Como las olas que vuelven a su orilla

Siempre volvía a ti, como las olas del mar que vuelven a su orilla. Era como un baile, como el trance hipnótico de dos bailarines que se olvidaron de sí, absortos en un abrazo que borró las memorias y ya no les importa que aún quedan mundos y vidas por vivir.

A veces era agonía, como la que sienten las olas que han perdido su orilla en la otra punta del horizonte y yacen acunadas en esa unión que lo junta todo, pero aún así duele cuando se añora el abrazo de las arenas que pueblan su orilla.

Otras, me ahondaba en ti como en las aguas de un océano que me bendecía y sanaba con sal y vientos mis heridas, y te dejaba explorarme como las olas que se agarran, sedientas, a su orilla.

Me acuerdo de ti y de mí abrazados como si el otro fuese el último ser de los mundos; y otras pensando que, aunque lo perdiéramos todo, siempre quedábamos el uno al otro.

Siempre volvía a ti, como las olas del mar que vuelven a su orilla, sabiendo que lo que las une sobrevive al tiempo y a las lejanías, y arde los dolidos hechizos con que quieren partir almas los que no saben que el amor disuelve aún distancias.

Pensaba en ti y me dejaba llevar por el vaivén de recuerdos y melancolías que corrían como las olas corren hacia su orilla, abandonando el paso de las eras a clepsidras que no marcan tiempos, sino solo su recorrido por los mundos de quimeras.

Pensaba en ti sin prisas, como las olas que descansan abrazando a su orilla cuando la brisa amaina, como el sueño de unos amantes que, después de haberse perdido, se vuelven a tocar y recuerdan que, aunque son dos, en el comienzo solo hubo una semilla.

Pienso en ti y me pregunto qué fuerza tan grande es esa capaz de unir mares y tierras en el baile de las olas que danzan a su orilla. Y qué fuerza tan grande fue esa que unió tu alma y la mía…

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