El universo holográfico, el cerebro multidimensional y la explicación científica de las sincronicidades

CONTENIDO:

  • El universo holográfico y la explicación científica de las sincronicidades
  • El universo multidimensional, las dimensiones del cerebro y la Teoría Sintérgica de Jacobo Grinberg-Zylberbaum
  • El universo eléctrico (la telaraña cósmica) y la epopeya sumeria Enuma Elish de la Creación

 

(1) El universo holográfico y la explicación científica de las sincronicidades

Recientemente falleció el conocido astrofísico Stephen Hawking, dejando sin terminar el trabajo que llevaba veinte años realizando sobre cómo era el mundo antes de la existencia del universo material que todos conocemos. En su teoría, enviada a revisión diez días antes de su muerte y que fue publicada post-mortem, afirmaba que el universo podría ser en realidad un holograma y que existen otros niveles de universos finitos igual que el nuestro. Dicha teoría fue desarrollada en colaboración con el profesor Thomas Hertog de la Universidad KU Leuven y fue publicada en el Journal of High-Energy Physics. La teoría establece que cada partícula del universo es la punta unidimensional de una cuerda vibratoria hiperdimensional que le otorga sus propiedades, y que nuestro universo es la proyección en el espacio tridimensional de una realidad matemática que existe en una superficie bidimensional. Las conclusiones a los que llegó Hawking son las siguientes:

  • El Big Bang creó lo que los científicos llamaron el universo de fondo, el cual es muy distinto del nuestro, conteniendo en sí a los demás universos creados como consecuencia del Big Bang;
  • Segundos después de la creación del universo de fondo, se generaron burbujas espacio-temporales en las que se crearon otros universos paralelos con el nuestro;
  • Nuestro universo es, en realidad, un holograma, una sombra de universos de dimensiones más elevadas, el reflejo de algo mucho más grande y conformado en más dimensiones.

Lo anterior no es solo una hipótesis, sino que está demostrado con ecuaciones matemáticas y físicas, además de pruebas de laboratorio. Según el científico, la prueba de lo anterior serían las ondas gravitacionales primordiales provocadas durante la explosión primordial, el Big Bang, y su teoría sería totalmente confirmada si conseguimos encontrarlas.

La teoría de Hawking no es nada nueva en realidad. En la antigüedad, Platón se refería a un falso «mundo sensible», que es nuestro mundo y es un reflejo del auténtico mundo real, al que llamó el «mundo de las ideas» (lo cual me hace recordar el Principio hermético de la mentalidad: Todo es Mente). A la naturaleza holográfica del universo se refirieron también los conocidos físicos Max Plank, Karl Pribram y David Bohm, o el escritor Michael Talbot, entre otros. Los antiguos místicos orientales también se referían a la realidad como una ilusión a la que llamaban «maya», que es un conjunto de ondas que se transforma en el mundo que conocemos solamente después de que nosotros lo observemos. Según Michael Talbot, el universo es un holograma gigante, una proyección tridimensional creada y recreada por nuestras mentes, siendo la realidad de nuestro día a día nada más que una ilusión, igual que ilusión es una imagen holográfica.

La teoría del universo holográfico también explicaría las sincronicidades, como demostró el doctor F. David Peat, físico de la Universidad Queen’s de Canadá, en su libro Sincronicidad: puente entre mente y materia. En su opinión, las sincronicidades no son más que «fallos en el tejido de la realidad» que delatan que los procesos del pensamiento están conectados con el mundo físico mucho más de lo que se creía. La teoría del universo holográfico confirma e incluso incluye dentro de sí la teoría del universo eléctrico (de la que hablaré un poco más abajo) debido a los descubrimientos del físico David Bohm, quien demostró que cuando los electrones estaban en un plasma, dejaban de comportarse como entidades individuales y empezaban a manifestarse como elementos de un conjunto mayor e interconectado.

