El recién inventado «pueblo palestino» y su relación con los nazis

CONTENIDO:

  1. El «pueblo palestino» nunca existió, ni los judíos despojaron de sus tierras a ningún «palestino
  2. ¿Cuándo y por qué se creó la identidad «palestina»?
  3. Breve repaso de las causas y antecedentes del sionismo
  4. El papel de Hajj Amin al Husseini, el mufti de Jerusalén, en el Holocausto y su colaboración con los nazis
  5. La meta de la yihad: un Estado Islámico global

 

(1) El «pueblo palestino» nunca existió, ni los judíos despojaron de sus tierras a ningún «palestino»

En nuestros tiempos, debido a la propaganda mediática promovida por los radicales yihadistas, los neonazis y los judeofobos de turno, mucha gente se ha creído el mito de que el «pueblo palestino» ha sido robado por los «malignos sionistas» y confieso que yo también caí en la trampa. Hasta que decidí investigar por mí misma este asunto, ya que me chocaba que se diera tanta importancia al conflicto árabe-israelí, en un mundo donde desde luego que se registran conflictos muchos más sangrientos e injusticias mucho más atroces que las acusadas en el mismo.

Para poner un ejemplo, mencionaré a Ray McGovern, quien explica así las raíces del conflicto árabe-israelí: «aquella tierra, que fue el hogar de los palestinos durante mil años, les fue arrebatada cuando se creó el Estado de Israel». Es importante la presencia mediática que tiene dicho veterano con 27 años en el servicio clandestino de la CIA, según demostró Boston Globe. Por si alguien no entiende lo que significa lo anterior, lo diré en palabras claras y menos oficiosas: ese individuo fue un profesional de la mentira al servicio de la CIA durante casi tres décadas. No sé si dicho individuo que clama como nadie contra Israel es pagado por la CIA, por el CFR que financia escritores para difundir conspiranoias de supuestos lobbys judíos calcados a Los Protocolos de los Sabios de Sión, pero desde luego que lo pagan muy bien, porque atreverse a mentir de la forma en que lo hace y tan públicamente, deja claro que su paga tiene que ser más que jugosa. Tan jugosa que lo hace olvidar del sentido común, de las pruebas históricas irrefutables y hasta de la vergüenza, teniendo en cuenta que se plantó delante de la Casa Blanca, con un megáfono, para pedir políticas más duras contra Israel. Y como él hay muchos, demasiados, que intoxican las mentes de la gente con mentira tras mentira, en esta triste era que muchos la llamamos «de la mentira».

Como veremos a continuación, el «pueblo árabe palestino con más de mil años de antigüedad» nunca existió y esto ya no es propaganda, sino hechos históricos más que comprobados. Pero empezaré con el final, porque a veces ayuda a comprender mejor los sucesos.

Se podría decir que la historia del moderno Estado de Israel comenzó al finalizar la Primera Guerra Mundial, en 1918, cuando los imperios alemán y turco fueron derrotados (aunque tardarían algunas décadas para que el nuevo Estado naciera). Consecuencia de ello, los ganadores, que fueron los imperios inglés y francés, se repartieron el botín, que en este caso fueron las tierras de Oriente Medio, que anteriormente habían pertenecido a los turcos otomanos (ya sabemos del anterior capítulo que Alemania se libró de lo anterior debido a su protección por los altos foros eugenistas integrados por algunos individuos extremadamente ricos de Norteamérica). El Imperio Británico bautizó su nueva conquista, que incluía Jerusalén, con el nombre de Palestina, nombre inventado por primera vez por los romanos unos dos mil años antes, en un (infructuoso) intento de borrar de la memoria histórica a los rebeldes judíos que no se dejaban conquistar por las buenas. También se comprometió convertir dicho territorio en una patria para los judíos. Ello se debió principalmente al justificado clamor del recién nacido movimiento sionista europeo, que fue fruto de la extrema crueldad de los pogromos rusos, polacos y de otras partes de Europa, y también como consecuencia de la falsa acusación del caso Dreyfuss, que pese a demostrarse que fue una farsa, ello no impidió que hordas descontroladas revivieran el tristemente famoso antisemitismo medieval gritando como descelebrados por las calles de Paris: «Muerte a los judíos», impulsados por los movimientos de extrema derecha y en parte por la Iglesia católica.

Debido a lo anterior, previamente ya se habían registrado en la zona importantes oleadas de inmigrantes judíos a finales del siglo XIX y principios del XX, que hartos de ser hostigados y hasta asesinados como ningún otro pueblo de Europa, clamaban por su antigua patria de donde habían sido expulsados por los romanos dos milenios atrás.

Como he dicho antes, el nombre Palestina no fue un invento británico y tampoco tuvo un uso generalizado antes de dárselo los británicos en 1918. Dicho territorio se llamaba tradicionalmente Judea, termino derivado del reino de Judá, o sea: el país de los judíos. Sin embargo, en el siglo II, el Imperio Romano inventó el nombre de Siria-Palestina, en su esfuerzo de borrar de la faz de la tierra al pueblo judío. Aunque hablé de ello en el anterior capítulo, haré un breve resumen: en los siglos I y II, para evitarse una revolución en el imperio, los romanos emprendieron una serie de genocidios que, si hiciéramos un cálculo proporcional en función de la densidad de la población de aquellos tiempos, resultaría lo más seguro que asesinaran a más judíos que Hitler. En su libro La historia de los judios, Paul Johnson lo resume así: «50 fuertes donde los rebeldes resistían fueron destruidos y también 985 ciudades, pueblos y asentamientos agrícolas. Dio Casio dijo que 580 000 judíos murieron en batalla y un número incontable murió de hambre, por el fuego y por la espada. Prácticamente toda Judea fue destruida».

La caída del Segundo Templo, tal como está reflejada en la Columna de Trajano de Roma

Para darnos cuenta de la magnitud del evento, Johnson menciona en su libro a San Jerónimo, quien dijo que, tras la derrota, había tantos esclavos judíos a la venta, que el precio de un esclavo era menor que el de un caballo. Como si ello no fuese suficiente, el emperador Adriano se empeñó en borrar de la faz de la tierra a Jerusalén y la transformó en una polis griega que llamó Aelia Capitolina, convirtió el sagrado Templo de Salomón en un templo pagano y pobló la ciudad con griegos, prohibiendo la entrada a los judíos bajo pena de muerte. El mismo emperador rebautizó Judea como Siria-Palestina, para así borrar toda conexión entre los judíos y su tierra ancestral, el reino de Judá. Como bien matiza Francisco Gil-White en su excelente libro Hajj Amin al Husseini: Palestina y los Nazis, el primer volumen de su obra El Colapso de Occidente: El Siguiente Holocausto y sus Consecuencias, en términos políticos, Palestina en realidad quiere decir: «aquí no hay judíos, ni se permiten». Adriano se inspiró para elegir el nombre de Palestina del nombre de los filisteos (en griego Palestina significando tierra de filisteos) pese a que los filisteos habían dejado de existir varios siglos antes, cuando habían ocupado una delgada tira en la costa del Mediterráneo, no mucho mayor que la actual Franja de Gaza. El otro nombre, Siria, provenía de Cele Siria, que era el nombre dado por los griegos al reino de Judá y las tierras aledañas.

Sin embargo, aún en el siglo IV, el autor cristiano Epifanio, citado por Joan Peters, se refería a dicho territorio como «Palestina, es decir, Judea», delatando con ello que sus lectores lo más seguro que no conocían el significado de la palabra Palestina. «Y así como no desapareció el nombre de Judea, tampoco abandonaron los judíos su tierra. Un número permaneció obstinadamente allí y muchos otros pronto regresaron a reconstruir su mundo». «Es decir que esa tierra nunca dejó de ser tierra de judíos, aunque sufrió ocupación extranjera hasta la formación del moderno Estado de Israel», aclara Francisco Gil-White.

Después de la caída del Imperio Romano, el nombre de Palestina dejó de usarse y, según el historiador Nathan Weinstock, en el siglo XIX, «el territorio al que correspondía este nombre estaba compuesto, más o menos, de las regiones occidentales de lo que tradicionalmente se denominaba Siria. No tenía fronteras precisas y la verdad es que nadie sabía qué cosa era. La vaguedad de la palabra Palestina en el siglo XIX se ilustra muy bien en el vocabulario de los primeros sionistas, quienes utilizaban las expresiones Siria y Palestina intercambiablemente». De hecho, el termino de Palestina no fue usado ni siquiera durante el Imperio Otomano, que controlaba la zona, por lo cual tampoco existía como una entidad política o como un pueblo. Fueron los británicos los que rebautizaron la zona como Palestina, después de arrebatarla a los otomanes después de la Primera Guerra Mundial, creando el Mandato Británico de Palestina. Pero «ni siquiera ellos fijaron exactamente su delimitación territorial y su definición final de 1922 se refería a apenas una cuarta parte del territorio que ellos mismos habían definido como Palestina tan solo dos años atrás, en 1920» (Gil-White). En 1946, antes de la partición por la ONU del Mandato Británico en un Estado árabe y otro judío, el historiador árabe Filip Hitti dijo al Comité Anglo-Americano de Investigación que: «No hay en la historia ninguna Palestina, en lo absoluto», dejando claro que los británicos se la acababan de inventar.

Aunque lo más significativo es que los británicos eligiesen el nombre de Palestina siendo conscientes, lo más seguro, de que su significado político era que «aquí no hay judíos ni se permiten», establecido casi dos milenios antes por el emperador Adriano. Y más si tenemos en cuenta que, pese a su compromiso de crear una patria para los judíos en la Palestina (que se acababan de inventar), los británicos estuvieron entre los que más sabotearon el movimiento sionista, hasta el extremo de devolver los barcos de refugiados judíos que llegaban a Israel, incluso con niños a bordo, lo cual hizo que muchos cayeran en manos de los nazis y fueran asesinados en los campos de exterminio de Europa.

Por lo cual, si Palestina nunca existió, entonces tampoco hubo ningún pueblo palestino en Palestina… Y menos aún uno con mil años de historia, como descaradamente clama Ray McGovern por su megáfono, delante de la Casa Blanca, y demás desinformadores judeofobos de turno. Lo anterior nos lo aclara con datos aún más exactos el historiador Arnold Blumberg en su libro Sión antes del Sionismo: 1838-1880, publicado en 1985, en el cual documentó el periodo previo a las grandes migraciones sionistas de judíos europeos a Oriente Medio, y que parece que asusta mucho a los poco estudiosos y muy pregoneros fans del conflicto árabe-israelí. En dicho libro, Blumberg examinó la población que existía en el territorio comprendido en las fronteras finales establecidas por el Imperio Británico que llamó Palestina y que son casi las mismas que las del actual Estado de Israel y demostró que a mediados del siglo XIX, «la mayoría de ellos eran musulmanes sunitas. En el extremo Norte había concentraciones de musulmanes chiítas y drusos. Había otros asentamientos grandes de drusos cerca de Haifa. (…) Había un pequeño remanente de samaritanos viviendo entre los musulmanes de Nablus. (…) Las cuatro ciudades sagradas para el judaísmo en Palestina, que son Jerusalén, Hebrón, Safed y Tiberias, tenían poblaciones judías importantes. También subsistían pequeñas comunidades judías en la mayoría de las ciudades grandes e inclusive en los pueblos de Galilea. En Belén y Nazaret los árabes cristianos eran mayoría». «Lo que se ve es un popurrí de etnias, religiones y culturas, incluyendo a un buen número de judíos», remarca Gil-White, y «no es fácil discernir en este resumen dónde está el pueblo palestino». En realidad, «en Safed, Tiberias y Jerusalén, de hecho, los judíos eran mayoría para mediados del siglo XIX. Un documento del consulado británico de 1859 reza: “Los mahometanos de Jerusalén son menos fanáticos que en muchas otras partes, a consecuencia de que su número no excede una cuarta parte de la población entera”», aclara el mismo autor.

Por lo cual, el argumento pro-palestino se cae estrepitosamente, ya que como documentan tanto Joan Peters como Nathan Weinstock y muchos otros historiadores que se han tomado las molestias de comprobar datos, y no lanzar rumores sin fundamento alguno, la población de lengua árabe de Palestina era una mezcla increíble de gente que había llegado de varias partes del mundo, de los que solo algunos eran étnicamente árabes. Esa gente no poseía una identidad cultural y étnica común, a lo que se añade la diversidad religiosa, ya que algunos eran musulmanes (la mayoría chiítas y sunitas), mientras que otros eran judíos, cristianos, drusos, etcétera.

Por otro lado, el sistema social en el «desierto marginado» de Palestina era claramente feudal y muy pocos campesinos poseían título de propiedad sobre la tierra. Los campesinos arrendaban la tierra y eran prácticamente los siervos de los grandes terratenientes efendis (árabes) que tenían derecho a gran parte de su cosecha y que ostentaban el poder político y comercial pero que, a diferencia del antiguo sistema feudal europeo, no se encargaban de la defensa militar de sus campesinos, que estaban totalmente desprotegidos frente a las bandas de tribus beduinas que pululaban por la zona. Pero los beduinos no eran los únicos depredadores. Además de ellos, había soldados turcos que extorsionaban a libre gusto a los campesinos, y mucho peores que ellos eran las tropas irregulares de los bashi-bazouk o howari, que eran mercenarios árabes que, pese a tener el mismo origen árabe, no tenían escrúpulo alguno a la hora de robar las gallinas, vacas y cosechas de los pueblos con los que no tuvieran lazos de sangre o alianza.

Beduinos en la antigua Palestina

Para más inri, Blumberg demostró que «toda la población árabe musulmana de la región, fuera nómada beduina o asentada en pueblos, recordaba que eran Yeminis o Kais. (…) Los Kais, cuya residencia en Palestina databa de la conquista musulmana del siglo VII, provenían de unas tribus que tenían unas muy viejas enemistades con los Yeminis. Estos últimos, según recordaban, habían sido guerreros en el sur de la península árabe». Por lo cual, está más que claro que la población de Palestina del siglo XIX no solo que no tenía una identidad común, lo cual significa que no conformaban un pueblo, sino que se dividían en identidades que se cruzaban de forma compleja y que invocaban lazos de clase, tribu, clan, ocupación y linaje más que diferente.

De paso, la impresionante gama de identidades culturales que habitaban Palestina en el siglo XIX ni siquiera se consideraban palestinos y menos aún pensaban que viven en un lugar llamado Palestina. El historiador Nathan Weinstock aclaró que: «el territorio del Mandato Británico de Palestina correspondía a la Siria Mediterránea y sus habitantes se consideraban vecinos de Siria (bilad al-Sham)». Pero ni siquiera eso estaba claro si tenemos en cuenta que en 1919 el Congreso Árabe en Jerusalén dijo que las tierras árabes constituían «un todo completo e indivisible» y que no se admitían identidades regionales, lo cual fue asentado de nuevo por el Partido Baaz (Baath), que en 1951 declaró lo mismo.

En realidad, los únicos que se autodenominaban palestinos eran quienes soñaban con regresar a Oriente Medio para recrear ahí su patria: los judíos sionistas. Para poner un ejemplo, el líder sionista Hillel Kook (alias Peter Bergson) decía: «Soy hebreo. Mi lealtad es a la nación hebrea. Mi país es Palestina». Y como matiza Gil-White, «la gran mayoría de los así llamados árabes palestinos que hoy se quejan del Estado de Israel, igualmente vinieron de otros lados y al mismo tiempo que los judíos sionistas». Y para más inri, «los judíos sionistas que inmigraron a Palestina no despojaron a nadie de su tierra», como se verá a continuación, sino que compraron sus tierras a precio de oro (a diferencia de lo que habían hecho los imperios de Gran Bretaña, España, etcétera, que diezmaron a la población nativa y les despojaron y robaron efectivamente sus tierras).

También hay que dejar claro que, a diferencia de los judíos que durante siglos volvían a Israel para repoblar su tierra ancestral y una vez arribados ahí se quedaban («Este año estamos en el exilio. El año que viene estaremos en Jerusalén», rezaron cada año, durante dos milenios, los judíos esparcidos por todo el mundo, en el Pésaj, la Pascua judía), la gran mayoría de los musulmanes de Palestina eran una población transitoria, una población rotante de inmigrantes con diversos orígenes étnicos que jamás conformaron un pueblo palestino. Los terratenientes árabes importaban labradores de fuera para trabajar sus latifundios, pero debido a las condiciones usureras, a las que se añadían los constantes robos, después de más o menos tiempo, se marchaban, según demuestra Peters. Ello hizo que Palestina fuese un área despoblada, y viajeros europeos del siglo XIX escribieron que había pocos campesinos y que el lugar era sobre todo un desierto. Por ejemplo, después de visitar Palestina, Mark Twain escribió que en el Valle de Jezreel no había un solo pueblo en 30 millas a la redonda. A mediados de siglo, el cónsul británico de Palestina también se quejó de que había muy pocos habitantes de cualquier especie en la zona y reportó que estaba casi «vacía de habitantes» y que urgentemente precisaba de «una población substancial de la religión que sea». A finales de siglo Pierre Loti, un escritor francés, después de visitar Palestina escribió que las ciudades y los palacios se habían convertido en polvo. Y los ejemplos podrían seguir mucho.

La antigua Palestina, una tierra yerma

Carl Hermann Voss resumió muy bien lo anterior en un estudio sobre Palestina que publicó en 1953: «En los doce siglos y medio que hubo entre la conquista árabe del siglo VII y los comienzos del regreso de los judíos en 1880, Palestina fue yerma. Sus antiguos canales y sistemas de irrigación fueron destruidos y la maravillosa fertilidad de la que habla la Biblia desapareció para convertirse en desierto y desolación». A ello se añade la investigación de Arnold Blumberg, quien dijo que «no se hizo ningún censo, pero el estimado más fiable establece un máximo de 300 000 habitantes en 1841». Hoy en día, el pueblo de Israel cuenta con casi 9 000 000 habitantes, lo cual significa que, a finales del siglo XIX, la población total de Palestina era de aproximadamente un 3% de lo que es ahora y que la zona estaba casi vacía.

Allí, a esa tierra de nadie emigraron los judíos a finales del siglo XIX. Pero casi a la vez, en 1878, «los turcos habían comenzado sistemáticamente a colonizar el lugar con musulmanes de fuera, principalmente circasianos y argelinos», explica Blumberg. «Millones de muhagir, musulmanes que salieron huyendo de los nuevos Estados cristianos en los Balcanes tras las derrotas turcas del siglo XIX, abandonaron lo que habían sido provincias otomanas en Serbia, Grecia, Bulgaria, Rumania, Bosnia-Herzegovina, Tesalia, Epirus (el Sur de Albania) y Macedonia», explica la historiadora Bat Ye’or. Por lo cual, de repente, a finales del siglo XIX, la demografía de Palestina fue alterada por inmigración judía y también musulmana, casi a la vez.

