientras su mirada lo envolvía como una flagrancia de almizcle y pasión.

– Bueno, yo también te enseñé algún que otro truco – dijo él, intentando frenar su risa para no asustar el silencio perezoso que envolvía la tarde que empezaba a caer.

– Sí, recuerdo. Recuerdo cómo nos reíamos a veces. Como dos soles que bailan en el infinito del cielo, sin saber que el torbellino de su danza mueve mundos. Como las aguas de dos mares que se juntan y se dan cuenta de que siempre fueron una. Como las briznas de yerba que se ríen con rocío cuando las mañanas las abrazan. Sí, recuerdo lo mucho que nos reíamos a veces…

– Por cierto, te queda muy bien el color del vino tinto – le dijo él después de una breve pausa, mirándola por el cristal de su copa. Brindemos.

– Sí, brindemos. Brindemos y perdonemos los pecados. Los tuyos, los míos y los de otros. Aunque, si lo piensas mejor, no hay nada que perdonar porque de todo aprendemos algo y la mayoría de las veces más aprendemos del error, que del placer… Por cierto, tú también te ves bonito por mi cristal – guiñó un ojo ella, mientras de su mirada empezaban a brotar ríos de gozo y de anhelos cumplidos.

Imagen de MasterTux en Pixabay

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