Bohm también estudió la física cuántica, que le convenció de la importancia de la totalidad. Según la física clásica, el estado de totalidad de un sistema se debe a las interacciones de sus partes. Sin embargo, la física cuántica indica todo lo contrario y demuestra que el todo organiza el comportamiento de las partículas, siendo la totalidad la realidad primaria. Bohm concluyó en el mismo sentido que los antiguos místicos: que la realidad tangible no es más que una ilusión parecida a una imagen holográfica por debajo de la cual existe un orden más profundo, un nivel de realidad que origina los objetos del mundo físico, igual que una placa holográfica da origen a un holograma. El científico demostró que cuando parece que una partícula se destruye, en realidad no deja de existir, sino que simplemente ha vuelto a envolverse en el orden más profundo del que surgió, siendo lo anterior una demostración más de la inexistencia de la muerte, al fin y al cabo. Según él, todo lo que existe en el universo forma parte de un continuo, aunque tenga cualidades propias únicas. En varias ocasiones Bohm afirmó que la actual forma de fragmentar el mundo en partes no solo que no funciona, sino que además nos puede llevar a la extinción como especie. Bohm recalcó que no hay que hablar de la interacción entre la consciencia y la materia, sino darnos cuenta de que, en realidad, son una y la misma cosa, el observador siendo lo observado, lo cual es parecido al postulado de la Teoría Cognitiva de Santiago.

Él consideraba que la consciencia es una forma más sutil de materia y que la base de la relación entre ambas no se halla en nuestro nivel de realidad, sino en las profundidades del orden implicado, que es el campo cuántico, la láttice (tal como la llamó el conocido neurólogo mejicano Jacobo Grinberg- Zylberbaum), o la totalidad. Bohm dijo que tampoco tiene sentido hablar de cosas vivas y cosas no vivas, ya que las mismas están entretejidas inseparablemente y que incluso una piedra está viva en cierto modo, porque la vida y la inteligencia son inherentes a la totalidad que incluye la materia, la energía, el espacio y el tiempo. Ello es casi idéntico a la cosmovisión andina y a la visión de los antiguos chamanes, que consideraban que todo en la naturaleza está vivo. También encaja con la teoría del físico académico y premio Nobel Fritjof Capra, que demostró que la Tierra es un conjunto vivo y consciente, concepto desarrollado también por los adeptos de la teoría de la noosfera, la consciencia planetaria.

Según la física actual, todas las zonas del espacio están integradas por distintos campos formados por ondas de longitud variable y cada onda posee una cierta dosis de energía. Sin embargo, cuando los físicos calcularon la cantidad mínima de energía que puede tener una onda, se dieron cuenta de que cada centímetro cúbico del espacio vacío contiene más energía que la energía total de toda la materia que existe en el universo conocido, lo cual demuestra la inmensa naturaleza oculta del orden implicado, el inmenso océano de energía en el cual existimos. El universo material que conocemos no está separado de este mar cósmico de energía, sino que es una onda en su superficie y no existe en sí mismo y por sí mismo, sino que es solo una sombra pasajera. Además, Bohm consideraba que no hay razón para pensar que el campo implicado fuese el fin de las cosas y que más allá del mismo puede haber otros órdenes que ni siquiera imaginamos, etapas infinitas de una evolución distinta.

El doctor Carl Pribram, colaborador y amigo de Bohm, dijo que «nuestros cerebros construyen matemáticamente la realidad objetiva, interpretando frecuencias que son, en última instancia, proyecciones de otra dimensión, de un orden más profundo de la existencia que está más allá del tiempo y del espacio. El cerebro es un holograma envuelto en un universo holográfico». Pribram se dio cuenta de que nuestro universo es un enorme mar de ondas y frecuencias y que percibimos la realidad como algo sólido porque nuestros cerebros interpretan la nube holográfica como los objetos materiales que vemos a nuestro alrededor. Ello no significa que, por ejemplo, no exista el gato que vemos delante, sino que la realidad del gato tiene dos aspectos distintos: cuando se filtra a través de la lente del cerebro se manifiesta como un gato, pero si pudiésemos verlo sin nuestras lentes, lo experimentaríamos como un patrón de interferencia. «Para mí, ambos son reales, o si queréis, ninguno de los dos es real», dijo Pribram.