El sultán de Turquía, en bancarrota ya, fingía cooperar con los sionistas y cobraba mucho por tolerar que entrasen un puñado de judíos europeos a la zona. Sin embargo, estaba decidido destruir el movimiento sionista, por lo cual reasentó a los refugiados musulmanes en Judea, Galilea, Samaria y Transjordania, donde les otorgó derechos colectivos sobre la tierra en condiciones muy favorables. Pese a ello, los judíos sí sentían un amor profundo por esas tierras por las que habían rezado durante dos mil años y, sin importarles el estado deplorable en el que las encontraron, en poco tiempo transformaron ese desierto en un oasis rebosante de vida. Debido a ello, muchos musulmanes foráneos se sintieron atraídos por la prosperidad que nacía y masas de vagabundos empobrecidos y tradicionalmente sin tierra, que son endémicos en Oriente Medio, empezaron a llegar. Ese repentino influjo de musulmanes fue documentado por los británicos en un estudio de 404 páginas. Según escribió el historiador Howard Sachar: «El reporte detalla los logros de la Patria Nacional Judía, incluyendo una economía tan vigorosa que había estimulado un crecimiento del 50% en la población árabe desde 1921». Lo anterior es visible también hoy en día y una simple mirada sobra para darse cuenta de que Israel, además de ser la única democracia del Oriente Medio, es el país más floreciente de la zona, envidiable hasta por las civilizaciones más desarrolladas de Europa, a pesar de que apenas cuenta con 72 años de existencia, periodo en el que casi permanentemente fue azotado por guerras iniciadas por sus vecinos árabes y por los desdeñables terroristas yihadistas palestinos que sueñan con 72 vírgenes que les satisfagan en el Paraíso si asesinan algún inocente (a veces judío, otras cristiano o musulmán israelí).

«Sin duda alguna, los árabes, tanto felajines (campesinos) como terratenientes, gozaban de una prosperidad jamás vista en Palestina», dice Sachar, e incluso los detractores del sionismo lo reconocen, como por ejemplo Nathan Weinstock, quien dijo que: «No hay la menor duda de que los pioneros judíos sí limpiaron los pantanos, rescataron la tierra abandonada, reforestaron los montes y lo volvieron todo verde otra vez con el uso cuidadoso de técnicas avanzadas basadas en la irrigación racional e intensiva», mientras que el Rey Abdullah de Transjordania, quien participaría en el esfuerzo por destruir el incipiente Estado judío en 1948, escribió en 1946: «Me asombré de ver los asentamientos judíos. (…) Habían colonizado las dunas de arena, tomado agua de ellas y las habían transformado en un paraíso». Merece la pena pensar por lo menos un rato sobre cómo actúan los que aman a su tierra, que en este caso son los judíos, y cómo los que no, que en este caso fueron los árabes musulmanes que transformaron la bella tierra de Judá en un desierto yermo, que fue lo que encontraron los judíos cuando volvieron a su patria arrebatada.

Ahora queda claro que el resplandor económico ocasionado por los judíos que inmigraron a Palestina a finales del siglo XIX y que resulta del estudio de Peel 295 fue lo que atrajo a los árabes a emigrar. Pero ello también deja claro que los judíos no desplazaron a ningún palestino ni menos aún robaron la tierra de nadie, sino todo lo contrario: la compraron a precio de oro, como se verá a continuación. Pese a ello, el reporte Hope-Simpson de los británicos, publicado en 1930, sí menciona un supuesto desplazo, aunque luego se contradice por sí solo cuando reconoce los factores de lo anterior y más aún cuando admite que los funcionarios británicos rutinariamente hacían la vista gorda para con la inmigración ilegal de miles de árabes. Y no solo eso, sino que el reporte «confiesa que la inmigración ilegal árabe era una injusticia que desplazaba a los inmigrantes judíos en potencia». Hay que dejar claro que la política británica favoreció la inmigración ilegal árabe, tal como se verá a lo largo de este libro, mientras impedía que los judíos emigraran para salvar sus vidas de la amenaza nazi. De hecho, los archivos de la época demuestran que la enorme ola de inmigrantes musulmanes que llegaron en esos tiempos a Palestina abrumó incluso a la población islámica que ya vivía allí.

Pero la trama se vuelve aún más sucia cuando nos enteramos de los hechos documentados por Francisco Gil-White en su libro: «Un dato curioso confirma lo reciente de la llegada de los así llamados árabes palestinos a Palestina. Cuando los Estados árabes lanzaron un ataque genocida conjunto para impedir la creación de un Estado judío en 1948, y perdieron, provocaron además un éxodo de musulmanes—y lo causaron ellos, no los judíos que se defendían. Posterior a ello, la ONU, siempre tan solícita con las quejas de los árabes contra los israelíes, se arrogó el poder de definir lo que es un refugiado palestino. Dictaminó que dos años de residencia en el Mandato Británico de Palestina bastaban para que un árabe o musulmán tuviera derecho a la categoría. O sea que, según la ONU, cualquier inmigrante a Palestina era palestino, por reciente que fuera, ¡con tal de que no fuera judío! Si la ONU hubiese requerido una residencia sustancial para los musulmanes, y en particular una residencia de más de una generación para elaborar su categoría, la población resultante de refugiados palestinos habría aproximado un conjunto vacío». Y concluye Gil-White: «Los puntos principales aquí son dos. Primero, que los judíos se asentaron sobre todo en tierras abandonadas e improductivas y por lo tanto no desplazaron a la población nativa. Segundo, que la gran mayoría de los supuestos árabes palestinos de quienes ahora tanto se habla son descendientes, por un lado, de la multitud musulmana reasentada ahí por los turcos otomanos al mismo tiempo que empezaban las inmigraciones sionistas, y por el otro de musulmanes que inmigraron atraídos por la prosperidad que produjeron los judíos. En Palestina casi todo el mundo era inmigrante: llegaron todos al mismo tiempo a una tierra prácticamente vacía. Si los inmigrantes musulmanes son nativos de Palestina, entonces también lo son los inmigrantes judíos. Pero como ya vimos, esos musulmanes no se consideraban a sí mismos palestinos».

 

(2) ¿Cuándo y por qué se creó la identidad «palestina»?

El mundo árabe consideró la región bautizada por los británicos como Palestina como parte de Siria y aún hacia la primera década de los cincuenta, los académicos árabes consideraban que el movimiento sionista se había movilizado en territorio sirio. En la Conferencia de Paz de Paris de 1919, la comisión árabe que representaba a Palestina afirmaba: «Nosotros consideramos a Palestina como parte de Arabia Siria, ya que nunca ha sido separada de ella en ningún tiempo. Nosotros estamos unidos a ella con lazos de índole nacional, religioso, lingüístico, natural, económico y geográfico». Más tarde, en el documento nº 22 de marzo de 1946, el comité árabe se refiere al problema palestino delante del Comité Anglo-Americano de la siguiente manera: «(…) geográficamente, Palestina es parte de Siria. (…) Es de común conocimiento que Palestina no es sino el sudeste de Siria» (palabras de Ahmed Shuqeiri, el primer presidente de la OLP – Organización para la Liberación de Palestina, cuando se dirige al Consulado de Seguridad). En 1937, en la Comisión Peel, el líder palestino Auni Bey Abdul-Haiti va aún más allá: «No existe tal país… Palestina es un término inventado por los sionistas. Nuestro país fue por siglos parte de Siria». Mientras que en la convención investigadora anglo-americana de 1946, el historiador árabe Philip Hitti decía que: «No hay en absoluto tal Palestina en la historia árabe». La población árabe, que en su mayoría eran descendientes de los inmigrantes que llegaron a Palestina en la segunda mitad del siglo XIX, comienza a identificarse como un pueblo separado solo después del restablecimiento del Estado de Israel. Ello fue confirmado incluso por Hafez Assad, quien le dijo a Yasser Arafat, cuyas ansias de controlar comprendían no solo Israel, sino también Líbano: «Usted no representa a Siria más que yo (…) no se olvide, no existe ningún pueblo palestino ni ningún Estado palestino. Sólo existe Siria».

De hecho, en 1917, el comité político árabe encabezado por el mufti de Jerusalén, Hajj Amin al-Husseini, no fue llamado comité palestino, como es llamado hoy en día, sino como alto comité árabe y aún se guarda el documento nº 22 de marzo de 19545 donde se puede leer: «Los árabes de Palestina son descendientes de los primitivos habitantes de la región que se establecieron desde el comienzo de la historia. (…) Ellos (los árabes de Palestina) no pueden admitir contra su voluntad a una inmigración extranjera cuyo reclamo está basado en una conexión bíblica que cesó hace muchos siglos». Pero lo anterior es absurdo y es el mismo caso de España, por ejemplo, que estuvo durante ocho siglos bajo ocupación árabe, excepto el Principado de Asturias, pero «España nunca cesó de ser el país de los españoles y aunque en el caso de Israel fueron trece siglos, el principio es el mismo» (cita de Benjamín Netanyahu). Por lo cual, aunque el pueblo judío fue expulsado a la fuerza de su tierra y debido a ello vivió en el exilio durante siglos, ello no significa que Israel no sea su país, y más si tenemos en cuenta que, pese a lo anterior, en Israel siempre se quedó un importante segmento de población judía durante los últimos dos milenios, aunque no pudieron constituirse como estado debido a la dominación romana, árabe, otomana o británica.

En realidad, el derecho de los judíos a las tierras de Israel fue reconocido a través de los siglos por muchas personalidades y pondré algunos de los muchos ejemplos que hay:

En 1740, el jeque Dahil Al-Omar invitó al rabino Haim Abufalia a «subir y tomar posesión de la que fue tierra de vuestros antepasados».

Cuando Napoleón Bonaparte entró en la región, que por aquellos tiempos eran considerados territorio sirio, al oír los lamentos que emergían de una sinagoga y al enterarse que se debían al llanto de los judíos por la destrucción de su Templo, ocurrido 1700 años atrás, dijo: «Un pueblo que recuerde tanto su pasado tiene su futuro asegurado». Posteriormente, el 20 de abril de 1799, emitió la Proclamación a la nación judía, abogando por la creación de un Estado judío independiente, al considerar que los judíos eran «los herederos legítimos de Palestina».

En marzo de 1891, seis años antes de crearse el Primer Congreso Sionista en Basilea, el evangelista cristiano Benjamín Harrison presentó al entonces presidente de los Estados Unidos el documento conocido como The Memorial Blackstone, en el que se refería a la situación difícil de los judíos rusos de emigrar (para evitar su asesinato en los pogromos) a Europa y tampoco poder hacerlo a Estados Unidos debido a que el costo del billete era muy elevado. En dicho documento se lee: «Si en el Tratado de Berlín en 1878 se devolvió Bulgaria a los búlgaros y Serbia a los serbios; y si Rumania, Montenegro y Grecia fueron quitados a los turcos y entregados a sus dueños, ¿por qué no devolver Palestina a los judíos, de dónde fueron expulsados a la fuerza y la que de manera inalienable les pertenece? (…) Creemos que es el tiempo apropiado para todas las naciones, especialmente las naciones cristianas de Europa, para mostrar solidaridad con Israel (…) restaurémosle la tierra de donde fueron cruelmente desterrados por nuestros ancestros, los romanos».

Unas tres décadas después, el Sharif Hussein en la Meca daba la bienvenida, por la prensa, a los judíos en su retorno a Palestina, reconociéndolos como «los hijos originales del país, de quienes sus hermanos árabes se beneficiarán material y espiritualmente».

Por su parte, Ryan Mervin Bellerose, activista y fundador del grupo de defensas indígenas que lucha por los derechos de los indígenas de Alberta, Canadá dijo: «Los judíos y no los árabes palestinos son los nativos de la región. (…) Las reclamaciones de los palestinos son peligrosas para los pueblos indígenas de todas partes. (…) Es la primera vez en la historia que un pueblo indígena ha logrado recuperar el control de sus tierras ancestrales y ha construido un Estado-nación. (…) Gran ejemplo a emular por nuestros pueblos».

Mientras que Martínez Cobo, exrelator de la subcomisión de prevención de discriminaciones y protección de las minorías de las Naciones Unidas, dijo que los judíos encajaban en su planteamiento por lo siguiente: « (1) Sus tierras ancestrales fueron invadidas por los romanos y luego por los árabes; (2) Comparten un ancestro común con los ocupantes anteriores, según estudios genéticos; (3) Poseen una cultura, lengua y lazos espirituales con las tierras ancestrales como Judea y Samaria; (4) Aunque las diversas comunidades judías tienen algunas diferencias tradicionales, todas mantienen la misma cultura y se mantienen sin cambios; (5) Resucitaron el idioma hebreo, que hoy es el principal».

Centro arqueológico de Beersheba, frontera sur del antiguo reino de Judea, una de las incontables pruebas de la existencia del pueblo judío en la tierra de Israel

Antes de pasar al siguiente aspecto, para que se comprenda mejor lo que a continuación sigue, haré un breve repaso de la investigación de Anees Zaka y Diane Coleman, que demostraron que en ninguna de las 21 referencias que hizo el Corán sobre los árabes se les identificó como pueblo, nación o grupo étnico, ni tampoco existe referencia de alguna tierra árabe, armada, o por lo menos un hombre o una mujer árabe, mientras que en la Biblia/Torá, los árabes aparecen como tribus errantes originarias de la Península Arábiga de etnias mezcladas, que llevaban una vida de austeridad y sin ningún tipo de gobierno, algunas siendo nómadas y sedentarias. Por ejemplo, el profeta Isaias dijo: «los hijos de Cedar serán reducidos, porque el Señor Dios de Israel lo ha dicho» (Is. 21:13,17). Los cedar, término que proviene del nombre del segundo hijo de Ismael (el hijo de la esclava Agar concebido con Abraham) del que, según la Biblia, descienden los árabes, se refiere a los árabes y beduinos. También hay otras referencias a los árabes en la Biblia, pero nunca identificándolos como pueblo y, además, considerados adversarios de los hijos de Israel. Por ejemplo, se menciona que durante la reconstrucción de los muros de Jerusalén, los árabes agrupados con los idumeos y otros grupos étnicos se mofaban de los judíos profiriéndoles amenazas de muerte (Neh. 2:19; 6:1-9,16), que también menciona el profeta Isaías: «Pero aconteció que oyendo Sanbalat y Tobías, y los árabes, los amonitas y los de Asdod que los muros de Jerusalén eran reparados, se encolerizaron mucho y conspiraron para atacar Jerusalén y hacerle daño» (Is. 4:7), o «Y nuestros enemigos dijeron: no sepan, ni vean, hasta que entremos en medio de ellos y los matemos y hagamos cesar la obra» (Is. 4:11). También el rey David exclama en un Salmo: «¡Ay de mí, que moro en Mesec y habito entre las tiendas de Cedar! Mucho tiempo ha morado mi alma con los que aborrecen la paz. Yo soy pacífico; más ellos, así que hablo, me hacen la guerra» (Sal. 120:5-7).

Como se verá más abajo, después de la Primera Guerra Mundial fue creado el sistema de mandato según el cual Palestina e Irak quedaron bajo el mandato de Inglaterra, mientras que Siria, separada del Líbano, quedó bajo el mandato de Francia. Pero no fue sino hasta 1967 que se habló seriamente de una identidad árabe palestina. Ello se debió a que, después de la estrepitosa derrota de los Estados árabes tras la Guerra de Seis Días, esos se dieron cuenta de que por la vía armada no podrán vencer a Israel, pese a la inferioridad numérica y logística del último, por lo cual cambiaron de estrategia. Ello resulta claramente de las palabras de Sahir Muhsein, jefe del departamento de operaciones militares de la OLP  (Organización para la Liberación de Palestina) quien en 1977, en una entrevista que dio a la revista holandesa Trouw, después de explicar que no hay diferencias entre jordanos, palestinos, sirios y libaneses, dijo: «Somos todos miembros de un pueblo: la nación árabe. (…) Somos un pueblo. Es solo por razones políticas que apoyamos nuestra identidad palestina con cuidado. Pues es de interés nacional que los árabes aprendan a promover la existencia de un Estado palestino independiente en oposición al sionismo. Es verdad, la existencia de una identidad palestina está ahí solo por razones tácticas. La fundación de un Estado palestino es una nueva herramienta para continuar la lucha contra Israel y por la unidad árabe». Para más inri, las mismas Constituciones de la OLP confirman las palabras de Muhsein, en el sentido de que el pueblo palestino no existe, sino que es una sucia maquinación inventada por los árabes para deslegitimar el Estado de Israel y a continuación citaré de las mismas:

Primera Constitución de 1964 de OLP definió Palestina en el Artículo 2 «con las fronteras que tenía durante el Mandato Británico». Se refiere a la segunda delimitación realizada por los británicos en 1922, muy injusta y más que ilegal en cuanto a su propio acuerdo previo y también muy criticada por todos los Estados civilizados del mundo, de la que hablaré en las siguientes páginas. Gil-White hizo una excelente observación al respecto cuando dijo que: «si un poder colonial extranjero del siglo XX puede definir arbitrariamente las fronteras de la tierra ancestral palestina, debemos cuestionar la presunta realidad de los mencionados palestinos». Pero luego resulta que la OLP no hizo caso a esa definición y en el artículo 24 de la Constitución estableció que Judea, Samaria y Gaza, territorios que posteriormente y hasta nuestros días reclama (y algunos Estados europeos se adhieren injustificada y descaradamente a esa demanda ilegal, amenazando a Israel), no eran tierras palestinas. Cito el respectivo artículo: «Esta Organización no reclama soberanía territorial sobre Cisjordania (Judea y Samaria) en el Reino Hachemí de Jordania, ni la Franja de Gaza». Ello se debió a que, después de la guerra de 1948, Egipto arrebató ilegalmente Gaza y Jordania hizo lo mismo con Judea y Samaria.

Sin embargo, en 1968 la OLP reescribió su Constitución, pero esa vez dijo que Gaza, Judea y Samaria sí eran territorio palestino y explicaré por qué, dejando claro una vez más la doble moral de la OLP y sus aliados. Resulta que, en 1967, los países árabes musulmanes liderados por el dictador egipcio Gamal Abdel Nasser, declararon una nueva guerra genocida a Israel, lo cual se conoce como la Guerra de Seis Días: «La batalla será general y nuestro objetivo básico la destrucción de Israel. (…) No entraremos a Palestina con su suelo cubierto de arena. Entraremos con su suelo saturado de sangre», clamaba el desquiciado Nasser. Pero Dios ayudó de nuevo a los judíos y la guerra terminó en una nueva derrota para los árabes, mientras que Israel obtuvo el control sobre Gaza, Judea y Samaria, además de otros territorios. Sin embargo, Israel quería la paz, así que, en un gesto sin precedentes en la historia, devolvió los territorios conquistados a sus atacantes, a cambio de una mera promesa de paz. Pero los árabes rehusaron incluso eso, planeando un nuevo ataque en cuanto se recuperasen. A ello se debió que en 1968 la OLP reescribiera su Constitución, pero esa vez considerando que Gaza, Judea y Samaria eran palestinos. «¿Qué conclusión sacamos de todo esto? Que Palestina tiene fronteras flexibles que se definen y redefinen tan solo para utilizarla como “herramienta para continuar la lucha contra Israel”?», se pregunta Francisco Gil-White.

