El castaño y el amor

Al lado de mi casa tengo de vecino a un castaño que me regala sombra en verano, y melancolía en invierno. Es mi consejero, uno de ellos, a veces charlamos horas, otras, nos callamos contemplando las bellezas del mundo. Ayer lo pregunté hasta cuándo lo amaré – a él, a ese hombre de mirada intensa y boca hecha para besarla que robó mi corazón, no al castaño -, cuántos poemas más hacen falta para vaciar mi alma de él. No me respondió. Levanté la mirada al cielo que pintaba azul por entre sus ramas desnudas y busqué la respuesta en sus movimientos como un baile con perfume a brisa de océano.

Lo amaré hasta que deje de serme maestro, pensé. E igual él, dejará de amarme cuando ya no le quede nada por aprender de mí. Mientras, estaremos atados como presos en una galera queriendo escapar, pero sabiendo que nos rodea el vacío y no tenemos adónde huir. Estaremos atados incluso si yo me quedara aquí y él, en la otra punta del mundo. Queramos o no, estas cosas funcionan así.

Pensé que la vida perdería su picantería si pudiéramos decir: «desde ya no lo amo» y ya, dejar de amar. Sería más fácil, pero aburrido y triste. Por suerte, no somos autómatas, así que no podemos hacerlo, pero ello tiene su precio: sentir. Sentir, a veces, cómo ardes aun estando en vida. Sentir que te quedas sin aire, porque tu aire es él, o ella, y aun así estar condenado a seguir adelante. Sentir que ya no puedes vivir sin él, o ella, pero seguir andando tu camino, que ni siquiera sabes adónde te lleva, muchas veces. Sentir que no te quedan razones para sonreír, pero, aun así, seguir.

Si fuera tan fácil decir: «ya no amo», y dejar de amar, la vida perdería su sabor, por lo menos para mí. Y qué sería de la vida sin esas santas locuras del inocente vivir…

 

Foto de Takmeomeo en Pixabay

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