Según Bohm, «en lo más profundo, la consciencia de la humanidad es una». Somos seres sin fronteras, a pesar de las apariencias, y cada uno de nosotros actúa como un fragmento de un holograma, conteniendo dentro de sí todas las características de la misma. Ello significa que cada uno de nosotros tiene acceso al conocimiento de toda la raza humana. Sin embargo, ¿por qué no conocemos conscientemente dicha información? Robert M. Anderson jr., psicólogo del Rensselaer Polytechnic Institute de Troy, Nueva York, justificó lo anterior explicando que cada uno de nosotros solamente es capaz de obtener del orden implicado (y de la consciencia colectiva) la información relacionada con sus recuerdos pasados y su experiencia personal. Por ello, muchas veces he afirmado que para volvernos conscientes de la verdadera naturaleza del Absoluto que nos integra y que somos, debemos experimentar e integrar emocionalmente todo lo que es posible sentir, porque solo así tendremos acceso a toda la información de la existencia.

Como he dicho anteriormente, la teoría del universo holográfico también explicaría el fenómeno de las sincronicidades. El primero que mencionó dicho término fue C. G. Jung, quien la definió como una coincidencia tan inusual y tan significativa que difícilmente se podría deber exclusivamente al azar. Las sincronicidades se manifiestan casi siempre durante los periodos de transformación e intensidad emocional aguda, especialmente cuando la revelación que conllevan está a punto de volverse consciente en la mente del sujeto. Jung se dio cuenta de que nunca ocurren por casualidad, sino que están relacionadas con los procesos psíquicos del individuo que las experimenta. Aunque Jung desconocía que lo que ocurre en la psique puede ocasionar una manifestación en el mundo real, científicos posteriores se tomaron muy en cuenta su descubrimiento y lo ampliaron. Uno de ellos fue el físico F. David Peat, quien dijo que las sincronicidades no solo que son reales, sino que además constituyen indicios adicionales del orden implicado, siendo una prueba más de que la aparente separación entre la consciencia y la materia es una ilusión. Peat considera que las sincronicidades son grietas temporales en el tejido de la realidad que nos permiten vislumbrar el orden inmenso y unitario que subyace en toda la existencia, revelando la falta de división entre el mundo físico y nuestra realidad psicológica interior. Por otro lado, la escasez de las sincronicidades en nuestras vidas indica hasta qué punto nos hemos separado del campo general de la consciencia y también el grado de aislamiento que tenemos con respecto al potencial infinito de las órdenes más profundas de la mente y realidad. Según Peat, cuando experimentamos una sincronicidad, lo que realmente experimentamos es «la mente humana funcionando por un momento en su orden verdadero y extendiéndose a través de la sociedad y la naturaleza, moviéndose a través de órdenes de creciente sutileza, extendiéndose más allá de la fuente de la mente y la materia hasta la creatividad misma».

«Como es arriba, es abajo», reza el antiguo Principio hermético de correspondencia al que ya me he referido en varias ocasiones. Una consecuencia de lo anterior es que no solo el cosmos que nos rodea es una estructura holográfica, sino nosotros mismos también. Una prueba en este sentido es, por ejemplo, la acupuntura, que se basa en la idea de que todos los órganos y huesos del cuerpo están conectados con determinados puntos de su superficie. El mismo es el caso de la reflexología e iridiología, las cuales también demuestran la naturaleza holográfica del cuerpo humano. La actual ciencia estableció que todos los fenómenos físicos conocidos poseen la dualidad onda/partícula, por lo cual podríamos deducir que la consciencia, que al parecer es una forma más sutil de materia, también posee dicha característica. Cuando la consciencia tiene apariencia de partícula, estaría localizada en el interior del cerebro, mientras que cuando tiene aspecto de onda podría causar efectos medibles mediante la influencia remota.

Robert G. Jahn, profesor de ciencias aeroespaciales y antiguo asesor de la NASA y del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, pese a no tener ninguna inclinación para los fenómenos paranormales, por casualidad descubrió a través de unos experimentos que realizaba que la mayoría de los seres humanos posee aptitudes psicoquinéticas en mayor o menor grado, siendo la actividad psicoquinética en gran parte del tiempo inconsciente, aunque puede ser aumentada practicando ciertos ejercicios. La psicoquinesia podría ser la explicación de las sanaciones a distancia y otros fenómenos inexplicables en base a los actuales descubrimientos científicos. Bohm incluso se refirió a la telepatía y a la visión remota como distintas formas de psicoquinesia. Sin embargo, a diferencia de Bohm, Jahn opinó que las partículas subatómicas no poseen una realidad visible hasta que sean observadas por la consciencia. «Creo que hemos entrado en un dominio en el que la consciencia interacciona con el entorno a una escala tan primordial, que verdaderamente creamos la realidad», dijo Jahn. El científico incluso se atrevió a postular que los físicos no es que descubran las partículas, sino que más bien las están creando. En tal sentido dio como ejemplo una partícula de reciente descubrimiento, llamada «anomalón», cuyas propiedades varían de un laboratorio a otro, lo cual indica que la realidad de dicha partícula depende de quién la observe.

