Como el río que corre hacia el mar

Como el río que corre hacia el mar, así somos los que vivimos en este mundo. Fluimos hacia el Infinito, temerosos por diluirnos el él y de esa forma olvidar nuestra esencia y perder nuestra individualidad; igual que el río que teme desvanecerse en el mar y extraviarse en su sempiternidad.

Como el río, que guarda en sus entrañas las memorias de los millones de gotas de lluvia que lo formaron y el vuelo de las nubes donde nacieron sus caudales, así somos nosotros, depositarios de memorias ancestrales y de la sabiduría de los que nos precedieron.

Pero el río no se olvida de sí cuando se funde con el mar, sino que se expande, volviéndose igual de inmenso que este. De la misma forma nosotros, los seres humanos, no nos perdemos en el abandono del olvido cuando nos unamos al Infinito, sino que nos volvemos células de su cuerpo, dioses que creamos entre todos, a lo largo de los eones de los tiempos, existencias que poco a poco desentrañan los misterios la deidad, esa consciencia luminosa de donde emanamos y a la que volvemos cuando los tiempos de la revelación tocan.

Como el río, que antes fue nubes, lluvia y vaho, para luego volverse mar, así repetimos los seres humanos incontables ciclos y estados del ser hasta que no quede nada por saber o sentir, hasta que la existencia quede resuelta y la luz de la consciencia se expanda abarcando todo lo creado y también lo increado aún.

Bajamos del Infinito para vivir nuestra faceta humana y volveremos a él cuando recordemos quienes somos, y que somos perfectos y siempre lo fuimos, aunque en el ajetreo de la materia cada uno jugó sus papeles dispares para así comprender los misterios de la existencia y a sí mismo.

Bajamos para subir y subimos para bajar, como el río que nace en el mar, para luego volverse nube, rocío, río y luego de nuevo océano. Todos iguales en nuestra esencia, pero a la vez únicos e irrepetibles, como las copias de un fractal de Dios que solo existe una vez y luego jamás se vuelve a repetir, condenados irremediablemente a la eternidad – a no ser que decidamos alejarnos de su seno y dejar de existir para siempre.

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