Aclarado ya lo anterior, vamos a analizar ahora otra de las muchas graves acusaciones de la OLP contra Israel que pulula por las redes sociales de todo el mundo y que es usada con mucho gusto por neonazis, yihadistas, judeofobos y conspiranoicos sin criterio ni cultura alguna, y ver si de verdad los sionistas «arrebataron la tierra al pueblo palestino o lo oprimieron de alguna forma», como los anteriores acusan.

Hajj Amin al-Husseini saludando con el saludo nazi a su legión árabe

Uno de los primeros que formuló la teoría anterior, acusando a los judíos del supuesto robo de tierra de los palestinos fue Hajj Amín al Husseini, que se aprovechó de la misma para lanzar su cuarta oleada terrorista entre 1936-1939, bautizada como la Revuelta árabe y cuando usó armamento que con mucho gusto le abastecían Mussolini y Hitler. Intentando comprobar qué había pasado, el gobierno británico, que por aquel entonces ejercía su dominio sobre Palestina, envió un equipo de investigación encabezado por el Lord Peel y el muftí Husseini fue requerido a comparecer. A continuación, reproduzco el diálogo entre este y Sir L. Hammond que formaba parte de la comisión, citado por Peters y Gil-White:

HAMMOND: Su Eminencia nos dibujó un escenario de árabes que eran expulsados de sus tierras y de pueblos que fueron destruidos. Lo que quisiera saber es si el Gobierno (Británico) de Palestina y la Administración adquirieron la tierra y luego se la dieron a los judíos.

MUFTÍ: En la mayoría de los casos las tierras fueron adquiridas.

HAMMOND: Quiero decir adquiridas por la fuerza, con compulsión, como si hubiesen sido adquiridas para uso público.

MUFTÍ: No, no fue así.

HAMMOND: ¿No fueron adquiridas por la fuerza?

MUFTÍ: No.

HAMMOND: ¿Pero entonces estas tierras que ascienden a los 700 000 dunams de hecho fueron vendidas?

MUFTÍ: Sí, fueron vendidas, pero el país fue puesto en condiciones para facilitar aquellas adquisiciones.

HAMMOND: No estoy seguro de estarle entendiendo. Fueron vendidas. ¿Quién las vendió?

MUFTÍ: Los terratenientes.

HAMMOND: ¿Árabes?

MUFTÍ: En su mayoría eran árabes.

HAMMOND: ¿Hubo alguna compulsión para que vendieran? Y si así fue, ¿quién lo hizo?

MUFTÍ: Como en otros países, hay gente que se ve forzada por las circunstancias, las fuerzas económicas, a vender su tierra.

En realidad, las tierras habían sido compradas por el gobierno sionista a precio de oro, como se verá a continuación, y del anterior dialogo está claro que ni siquiera Husseini pudo negarlo. Como bien matiza Gil-White, a diferencia de los europeos y musulmanes, que después de robar, esclavizar y exterminar pueblos enteros de América, África del Norte y parte de Asia, y que luego allí se quedaron sin intención alguna de devolverles ni las tierras ni las justas reparaciones a dichos pueblos, los judíos compraron de forma legítima sus tierras, que generalmente eran de las que nadie deseaba y yermas, y más: transformaron un desierto en un oasis rebosante de vida y próspero.

Uno de los más conocidos defensores del movimiento palestino como nacionalista y anticolonialista es el historiador Nathan Weinstock, quien expuso sus argumentos en su libro El Sionismo: Falso Mesías. Sin embargo, su teoría se cae por sus propios argumentos, viéndose obligado a confesar por sí mismo que la judeofobia de los musulmanes y sus ataques contra los judíos eran iguales que los pogromos de la Rusia zarista, siendo alentados por las propias autoridades, esta vez británicas.

En realidad, los judíos no solo que no oprimían a los árabes, sino todo lo contrario: los ayudaron a liberarse del yugo que les imponían los grandes terratenientes igualmente árabes. De hecho, incluso hoy en día, donde mejor viven los palestinos no es en los países árabes, sino en Israel, donde trabajan en igualdad de condiciones con los judíos y cristianos e incluso tienen un partido político con presencia en el Knesset (el Parlamento israelí), entre muchas otras. Me refiero a los árabes de buen sentido, no a los terroristas. Los árabes de Palestina oprimían a los otros árabes del territorio, esta es la verdad y a continuación analizaré las pruebas.

Weinstock mismo reconoció que, «cuando se discute la compra de tierras por parte de las organizaciones sionistas en Palestina, tiende a omitirse que estas transacciones sucedieron gracias a lo ansiosos que estaban los grandes terratenientes árabes por vender sus tierras (…) porque los sionistas pagaron bien cara su Tierra Santa (…) y su afán de compra produjo una oleada muy lucrativa de especulación en el mercado de bienes raíces: para el año 1931, un aumento de más de 3000%». Luego, Weinstock explica también que los «felajines (los campesinos árabes) fueron desplazados en la compra de tierras hechas por no judíos (o sea: árabes)» y sufrían una tremenda explotación y opresión por parte de la clase feudal árabe, ya que los efendis (los terratenientes árabes) se habían apoderado de sus tierras y los mantenían en un estado de semiesclavitud, lo cual era regla en todo el mundo musulmán. En concreto, los felajines fueron desposeídos de sus tierras por los mismos árabes, los ricos, claro está, que adquirían sus propiedades a precio de ganga y muchas veces por la fuerza, para luego revenderlas a precio de oro a los judíos sionistas. Si lo anterior es reconocido incluso por un antisionista, la cosa está clara.

Por el contrario, los judíos sionistas «prohibían expulsar a los felajines (…) y decían que había que promover los derechos de los trabajadores árabes y mejorar sus condiciones de vida», aclara y demuestra la historiadora Anita Shapira, y si bien se daban casos de judíos que consideraban que las tierras adquiridas tenían que ser labradas solo por judíos, muchos otros no estaban de acuerdo y cuando se compraban tierras donde los efendis aún no habían expulsado a los felajines, «los trabajadores árabes eran invitados a quedarse a labrar las tierras judías». Ello se debía a que la mayoría de los judíos, que habían sido humildes artesanos en Europa, habían probado el amargo sabor de la opresión y no querían dar el mismo trato a otros.

Luego, como reconoce el mismísimo Weinstock, «las repercusiones del capital (sionista) en Palestina y de la expansión económica se sintieron, a la larga. (…) La agricultura avanzó considerablemente durante este periodo y se vio el comienzo de una evolución hacia el cultivo intensivo. Las hortalizas árabes, que cubrían un área de unos 332 000 dúnams en 1921, se extendía sobre 832 000 dúnams en 1942». «¿Puede alegarse un desplazo de los árabes cuando la tierra que cultivan, gracias a la influencia sionista, aumenta más del 100% en veinte años?», se pregunta Gil-White.

Weinstock también se vio forzado a reconocer el benéfico impacto del sionismo para los árabes pobres que se quedaron sin tierra, ya que muchos encontraron nuevos empleos en la explosiva economía judía, muy superiores a la esclavitud en la que hasta ese entonces los habían mantenido sus señores feudales árabes, y cito: «El uso del ganado vacuno y la avicultura crecieron rápidamente, un 60% en 13 años. Los naranjales crecieron a gran velocidad: 22 000 dúnams de cítricos en 1922, a 144 000 en 1937. La producción de vegetales se multiplicó por diez entre 1920 y 1938. Pero con todo, y aquí deben culparse las estructuras sociales primitivas y reaccionarias de los árabes, a la agricultura le continuó haciendo falta capital. Por otro lado, en un periodo de explosión económica e inmigración masiva (tanto musulmana como judía), la escasez de la mano de obra y la fiebre de la construcción favorecían el empleo de los árabes. Además, un gran número de árabes palestinos encontraron trabajo en servicios públicos: 18 000 en 1930, y más de 30 000 en 1945. A estos hay que añadir los que eran empleados por compañías concesionadas en las que el capital era judío pero que por estatutos de la compañía misma tenían que emplear una cierta proporción de obreros árabes. Asimismo, apareció también una industria árabe».

Como se ve, en realidad, los árabes de Palestina vivían mucho mejor con los judíos y de hecho las inmigraciones masivas de árabes después de la llegadas de los judíos sionistas se debieron justo a eso. Por otro lado, los terratenientes árabes, entre ellos el muftí Husseini, se enriquecieron más de lo que habían soñado jamás debido a lo anterior. Sin embargo, los efendis seguían impulsando la judeofobia y ello nos lo demuestra incluso el antisionista Weinstock, explicando en su libro que «la aristocracia terrateniente tenía un control total sobre la vida política» y que el liderazgo del movimiento árabe surgido en reacción al sionismo «estaba en manos de los grandes terratenientes del estrato a’yan (los nobles urbanos)», que ya sabemos que no sentían ninguna piedad para las clases bajas conformadas por los árabes pobres. De hecho, el mismo muftí Husseini reconoció que fueron los grandes terratenientes árabes los que expulsaron a los felajines de sus tierras cuando dijo que los efendis vendían sus tierras «por encima de las cabezas de sus labradores, quienes fueron expulsados a la fuerza». Huelga decir que era Husseini y su familia quienes lideraban a los terratenientes.

Sigue Weinstock: «los pequeños terratenientes árabes ya no se atrevían a vender sus tierras abiertamente a los judíos. Porque mientras que en público los líderes (árabes) arremetían con su propaganda feroz contra los sionistas, denunciando cualquier transferencia de tierra ancestral a los judíos como una traición, en secreto se enriquecían por medio de las operaciones mismas que tan furiosamente denunciaban. (…) Durante la revuelta de 1936-39, las guerrillas de Husseini de hecho ejecutaban “traidores”, pero al mismo tiempo un familiar cercano del muftí (Hussieni) comerciaba con brío en estas transacciones supuestamente criminales, pero con una diferencia notable: esta persona forzaba las ventas de pequeños campesinos árabes a precios despreciables y revendía después la tierra a los judíos a precios altísimos. En otras palabras, la propaganda hipernacionalista se convirtió en un negocio lucrativo, un fraude gangsteril al estilo estadounidense, para los nobles árabes». Hay que tener en cuenta que lo anterior son las palabras de un antisionista defensor del movimiento supuestamente nacionalista y anticolonialista del pueblo palestino.

«Está claro, pues, que en Palestina lo que había era un odio racista contra los judíos que Husseini y sus aliados efendis abanicaban cínicamente para oprimir más a los árabes. El racismo naturalmente pugnaba por evitar que los felajines fueran influenciados por los judíos sionistas. De todas formas, los árabes humildes podían ver los beneficios para ellos del sionismo (por algo habían inmigrado), y Husseini tuvo que dirigir más y más terrorismo contra los árabes para así forzarlos a matar judíos. En conclusión, ¿es justo decir que un milenario pueblo palestino fue despojado por la fuerza de su tierra ancestral? Entonces, ¿por qué nos inculca esta interpretación la mass-media occidental?», pregunta Gil-White.

 

(3) Breve repaso de las causas y antecedentes del sionismo

La existencia del pueblo judío se remonta a unos 4000 años atrás. Sin embargo, a lo largo de este tiempo ha sufrido varios exilios, el último en el año 70, debido a la conquista romana. Sorprendentemente, los profetas de la Biblia ya habían pronosticado lo anterior, e  igual pronosticaron su retorno a la Tierra Prometida. De acuerdo con la Torá (que son los primeros cinco libros de la Biblia, conocidos como el Pentateuco), el primer retorno se remonta al siglo XIII a.C., cuando los judíos volvieron de Egipto después de cuatro siglos de esclavitud, donde habían emigrado debido a una hambruna, siendo guiados por Moisés y que conocemos como el Éxodo (12:37-51). El segundo retorno ocurrió en 597 a.C., cuando se utilizó por primera vez la expresión «retorno a Sión» (Ezra, capítulos II y III); y el tercero empezó a finales del siglo XIX y aún está en marcha.

El tercer y actual retorno fue provocado por el antisemitismo cuyas consecuencias en muchas ocasiones trágicas sufrieron los judíos en Europa. Además, durante la década de 1870-1880, en Rusia y Polonia se registraron de nuevo sangrientos pogromos, que poco más tarde se agravaron bajo las acusaciones de que los judíos habían estado detrás del asesinato del zar Alejandro II, aunque la historia demostró posteriormente que, en realidad, los perpetradores fueron los nihilistas.

En ese tiempo, muchos judíos se habían integrado totalmente dentro de los pueblos donde vivían e incluso muchos de ellos incluso denigraban el judaísmo, dando paso al fenómeno conocido como «judío no judío». La asimilación fue recomendada por varias personalidades, como Moritz Hesse, un judío-alemán y León Pinsker, un judío-ruso, que vivieron en el siglo XIX. Pero debido al antisemitismo cada vez más acentuado y del resurgimiento de los pogromos, al final tuvieron que reconocer que la misma no era la vía para que los judíos pudieran vivir en paz en medio de los pueblos europeos. Consecuencia de lo anterior, al final Hesse cambió su nombre por Moisés y escribió su obra Roma y Jerusalén, en la cual expone la imperante necesidad de una nación para los judíos exiliados. Por su parte, León Pinsker expresó en Auto-emancipación la necesidad de crear un congreso de judíos notables, siendo consciente de que la solución era la creación de un estado judío: «El único remedio sería la creación de una nacionalidad judía, de un pueblo viviendo en su propio suelo». A continuación, Pinsker visitó las comunidades judías a fin de obtener la financiación necesaria para un plan de colonización de la tierra de sus ancestros.

Ya en 1855, Moisés Montefiori había promovido la compra de tierras en Israel, pero como vimos anteriormente, el mito de que las compraran a un precio irrisorio no se sostiene y en realidad es justo al revés. Los registros que se hicieron públicos después de la Primera Guerra Mundial demostraron que un porcentaje del 73% de dichas tierras se compraron a terratenientes árabes ausentes, que vivían en Damasco, Cairo y Beirut y a un precio exorbitante. Sin embargo, en 1858, el gobierno otomano prohibió la venta de tierras a los judíos bajo pena de muerte.

Como vimos antes, en las descripciones hechas por viajeros y escritores de la época, Israel no era ni de lejos la tierra de la que manaba leche y miel que describía la Biblia, sino todo lo contrario: una tierra de nadie, un desierto habitado por una población que había sido diezmada por la malaria y que estaba integrada principalmente por judíos y árabes, los últimos siendo casi en su totalidad seminómadas y beduinos. Por aquel entonces, a los pobladores de la zona se les llamaba palestinos, aunque tal como se expresan los antiguos libros de la época, el término se aplicaba especialmente a los judíos, y no a los árabes. Fue después del surgimiento del movimiento sionista cuando los judíos iban a volver a llamarse judíos y después del surgimiento de la OLP, en los años 60 del siglo pasado, cuando Yasser Arafat iba a nombrar palestinos exclusivamente a los árabes de la zona.

La Organización Sionista Mundial define el sionismo como: «Movimiento que defiende el derecho del pueblo judío a retornar a su patria y vivir allí como un pueblo libre en un Estado judío independiente, en su patria histórica» y fue impulsado por primera vez por Hesse, Pinsker y el rabino Zebi Hirsch Kalischer. Los que iniciaron el retorno a Israel fueron los judíos de Polonia y Rusia, entre 1882 y 1904, huyendo de los pogromos. Influenciados por algunos rabinos, consideraban que no era necesario esperar la llegada del Mesías para volver a su tierra ancestral, sino que el Mesías iba a volver cuando en Israel iba a morar un número significativos de judíos. A diferencia de la inmigración, el retorno de los judíos a Eretz Israel, la Tierra de Israel, se llama aliya, que fue definida por Berl Katznelson, uno de los líderes del movimiento kibutz: «El partir a cualquier otra tierra lo llamamos inmigración, pero retornando a Sión es aliyá. Aliyá es el ascenso de las profundidades del Galut (exilio) hacia la tierra natal, a la tierra de la libertad».

Lo anterior aumentó significativamente la población de Palestina y no solo judíos, sino también árabes atraídos por la prosperidad que creaban los judíos. Según Elena Dantas, «ante el desconocimiento no sólo del cultivo de la tierra, sino de las condiciones climáticas de un ambiente totalmente diferente al suyo, los inmigrantes (judíos) se vieron en la necesidad de recurrir a los árabes para adjudicarle las labores de la agricultura, lo que fue un factor favorable para ellos, ante la gran afluencia de trabajo que esto va a producir. Un estudio demográfico realizado por la Universidad de Columbia demostró que, a finales del siglo XIX, la población árabe había logrado un crecimiento notable de 1 300 000, cuadruplicando el número de habitantes en menos de un siglo».

El segundo aliyá se produjo entre 1904-1914 y el tercero entre 1919-1923, cuando llegaron unos 37 000 judíos principalmente de Rusia, pero también de Polonia, Lituania y Rumania. Después de 1933, cuando Hitler subió al poder, llegaron otros 80 000 judíos. Debido al largo exilio, el idioma hebreo había dejado de usarse, excepto en oraciones y lecturas de la Torá y del Talmud. Fue Ben Yehuda quien elaboró el diccionario que se convertiría en la base del actual hebreo, aunque debido a ello fue tildado de hereje por algunos judíos religiosos, que consideraron que había transformado el antiguo lenguaje sagrado en uno secular.

