Deseo

«Te deseo. Te deseo con locura. Ojalá te llegara esto que siento y no te olvidaras de mí», pensó mirando un rayo de luz que se colaba por la ventana.

«Me gustaría que estuvieras aquí y que me dejaras entrar entre tus piernas. Te bebería gota a gota, hasta caerte desfallecida, gritando mi nombre como santo homenaje a las bendiciones del desenfreno… Mejor me callo», pensó después de unos instantes. «Me callo. No, no quiero que me escuches hoy. Porque me siento roto y renacido a la vez, y esto ya sabes que duele. Lo tengo que rumiar a solas. Pero, por Dios, cuánto te deseo. Deseo respirarte, absorberte, sorberte, beberte, comerte, tragarte. Tragar hasta la última gota de ti y sentir que estás en mí, que estás toda dentro de mí y que te quedes allí siempre. Así te deseo. Con toda esta locura y más te deseo…», pensó retirándose de la ventana y dirigiéndose hacia la cama deshecha que entonaba con sus pensamientos.

«Quiero sentir como te quedas sin aire debajo de mí, y que me respires a mí, que yo sea tu aire», pensó dejándose caer en la cama, mirando un punto imaginario en el techo. «Quiero llevarte más allá de tus fuerzas, empujarte hasta que logres encontrar tu más hondo tesoro. Quiero lamer tus lágrimas cuando llores y mirarte a los ojos cuando desato las aguas de tu sexo. Te deseo, sí, te deseo. Te deseo como el desierto desea la lluvia, para que transformes en oasis mis dunas y des vida a mis días. Así te deseo, cariño. Siento que el tiempo pesa ya demasiado y me he hartado de esta espera a la que ya no encuentro sentido, pero no sé qué hacer. A veces te busco en el viento, que tanto te gusta a ti, en su melancolía y en las memorias que recogió de los lugares por donde pasó esparciendo sus bendiciones…», dijo sorbiendo un trago de la copa de vino que aún guardaba en la mano.

Miró de nuevo el rayo que se colaba tímido por la ventana medio abierta, escuchó unos instantes los ruidos de afuera de todos los días y pensó que, en ese instante, lo que más deseaba era verla allí. Con su pelo rebelde que no se dejaba peinar, con sus faldas de flores y esa curiosidad suya que a veces la hacía meterse en problemas, con su mente que tantas veces lo había maravillado y sus pintalabios de color carmín mezclado con matices de verano, con sus risas, sus enfados, su perfume, sus mil cremas esparcidas por el baño, sus medias olvidadas en algún rincón hace algunas noches, con todas esas cosas suyas que tanto amaba incluso cuando algunas veces lo sacaban de quicio. Que la tuviera allí, delante, hablando a veces sobre los milagros de universo, y otras contando tonterías, y él sin escuchar nada por no poder dejar de mirar sus labios, esos labios suyos que tanto placer le habían dado. La deseaba. Cuánto la deseaba. Y cuánto la amaba…

 

Mónica Nita, Caminos con vida

 

Imagen de By_Jo en Pixabay

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