Después de Husseini: Yasser Arafat, el multimillonario Premio Nobel de la Paz que engendró la era de terrorismo

«Planeamos eliminar al Estado de Israel y establecer un Estado puramente palestino. Haremos la vida insoportable para los judíos por medio de la guerra psicológica y la explosión demográfica. (…) Los palestinos nos encargaremos de todo, incluida toda Jerusalén» – Yasser Arafat, 1996, Estocolmo

 

Pese a lo expuesto en los anteriores artículos de esta serie, Hajj Amin al-Husseini, el muftí de Jerusalén, fue y sigue siendo alabado como modelo a seguir por los palestinos. Su sucesor fue Yasser Arafat, su sobrino lejano, que engendró una dolorosa y prolongada era de terrorismo en Medio Oriente y el resto del mundo. Las circunstancias de su muerte aún no son claras del todo e informes de la inteligencia francesa barajaron como causa principal el haber contraído el SIDA, probablemente debido a su insaciable apetito sexual y depravación. Aunque fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, Arafat estuvo muy lejos de ser un pacifista y su herencia, igual que la de su tío Husseini, fue el caos y la muerte. Son notorios su corrupción, sus descaradas mentiras y los incontables actos de terrorismo que impulsó no solo en Israel, sino también en otras partes del mundo. Pese a ello, el ex secretario de la ONU Kofi Anan y también el ex presidente francés Jacques Chirac lo homenajearon como «valiente símbolo del nacionalismo palestino», mientras que el expresidente de Gobierno español José-Luis Rodríguez Zapatero manifestó su simpatía para con el líder palestino desfilando por Madrid con la kufiyya árabe (que no palestina) al cuello. Es inexplicable el apoyo de algunos segmentos de la izquierda occidental al terrorismo islamista.

Yasser Arafat no fue palestino, como afirmó siempre, sino egipcio, y nunca participó en ningún campo de batalla – lo mismo que muchos de los líderes palestinos, que suelen vivir en refugios de cinco estrellas en países como Qatar, entre otros. Se sabe que no combatió ni en la guerra de 1948 que la Liga Árabe declaró a Israel el mismo día de su nacimiento, ni tampoco en la Guerra de Suez de 1956, aunque más tarde afirmó lo contrario, como demostró Bret Stephens de Wall Street Journal. Su verdadero nombre fue Muhammad Abdel Rahman Abdel Rauf al-Qudwa al-Husseini y nació en Egipto en 1929, siendo el quinto hijo de un rico comerciante. Fue educado en El Cairo y después de la muerte de su madre vivió un tiempo con un tío suyo en Jerusalén, que por aquel entonces formaba parte del Mandato Británico. Uno de sus biógrafos escribió en el New York Sun que el muftí Husseini lo prefería a cualquier otro.

Junto con George Habash al-Hakim, uno de los enemigos más fieros de Israel, Arafat fundó el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), tristemente famoso por los incontables atentados terroristas cometidos tanto en Israel como en otras partes del mundo. Algunas fuentes afirman que fue traficante de armas en su adolescencia. Si los palestinos no tienen hoy en día su Estado se debe, principalmente, a Yasser Arafat, hecho que reconoció incluso su viuda. Por lo que su apodo de El Padre de Palestina es otra de las incontables inversiones orwellianas con que nos toparemos a lo largo de este turbio asunto.

A finales de la década de los 50, Arafat fundó Al-Fatah, o Movimiento para la Liberación de Palestina, una organización terrorista cuya sucesora es la Autoridad Palestina, bastante más moderada que su antecesora. En 1969 fue nombrado presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que se fusionó con Al-Fatah y cuyo único propósito declarado fue la destrucción de Israel. La otra cara de la OLP es que, tras su fachada política, en realidad fue una empresa criminal más que rentable. El investigador Bret Stephens demostró que la enorme riqueza de Arafat se debió no solo al robo del dinero enviado por la comunidad internacional para programas de ayuda a la población palestina, sino también a que su organización se dedicaba a la «extorsión, tráfico ilegal de armas, tráfico de drogas, lavado de dinero y fraude». Ganancias que le permitieron disponer de una fortuna que la revista Forbes calculó en 300 millones de dólares (otras fuentes hablan de 1000 millones) y mantener a su esposa en una lujosa mansión parisina con una asignación de 100.000 dólares mensuales, mientras su gente vivía en la indigencia – pero de ello culpaba a Israel, no a su rapacidad e ineptitud para gobernar.