Hace unos 2500 años, el profeta Ezequiel vaticinó que a finales del siglo XIX el pueblo judío iba a volver a su tierra ancestral. A continuación, citaré algunas de las profecías de la Biblia sobre el retorno total del pueblo judío a Israel:

«Por tanto así ha dicho el Señor: ahora volveré la cautividad de Jacob y tendré misericordia de toda la casa de Israel. (…) Y sabrán que Yo soy el Señor cuando después de haberles llevado al cautiverio entre las naciones, los reúna sobre su tierra, sin dejar allí a ninguno de ellos» (Ez. 39:28)

«Del oriente traeré tu generación y del occidente te recogeré. Diré al Norte: da acá; y al Sur: no te detengas, trae de lejos a mis hijos y a mis hijas de los confines de la tierra» (Is. 43:5-7)

Para entender mejor el contexto en el que se produjo el movimiento nacionalista judío, conocido como sionismo, tenemos que hacer un recorrido por la historia moderna de Europa. Después de unos 2000 años de persecuciones, hostigamiento y asesinatos impulsados por el Vaticano y las monarquías y nobleza occidental, aproximadamente un 90% de los judíos se refugiaron a Europa oriental. Pero pese a que allí el trato que recibieron fue algo mejor, tampoco se puede decir que su condición mejoró mucho. Por poner un ejemplo, mencionaré el pogromo de 1903 de Kishinev, Rusia (que actualmente pertenece a la República de Moldavia), resumido por Gil-White que cita a Elon: «El 19 de abril sucedió un ultraje en el pequeño pueblo besarabio de Kishinev, que en menos de 48 horas dejó 45 judíos muertos y casi 600 heridos. 1500 negocios y casas fueron saqueados o destruidos. Sonaban las campanas de la iglesia para anunciar el domingo de Pascua cuando una muchedumbre salvaje, obedeciendo una señal, se lanzó atropellada por las estrechas calles matando judíos y poniéndole fuego a sus casas y negocios. En las décadas anteriores la población cristiana de Kishinev, de unos 60 000 personas, había vivido en paz con sus 50 000 vecinos judíos, que eran artesanos o dueños de pequeños comercios. Pero el único periódico en el pueblo era un diario antisemita sensacionalista, el Bessarabitz, subsidiado por un presupuesto especial del Ministerio de Asuntos Internos del Zar. En los meses que precedieron la conflagración, el Bessarabitz había lidiado una campaña de incitación violenta contra los judíos de Kishinev, acusándolos de capturar y asesinar de forma ritual a bebés cristianos y de apoyar, simultáneamente, la revolución socialista y la explotación capitalista de los cristianos.

La policía no hizo ningún esfuerzo por interferir ni con los asesinatos que por todas partes cundían, ni con el saqueo, ni con los quemazones. Durante casi veinticuatro horas, mientras que el ejército permanecía en sus barracas bajo órdenes del gobernador de la provincia, la multitud se desaforó. Se martillaron clavos en los cráneos de las víctimas, se les arrancaron los ojos de la cara, bebés fueron azotados contra la calle desde los pisos más altos de los edificios. Hombres fueron castrados, mujeres violadas. El obispo local se paseó en su carruaje en medio de la multitud, bendiciéndola. Solo al caer el sol, al segundo día, apareció finalmente la policía para dispersar al gentío. Para entonces había sido consumada esta atrocidad.

Se pensaba que había sido Konstantín Pobedenostsev, el consejero del Zar y cabeza del Santo Sínodo, quien había inspirado el ultraje para desviar el descontento popular e impedir que se unieran los pobres al movimiento socialista. La política de Pobedenostsev ante el problema judío fue tripartita: un tercio de los judíos sería convertido al cristianismo por la fuerza, un tercio sería expulsado y un tercio sería asesinado. Se dijo ampliamente que Wentzel von Pleve, el Ministro de Asuntos Interiores del Zar, le había dado instrucciones al gobernador de Kishinev que no se esmerara demasiado protegiendo a los judíos. En Kishinev el gobierno estaba poniendo a prueba una nueva técnica para ahogar el fervor revolucionario en sangre judía. La noticia del pogromo fue suprimida en los diarios rusos, los cuales dijeron solamente que había habido un repentino estrago de violencia provocado por los judíos».

Desafortunadamente, lo anterior no fue el único incidente de este tipo, ni el peor.

En Occidente la cosa tampoco era mejor. En la misma época, Theodor Herzl, un periodista vienés que iba a convertirse en el más famoso nacionalista judío, estaba preocupado cada vez más debido a incidentes como el anterior y del aumento del antisemitismo en Europa, especialmente en Alemania. Ello lo hizo pronosticar que iba a producirse un gran genocidio, lo cual ocurrió pocas décadas después de su muerte, a mano de los nazis. Herzl era un judío acomodado, totalmente asimilado a la cultura cristiana europea y alejado de los fundamentos de la cultura judaica. Había estudiado el Derecho, pero su gran pasión siempre fueron la literatura y el teatro. Igual que Moisés, no presenció el nacimiento del Estado de Israel, pero fue su obra El Estado Judío y el movimiento que nació a raíz de ella, lo que lo hiciera posible.

La teoría arianista de Max Müler, cuyo fracaso científico no vejó en absoluto su éxito cultural y años más tarde iba a ser la base ideológica de los nazis, siendo incluso hoy en día ventilada por las redes sociales, fue el pilar del nacionalismo alemán ferozmente antisemita, debido a que ofrecía una alternativa a la humillación que sentían los cristianes alemanes al saber que eran un producto del judaísmo, ya que el Antiguo Testamento se ubica en Israel y el mismo Jesucristo fue judío. «Pero ya en el siglo XIX era muy popular y, además de servirle de herramienta a Bismarck, promovió el rechazo, muy doloroso, hacia todos los judíos que amaban a Alemania. Teodoro Herzl fue uno de los rechazados. “Estos días tiene uno que ser rubio”, escribió Herzl en una nota encontrada entre sus efectos de su época de estudiante. Su propia fraternidad de la universidad, Albia, la cual era, como él, pro alemana, se convirtió en un nido de antisemitas. En marzo de 1883 Herzl presentó furioso su renuncia».

Sin embargo, lo que colmó el vaso para Herzl fue el caso Dreyfus. Cuando Alfred Dreyfus, un alto oficial judío del ejército francés, fue acusado falsamente de alta traición a la patria y condenado a cadena perpetua (aunque fue puesto en libertad pocos años más tarde, al demostrarse su inocencia), Herzl cubrió el caso como periodista para el Neue Freie Presse. Los gritos de las turbas enloquecidas por las calles de Paris que gritaban «Muerte a los judíos», a todos los judíos, y no solo a Dreyfus, le provocaron una fuerte impresión. Se dio cuenta de que los judíos seguían siendo considerados extranjeros (en su propio país) incluso después de dos mil años de convivencia, que no eran percibidos simplemente como practicantes de una religión distinta y que no tenía sentido combatir el antisemitismo disfrazado de nacionalismo de los pueblos europeos. Por lo cual pensó que, si los europeos consideraban que los judíos eran un pueblo distinto, de acuerdo con la ideología nacionalista de autodeterminación, muy en alza en la Europa en aquellos tiempos y que exigía un Estado para cada pueblo, entonces los judíos también necesitaban un Estado propio. Plasmo en su libro la anterior idea, viajó a las grandes capitales de Europa, se entrevistó con reyes, aristócratas, estadistas, juristas y financieros y trató de convencerles de que era muy simple deshacerse de los indeseables judíos si apoyaban la creación de un Estado judío independiente.

Herzl no era religioso, por lo que en un primer momento consideró que cualquier territorio serviría, siempre y cuando se le otorgara soberanía judía. Propuso territorios de varias partes de mundo, pero al ser tachado de traidor por algunos de sus correligionarios (debido a ello) y pensando en la añoranza milenaria de los judíos por Jerusalén, por Sión, la tierra de Israel, al final se decidió por lo último. Muchos judíos, especialmente los bien posicionados en Europa, no solo que no se volvieron sionistas, sino todo lo contrario: antisionistas feroces. Pero otros tantos, generalmente los más pobres, abrazaron con alegría su propuesta, y dejaron las tierras donde vivían y que amaban, pero donde sufrían constante rechazo o peor, y emprendieron una larga y arriesgada travesía hacia su tierra ancestral.

Por aquel entonces, Israel estaba bajo el gobierno otomano y el sultán estaba en bancarrota. Por lo que Herzl intentó obtener una carta constitutiva del gobierno turco, prometiendo a cambio que el gobierno sionista asumiera su deuda. Pero el sultán rechazó su oferta. Sin embargo, unos pocos inmigrantes judíos compraron pequeñas parcelas y se transformaron en agricultores. Pocos años después, al finalizar la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña obtuvo el mandato de la zona, que rebautizó como Palestina, igual que en el antiguo Imperio Romano, y por medio de la famosa Declaración de Balfour se comprometió a crear una patria judía en el Oriente Medio.

Hay que aclarar el interés que tenía Gran Bretaña por Palestina y ello lo explica muy bien el historiador Saadia Weltmann, que nos aclara que cuando los turcos atacaron, durante la Primera Guerra Mundial, desde el Canal de Suez, los ingleses se dieron cuenta de que era un nudo de comunicación muy importante para su imperio. Por ello, en 1916 firmó el acuerdo Sykes-Picot con Francia y el Imperio Zarista como socio menor, para dividirse entre las tres potencias las tierras del Imperio Otomano. Dicho acuerdo dictaba que Jerusalén y sus alrededores iban a ser área internacional gobernada conjuntamente por los británicos y los franceses y, para contar con el apoyo de los aristócratas árabes locales, les prometieron que obtendrían a cambio tierras otomanas. Sin embargo, al finalizar la guerra, el nuevo gobierno británico decidió que mejor gobernar Palestina sin los franceses, por lo que un mandato para crear allí una patria judía fue considerado como un excelente argumento para obtener el control total de la zona y así tener salida al Canal de Suez. Weltmann considera que esa fue la clave de la Declaración de Balfour, que fue promulgada el 2 de noviembre de 1917.

El 24 de abril de 1920, en la Conferencia de Paz de San Remo, la Declaración de Balfour obtuvo validez legal internacional y «a consecuencia directa de esa decisión, Gran Bretaña se comprometió a establecer, o más precisamente a reconstituir, el Hogar Nacional Judío en Palestina» (Weltmann). Debido a ello, el día siguiente Gran Bretaña recibió de la Liga de las Naciones el control de lo que se llamaría el Mandato Británico de Palestina. A cambio, se comprometió a crear el Estado judío en Palestina, que se reservaba integralmente para el pueblo judío y que por aquel entonces no existía como entidad legal bajo la ley internacional. «El Hogar Nacional Judío y Palestina eran por lo tanto sinónimas, dado que ambas fueron creadas en el mismo instante y para el mismo propósito» (Gil-White) y «de otra manera, Palestina nunca hubiera sido creada como un país propio el 24 de abril de 1920» (Grief).

La Declaración de Balfour fue aprobada por ley del Congreso de los Estados Unidos en 1922 y en un primer momento contó también con la aprobación de los árabes, ya que en la Conferencia de Paz de París de 2 de marzo de 1919, Jaim Weizmann junto con otros líderes sionistas firmaron con el Emir Feisal ibn Hussein un acuerdo «consciente de los vínculos raciales y consanguíneos entre los árabes y judíos» y el día siguiente, el emir mandó una nota al líder sionista Felix Frankfurter expresándose así: «Los árabes, especialmente los educados entre nosotros, vemos con profunda simpatía el movimiento sionista (…) y le damos calurosamente nuestra bienvenida (…) el movimiento judío, como el nuestro, es nacionalista y no imperialista. En Siria hay sitios para ambos y no puede haber una victoria real sin la presencia de ambos».

Sin embargo, los gobernantes británicos en realidad no se entusiasmaron con recrear el Estado judío en Palestina, y eso porque deseaban más bien el apoyo de los terratenientes árabes, que eran profundamente antisemitas, mientras que los judíos no eran más que un paupérrimo grupito de gente odiada en todas partes. Por lo que, en lugar de respetar lo asumido en la Declaración de Balfour, pusieron en marcha una política antisionista muy violenta. A ello se sumaba el desgano de los líderes sionistas que siguieron a Herzl. El historiador Kenneth Levin dijo que en 1914, pese al entusiasmo de muchos judíos sionistas (generalmente los más oprimidos en Europa), Jaim Weizmann, sucesor de Herzl en la dirección de la Organización Sionista, incluso pidió menos de lo que le ofrecían los británicos, explicando que solo deseaba «un lugar donde (los judíos) formaran una parte importante de la población (…) aunque fuera este lugar muy pequeño. Por ejemplo, algo así como Mónaco, con una universidad en vez de un casino».

«Esto traicionaba por completo la visión original de Teodoro Herzl, ya que si los judíos no eran una mayoría demográfica en un Estado propiamente judío, no podrían defenderse jamás del antisemitismo. Aquellos políticos británicos que se habían entusiasmado con el proyecto sionista, vieron ahora la timidez y desgano de Weizmann y redujeron su entusiasmo. Terminaron hablando, como él, de un “plan cultural” y de crear “un gran centro espiritual para el judaísmo en la Tierra Santa”. Así, los británicos se comprometieron no a la creación de un Estado sino más ambiguamente de una “patria”, un lugar donde los judíos tuvieran derecho a asentarse y punto. Entre los judíos británicos humildes Herzl había encontrado un apoyo apasionado, pero los adinerados eran más bien antisionistas, pues se preocupaban de proteger su cómoda posición, esmerándose para ello en no ofender a ningún antisemita en la clase gobernante británica. Weizmann se codeaba, precisamente, con los judíos ricos, y parece haberles querido dar gusto. (…) Pero el problema de Weizmann no era simplemente timidez y fue gracias en parte a su “liderazgo” que tomaron la batuta en Palestina, con firmeza, los antisemitas británicos. Estos movieron viento y marea para hacer marcha atrás con el movimiento sionista en Palestina, forjando un martillo con el cual quebrarlo: Hajj Amín al Husseini», dice Gil-White.

Sin embargo, en Palestina no todos los árabes se oponían a la inmigración judía y muchos incluso consideraban que era beneficiosa. Pero Hajj Amín al Husseini era de los que se oponía y con él se aliaron los británicos. Sus familiares eran los amos de Jerusalén de generaciones, tenían buenas relaciones con los turcos otomanos y Husseini incluso había sido oficial del ejército turco. A principio de la segunda década del siglo pasado, Husseini empezó a organizar grupos terroristas para atacar a los judíos y en abril de 1920, durante la fiesta de Nebi Musa cuando los musulmanes celebraban, irónicamente, a Moisés, el libertador de los judíos, «las masas árabes descendieron sobre los barrios judíos masacrando, quemando y saqueando. Los disturbios duraron cuatro días». La historiadora Anita Shapira dijo que «las autoridades británicas ni siquiera parpadearon con los disturbios de al-Nebi Musa, los cuales sucedieron bajo el régimen militar que fungía como autoridad suprema en Palestina». La investigación del gobierno militar británico estableció que los ataques habían sido perpetrados no solo contra los judíos sionistas, sino también contra los judíos que desde siempre vivían allí, atribuyendo la culpa a Husseini y a Aref al Aref.

La anterior mencionada historiadora demostró que, en realidad, los líderes militares británicos al mando de Palestina querían deshacerse de los sionistas y que «hay evidencia que esta posición fue comunicada a los líderes árabes, que lo tomaron en cuenta». Una de esas evidencias es el diario del coronel Richard Meinertzhagen, ex jefe de la inteligencia militar británica en Cairo, según el cual el coronel Waters Taylor, asesor económico de la administración militar de Palestina del 1919 al 1923, se reunió Husseini y le dijo «que él tenía una gran oportunidad en Pascua de mostrarle al mundo (…) que el sionismo era impopular no sólo con la administración (británica) palestina, sino en Whitehall (gobierno británico en Londres) también, y que si ataques suficientemente violentos ocurrían en Jerusalén de Pascua, tanto el general Bols como el general Allenby propondrían el abandono de la patria judía. Waters Taylors explicó que la libertad (árabe) sólo podría lograrse con la violencia» (Bard). Poco antes había habido otro atentado terrorista contra los judíos en Galilea, del cual los sionistas habían avisado a los británicos, advirtiendo que lo mismo era probable que ocurriese en la fiesta de al-Nebi Musa. Pero justo antes de las celebraciones de al-Nebi Musa, el ejército recibió órdenes de salir de Jerusalén, escribe Shapira. Luego, cuando el líder judío Vladimir Jabotinsky intentó organizar la autodefensa, fue arrestado por los británicos y sentenciado a quince años de cárcel (aunque luego fue puesto en libertad, pero en el contexto de una amnistía general que liberó también a los agresores).

El lugarteniente coronel John Patterson de la oficialía británica en Palestina expresó públicamente que los responsables británicos deseaban que los árabes ejercieran violencia contra los judíos y que lo anterior no fue ningún error: «Un pogromo como los que hasta ahora se creía solo sucedían en la Rusia Zarista tuvo lugar en la Ciudad Santa de Jerusalén en abril de 1920, y como fue éste el clímax de la mala administración de las autoridades militares (británicas), considero que los hechos de este caso deben publicarse».

En realidad, el objetivo de un importante segmento de oficiales británicos nunca fue respetar la Declaración de Balfour y «la idea era presentarle al público judío, al público británico (donde, por simpatía con el pueblo judío y por razones religiosas protestantes, había muchos pro sionistas) y a la Liga de las Naciones (la organización responsable de velar por el cumplimiento de las obligaciones de Gran Bretaña), el siguiente argumento: el proyecto sionista debe ser “lamentablemente” abandonado porque los árabes simplemente no lo van a permitir. (…) Los oficiales británicos en Oriente Medio estaban tratando que la Declaración de Balfour, con sus promesas de asistencia británica para la formación de una patria judía, formara parte del acta constitutiva del Mandato Británico de Palestina. Eso habría de decidirse en la Conferencia de San Remo de 24-25 de abril de 1920, y por eso fue que los disturbios ocurrieron precisamente a principios de abril» (Gil-White).

Pese a esas sucias maniobras, en San Remo se decidió la creación de una patria judía en Palestina bajo la protección británica, ratificada posteriormente por la Liga de las Naciones. Sin embargo, los ataques terroristas fueron utilizados como excusa para reducir la cuota permitida de inmigrantes judíos, justificando que los árabes serían imposibles de controlar en caso contrario.

Un año después, en mayo de 1921, hubo otro ataque terrorista árabe contra los judíos en Jaffa, aún más violento, y de nuevo los británicos se aliaron con los árabes, ocultando en sus comunicados que había sido iniciado por esos y sin imponerles ningún castigo, aunque sí detenían a cualquier judío que se atreviera a defender su familia y propiedad y con ello hiriese a algún atacante. Además, «los británicos pusieron un alto a la inmigración (judía) e inclusive los judíos que ya habían zarpado hacia Palestina fueron regresados a sus puertos de embarque», según explicó John Patterson. Como si lo anterior no fuese suficiente, «se amputaron tres cuartas partes del territorio de Palestina, todas ellas al Oeste del Río Jordán, bautizadas de aquí en adelante Transjordania. El nombre Palestina se reservó solo para el pequeño territorio sobrante, con las peores tierras, abrazando la costa del Mediterráneo. Los judíos quedaron así vetados de un 75% del territorio al que originalmente habían de migrar, pues tenían derecho legal a un lugar llamado Palestina cuyas fronteras habían sido ahora mágicamente redefinidas a la baja, y no tenían derecho a asentarse en otras partes. Una astucia. A los inmigrantes musulmanes, por contraste, no se les prohibió el asentamiento en la muy reducida patria judía. Esa fue la primera partición de Palestina. Habría otras» (Gil-White). Aunque el colmo fue el nombramiento de Hajj Amín al Husseini, que más abajo veremos que fue coartifice de la Solución Final de los nazis, como muftí de Jerusalén.