El galardonado Nobel David Josephson sugirió que la realidad objetiva nace de la memoria colectiva de la raza humana, mientras que los acontecimientos anómalos observados en muchos chamanes, por ejemplo, son manifestaciones de la voluntad individual. Todo indica que estamos programados internamente para ver el mundo en términos de partes, pero cada uno de nosotros tenemos la capacidad de eludir dicha programación y percibir la realidad tal como es y el contacto con nuestro subconsciente es la clave para acceder a la parte de la psique que estructura la realidad. El conocido místico Sri Aurobindo decía que fragmentamos las cosas porque existimos en una vibración baja de la realidad y es esa fragmentación, la percepción errónea de la separación de las cosas, lo que nos impide experimentar la intensidad de la consciencia y el amor y la alegría de la existencia, que son su verdadera naturaleza. Pero la verdad es que el universo entero está contenido en cada célula de nuestro cuerpo, como decía tan bellamente William Blake: «Ver un mundo en un grano de arena / y un cielo en una flor silvestre, / abarcar el infinito en la palma de la mano / y la eternidad en una hora».

 

(2) El universo multidimensional, las dimensiones del cerebro y la Teoría Sintérgica de Jacobo Grinberg-Zylberbaum

La teoría de las súpercuerdas, conjeturada en 1995, propuso que las partículas que nos rodean y conforman nuestros cuerpos son estados vibracionales de objetos extendidos más básicos llamados «cuerdas» que existen en un espacio-tiempo que contiene siete dimensiones, además de las cuatro que conocemos (ancho, largo, alto, tiempo). De hecho, la teoría demostró la existencia de once dimensiones: las cuatro que conocemos más seis adicionales compactadas y una que engloba a las anteriores, formando membranas por las que se producen fugas de parte de su gravedad, que se manifiestan en nuestro mundo en forma de gravitones. Los postulados de la teoría de cuerdas establecen que todos los bloques de materia son, en realidad, expresiones de un objeto básico unidimensional extendido llamado «cuerda». Según esta teoría, un electrón no sería un punto sin estructura interna y de dimensión cero, sino una cuerda minúscula que vibra en un espacio-tiempo de más de cuatro dimensiones. A nivel microscópico se percibiría que el electrón no es un punto, sino una cuerda en forma de lazo que puede oscilar de diferentes maneras. En función de dicha oscilación, veríamos a veces un electrón, otras veces un fotón, un cuark o cualquier otro tipo de partícula. Lo anterior fue postulado también por el antiguo hermetismo, según el cual «todo vibra, todo se mueve» y aparece también en la Biblia, que afirma que el universo se formó mediante la palabra de Dios, siendo la palabra una vibración.

Recientemente, los científicos del Proyecto Blue Brain de Suiza descubrieron estructuras en el cerebro humano de hasta once dimensiones, utilizando el método de la topología algebraica, una rama de las matemáticas que puede describir sistemas con cualquier número de dimensiones. Dicha investigación fue publicada en la revista Frontiers in Computational Neuroscience y demostró que esas estructuras surgen cuando un grupo de neuronas forma una unión. «Encontramos un mundo que nunca habíamos imaginado. Hay decenas de millones de estos objetos incluso en una pequeña partícula del cerebro, hasta siete dimensiones y en algunas redes incluso encontramos estructuras de hasta once dimensiones», dijo Henry Markram, el líder del proyecto. Las pruebas de laboratorio demostraron que las estructuras cerebrales multidimensionales descubiertas no aparecían por casualidad y confirmaron que el cerebro se reconecta continuamente a fin de construir una red con tantas estructuras dimensionales como sea posible. El innovador estudio reveló hasta once dimensiones dentro de nuestro cerebro, lo cual nos recuerda la Teoría de las cuerdas y súpercuerdas del universo. «Como es arriba, es abajo», el postulado hermético está demostrado una vez más por la ciencia moderna.