La OLP tuvo sedes en varios países árabes, causando problemas en casi todos, especialmente en Jordania. Una de sus especialidades fue el secuestro de aviones civiles. Son de triste recuerdo el bombardeo, el 21 de febrero de 1970, del vuelo 330 de SwissAir hacia Tel Aviv, cuando fueron asesinados 47 pasajeros y los tripulantes; el secuestro de un Pan-American 747, que fue volado en una pista del aeropuerto de El Cairo; y el secuestro de un TWA 707 y un SwissAirDC-8, que fueron llevados a un desierto jordano, lo cual provocó la reacción del rey hachemita y la detonación de una contienda que dejó 2000 fallecidos y la expulsión del país de Arafat y su banda de terroristas.

Posteriormente, Arafat estableció su cuartel en el Líbano, desde donde planeó el tristemente famoso asesinato de los atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972 y donde también causó problemas que perduran hasta hoy en día. Los actos de terror de Arafat no se limitaron exclusivamente al secuestro de aviones, sino que son de triste recuerdo los incontables asesinatos de civiles, sin importar si se tratara de hombres, mujeres, niños o ancianos indefensos. Por poner unos ejemplos, menciono lo ocurrido el 11 de abril de 1974, cuando los terroristas de la OLP asesinaron a 18 residentes de Kiryat Shmona en sus propias casas. Solo un mes después, el 15 de mayo, atacaron una escuela en Ma’alot, asesinando a 26 civiles, entre ellos varios niños. Y la lista se volvería interminable.

Durante la Guerra de los Seis Días de 1967, Israel fue atacado simultáneamente por Egipto, Siria y Jordania en otra guerra de exterminio. Sin embargo, el pequeño país ganó de nuevo y captó los territorios de Judea y Samaria, el Este de Jerusalén, el canal de Suez, la Franja de Gaza y los Altos del Golán. Pese a su diminuto territorio, a que dichos territorios formaban parte de la antigua tierra de Judea y de lo establecido en la Declaración Balfour, y a que Israel necesita parte de ellos para su defensa, el pequeño Estado acató la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU y acordó retirarse de esos a cambio de paz y de que sus vecinos árabes reconocieran su derecho de existir. La OLP rechazó la resolución, pero aun así, fue invitada a participar en la ONU con estatuto de observador – donde Arafat acudió en uniforme militar y con la pistola a la cadera – y en 1980 la Comunidad Económica Europea, la precursora de la Unión Europea, lo reconoció como «único representante legítimo del pueblo palestino».

Pero la sed de sangre de Arafat y su banda de terroristas no amainó y en 1985, el Frente para la Liberación de Palestina secuestró el crucero italiano Achille Lauro y, mientras su esposa miraba aterrorizada, dispararon de la forma más brutal y cobarde posible a León Klinghoffer, un anciano judío de 69 años de edad que estaba a bordo, en silla de ruedas, al que luego arrojaron al mar. El líder de los terroristas fue Mohammed Abu al-Abbas, que más tarde fue condecorado por Arafat como líder mártir, «luchador distinguido y líder nacional que dedicó su vida a servir a su propia gente y a su patria».

Poco más tarde estallaba la Primera Intifada, durante la cual las Fuerzas de Defensa de Israel respondieron a más de 3600 ataques con cócteles molotov, 100 ataques con granadas de mano y 600 asaltos con armas y explosivos dirigidos contra su población civil. Sin embargo, los israelíes no fueron sus únicas víctimas y los escuadrones de muerte de Arafat asesinaron a cualquiera de los propios palestinos que supuestamente «colaboraban con el enemigo». El periódico árabe Al-Mussawar publicó en 1990 la declaración de Arafat: «Hemos estudiado los archivos de quienes fueron ejecutados y se descubrió que solo 2 de los 118 que fueron ejecutados eran inocentes», a los que Arafat declaró «mártires de la Revolución palestina».