En realidad, después de los ataques de 1920, Husseini fue sentenciado a diez años de cárcel por las autoridades británicas, pero las mismas autoridades lo indultaron un año después. En las elecciones para muftí, Husseini ocupó el cuarto lugar, lo cual lo descalificaba porque las leyes estipulaban que el gobierno británico nombrara al candidato que más le gustara de entre los tres primeros. Pero los británicos presionaron a uno de los candidatos a renunciar y eligieron a Husseini, favoreciendo así el terrorismo árabe y para colmo, recibiendo para ello un subsidio del gobierno británico.

Pero desde 1928 «empezó a incrementarse la tensión entre árabes y judíos. (…) Hubo más y más incidentes de violaciones árabes a jovencitas judías en Jerusalén e incrementaron también los robos en las ciudades y pueblos por todo el país. (…) Lo que animaba estos incidentes era un elemento criminal, no un sentimiento nacionalista», escribe Anita Shapira. Husseini organizó ataques que se extendieron de Jerusalén por todo el país. «Los ataques de 1929 se acompañaron de lemas árabes como “La ley de Mahoma está siendo implementada con la espada”, o “Palestina es nuestra tierra y los judíos son nuestros perros”. También hubo actos brutales de los árabes que parecen no haber tenido otro objeto que la crueldad misma, como los asesinatos de Hebrón, donde niños pequeños fueron torturados por sus asesinos antes de ser ejecutados. (…) El peligro parecía amenazar la supervivencia de la comunidad judía entera», sigue la misma autora.

Pogromo de Jerusalén

Los británicos de nuevo no hicieron nada para frenar la carnicería y, aunque después la comisión de investigación británica atribuyó toda la culpa a los árabes, de nuevo los favorecieron. «A pesar de una reacción ofendida de los líderes de la comunidad judía en Palestina y también de gran parte del público británico, y a pesar de la condena de la Liga de las Naciones, el gobierno británico impuso un moratorio a la inmigración judía en mayo de 1930 y el otoño siguiente firmó el así llamado White Paper de Passfield, que especificaba medidas anti-sionistas adicionales. Hubo protestas y posteriormente dio un poco marcha atrás con las restricciones a la inmigración, pero el White Paper no se revocó. Tampoco perdió su puesto Husseini, aunque la comisión británica de investigación de Shaw concluyera que había sido el responsable de la carnicería. (…) Si bien los acuerdos internacionales firmados por Gran Bretaña la comprometían oficialmente a cooperar con el proyecto de construir una patria judía en Oriente Medio, sería falso afirmar que Gran Bretaña se esforzó en esta tarea. Al contrario, la patria judía se construyó muy a pesar de los gobernantes británicos, quienes en realidad se aliaban con los árabes para sabotear con violencia extrema el proyecto sionista» (Gil-White).

El antisemitismo que los judíos habían sufrido en Europa se volvió aún más doloroso en Medio Oriente debido al extremismo árabe-musulmán bajo los mismos estereotipos y mitos de Europa, pero ahora bajo el nombre de antisionismo. El conflicto se acrecentó en 1964 con el Pacto Nacional Palestino según el cual «el establecimiento del Estado de Israel es enteramente ilegal. (…) La Declaración de Balfour es nula e inválida. (…) La pretensión de un vínculo histórico o espiritual entre los judíos y Palestina no concuerda con históricas realidades y sólo los árabes tienen derecho a la autodeterminación. (…) El Estado de Israel no tiene derecho a existir. (…) Los árabes palestinos no aceptan ninguna otra solución que no sea la total liberación de Palestina, a través de la lucha armada». Los árabes palestinos y de los demás países árabes niegan rotundamente el vínculo del pueblo judío con Israel, pese a los hechos históricos demostrados más que de sobra y corroborados por un sinfín de hallazgos arqueológicos, amenazando con la destrucción de los judíos, que repiten día sí día también en los medios de comunicación y que en los últimos años ha invadido las redes sociales de Europa también.

 

 

(4) El papel de Hajj Amin al Husseini en el Holocausto y su colaboración con los nazis

En todo el continente europeo de la década de los años treinta del siglo pasado, las largas filas de pobre gente con una Estrella de David (que además tenían que pagar) en sus ropas caminando cabizbajo hacia los trenes que los llevaban como a animales hacia los mataderos de los centros de exterminio nazi, gente a la que nadie ayudó y excepto el búlgaro, ningún gobierno del mundo defendió sino todo lo contrario: les cerraron las fronteras, dejándoles como única posibilidad el asesinato o el suicidio, constituyen la prueba clara de que ese oculto lobby judío del que hablaba los best-seller Los Protocolos de los Sabios de Sión y El Judío Internacional de Henry Ford, además de la prensa vaticana en su diario jesuita Civiltta Católica, entre muchas otras, no fue más que propaganda odiosa lanzada, entre otros, por la Iglesia, como veremos a lo largo de este libro. El débil es el fuerte, la inversión orwelliana funcionó una vez más. La misma prueba nos aportan los Einsatzgruppen, las unidades móviles nazi de masacre civil que asesinaron fuera de Alemania a más de dos millones de seres humanos, la mayoría judíos, aunque también comunistas, eslavos, gitanos, polacos, homosexuales, pacientes de hospital, prisioneros de guerra indefensos e inclusive huérfanos.

Sin embargo, en los años treinta, pese a las declaraciones antisemitas violentas propagadas por los nazis, Hitler en un primer momento quiso que los judíos saliesen de Alemania y del área europea que controlaba, la expulsión (y no el asesinato) siendo inicialmente la política general nazi. Sobre ello hay un consenso que no da lugar a interpretaciones. Tobias Jersak dejó claro que «a partir de la publicación en 1995 de la documentación de Michael Wildt sobre el Servicio de Seguridad de la SS  y el Problema Judío, ya nadie niega que a partir de 1933 la política nazi concerniendo el Problema Judío buscaba la emigración de los judíos, preferentemente a Palestina». Por otro lado, Gunnar Paulsson aclara que inclusive después de conquistar Polonia, «los nazis permitían todavía la emigración judía y hasta la favorecían, y consideraban mientras otros planes de expulsión», como por ejemplo reasentarlos en Madagascar. Christopher Simpson aclaró que, aunque la matanza de judíos había empezado, promovida principalmente por individuos como Reinhard Heydrich, de los SS Einsatzgruppen, «otros ministerios preferían una variedad de planes de deportación y reasentamiento, aunque no se ponían de acuerdo dónde relocalizar a los refugiados ni tampoco cuánto terror aplicarles». Marrus & Paxton concluyeron que «hasta el otoño de 1941, aunque nadie definía la Solución Final con precisión, todo indica que se trataba de un vasto programa de emigración masiva que quedaba todavía por especificar».

Sin embargo, en el otoño de 1941 algo sucedió y los nazis cambiaron de opinión, optando ya no para la expulsión de los judíos, sino para su asesinato. No había dónde expulsarlos porque, tal como apunta James Carroll, «los mismos líderes mundiales que habían denunciado la violencia antijudía de los nazis se rehusaban a recibirlos como refugiados. Para que la Solución Final se volviera irreversible, fue crucial el descubrimiento tardío de Hitler sobre la indiferencia política de las democracias europeas para con la suerte de los judíos». Por lo que, el 23 de octubre de 1941 Heinrich Himmler decretó que, a partir de esa fecha, los judíos ya no podrían salir de los territorios controlados por los nazis.

Poco más tarde, el 9 de noviembre de 1941, nuestro ya conocido Hajj Amín al Husseini llegaba a Berlín, siendo recibido por los nazis con todos los honores. Husseini era un árabe palestino que había sido muftí de Jerusalén, la máxima autoridad política, burocrática y religiosa entre los musulmanes del Mandato Británico de Palestina, y llegaba justo después de haber dirigido para el gobierno pro nazi de Irak una gran matanza de los judíos de Bagdad. También se sabía que a lo anterior se sumaban varias matanzas de judíos que había organizado en las últimas dos décadas en la Palestina Británica, como se verá a lo largo de este capítulo. El 28 de noviembre, Husseini tuvo una larga y tendida charla con Hitler quien, tal como resulta de las minutas nazi, aseguró al muftí que Alemania conquistaría Oriente Medio, que el «objetivo único de Alemania sería la destrucción del elemento judío que reside en la esfera árabe» y que colocaría a Husseini como el «vocero con mayor autoridad para el mundo árabe».

Pocos días después, el 20 de enero de 1942 se convocó la famosa Conferencia de Wannsee, mediante la cual los nazis avisaron que la Solución Final ya no era un programa de expulsión de los judíos, sino de exterminio. La llegada de Husseini a Berlín parece que tuvo mucho que ver con lo anterior y ello fue demostrado más que de sobra años más tarde, en 1961, durante el juicio de Adolf Eichmann, el tristemente famoso arquitecto del exterminio judío, aliado con Heinrich Himmler y muy amigo de Husseini.

La influencia del muftí Husseini sobre Eichmann y Himmler fue demostrada a los magistrados del Tribunal de Crímenes de Guerra de Núremberg por Andrej Steiner, quien reprodujo una conversación que había tenido durante la guerra, en Bratislava, con Dieter Wisliceny, la mano derecha de Eichmann (los interesados pueden analizar en el libro de Francisco Gil-White casi todo el juicio). Según contó Steiner, ese le había preguntado a Wisliceny por qué los judíos no podían ser enviados a Palestina. «Wisliceny se rió y me preguntó que si no había oído hablar del Gran Muftí Husseini. Me explicó que el muftí tenía lazos muy estrechos de cooperación con Eichmann y que por lo tanto Alemania no podía permitir que Palestina fuera el destino final, pues sería un golpe contra el prestigio de Alemania, en la opinión del muftí». Wisliceny explicó a Steiner que: «El muftí [Husseini] es un enemigo mortal de los judíos y siempre ha peleado por la idea de exterminarlos. Insiste siempre en esta idea y también en sus pláticas con Eichmann. El muftí es uno de los progenitores de la destrucción sistemática del pueblo judío europeo por los alemanes y se ha convertido en el colega permanente, socio y consejero de Eichmann en la implementación de este programa». Es evidente que Wisliceny, que corroboró el testimonio de Steiner ante los investigadores de Nuremberg, consideraba a Husseini no solo coarquitecto y codirector del Holocausto, sino instigador directo y principal del asesinato de millones de judíos de Europa.

A ello se añade el testimonio que Rudolf Kastner entregó al Tribunal de Núremberg sobre sus conversaciones con Eichmann y Wisliceny, en Budapest. Se trata de un testimonio independiente como fuente confirmativa. Según los testimonios y confesiones que Kastner entregaría mucho después a otra corte, resulta que ese había colaborado con las nazis durante la guerra, en Hungría, conspirando contra sus compatriotas judíos a cambio de salvar a unos cuantos de su elección. Según el relato de Kastner, en junio de 1944, cuando negociaba la salida de sus elegidos, Eichmann se resistió a enviarlos a Palestina y respondió ante su insistencia que: «Yo soy un amigo personal del gran muftí (Husseini). Le prometimos que ningún judío europeo entraría ya más a Palestina. ¿Lo entiende ahora?». Unos días después, Wisliceny le confirmó a Kastner que, efectivamente, Eichmann y Husseini eran muy amigos.

Wisliceny también explicó lo siguiente: «El gran muftí (Husseini), que ha estado en Berlín desde 1941, jugó un papel en la decisión del gobierno alemán de exterminar a los judíos europeos, y no debe menospreciarse la importancia de ello. Repetidamente le planteó el exterminio de la judería europea a las autoridades con quienes hablaba, y sobre todo a Hitler, Ribbentrop y Himmler. Le parecía una solución cómoda al problema palestino. En sus mensajes enviados (por radio) desde Berlín, nos superaba en sus ataques antijudíos. Era uno de los mejores amigos de Eichmann y lo había incitado constantemente a que acelere las medidas de exterminio. He oído que, acompañado de Eichmann, visitó de incógnito las cámaras de gas de Auschwitz». (citado por Maurice Pearlman)

Sin embargo, tal como delata un documento de Wisliceny presentado en Núremberg, las relaciones entre Eichmann y Husseini databan de 1937. El mismo Eichmann confesó en su juicio que en 1939 había hecho un viaje a Palestina para familiarizarse con el lugar y reunirse con el muftí. Posteriormente,  según Wisliceny, cuando el muftí llegó a Berlín, Eichmann se reunió con él para discutir la solución al Problema Judío. Ello deja claro que, antes de la visita de Husseini a Berlín, los nazis no habían ideado aún el sistema de campos de exterminio para asesinar a los judíos europeos, sino que ello fue formalizado en Wannsee después de que Husseini se presentara en Berlín. Esto es lo que dejan claro los testimonios de Andrej Steiner y Rudolf Kasztner sobre sus conversaciones con Dieter Wisliceny, corroborados por el último como testigo directo de lo anterior.

Pero ello no es todo, y de los documentos nazis intervenidos después de la guerra y analizados por Maurice Pearlman en su detallado trabajo sobre Husseini, resulta que: «en varias etapas de la guerra, y en particular hacia el final, los oficiales (nazis) a cargo de los asuntos judíos (es decir, del exterminio) estaban conformes, a cambio de dinero, de desviar a los judíos que iban a los campos de concentración. En los últimos días de la guerra inclusive pensaban permitir que los niños fueran hacia Palestina en barcos “ilegales”. Pero cada vez el ex muftí, amenazando que delataría a los responsables con Hitler si se escapaba algún judío a Palestina, insistió que fueran todos a los campos de concentración. Ninguno escapó» (Pearlman). Ello fue corroborado también por Steiner, quien afirmó que en una ocasión, cuando Wisliceny y Eichmann quisieron negociar con algunos judíos que querían pagar para enviar a unos niños al campo de concentración de Teresienstadt y de ahí a Palestina, Husseini se enteró y se negó rotundamente, enviando cartas a varias autoridades nazi (que fueron presentadas como pruebas en el juicio de Eichmann) e insistiendo que dichos niños fuesen enviados a Polonia (es decir, a las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau que recién había visitado).

Como si ello fuera poco, también se guardan cartas que Husseini, presentándose como alto diplomático de la Solución Final, envió a los gobiernos aliados de los nazis de Hungría, Rumania, Bulgaria e Italia, solicitando que no dejasen escapar a un solo judío. A ello se añade un extenso registro fotográfico delatando las actividades del muftí al servicio de Hitler, y de especial relevancia son las que delatan su actividad en la ex Yugoslavia, donde creó ejércitos musulmanes en Bosnia y Kosovo a servicio de las SS de Heinrich Himmler, que se encargaron del exterminio de miles de serbios, judíos y gitanos yugoslavos, y luego también de judíos húngaros. Husseini participó también en debates de alto nivel con los nazis sobre el esfuerzo bélico alemán en el Oriente Medio y sus planes para el exterminio de los judíos de Palestina y «de no ser por Hajj Amín al Husseini, la matanza no hubiera sido tan extendida y cientos de miles de judíos quizá se habrían salvado», según demostró Maurice Pearlman.

Cuando acabó la guerra, a petición oficial del gobierno yugoslavo y en base a las abrumadoras pruebas presentadas, en el Parlamento británico hubo una presión sostenida para enjuiciar a Husseini por crímenes de guerra y contra la humanidad, pero los gobiernos británico y francés, que tenían a Husseini bajo su custodia, lo dejaron escapar a Egipto (lo más seguro para no delatar sus pésimas actuaciones en Oriente Medio). Posteriormente, un artículo publicado en 1947 por la revista The Nature, explicaba que todo ello había hecho que Husseini tuviera una excelente reputación en el mundo árabe musulmán. En 1996, el historiador Rafael Medoff comentaba que «los primeros trabajos académicos sobre el muftí, como el de Maurice Pearlman o el de Joseph Schechtman, si bien obstaculizados por la inaccesibilidad de algunos documentos clave, por lo menos lograron comunicar los hechos básicos de la carrera del muftí como colaborador nazi. Uno hubiera pensado que la siguiente generación de historiadores, con mayor acceso a los materiales de archivo relevantes (sin mencionar la perspectiva histórica más amplia que se obtiene con el paso del tiempo) hubiera podido mejorar el trabajo de sus predecesores. En vez de eso, sin embargo, las historias recientes del conflicto árabe-israelí han jugado con la evidencia, produciendo recuentos que minimizan o inclusive justifican las actividades nazis del muftí».

En realidad, cuando Husseini se entrevistó con los nazis en Berlín, en noviembre de 1941, tenía ya más de veinte años de experiencia organizando grandes oleadas terroristas contra los judíos del Mandato Británico de Palestina, como se verá a continuación. Era un judeofobo de larga experiencia que, según dijo Wisliceny, «nos superaba en sus ataques antijudíos». No pudo exterminar a los judíos de Palestina porque los nazis perdieron la guerra, pero luego siguió con sus planes y, siendo ayudado por los nazis alemanes que después de guerra se escaparon a Cairo, igual que él, entrenaron a las fuerzas de Gamal Abdel Nasser. Entre ellos estaban Yasser Arafat y Mahmoud Abbas, el anterior y el actual líder de Al Fatah, que disfrazada bajo nombres como la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y la Autoridad Palestina (AP), y bajo la presión de Estados Unidos, negociaron los Acuerdos de Oslo que le permitió el ingreso a Israel y su control de las colinas de Cisjordania, que es estratégica para el diminuto Estado de Israel, ya que acorrala a más de la mitad de los judíos israelíes contra el mar en una franja de no más de 18 kilómetros, en el bajío de Tel Aviv-Yafo».

Las intenciones de OLP/Al Fatah nunca han sido pacíficas y solo con citar a Yasser Arafat en un comunicado que presentó a la prensa árabe en agosto de 2002, durante sus ataques terroristas de la Segunda Intifada, sobra. Después de alabar como héroe a su tío Hajj Amín al Husseini, igual que los neonazis alaban a Hitler, declaró sin vergüenza alguna: «Esta será una guerra de exterminio y una masacre gigantesca que será comparada con las masacres mongolas y las cruzadas». Para más inri, en un evento organizado hace poco en Gaza, Mahmoud Abbas, el actual líder de OLP/Fatah, también celebró la memoria de Husseini. El anterior es otro de los negacionistas del Holocausto, aunque hay que reconocerle el mérito porque al final reconoció que se había equivocado y se retractó.