Las anteriores teorías se parecen a la Teoría Sintérgica que planteó hace décadas Jacobo Grinberg-Zylberbaum, según la cual nuestro cerebro interactúa con un campo informacional de una enorme complejidad al que el científico llamó «campo sintérgico», término derivado de las palabras síntesis y energía, y al que otros investigadores se refieren como «campo cuántico» u «orden implicado», como lo llamaba David Bohm. Grinberg postuló que la estructura del espacio, que parece vacía e invisible a nuestra percepción, contiene la información total del resto de los puntos, lo cual él llamó «láttice» y que, de hecho, la láttice contiene la información de todo el universo en cada uno de sus puntos, como un holograma. Según Grinberg, la estructura del espacio incluye muchas dimensiones y al modificar una porción del mismo, se ven afectados cada uno de sus puntos y asimismo la totalidad, recalcando que incluso un pensamiento o una emoción afectan a la láttice. En realidad, la misma láttice es capaz de modificarse a sí misma y cada fuerza o campo son distorsiones de ella, como por ejemplo la fuerza gravitacional, la fuerza de interacción o la fuerza electromagnética.

Jacobo Grinberg-Zylberbaum, conocido neurólogo mejicano autor de la Teoría Sintérgica

Grinberg demostró que entre la realidad y la percepción existen procesos de transformación que suceden a través de nuestra maquinaria neuronal, lo cual prueba que nosotros intervenimos en la creación de la realidad perceptual activamente y que no estamos desligados ni de los objetos exteriores ni de los demás seres vivos con los que nos interrelacionamos. Pero pese a que la realidad es una, nosotros la dividimos con fronteras de separación que dependen del nivel de conciencia en el cual funcionamos cada uno de nosotros y no de la realidad en sí. Grinberg dijo que, desde el punto de vista psicofisiológico, la creación del cerebro como láttice se produjo de forma natural y en varias etapas. Adentrándose en ciertas técnicas del chamanismo y meditación, Grinberg dijo que para que la unidad sea percibida en su totalidad, tendremos que practicar la observación simultánea de muchas experiencias, siendo percibida la unidad cuando el observador incorpora en su acto de observación todos los contenidos de la experiencia, fundiéndose con ellos. En ese momento desaparece la división, manifestándose el Yo puro.

Según la Teoría Sintérgica, la conciencia es un atributo de la láttice y debido a que cada uno de sus puntos refleja la totalidad, resultaría que cada experiencia individual es, a la vez, una vivencia de la totalidad (la felicidad o el dolor de los demás seres vivientes nos afecta más de lo que pensamos) y que la totalidad estaría representada en cada uno de los elementos que la conforman. La teoría sintérgica también intentó explicar la conciencia planetaria llamada hoy en día «noosfera», que ha registrado avances significativos durante los últimos años, un libro muy documentado en este sentido siendo La trama de la vida, del físico académico Fritjof Capra. En realidad, la teoría sintérgica demuestra que todo, incluyendo cada una de las células de nuestro cuerpo y también nuestros pensamientos y emociones, influye en la realidad, recordándonos a la vez que nosotros mismos somos partes y reflejo del todo. La consciencia de la unión, llamada iluminación por las tradiciones antiguas, es una capacidad innata en todos nosotros, que adquirimos cuando nos volvemos conscientes de nosotros mismos y observamos sin apego la realidad que nos rodea, trascendiendo la dualidad, que es principalmente un concepto mental y no la realidad en sí.

 

(3) El Universo eléctrico (la telaraña cósmica) y la epopeya sumeria Enuma Elish de la Creación

La actual teoría del universo eléctrico, también llamado ambiplasma, es atribuida a Hannes Alfvén, galardonado con el Premio Nobel de Física y que en 1960 propuso que el universo es una mezcla de materia y antimateria en una forma que él llamó ambiplasma, que se habrían separado naturalmente en el momento de producirse las reacciones de aniquilación, acompañadas por una colosal liberación de energía. Según esta teoría, el universo siempre ha existido, es preexistente, y niega el Big Bang. La teoría no recibe actualmente mucho apoyo por parte de la comunidad científica internacional, aunque sigue teniendo bastantes adeptos, como por ejemplo el investigador de la física del plasma y fusión nuclear Eric J. Lerner, quien en su libro El Big Bang nunca ocurrió presentó unos argumentos muy a tener en cuenta.