En 1993, bajo el mandato de Bill Clinton, Arafat y el primer ministro israelí Yitzhak Rabín firmaron los Acuerdos de Paz de Oslo, motivo por lo cual el año siguiente fue condecorado como Premio Nobel de la Paz. Pero pese a haberse comprometido a realizar por medio de la recién nacida Autoridad Palestina la reforma democrática y establecer un Estado de derecho, después de que Arafat ganara las primeras elecciones no hubo otras y ni siquiera se reformó el compromiso de eliminar de la Carta Nacional Palestina las cláusulas sobre la aniquilación del Estado de Israel, una tradición heredada por Hamás, la organización terrorista que gobierna en Gaza y cuyo único punto en su Carta Magna no es asegurar el bienestar de su pueblo, sino destruir al país vecino. «Planeamos eliminar al Estado de Israel y establecer un Estado puramente palestino. Haremos la vida insoportable para los judíos por medio de la guerra psicológica y la explosión demográfica. (…) Los palestinos nos encargaremos de todo, incluida toda Jerusalén», declaró Arafat en 1996 en Estocolmo delante de una audiencia árabe, explicando que el alto el fuego no era más que una estrategia coránica igual que el acuerdo de diez años de Khudaibiya que Mahoma hizo, pero rompió después de dos, tiempo durante el que sus tropas reunieron las fuerzas suficientes para conquistar a la inocente tribu Koreish. Lo anterior fue documentado por Bret Stephens.

Hago un breve inciso para comentar un aspecto de la anterior cita que posiblemente no ha sido advertido por algunos lectores. Es más que habitual entre los defensores de la causa palestina mostrar imágenes de una Gaza con una densidad poblacional exagerada y culpando de ello a Israel. Sin embargo, la anterior cita del líder palestino deja claro que la explosión demográfica es un arma contra el Estado judío, por lo que, culpar de ello a Israel es absurdo. La explosión demográfica como arma no es una idea exclusiva de los palestinos, sino que es una estrategia común en el mundo islámico, a la que se han referido públicamente varios líderes árabes, entre ellos el presidente Erdogan de Turquía y Muhamar Gadafi de Libia, que amenazaron que conquistarían Europa «por el vientre de sus mujeres». La natalidad de las mujeres palestinas es de las más altas del mundo, llegando hasta seis, ocho o incluso más hijos por mujer, y es una estrategia de la yihad, igual que la inmigración masiva.

En el año 2000, el presidente estadounidense Bill Clinton presentó a Arafat la propuesta del presidente israelí Ehud Barak, en Camp David, para crear un Estado palestino en más del 90% de Cisjordania y toda la Franja de Gaza, con su capital en Jerusalén Este. Pese a la deslumbrante oferta que, prácticamente, era lo que el líder palestino siempre había reclamado de cara a Occidente, Arafat la rechazó inexplicablemente, sin hacer siquiera una contraoferta. Lo cual pone de manifiesto una vez más que sus intenciones nunca fueron la creación de un Estado palestino, como se expresaba públicamente, sino la destrucción de Israel. La ruptura de las negociaciones fue seguida por la Segunda Intifada que, como veremos en un futuro post, fue un acto premeditado, pero del que se culpó, como siempre, a Israel. Durante la Segunda Intifada se perpetraron atentados suicidas atando explosivos a niños adoctrinados en la cultura de shahada, o martirio, que fue impulsada con ímpetu bajo el liderazgo de Arafat, cuyos objetivos eran deliberadamente civiles israelíes.

Cuando George W. Bush reanudó las negociaciones para la creación de un Estado palestino, el requisito no negociable fue esa vez el cese incondicional del terrorismo. Consecuencia de ello es que hasta hoy en día los palestinos no han fundado un Estado propio – pero de ello culpan a Israel. Al final, incapaz de gobernar, Arafat se mudó a vivir en medio de un lujo impresionante en París y es allí donde murió el Premio Nobel de la Paz que engendró la era del terrorismo.

 

Fragmento de «La conexión entre el radicalismo islámico, el nazismo, el Vaticano y la ONU»

 

Más información:

La auditoría de Yasser Arafat realizada por la revista Forbes:

https://www.forbes.com/global/2003/0317/014.html?sh=1787e27e3fb6

La polémica fortuna de Arafat:

https://www.elmundo.es/elmundo/2004/11/09/internacional/1099998737.html

Suha y la fortuna de Arafat:

http://elmed.io/suha-y-la-fortuna-de-arafat/

 

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