Como una mujer ama…

Estas islas tienen un encanto que más bien es como un hechizo, como esos amores especiales que, en lugar de oxidarse por el paso del tiempo, crecen. Igual que una niña, me dejo fascinar cada día por el océano que baña estas tierras, cuyo lenguaje aún estoy aprendiendo, o por el sabor de sus tierras que se sorbe de sus manjares: sus mangas del color del sol al amanecer, sus piñas doradas, sus papayas jugosas y las tantas frutas que muchas aún no he probado, ni sé cómo se llaman siquiera.

Ayer el océano estaba enfurruñado. Paré unos instantes en su orilla para admirar su espectáculo y para que su brisa despejara mis pensamientos enredados por entre tantos amores, desamores y sueños que quieren hacerse realidad, pero no saben cómo.

– Te amo como una mujer ama al hombre de su vida, le dije. A veces me adentro en tus aguas, cuando estás en calma, buscando olvidar en tu abrazo las memorias de un mundo que a veces hiere demasiado; otras, como hoy, solo te miro callada, esperando a que tu furia amaine y pueda perderme de nuevo en ti. Nos separaron tantas eras y mundos, que se me olvidó cuán bien conozco todas tus olas y todas las gotas de agua salada que conforman tu cuerpo. Aún me cohíbe tu fuerza, a veces, y a rachas huyo fantaseando razones porque me acostumbré tanto con mi soledad, que me da miedo perder su santa y callada compañía. Pero siempre vuelvo, como atraída por un hechizo más fuerte que yo, para que me despeines con tu pasión y me devuelvas a mí. Sí, como una mujer ama al hombre de su vida, así te amo yo a ti…

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