El Tao no lucha, pero siempre gana

El Tao no lucha, pero siempre gana. Uno de los secretos para conseguirlo es saber mantener el equilibrio entre el cocrear y el fluir. Porque hay que saber que el cocrear, un noble acto que acerca al ser humano a su naturaleza divina, se puede volver, en ocasiones, contraproductivo, si no se ajusta al interés de la Totalidad que integramos y conformamos todos y cada uno de nosotros, y todo lo que existe en el universo. El orgullo espiritual impulsa a veces a un cocrear que causa problemas en el conjunto que, a su vez, se vuelcan contra el que los originó, ya que la vida es un bumerang que, tarde o temprano, siempre te devuelve lo que emites. Y es que es muy fácil que una célula se equivoque con respecto al bien del conjunto cuando decide cocrear algo que, a primera vista, parecería benéfico para su propio interés, porque desde su posición no tiene la perspectiva del entero conjunto. Pero por muy benéfica que pudiera parecer a alguien una acción para su propio interés, si no lo es también para el conjunto, al final se volverá dañina también para dicho individuo, porque, igual que en el cuerpo humano un dolor en el talón del pie crea molestias a todo el cuerpo porque se resiente en la propia consciencia de uno, de la misma forma, a nivel social, el dolor de una célula humana, que puede ser cualquiera de nosotros, se refleja en todo el cuerpo social, aunque las demás células humanas aún no lo perciban debido a su poca evolución a nivel de consciencia  – que no es ningún pecado, sino una etapa de la evolución que hay que superar y trascender. Por ello, los yoguis, budistas, hindúes y en general los orientales afirman desde siempre que tu bien es mi bien y tu sufrimiento es mi sufrimiento también y el de todos.

Para poder percibir lo anterior hace falta desconectar unos instantes de la Matrix, del maya, este mundo de espejos que conforma nuestra realidad palpable, un mundo material que, en realidad, no existe, sino que es una creación de la consciencia universal que, a su vez, está compuesta por las consciencias de todos nosotros. Es un sueño a escala cósmica que ha generado una clase de fe tan potente, que ha sido capaz de generar este mundo de materia que nos envuelve a todos, pero que no es más que una ilusión que desaparece bajo las lentes de la ciencia. Porque ahora ya sabemos que lo que conocemos como materia no es más que energía condensada que, a su vez, es información condensada. O sea: pensamiento – Todo es Mente. Y ello no es filosofía, sino ciencia, hechos demostrados de forma empírica en nuestros laboratorios. Es el «vacío» de los budistas, «la nada» que ellos afirman que es la esencia de todo, esa dimensión a la que solo una consciencia iluminada puede acceder y que es casi imposible de explicar usando los términos lógicos que componen el pobre lenguaje humano.

Un vacío inteligente, eso sí. Una consciencia que lo envuelve todo, Dios, si queréis llamarlo así. Ese Dios cuyo nombre no se puede pronunciar, como nos dice la Biblia judeo-cristiana, pero no debido a un incomprensible orgullo que lo prohíba, ya que Dios y el ser humano conforman un conjunto inseparable, igual que el cuerpo humano y las células que lo conforman. El nombre de Dios no se puede pronunciar no porque está por encima del ser humano, sino porque no se puede hablar de algo que no se comprende – igual que un ciego nunca podrá explicarte qué es el rojo, porque nunca ha visto los colores. Y es que, para comprender ese nada, ese vacío inteligente que es la fuente de todo, ese Dios hacia el que se dirige la esperanza de todas las religiones, hace falta salirse de la cómoda caja de la lógica, que crea una falsa seguridad de que todo está bajo nuestro control, y percibir el mundo desde la dimensión de lo onírico, manteniéndose quieto por encima de los pensamientos y ruidos de este mundo. Sin embargo, aún cuando se pueda trasladar a la comprensión lógica ese conocimiento adquirido en esa dimensión que se yuxtapone a nuestra realidad material (y en la que esta nace), es casi imposible expresarlo en lenguaje humano. Por ello no se puede nombrar a Dios, no por otras razones, no porque el ser humano es «pecaminoso», ni porque le es inferior – igual que una célula no le es inferior al cuerpo, ya que este no puede existir sin células, que son los elementos que lo componen. Dios se refleja en el ser humano y en toda la existencia, y no tiene sentido ni podría existir sin estos, igual que ellos no podrían existir fuera de Dios – no hay nada fuera de Dios. Es un fenómeno que, para comprenderlo mejor, se tiene que entender qué es y cómo funciona un holograma.

Por ello, muchas veces es preferible fluir, en lugar de cocrear. Dejarse llevar por las corrientes del río de la vida, pero no como una fatalidad, sino desde la Confianza – en mayúscula porque se refiere a esa certeza interior que uno adquiere después de años (o vidas) de contemplación, dándose cuenta de que todo el engranaje cósmico es una maquinaria extremadamente inteligente donde no existe el azar. «Hasta vuestros cabellos están contados», como dice la Biblia judeo-cristiana.

Ahora se comprenderá mejor la primera frase, según la cual el Tao no lucha, pero siempre gana, que es un excelente resumen de lo anterior – y mucho más a lo que no me he referido en este breve post. También se comprenderá mejor que un buen guerrero es el que sabe que el arte de la guerra supone no solo el manejo perfecto de la espada, sino también saber usar la energía de su contrincante, pero para el beneficio del Todo. El buen guerrero sabe que muchas veces hay más posibilidades de ganar una batalla si fluye y se entrega confiado, volviéndose una herramienta de la Totalidad, olvidando sus pequeños intereses o preferencias. Porque el fluir muchas veces da mejor resultado que calcular la respuesta al ataque desde la lógica – y su cocrear, que nace en lo egoico, en lo individual. Es cuando la lucha se transforma en baile, en un acto de creación desde lo superior, desde encima de nuestras diminutas consciencias. Esta es la diferencia entre un buen guerrero y un mercenario: que el primero sabe cuándo luchar cocreando desde su voluntad y ego; y cuándo fluir, permitiendo que sus brazos no sean ya suyos, sino herramientas de la Fuerza cósmica que todo lo genera. De esa forma el guerrero se vuelve Tao, Dios, un iluminado que ha comprendido el profundo significado de: «Hágase Tu voluntad, y no la mía», manteniendo un estado contemplativo incluso en medio de la más cruenta y dolida batalla, que se adquiere cuando uno comprende e integra definitivamente en su ser la consciencia de que todo esto que nos rodea y que llamamos vida no es más que un sueño colectivo de proporciones gigantescas, un pobre reflejo de sombras del verdadero mundo – un concepto expresado de forma muy aclaratoria en la metáfora de la cueva de Platón.

Esa consciencia conduce, a su vez, a la comprensión de la hermandad de la existencia. Pero no esa hermandad humana, donde hay casos cuando en la misma familia nacen ángeles y demonios y donde hermano quiere matar a otro hermano por meros celos y envidias, sino a la hermandad que hay entre las células de un mismo cuerpo, que saben que el dolor de una se refleja y se resiente en todo el cuerpo, y por esto intentan siempre no dañar, a no ser en caso de legítima defensa.

 

Por ello digo: Hágase Tu voluntad, y no la mía, incluso en mis actos cocreativos.

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