Como se verá a continuación, la OLP en realidad no es más que una avanzadilla de los Estados musulmanes, repleta de terroristas adoctrinados con que llegarán al paraíso, donde los esperan 72 vírgenes para satisfacer todos sus placeres, si mueren asesinando a israelíes. Irán y Arabia Saudita son sus principales financiadores, aunque el dinero recaudado no es destinado por la organización (y sus sucesoras) a mejorar la vida de sus súbditos, sino para pagar terroristas y para envenenar las redes sociales de todo el mundo con su propaganda igual o incluso que la de los nazis antes y durante la Segunda Guerra Mundial. El presidente Mahmoud Ahmadinejad (otro negacionista del Holocausto) de Irán, un país que pretende ser una potencia mundial nuclear, subió al poder con la ayuda de las guerrillas entrenadas por OLP/Fatah.

Un breve análisis nos dejará claro que la responsabilidad de Husseini en el Holocausto fue igual que la de Hitler, pero sin embargo, pocos han oído su nombre en Europa. Ni siquiera el Museo del Holocausto de Washington DC lo menciona ni aparece ninguna foto suya, y aunque lo anterior fue acusado en 2006 por Israel Insider, hasta 2008 aún no habían corregido la información, según dice Gil-White, que se molestó en comprobarlo personalmente. A ello se añade el actual rechazo de algunos países europeos frente a la actitud de Israel de declarar su soberanía sobre un territorio (Judea y Samaria) que es imprescindible para su defensa estratégica, que no tiene la más mínima importancia para otra cosa y que Israel ya ganó hace mucho en los guerras que tuvo que llevar cuando fue atacado por los vecinos árabes, pero que posteriormente cedió en pos de la paz (a la que se negaron sus atacantes, después de prometerla cuando fueron vencidos). Gil-White compara lo anterior con un esfuerzo político y diplomático internacional que presiona al Estado de Israel para que ceda un territorio estratégico para ser gobernado por el Partido Nazi Alemán, responsable del exterminio del pueblo judío europeo, cuando ya sabemos que el Estado de Israel fue creado justo para evitar que se extermine al pueblo judío. Pues con respecto a la OLP es lo mismo, porque la responsabilidad de Husseini en el asesinato de millones de judíos tanto en Europa como en los países árabes, es igual o incluso mayor que la de Hitler.

 

(5) La meta de la yihad: un Estado Islámico global

Terroristas palestinos

Antes de empezar, aclaro que lo que sigue a continuación no es para ofender a nadie, y a los que menos, a los creyentes musulmanes pacíficos. Sin embargo, no se puede negar que existen muchos elementos criminales que perpetran actos de terrorismo en nombre del islam, ni que el Corán contiene fragmentos que incitan a la violencia, igual que contiene fragmentos que animan a la paz, el amor y la fraternidad.

El islam, que significa «sumisión a la voluntad de Alá», fue fundado por Mohammed ibn Abdallah, o Mahoma, que nació en 570 en Meca, Arabia Saudita. Mahoma luchó contra la idolatría, prohibió las imágenes e, igual que en el judaísmo, mantuvo el rito de circuncisión y la prohibición de comer carne de cerdo. Mahoma desciende de Cedar, uno de los doce hijos de Ismael, de la tribu de los coreixitas, en su infancia fue pastor y fue criado por su abuelo después de quedarse huérfano. Con 25 años de edad, empezó a trabajar en un comercio de caravanas perteneciente a un rico mercader, con cuya hija contrataría más tarde matrimonio. Debido al trabajo, se desplazaba con frecuencia a Siria y fue en esos viajes que Mahoma entró en contacto con judíos y cristianos y con quienes hablaba sobre la Biblia, que admiraba por su doctrina monoteísta. Profundamente religioso, Mahoma solía retirarse a meditar al monte Hira, en la Meca y a los 40 años de edad, en el año 610, empezó a predicar su mensaje, muy diferente del concepto politeísta de los árabes de aquellos tiempos, asegurando que recibía sus mensajes del Arcángel Gabriel y que son reproducidos en el Corán, que fue finalizado hacía el año 650.

Al principio Mahoma pensaba que los mensajes le eran enviados por un demonio, pero fue su esposa la que le convenció de que provenían de un ángel y que no se trataba de alucinaciones, como él temía. Muchos autores que estudiaron la vida de Mahoma consideran que los mismos fueron ocasionados por la epilepsia que padecía. «Existe una combinación de efectos hidrocefálicos y epilecticos», escribía el Dr. Dede Korkut en su libro Life Alert: The Medical Case of Muhhamad.

Al principio, Mahoma fue rechazado por los árabes y por ello fue obligado a refugiarse a Medina, donde debido a que allí vivía una comunidad muy importante de judíos que ya habían influenciado al monoteísmo a la población local, su doctrina fue aceptada con relativa facilidad y Mahoma fue considerado profeta. Sin embargo, los judíos se negaron a reconocerlo como tal y por ello Mahoma los expulsó, confiscó sus propiedades, y poco más tarde, en 624, asesinó a todos los hombres judíos y tomó como esclavas a las mujeres que aún vivían en la zona. En dicha ciudad, Mahoma se ganaba la vida atacando las caravanas de los árabes enemigos que pasaban por la zona y al final desató una guerra en 620 que duró siete años y el 19 de enero de 630, junto con el ejercito que había formado, declaró la yihad y Medina pasó a ser el centro religioso y político del islam, opacando a la Meca.

Mahoma luchó por unificar a las tribus árabes entre las que reinaba la división y eternas guerras, usando para ello el islam como doctrina religiosa y política por la que luchar. Sostenía que la Biblia había sido adulterada por los judíos y cristianos, a los que, si bien en un principio los había llamado la gente del Libro, ahora los llamaba infieles porque no aceptaban sus enseñanzas y no lo reconocieron como profeta. Desde entonces, el islam afirma que no se puede considerar la Biblia, el libro sagrado común de los cristianos y judíos, como la verdadera revelación de Dios, sino al Corán. En realidad, fue Mahoma quien modificó muchos conceptos de la Biblia y uno de los más controversiales es el pacto que Dios estableció con Abraham y sus descendientes, Isaac y Jacob. A diferencia de la Biblia, en el Corán, el sacrificio de Isaac requerido por Dios de Abraham para probar su fidelidad (Gen. 22:2) es atribuido a Ismael, el hijo que Abraham tuvo con su esclava Agar y que es considerado el padre de los árabes. Lo anterior se celebra en Arabia Saudita como Id-al-Adha.

Pero la diferencia más significativa del Corán con respecto a la Biblia, que en su esencia promueve el amor y el perdón, es la yihad, que hoy en día es invocado por las hordas de radicales islámicos (Hamás, Hezbolá, etcétera) de todo el mundo para perpetrar sus actos terroristas en base a suras como las siguientes:

«Matad a los infieles dondequiera que los encontréis» (Sura 2:191) (Aclaro que el islam considera infieles a todos los que no aceptan el Corán como palabra de Dios. O sea, a mí y seguramente que a muchos de los lectores de este libro, sin importar si somos gente pacífica, espiritual, bondadosa, culta, etcétera.)

«Ellos son los que Alá ha maldecido, cuya ira ha caído sobre ellos y los ha hecho monos y cerdos… porque alaban al maligno» (Sura 5:61)

«Los infieles no merecen vivir» (Sura 9:5)

«Matadlos y tratadlos duramente» (a los infieles) (Sura 9:123)

«¡Combatid a los infieles que tengáis cerca! ¡Que os encuentren duros! Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociados (se refiere a los cristianos) donde quiera que los encontréis. ¡Capturadlos! ¡Sitiadlos! ¡Tendedles emboscadas por todas partes!» (Sura 9:11-123)

«A los que no crean en nuestros signos, arrojaremos al fuego, para que gusten el castigo» (Sura 4:56-57)

«Se recomienda a los creyentes que los infieles son enemigos declarados»

Y la lista podría seguir mucho más.

Muchos consideran que la violencia árabe fue descrita en la Biblia hace milenios e igual se hizo referencia a las guerras y actos de terrorismo en nombre del islam que de hace siglos y hasta hoy en día azotan a nuestro mundo. Una de las profecías más significativas en este sentido es la de Ezequiel 38-39, que es demasiado larga para reproducirla aquí en su totalidad, por lo que solo citaré algunos fragmentos:

«De aquí a muchos días serás visitado. Al cabo de muchos años volverás a la tierra salvada de la espada, elegida entre muchos pueblos, a los montes de Israel, que durante mucho tiempo se tornó una desolación; más fue sacada de las naciones y todos ellos morarán confiadamente. (…) Subirás tú (Gog) y vendrás como tempestad; como nubarrón para cubrir la tierra serás tú y todas tus tropas y muchos pueblos contigo (…) Y dirás: subiré contra una tierra indefensa, iré contra gentes tranquilas que habitan confiadamente; todas ellas habitan sin muros y no tienen cerrojos ni puertas (…) para arrebatar despojos y para tomar botín, para poner tus manos sobre las tierras que fueron desiertas y ahora están pobladas, y sobre el pueblo recogido de entre las naciones, que se hace de ganado y posesiones, que mora en la parte central de la tierra (…) Por tanto, profetiza, hijo de hombre, y di a Gog: Así ha dicho el Señor: En aquellos tiempos, cuando mi pueblo Israel habite con seguridad (…) vendrás de tu lugar, de las regiones del norte, tú y muchos pueblos contigo, gran multitud y poderoso ejército (…) y subirás contra mi pueblo Israel como una nube para cubrir la tierra. Será al final de los tiempos; y te traeré sobre mi tierra, para que las naciones me conozcan, cuando sea santificado, oh Gog, delante de sus ojos (…) Así ha dicho el Señor: ¿No eres tú aquel de quien hablé yo en tiempos pasados por medio de los profetas de Israel, quienes profetizaron en aquellos tiempos lejanos que yo te traería sobre ellos? (…) Cuando venga Gog contra la tierra de Israel, dijo el Señor, subirá mi ira y mi enojo (…) y Yo litigaré contra él con pestilencia y sangre; y haré llover sobre él, sobre sus tropas y sobre los muchos pueblos que están con él, impetuosa lluvia y piedras de granizo, fuego y azufre. (…) Sobre los montes de Israel caerás tú con todas tus tropas y los pueblos que se aliaron contigo; a aves de rapiña de toda especie y a las fieras del campo te daré por comida. (…) Sobre la faz del campo caerás; porque yo he hablado, dice el Señor (…) Y los moradores de las ciudades de Israel saldrán y encenderán y quemarán tus armas, escudos, paveses, arcos y saetas, dardos de mano y lanzas; y los quemarán en el fuego durante siete años. (…) No traerán leña del campo ni cortarán de los bosques, sino que quemarán las armas en el fuego y despojarán a sus despojadores, y robarán a los que les robaron, dice el Señor. (…) Y la casa de Israel los estará enterrando durante siete meses, para limpiar la tierra. (…) Y pondré mi gloria entre las naciones y todas verán mi juicio que habré hecho y mi mano que sobre ellos puse. (…) Y de aquel día en adelante sabrá la casa de Israel que yo soy su Dios. (…) Y sabrán las naciones que la casa de Israel fue llevada cautiva por su pecado, porque se rebelaron contra mí y por ello yo escondí mi rostro de ellos, y los entregué en manos de sus enemigos. (…) Por tanto, así ha dicho el Señor: Ahora volveré de su cautividad a Jacob (Nota mía: de Jacob, la Biblia afirma que descienden los judíos, mientras que de Ismael descienden los árabes) y tendré misericordia de toda la casa de Israel (…) Y ellos sentirán vergüenza por su rebeldía con que prevaricaron contra mí, cuando habiten en su tierra con seguridad y no haya quien los espante más (…) Cuando los saque de entre los pueblos y los reúna de la tierra de sus enemigos, y Yo sea santificado en ellos ante los ojos de muchas naciones. (…) Y sabrán que yo soy su Dios cuando después de haberlos llevado al cautiverio entre las naciones, los reúna sobre su tierra, sin dejar allí a ninguno de ellos. (…) No esconderé más mi rostro de ellos, porque habré derramado mi Espíritu sobre la casa de Israel, dice el Señor».

En el mismo sentido cito del Salmo 83: «Contra tu pueblo han consultado astuta y secretamente y han entrado en consejo contra tus protegidos. Han dicho: Venid y destruyámoslos, para que no sean nación y no haya más memoria del nombre de Israel».

En 632, Mahoma se murió de meningitis en brazos de Aisha, su esposa, con quien había contratado matrimonio teniendo él 50 años de edad, y ella 9 (los matrimonios con niñas eran habituales en el mundo islámico y en algunos países musulmanes se han mantenido hasta hoy en día. Sin ir más lejos, el Ayatollah Khomeini de Irán contrajo matrimonio con una niña de 10 años, cuando él tenía 28 años de edad. En Irán la ley prevé actualmente que las niñas se pueden casar desde los 6 años de edad y los varones desde los 14). Por esas fechas, casi toda la península arábica había aceptado el islam y ganaban por la espada los territorios que iban a conformar su futuro imperio. A esas fechas, Palestina y Siria formaban parte del Imperio Bizantino, pero en 634, dos milenios después de que Israel se había convertido en nación (en 1312 a.C.), pasaron a integrarse en el imperio musulmán, que en menos de un siglo abarcaba desde España hasta Asia Central.

La creencia de los musulmanes es que todo territorio que haya sido conquistado por el islam, que ocurrió en el siglo VII, es propiedad musulmana. Negando las incontables pruebas históricas irrefutables, los musulmanes niegan hoy en día incluso el vínculo de los judíos con su ciudad santa, Jerusalén. Para dar un ejemplo, el muftí Ikrama Sabri dijo al diario Al-Ayyam en 1997 que: «El reclamo de los judíos al derecho sobre Jerusalén es falso y no reconocemos nada sino una Jerusalén enteramente islámica bajo una supervisión islámica», mientras Al-Hayat Al-Jadida se refería a los judíos como «rebaño de ganado que no tiene ningún derecho de entrar allí (en Jerusalén)». Como si ello no fuese suficiente, la Unesco también negó en una resolución de abril de 2016 el vínculo de los judíos con su tierra santa, mencionando las áreas y las edificaciones del Monte Moria, donde se ubica el Muro de los Lamentos, que es lo que queda del Templo de Salomón, solo por sus nombres musulmanes de Haram Al Sharif y la Plaza Al-Buraq. Sin embargo, en una guía oficial para Haram Al Sharif publicada en 1925 por el Supremo Consulado Islámico se puede leer en la página 4: «Su identidad con el sitio del Templo de Salomón está fuera de duda. También es el lugar, de acuerdo a la creencia universal, donde David construyó un altar para el Señor (Samuel XXIV, 25)». Se ve que el juego de abracadabra de ahora es, ahora ya no es, no solo es el favorito de organizaciones nazi-terroristas como la OLP, Hamás, etcétera, sino también de organismos internacionales que se nutren de los impuestos que con tanto esfuerzo pagamos, entre otros, los europeos. Mientras que la Unión Europea paga con gusto y también de nuestros impuestos importantes cantidades de dinero a los terroristas palestinos, aunque intenta aparentarlo como legal, como se verá al final de este subcapítulo.

Sin embargo, «negar la existencia del Templo de los judíos por parte del extremismo musulmán contradice la Sura 17 del Viaje Nocturno del Corán, versículo 7, que al referirse a la destrucción de Jerusalén como castigo divino para con los crímenes cometidos por Israel, admite la existencia de los dos Templos al decir lo siguiente: “…entonces enviaremos un enemigo para desfigurar tus rostros e invadir el Templo como hicieron antes, y destruir totalmente lo que habían conquistado”», como apunta Elena Dantas. Para colmo, tanto los extremistas musulmanes como la Unesco se olvidan que incluso el propio nombre de los caballeros templarios, la famosa Orden de la Caballería Militar cristiana, se debió por estar asentados en sus comienzos junto al Templo de Salomón y más aún de la Declaración de San Remo del mes de abril de 1920, cuando 52 países reconocieron el vínculo entre el pueblo judío e Israel. De parte de los radicales yihadistas (y sus socios neonazis) se puede esperar cualquier cosa, ya lo hemos comprobado en incontables ocasiones en las últimas décadas. Pero por parte de organismos internacionales como la Unesco y algunos políticos de la UE y EEUU lo único en que puedo pensar es que el sabor de los petrodólares es tan apetitoso, que hace que algunos se olviden de la ética más básica y de las pruebas históricas más claras, convirtiendo a terroristas en héroes de la resistencia y negando los vínculos milenarios de un pueblo que hasta la fecha solo se ha defendido de los ataques de sus vecinos, después de haber sufrido lo insufrible durante casi dos milenios debido a la manipulación mental de la Iglesia (el mismo Hitler reconoció públicamente que él, en realidad, no hacía otra cosa de lo que ya había hecho la Iglesia en los últimos 1500 años).

En el mismo sentido se podría hablar de la resolución nº 3379 de la ONU de 1975, que declaraba que: «El sionismo es una forma de racismo» (dicha declaración fue hecha mientras un ex nazi dirigía el alto foro, como se verá en un próximo capítulo), una obscenidad de la que se retractó 16 años después. Pero pese a múltiples incidentes como el anterior, en las redes sociales hay una amplia opinión en el sentido que la ONU está mandada por Israel (El débil es el fuerte, la inversión orwelliana muestra de nuevo su sonrisa y ahora resulta que organizaciones mundiales como la ONU son controladas por ese diminuto país de Medio Oriente que no para de batallar para defenderse de hordas de terroristas que le mandan sus vecinos árabes). Ello se debe a la propagación incesante de propaganda desinformativa y a lo mejor también debido al gran porcentaje de población islámica que reside en Europa, que actualmente ronda unos 55 millones. «Un día, millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos, pues irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria», retumbaron las palabras de Huari Boumediene, presidente de Argelia, en la sesión de la Asamblea de la Naciones Unidas en 1974.

Pasemos ahora a analizar qué es la yihad, que el islam define como camino directo al Paraíso, cuyo objetivo es imponer la Sharia, su ley, en todo el mundo y que se aplica a través de campañas llamadas intifadas que cuentan con escuadrones de la muerte y terroristas suicidas que ya todos conocemos. Empezaré citando a Javier Zaragoza, experto en yihadismo, que dice los siguientes de los yihadistas: «Tienen una preparación psicológica enorme y han sido radicalizados y muy adoctrinados. Son individuos imposibles de recuperar para una vida dentro de la sociedad. (…) Con el terrorismo yihadista, la sensación de amenaza es muy fuerte».

Está claro que no todos los musulmanes son adeptos de la yihad, sino que se da especialmente en los ámbitos del extremismo árabe musulmán que, según Elena Danta, «obliga a los que considera infieles (o sea, todos los que no son musulmanes) a convertirse al islam o en su lugar, sufrir el exilio o la decapitación. Practica el lavado de cerebro a las mujeres, exhortándolas a llevar a sus hijos pequeños a estallar con las bombas atadas al cuerpo, o a inmolarse ellas mismas. Obliga a sus seguidores a usar como escudo a sus propios hermanos o aniquilarlos, si pertenecen a una secta contraria. Mientras tanto, sus líderes se distraen en sus refugios, como revelan las escenas mostradas en la Televisión Egipcia el 13 de diciembre de 2014 sobre los líderes de Hamas en un “refugio de cinco estrellas”, continuando en su tarea de instar a otros a sacrificarse. (…) El Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo registró 14 806 ataques terroristas en el 2015, con un porcentaje de 41 ataques por día».

Hamas y Al Fatah, dos organizaciones palestinas, son unas de esas organizaciones terroristas a las que se referían los anteriores autores. La primera es creación de la Hermandad Musulmana, mientras que la segunda fue dirigida desde sus comienzos por Yasser Arafat y Mahmoud Abbas, identificada desde 1970 con la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), que en nuestros días se conoce como la Autoridad Palestina (AP). En la mass-media y las redes sociales es habitual que la OLP/Fatah/AP se presente como una organización secular que busca crear un Estado árabe palestino. Gil-White sin embargo nos aclara que «historiadores como Howard Sachar afirman que “desde el principio, (…) la reputación de Al Fatah dependía del éxito de su gestión musulmana tradicionalista de yihad contra Israel”. ¿Quién tiene razón? ¿Persiguen OLP/Fatah metas nacionalistas, o más bien, como Hamas, las metas religiosas de la yihad? (…) No es difícil encontrar material para avalar la opinión de Howard Sachar. Por ejemplo, en mayo de 1994, cuando arrancaba el Acuerdo de Oslo (también conocido como el Proceso de Paz) el Evening Standard reportó: “Ha emergido una grabación del líder de la OLP, Yasser Arafat, hablando a seguidores musulmanes en una mezquita de Johannesburgo. (…) El Sr. Arafat exhortaba a sus seguidores a la “yihad… para liberar Jerusalén”. El Sr. Arafat no niega la autenticidad de la grabación, pero ahora dice que se refería a la yihad en el sentido metafórico. Una yihad verbal. Nada que ver con la violencia». Huelga decir que los hechos posteriores demostraron que Arafat no hablaba para nada metafóricamente y su descaro ofende no solo con respecto a su actitud de impulsar a la guerra mientras Israel se preparaba para la paz, sino también de mentir posteriormente motivando que era solo una expresión verbal, nada de impulsar a la guerra. Recordemos que el padre del movimiento árabe palestino fue Hajj Amín al Husseini, el tío de Arafat, quien también creó Al Fatah y fue el mentor de Arafat y Mahmoud Abbas, impulsando la yihad y el terrorismo islámico.

Como decía Jacques Ellul, la yihad es el pilar ideológico del islam, «es una institución y no un evento. Es decir, es parte del funcionamiento normal del mundo musulmán». Sin embargo, mientras algunos consideran que el término se refiere a una lucha espiritual, bastantes más afirman que es una lucha militar contra los infieles, una guerra santa contra los que no están dispuestos a convertirse al islam. El primer sentido es el que suelen darle la mass-media europea, especialmente la BBC, cuya posición contrasta radicalmente con lo que afirma la oficina de propagación del islam de Arabia Saudita, o la propaganda de Hamás, Hezbolá y Al Fatah (que reciben fuertes subsidios de la primera y también de Irán, entre otras). El termino aparece por primera vez en el Corán, que los musulmanes consideran que fue escrito por Mahoma por inspiración divina. Sin embargo, hasta la fecha no se sabe quién escribió realmente el Corán, ya que Mahoma no sabía leer ni escribir, y lo mismo los que le rodeaban.

En la Edad Media, Abū Muhammad ‘Alī ibn Ahmad ibn Sa‘īd ibn Hazm, un gran teórico de la yihad, no se refería a la misma para nada en términos espirituales, sino dejando claro que se trata de una guerra armada. El académico francés Roger Arnaldez escribió sobre el Abú Muhammad y explicó su visión, en la cual el mundo se dividía en dos partes: Dar al Islam y Dar al Harb. Islam significa sumisión, por lo cual, el Dar al Islam significaría La Casa de la Sumisión, donde los infieles se habían sometido ya al islam, ya sea por conversión, ya sea volviéndose esclavos de los musulmanes. Harb significa guerra, por lo cual, con Dar al Harb significaría la Casa de la Guerra y se refiere a los territorios donde aún gobiernan los infieles y justo allí es donde Abú Muhammad exigía que se llevara la yihad. Abu Muhammad se inspiraba no solamente en el Corán, sino también en los hadices, que son las enseñanzas y anécdotas del profeta Mahoma y consideraba que todo musulmán tiene que esforzarse permanentemente para expandir el islam, incluso por medio de la fuerza. Según Arnaldez, los escritos de Abú Muhammad son muy significativos y dejan claro la yihad consiste en obedecer en todo al dios reflejado en el Corán y «que además de la guerra en el sentido estricto de la palabra, hay también algo así como una alerta psicológica permanente para la guerra. En esta forma latente, la yihad no debe jamás terminar».

Según la Enciclopedia Británica, «aunque la esclavitud existía en casi todas partes, parece haber sido especialmente importante en el desarrollo de dos de las grandes civilizaciones mundiales, la occidental (incluyendo Grecia y Roma) e islámica». Por lo que igual que en el Imperio Grecorromano la guerra fue el pilar base de la sociedad y fue alabada hasta casi la edad moderna por sus sucesores, como vimos al principio de este libro cuando me referí a Prusia, de la misma forma lo es la yihad, a diferencia de la Biblia judeo-cristiana que desarrolla la Ley de Moisés que enseña cómo los esclavos fueron liberados, o que hay que amar al prójimo como a sí mismo e incluso a tu enemigo.

Abu Muhammad decía que «el musulmán que vive en Dar al Harb y recibe órdenes de ir a la guerra deberá obedecer, a menos que tenga una excusa válida». Pero no es el caso de las minorías musulmanas en tierra de infieles, que solo tienen que ir a la yihad cuando comience la invasión islámica de dichas tierras. No se trata solo de dar muerte a los infieles, sino que «las corrientes islámicas maliquita y janafita permiten asesinar a todos los animales domésticos de los infieles porque “la guerra debe traer la destrucción del enemigo y todo lo que no consume el invasor musulmán debe ser vuelto inutilizable”», como apunta Gil-White, aunque sobre lo anterior hay debate en el mundo musulmán, y añade, citando a Arnaldez: «No hay prácticamente límites a la violencia contra los infieles. No pueden asesinarse mujeres y niños cuando no forman parte del esfuerzo militar. Pero si se les mata durante un ataque de noche (bayat), o sin haberlo querido durante el combate, no hay crimen. Fuera de estas dos excepciones, puede matarse a cualquier infiel, combatiente o no, mercaderes, sirvientes o trabajadores, viejos, campesinos, obispos, sacerdotes o monjes, ciegos y cojos, sin excepción alguna. (…) Algunos autores citan varios hadices para defender otras excepciones: a los viejos, monjes y mercaderes. Pero Ibn Hazm las rechaza todas y niega que la licencia para matar permita asesinar solo a los combatientes. Para justificar su tesis, recuerda el exterminio que hizo el Profeta Mahoma de los hombres de la tribu judía de Banu Qurayza, quienes fueron asesinados todos sin excepción, mientras que las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos».

Pero en el islam el yihadista no tiene solo la promesa de ganarse el Paraíso, sino también el incentivo de quedarse con el botín de la guerra, por lo que, concluye Gil-White, «no son occidentales “islamófobos” por representar a Mahoma lanzando “guerras santas” contra los infieles; son los propios juristas musulmanes que han reconstruido con cuidado la biografía de su profeta y es esa tradición, la tradición musulmana, la que representa orgullosamente a Mahoma esclavizando inocentes, robando la propiedad de los derrotados, violando a mujeres e inclusive a niñas, y exterminando a tribus enteras».

En nuestros tiempos, las cosas no han mejorado mucho en ciertos ámbitos del islam, como por ejemplo en el mundo sunita, que representan un 87% de los musulmanes (es la religión estatal en Afganistán, Pakistán, Jordania, Kuwait, Yemen, Emiratos Árabes, Egipto, Túnez, Catar, Libia, Turquía y Siria). Los sunitas han ampliado su definición del infiel incluso para otros musulmanes que no coinciden con sus ideas y que por consiguiente tienen que ser asesinados igual que los herejes que no se convierten al islamismo. Según la tradición sunita, la revelación de Mahoma es final y no hay más que enseñar.

Sin embargo, en el mundo chiita, que representa un 13% de los musulmanes (es religión oficial en Irán, Azerbaiyán, Baréin, Irak y Líbano) las cosas han ido para mejor, predicando la hermandad universal y la abolición de la guerra. Desafortunadamente, actualmente en Irán la interpretación dominante de la yihad es la que le dio el Ayatolá Ruhollah Jomeini, que en un discurso de 1942 intitulado «El islam no es una religión de pacifistas» dijo que: «quienes no saben nada del islam afirman que el islam aconseja contra la guerra. Son imbéciles. El islam dice: ¡Asesina a todos los infieles igual que ellos te asesinarían a ti! ¿Acaso quiere decir esto que los musulmanes se relajen hasta que sean devorados por los infieles? El islam dice: ¡Mátalos (a los infieles), ensártales la espada y dispérsales (sus ejércitos). ¿Acaso quiere decir esto que nos relajemos hasta que (los infieles) nos dominen? El islam dice: ¡Mata en servicio de Alá a quienes te quieran matar! ¿Acaso quiere esto decir que nos rindamos al enemigo? El islam dice: ¡Todo lo bueno que existe es gracias a la espada y a la sombra de la espada! ¡La gente no sabe obedecer más que con la espada! ¡La espada es la llave del paraíso y éste no puede ser abierto más que por soldados santos! Hay muchos otros versos (del Corán) y hadiz incitando a los musulmanes a que peleen y amen la guerra. ¿Acaso quieren estos decir que el islam es una religión que les prohíbe a los hombres la guerra? A quien su alma imbécil le haga decir semejante cosa, le escupo». Hay que mencionar aquí que fueron la OLP y Al Fatah (creadas por el terrorista amigo de los nazis Hajj Amín al Husseini) quienes entrenaron y armaron a las guerrillas de Jomeini, y junto con Yasser Arafat (el líder de la OLP/Al Fatah), ambos anunciaron la destrucción de Israel y luego la exportación de la revolución iraní en todo el mundo. «Parece mentira» dice Gil-White, «pero escasos años después se inventó el Proceso de Oslo con OLP/Fatah, el brazo largo de Hajj Amí al Husseini y socio de la revolución islamista iraní posando como paloma de paz bajo patrocinio de los estadounidenses y europeos».

Recientemente, en el perfil Facebook de Fatah en el Líbano se mostró la fotografía de una madre que colocaba orgullosa el cinturón suicida a su hijo pequeño, demostrando una vez más el profundo e irremediable lavado de cerebro que se practica por algunos adeptos del islam y que parece increíble que exista en nuestros tiempos. Y no fue un caso aislado, basta con mirar algunas páginas de Internet para tenerlo todo claro. En 2002, la Fatah de Arafat creó dentro de la Brigada de Mártires Al Aqsa una unidad especial de mujeres suicidas portadoras de bombas y una joven palestina de 19 años de edad, llamada Ayat Akhras, fue el temazo de las noticias de información cuando decía que su heroína era otra muchacha de 14 años, palestina también, que había explotado una bomba muriendo en el acto tanto ella como la adolescente israelí Rachel Levy.

Hay que saber que Hamas compensa a los familiares de los suicidas con 25 000 dólares, dinero que proviene de fondos que proveen no solamente Arabia Saudita e Irán, entre otros, sino incluso la Unión Europea. La «civilización» que los yihadistas quieren exportar a nivel global no tiene nada que ver con la libertad ni con la paz. «El Medio Oriente se desangra a diario con asesinatos grotescos, violaciones, secuestros de mujeres, niñas y niños, con el fin de ser vendidos como esclavos. Abundan infames procedimientos como amputaciones, decapitaciones y crucifixiones, obra funesta que en pleno siglo XXI realizan las organizaciones terroristas (…) cuyo enfoque apunta el asesinar especialmente a los judíos y cristianos». Es un mundo donde las mujeres apenas tienen derechos y donde lo grotesco se llama «asesinato de honor, muy común en el mundo mahometano contra mujeres y también niñas que en la opinión de sus parientes masculinos han “deshonrado” a sus familias. Muchas veces, el simple hecho de que una mujer musulmana exija libertad, o actúe como si la tuviera, representa una “deshonra” que le merece la muerte. Otras veces, actos de violencia contra las mujeres son considerados responsabilidad de la víctima y resultan igualmente en el asesinato de la misma. Por ejemplo, sucede inclusive que “un hombre, como ha sucedido en Jordania y Egipto, viola a su propia hija y luego, cuando se embaraza, la asesina para salvar el “honor” de la familia», apunta Gil-White.

Hay que mencionar también el wahabismo, que es la religión oficial de Arabia Saudita, una de las grandes potencias petroleras del mundo, que tacha de infieles incluso a la mayoría de los musulmanes y que es la ideología de la famosa Hermandad Musulmana de la que surgió la OLP (La Organización para la Liberación de Palestina). El wahabismo ya no habla solo de la yihad, sino de la yihad global y fue generado a finales del siglo XVIII por Muhammad ibn Abd Wahab.

Una gran revolución en el mundo islámico es la ideología bahaí, cuyo profeta Bahá’u’lláh predicó en Irán en el siglo XIX y que también se rige por las enseñanzas de otro de sus grandes maestros, Bab, quien ungió a Bahá’u’lláh. Ambos reinterpretaron la yihad en el sentido de excluir totalmente la violencia, pero debido a ello, los bahaís han sido perseguidos y asesinados en el mundo musulmán. De los 5 millones de bahaís que hay en el mundo, solo 350 000 viven en Irán, mientras que en países como Egipto, por ejemplo, es ilegal ser bahaí. La comunidad más grande de bahaís, de unos 2,2 millones, reside en la India, y su centro espiritual más importante está en Haifa, en Israel. «El mensaje de “igualdad y unidad de todos los seres humanos” no prospera en el mundo musulmán; prospera en Israel», apunta Gil-White.

Actualmente, la inmigración musulmana a Europa y Estados Unidos está en pleno auge y hay países como Francia, por ejemplo, donde conforman un 9% del total demográfico. Los fondos para la construcción de las mezquitas de Europa provienen en su gran mayoría de Arabia Saudita, donde el wahabismo es la religión de estado y que, no olvidar, promueve la yihad global.

En Occidente hemos sido advertidos en varias ocasiones del peligro de la yihad islámica por algunas mujeres que han sobrevivido al extremismo islámico y que nos han contado, poniendo sus vidas en riesgo, el terror que han vivido, como por ejemplo Wafa Sultan o Brigitte Gabriel, entre otras muchas. Un caso especial es el de Ayaan Hirsi Ali, que nació en Somalia y que, de haberse quedado en su país, no habría sido más que una esclava, que es el destino de las mujeres en las sociedades musulmanes radicales. Cuando su familia le escogió un esposo, ella se huyó a Holanda, donde después de aclimatarse, estudió ciencias políticas y tiempo más tarde fue electa como diputada en el Parlamento holandés. También se dedicó a escribir y avisó al mundo occidental sobre los peligros del islam y de su vulnerabilidad frente al mismo. Debido a ello, se convirtió en el blanco de una multitud de inmigrantes musulmanes en Holanda, que se empeñaban en asesinarla. Hasta la fecha, no lo han conseguido, pero sí han asesinado a su amigo, Theo van Gogh, con quien Hirsi Ali había hecho una película sobre la violencia que sufren las mujeres musulmanas inclusive en Holanda. El asesinato se perpetró en Ámsterdam, una de las capitales más liberales, seguras y bonitas de Europa, y el asesino le clavo al cadáver una carta para Hirsi con el mensaje: «Sigues tú». Por su seguridad, Hirsi se refugió a Estados Unidos.

Pero, ¿qué pasaría si los yihadistas se saliesen con la suya? Pues que Europa y el resto del mundo serían transformados en dhimmis, o pueblos protegidos, término que se usa por los musulmanes para referirse a los cristianos y judíos que viven en tierras islámicas.

Existe el mito de que los judíos vivieron en armonía con los árabes antes de la existencia del Estado de Israel. Sin embargo, «innumerables obras de autoridad histórica documentan sin lugar a duda la subyugación, opresión y erupciones espasmódicas de violencia antijudía que oscurecieron la existencia de los judíos en los países árabes musulmanes. (…) Aquí, por ejemplo, el testimonio de Moisés Maimónides, el gran filósofo medieval: “Recuerden, mis correligionarios, que a consecuencia del gran número de nuestros pecados, Dios nos aventó en medio de este pueblo, los árabes, que nos han perseguido con severidad y han aprobado legislación perjudicial y discriminatoria en nuestra contra… Nunca nos persiguió, degradó, abajó y odió tanto una nación como lo hacen ellos». Y «la suerte de los cristianos subyugados por los musulmanes no fue mejor (y en ocasiones fue peor)» (Gil-White).

Nos enteramos en qué consiste el dhimmi del mismo Corán: no puede portar armas; en general no tiene derechos de propiedad; no puede construir casas de culto nuevas ni restaurar las viejas; no puede atestiguar en las cortes; debe vestir ropas especiales que avisen de su estatus desde lejos (el parecido con la Estrella de David que los judíos estaban obligados a llevar en la ropa durante el régimen nazi es obvio); su casa no puede ser más alta que las musulmanas, por muy bajas que sean estas últimas; no puede montar un caballo o mula elegante; no puede caminar del lado bueno del camino; debe permanecer callado siempre que sea prudente. Para el musulmán que asesinara a otro habría condena de muerte, pero si asesinaba a un judío o a un cristiano habría que hacer nada más un pago a la familia, y eso en raras ocasiones porque era preciso que dos musulmanes atestiguaran en contra del asesino a favor del infiel.

A menudo las restricciones eran más severas y para ello sobra con leerse el tratado Relámpagos Contra los Judíos de Al Majlisi, cuyos leyes sobre los dhimmis tratan a los judíos «como si estuviera hecho enteramente de una sustancia ajena e inmunda», quien también cita la crónica del armenio Ghevond, del siglo VIII, que describe la situación atroz de los dhimmis cristianos en Armenia bajo la dinastía Abasí: «Uno veía escenas horribles de todo tipo de tortura. Y no se les olvidaba cobrarles impuesto a los muertos. La multitud de huérfanos y viudas sufría la misma crueldad; sacerdotes y misioneros en el santo recinto fueron forzados por castigos infames a latigazos a confesar los nombres de sus parientes muertos y de sus padres. En breve, la población entera del país, acosada con enormes impuestos y después de haber pagado enormes cantidades de zuze (monedas de plata), tenía también que colgarse al cuello un sello de plomo. En cuanto a las clases bajas, se les exponía a otros tipos de tortura: algunos eran flagelados por no poder pagar estos impuestos exorbitantes; otros eran colgados en público, o aplastados con máquinas; y otros eran desnudados y aventados en lagos en medio del crudo invierno y los soldados se apostaban alrededor para prevenir que salieran y así asegurar que murieran una muerte infame».

También nos enteramos de cuál fue el trato de los dhimmis analizando el reciente genocidio de los cristianos armenios cometido por los turcos otomanes y que es «el genocidio olvidado del siglo XX», durante el cual fueron asesinados aproximadamente un millón de personas. Christopher Simpson dijo que al terminar la Primera Guerra Mundial, la mayor parte de los responsables del genocidio se refugió en Alemania, donde recibieron asilo y ello es corroborado por Andrew Bostom, quien demostró que previo a la invasión de Polonia, «Hitler apremiaba a sus comandantes militares con la imperativa de lidiar una campaña brutal, sin tregua, y alcanzar una victoria rápida. (…) En una referencia explícita a los armenios, Hitler preguntó: “¿Quién después de todo habla hoy de la destrucción de los armenios?”. Hitler justificó que hubieran sido aniquilados (y que el genocidio fuese olvidado) como un aceptable nuevo orden mundial, porque “El mundo cree solamente en el éxito.” Sin duda que la admiración de Hitler por el exterminio otomano de los armenios añadió al prestigio de Hajj Amín al Husseini cuando éste llego a Berlín en noviembre de 1941. Pues Husseini había sido un oficial otomano durante la Primera Guerra, cuando sucedía el crimen contra los armenios».

También son relevantes el testimonio de Charles de Foucauld sobre la salvaje opresión de los judíos marroquíes y las pruebas de Arnold Blumberg sobre el trato de los cristianos y los judíos en la Palestina del siglo XIX. Sobre lo último, Blumberg escribe: «ninguna iglesia o sinagoga podía tener ventanas que avistaran sobre propiedad religiosa musulmana. Ninguna iglesia podía hacer sonar sus campanas ni tampoco se permitían crucifijos u otros símbolos cristianos a la vista en sus procesiones religiosas en la vía pública. (…) Una mezquita había sido erguida sobre la cueva que era tumba de los patriarcas judíos. (…) A los judíos se les permitía que ascendieran solo los primeros escalones de la mezquita sobre esta tumba y eran objeto de acosos variados aun cuando se sometían a esta humillante limitación. A los judíos que rezaban al pie de la muralla occidental del Monte del Templo, el recinto más sagrado del judaísmo, se les prohibía sonar el cuerno tradicional o de hacer cualquier ruido que pudiese ofender a los musulmanes. Los judíos no podían erguir una mejitza (la barrera que separa a los hombres y mujeres que oran en la muralla) para que no se interpretase como el derecho de construir una sinagoga ahí. Los musulmanes aventaban basura sobre las cabezas de los judíos que iban a rezar al Monte del Templo, sin que las autoridades intervinieran. Solo los musulmanes podían subir al Monte del Templo. Había guardias negros de las tribus sudanesas empleados en asegurar que los infieles no violaran las reglas. (…) Los turcos, por su parte, divertidos, miraban las disputas de los raya (los no musulmanes), con desprecio. Lo hacían porque podían. Aún en las ciudades amuralladas que tenían mayorías judías o cristianas, prácticamente toda la propiedad estaba en manos de patrones musulmanes cuyos arrendados nacían, vivían y morían ahí sin esperanza alguna de volverse propietarios».

A lo anterior se añade la violencia y libelos de sangre que periódicamente azotaban a los judíos de Palestina, como por ejemplo en 1830, 1840 y en el intervalo comprendido entre 1848 y 1878, todo antes de la llegada de los judíos sionistas a Palestina. Por lo cual no se puede argumentar que la violencia árabe se inició debido a los sionistas, sino que ya era la regla bastante antes y no solo en Palestina, sino en todos los territorios donde los árabes eran mayoría, y tampoco solo con los judíos, sino también con los cristianos y con cualquier otra minoría. Lo cual se da incluso en nuestros días en muchos países árabes.

Para finalizar, es cierto que la Iglesia Católica también lanzó guerras santas, que fueron las cruzadas y que se parecen mucho a la yihad islámica. Pero esas y otras aberraciones cometidas por la Iglesia a lo largo de la historia fueron muy discutidas en el ámbito teológico por haber contravenido a las enseñanzas de Jesús. No es el caso del islam, cuya propia escritura sagrada, el Corán, impulsa a la guerra e incluso promete el Paraíso como recompensa por asesinar infieles. Aunque las tres religiones tienen un tronco común, sin embargo, el Corán dista bastante del judaísmo y del cristianismo y en el islam se justifica lo anterior con que los primeros (los judíos y los cristianos) han corrompido la enseñanza original para refutar el islam, pero que en realidad la Ley es la del Corán, después del que no habrá más revelaciones por parte de Dios, ya que es la ley absoluta. «Es notable esta teoría: judíos y cristianos inventaron la ética con el fin único de fastidiar y engañar a los musulmanes», se extraña, con toda la razón del mundo, Francisco Gil-White.

 

(6) Hajj Amín al Husseini, el muftí palestino de Jerusalén, y sus extrañas amistades con Hitler y los nazis

«El muftí me explicó hoy largo y tendido que los musulmanes dentro y fuera de Palestina le dan la bienvenida al nuevo régimen en Alemania y esperan que se extiendan las formas de gobierno antidemocráticas y fascistas a otros países», reportaba Heinrich Wolff, el cónsul alemán en Jerusalén a sus jefes en Berlín. A casi dos meses después de que Hitler subió al poder en Alemania, Hajj Amin al Husseini le hizo una visita a Hitler, aunque fue pasados dos años cuando la alianza nazi-palestina iba a estrecharse. En ese tiempo, Husseini era ovacionado: «¡Viva Hajj Amín, el Hitler de Palestina!», tal como reportaba en el diario Palestine a mediados de 1934, cuando Husseini volvió a Jerusalén después de mediar un conflicto entre Arabia Saudita y Yemen.

La alianza con los nazis le dio aún más seguridad a Husseini, que la política antisionista de los británicos. Ya era el momento de cargarse a los judíos, pensó, y para ello uso las artimañas de siempre, en este caso el falso rumor que unos árabes habían sido atacados en Tel Aviv. La respuesta no tardó en llegar: el 19 de abril de 1936, en lo que se conoce como Bloody Sunday (el Domingo Sangriento), los árabes atacaron en Jaffa a unos transeúntes judíos desarmados, que no sospechaban que ello iba a ser el principio de lo que se conocería como la Revuelta Árabe. Para coordinarlo mejor, el 25 de abril de 1936 se formó el Alto Comité Árabe, presidido, claro está, por Husseini. Las masacres de la población civil judía venían acompañadas de la destrucción de sus cosechas y el robo del ganado y todo lo que se podía robar, y pronto se extendieron en un amplio territorio. La investigación británica que se realizó al respecto no pudo no reconocer que «el muftí debe ser considerado cabalmente responsable de los disturbios». También se vieron obligados a reconocer que los disturbios habían sido posibles debido a los poderes desmedidos de Husseini, otorgados por los mismos británicos. Pero lo anterior no impidió que lo toleraran aún mucho más tiempo, hasta finales de 1937.

Muchos árabes se opusieron a esas sangrientas masacres, pero «los líderes árabes que se oponían, entre ellos miembros prominentes del Partido de Defensa Nacional Nashashibi, fueron asesinados o forzados a huir del país». Una comisión británica reportó que «cualquier árabe sospechado de apoyar tibiamente la causa nacionalista (mejor dicho: el terrorismo contra los judíos) está pidiendo que lo visite un grupo de pistoleros. (…) Fawzi El-Husseini, un primo del mufti, se volvió el portavoz de una sección minoritaria de la burguesía urbana que deseaba colaborar con los sionistas. Eso le costó su vida».

Un historiador de la época dijo que «los siguientes dos años, las fuerzas del muftí mataron a más de cuatrocientos judíos y varios miles de árabes». Se trataba de los árabes que rehusaban participar en la violencia, ya que muchos de ellos se habían dado cuenta de que no los judíos los oprimían, sino todo lo contrario, los efendis como Husseini. De hecho, en Palestina hubo tan poco apoyo por parte de los árabes a la causa de Husseini, que se vio obligado a establecer Comités para la Defensa de Palestina en los países vecinos y a reclutar mercenarios sirios e iraquíes para participar en su sucia yihad. Mientras, los fascistas italianos y los nazis alemanes le mandaban alegremente armas.

Los italianos ya tenían bases en Libia, Etiopía y Somalia, pero Mussolini soñaba también con hacerse con la Tunicia francesa, Egipto y el Oriente Medio y Hitler respetaba a su camarada. Por otro lado, los nazis difundían propaganda antijudía entre los musulmanes y Hitler se declaraba fun del islamismo. Andrew G. Bostom expuso la charla de al Mashriqi (por su verdadero nombre, Muhammad Inayat Allah Khan), quien tradujo Mein Kampf al urdu (impulsado por su enorme similitud con su propio libro), con Hitler, durante la cual ese le había dicho que había leído su libro, al-Tazkirah. Y ello no es de extrañar, ya que Mashriqi, igual que Hitler, predicaba una doctrina militarista de construcción del Estado y había fundado el movimiento khaksar de separación musulmana en la India, promoviendo la yihad para así conseguir el dominio mundial del islam. Lo anterior también fue corroborado por Albert Speer, el ministro de armamentos de Hitler, quien escribió en sus memorias de posguerra que ese alababa el islam, al cual consideraba una religión perfecta para los alemanes, mucho más compatible con el nazismo que el cristianismo, y que lamentaba que los alemanes fuesen cristianos y no musulmanes.

Pero Hitler no fue un caso aislado. Como demuestra el historiador Christopher Hale, Himmler, el jefe de las SS, también consideraba que el islam era mejor que el «suave» judeo-cristianismo y le informó a Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler, que «El islam promete el cielo si ellos (los musulmanes) mueren peleando; es una fe atractiva y práctica para los soldados». Poco más tarde, en un discurso para los bosnios musulmanes de las SS, tropa que había creado el mismísimo Husseini, Himmler dijo: «En los últimos dos siglos, Alemania, su gobierno y sus líderes fueron amigos del islam debido a sus principios, y no por razones de oportunismo o cálculo político. (…) El Dios todopoderoso, que ustedes llaman Alá, envió al Führer a los pueblos torturados y sufrientes de Europa. (…) Fue el Führer el que liberó primero a Europa y después liberará a todo el mundo de los judíos, los enemigos de nuestro país. También son sus enemigos, pues el judío siempre ha sido enemigo de ustedes».

En 1935, «la oficina de propaganda de los nazis subsidiaba una gran variedad de cursos, institutos y diarios, gastándose millones de marcos en las actividades “educativas” de los agregados culturales y de prensa alemanes en el mundo islámico», explica Howard Sachar. Se alababa la similitud entre el pangermanismo nazi y el nacionalismo panarábico, y claro está, siempre se recordaba al enemigo común: «el judío». Husseini difundía alegremente esas publicaciones y cuando en Alemania se decretaron las Leyes raciales antijudías de Núrenmerg, Hitler recibió un montón de telegramas de felicitación de los árabes. «En Palestina, el diario Al Liwa tomaba prestado de los nazis el slogan “Un País, Un Pueblo, Un Líder”. Ahmed Husseini, líder del movimiento Egipto Joven, le comentaba a (la revista italiana) Lavoro Fascista que “Italia y Alemania son hoy las únicas democracias verdaderas en Europa y las demás son tan solo plutocracias parlamentarias”. A lo largo y ancho del Oriente Medio, grupos y partidos de ultraderecha pulularon en imitación consciente del nazismo y del fascismo italiano» (Gil-White).

Mientras, en Palestina, la Revuelta Árabe seguía a todo gas. Solo en 1937 los británicos, que no se habían molestado para nada en intervenir, declararon que los miembros del Alto Comité Árabe eran los responsables de los disturbios, por lo que los detuvieron y los deportaron a las Islas Seychelles. Husseini se escondió en la Mezquita de Omar y luego, vestido de mujer, se escapó cobardemente a Líbano. De allí siguió dirigiendo los disturbios tanto contra los judíos como contra sus opositores árabes, hasta 1939.

«Los británicos utilizaron la excusa de la Revuelta Árabe para castigar a los judíos otra vez, y premiaron a los terroristas árabes con un nuevo plan de partición de Palestina. Recordemos que en 1922 se había partido Palestina en dos, segregando un 75% de su territorio para los árabes (y que en adelante fue llamado Transjordania) y prohibiéndoles ahí el asentamiento a los judíos. Los árabes sí podían asentarse en el nuevo y más pequeño Mandato Británico de Palestina, que supuestamente era para una patria judía (según la Declaración de Balfour). En la nueva partición, se proponía entregar todo el territorio de Transjordania y la mayor parte de la redefinida Palestina, para la creación de un Estado árabe, mientras que el sobrante sería para los judíos: un 4% del Mandato original. A pesar de que la Liga de las Naciones se quejó de violaciones a las estipulaciones del Mandato en detrimento de los derechos judíos, los líderes sionistas en Palestina aceptaron este nuevo ultraje» (Francisco Gil-White).

Pero pese a lo ventajoso de lo anterior para los árabes, Husseini tampoco lo aceptó, ya que para él la victoria no significaba crear un Estado árabe palestino, sino impedir que se creara uno judío, por muy diminuto que fuera, por muy yermas y abandonadas que fueran esas tierras antes de que llegaran los judíos allí y por mucho que una gran parte de los árabes pobres de la zona estaban entusiasmados con su colaboración con los nuevos llegados. Tampoco le importaba a Husseini que los judíos no solo que tenían todo el derecho del mundo sobre sus tierras ancestrales, ni que ello era por razones de supervivencia. Fueron los británicos los que se comprometieron a crear un Estado árabe en Palestina, pisoteando ya del todo lo convenido en la Declaración de Balfour. Por ello, restringieron la inmigración judía a Palestina, lo cual se conoce como el White Paper (de Chamberlain), del que he hablado en las páginas anteriores. Ese documento firmó la sentencia de muerte de gran parte de los judíos de Europa y su asesinato en los campos de exterminio nazis.

Posteriormente, Husseini se fue a Irak, donde se dedicó a difundir propaganda pro nazi. Dinero tenía más que de sobra, ya que el parlamento iraquí votó pagarle 20 000 libras y se rumoreó que también lo pagaba el servicio secreto iraquí. Además, recibía fondos de la Sociedad de Defensa Palestina, de los alemanes recibió 60 000 libras y de los italianos 40 000. Vivía con más lujo del que jamás había soñado, el terrorismo y el nazismo rentaban más que nada. Siguiendo sus costumbres, en mayo de 1941 organizó otra matanza de judíos en Bagdad, donde 400 judíos fueron asesinados, que es conocida como farhud.

Después de lo anterior y de haber participado en un golpe de estado en Iraq, Husseini huyó a Irán, luego a Italia, donde fue recibido con todos los honores del mundo, y en noviembre de 1941 llegó a Berlín, donde fue recibido por Hitler en persona. De aquí en adelante, ya sabemos lo que ocurrió: se convirtió en coarquitecto en la Solución Final, convenciendo a los nazis de exterminar a los judíos, y no de deportarlos. «Sin duda, Husseini también le explicó a Hitler que los militares británicos no estorbarían demasiado. Después de todo, eran los militares británicos quienes habían creado a Husseini, ayudándole con sus matanzas y rematando siempre con castigos adicionales para los judíos, como la reducción de su territorio y la restricción de la inmigración. Eran los británicos quienes pugnaban con mayor pasión por impedir que los judíos se refugiaran a Palestina. Y los mismos británicos habían permitido que Husseini escapara una y otra vez, como lo harían también después de la guerra» (Francisco Gil-White).

Lo anterior tiene mucho interés no solo desde el punto de vista histórico, sino por sus profundas implicaciones en la actualidad. La Autoridad Palestina (AP), que antes fue la OLP/Fatah (creadas por Hajj Amín al Husseini), no solo que se ha dedicado a perpetrar atentados terroristas durante décadas y hasta nuestros días, sino que recibe una fuerte financiación tanto de gobiernos como el de Irán o Arabia Saudita (que, juzgando por sus acciones, yo llamo gobiernos terroristas), entre otros, sino también de la Unión Europea. Para más inri, Joe Biden, actual candidato a la presidencia de Estados Unidos, promete restaurar fondos a la Autoridad Palestina si fuera elegido y renovar el acuerdo nuclear con Irán, lo cual es lo mismo que haber entregado hace pocas décadas la bomba atómica a Hitler.

 

FUENTES:

Libros:

Francisco Gil-White, Hajj Amin al Husseini: Palestina y los Nazis (El Colapso de Occidente: El Siguiente Holocausto y sus Consecuencias nº 1)

Francisco Gil-White, El eugenismo, movimiento que parió al nazismo alemán (El Colapso de Occidente: El Siguiente Holocausto y sus Consecuencias nº 2)

Elena Dantas, El Conflicto: Las Raíces Bíblicas Del Perenne Antagonismo Árabe-Israelí

Gerardo Stuczynski, Historia de Israel

Julián Schvindlerman, Roma y Jerusalén: la política vaticana hacía el Estado judío

James Carroll, La espada de Constantino

de Almeida, Abraão. Israel, Gog y el Anticristo: El fin de los tiempos (Spanish Edition) . Editorial Patmos. Edición de Kindle.

Coll, Juan Pedro Cavero. El pueblo judío en la historia: desde los comienzos hasta el Holocausto (Spanish Edition) . Punto de vista editores. Edición de Kindle.

Eric Frattini. ONU HISTORIA DE LA CORRUPCION (Spanish Edition) . Unknown. Edición de Kindle.

Hayes, Peter. Las razones del mal (Spanish Edition) (p. 9). Grupo Planeta. Edición de Kindle.

Rees, Laurence. El Holocausto (Spanish Edition) . Grupo Planeta. Edición de Kindle.

Wistrich, Robert S.. Hitler y el Holocausto (Spanish Edition) . Penguin Random House Grupo Editorial México. Edición de Kindle.

 

Webs:

www.relay-of-life.org

http://www.nuremberg-tribunal.org

 

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