Las hipótesis básicas de esta teoría son las siguientes:

  • el espacio no está vacío sino lleno de plasma;
  • los cuerpos celestes (incluyendo nuestro sol y los planetas de nuestro sistema) no son eléctricamente neutros, sino que están cargados;
  • las interacciones entre los cuerpos celestes son principalmente electromagnéticas, siendo la fuerza electromagnética mucho más fuerte que la gravedad, en un 10 seguido por 39 ceros;
  • el universo no tiene principio ni final, por lo que tampoco se puede hablar del Big Bang.
  • esta teoría hace innecesarios los agujeros negros o la materia oscura y la energía oscura, el papel fundamental teniéndolo el plasma, que es un elemento muy común en la naturaleza.

En realidad, la Teoría del Big Bang, que es anulada por la Teoría del universo eléctrico, está siendo descartada por cada vez más científicos por su extrema complejidad. La verdad es que el Big Bang nunca fue descubierto, sino que es una idea matemática plasmada en 1931 por el astrofísico y sacerdote católico belga Georges Lemaître, basada en un átomo primigenio (huevo cósmico) que explotó, formando todo lo que actualmente vemos en nuestro universo. La diferencia fundamental entre la Teoría del Big Bang y la Teoría del universo eléctrico parte de la pregunta de si existe o no electricidad en el espacio. Muchos científicos consideran que no, mientras otros tantos afirman que sí y que el universo es principalmente plasma eléctrico. Personalmente, opino en el sentido de los segundos porque las investigaciones directas parecen demostrar que la electricidad existe en el espacio, ya que los campos magnéticos detectados solo podrían ser generados por corrientes eléctricas. De hecho, el doctor Charles Bruce del Institute of Electrical Engineers y de la Royal Astronomical Society, identificó actividad eléctrica en el sol, en las estrellas y en las galaxias, sugiriendo que las estrellas podrían ser una manifestación cósmica eléctrica parecida a las farolas de nuestras ciudades y que lo que pensábamos que era un descubrimiento humano podría ser algo común en la naturaleza.

El plasma es en realidad el cuarto estado de la materia y algunos incluso lo consideran «el estado fundamental» de esta. En la tierra, nuestra experiencia se basa principalmente en sólidos, líquidos y gases, ya que vivimos, al parecer, en un entorno bastante peculiar del universo, donde el plasma no se manifiesta de forma natural, exceptuando las auroras boreales. Pero la existencia y la naturaleza filamentosa del plasma en el espacio están bien documentadas por las corrientes de Birkeland, por las erupciones del sol o por las formaciones observadas en algunas galaxias.

Suelo sacar mis conclusiones en función de la observación directa de los fenómenos, y al mirar imágenes del universo lejano, me ha asombrado el parecido extraordinario que tiene con la estructura neuronal de nuestro cerebro. Por lo que el principio hermético de correspondencia («Como es arriba, es abajo» y al revés) podría ser de nuevo demostrado, siendo a la vez un argumento más a favor de la Teoría del universo eléctrico y más si tenemos en cuenta que en nuestras propias estructuras neuronales, la comunicación se realiza mediante la electricidad.

Un dato curioso es la epopeya sumeria Enuma Elish de la Creación, que data del año 1500 a. C. y que fue hallada en la antigua biblioteca Ashurbanipal de Nínive, en el norte de Irak. Se trata de una de las muchas tablillas cuneiformes que describe la batalla entre la deidad solar Marduk y los dragones celestes Tiamat, que fueron traducidas y publicadas en 1876 bajo el título El Génesis de Caldea. Según algunos investigadores, dichas tablillas describen los acontecimientos de carácter cósmico relativos a la formación del planeta Tierra, refiriéndose a un gran cataclismo durante el cual los planetas se acercaron entre sí 295 liberando rayos eléctricos de energía, lo que recuerda los postulados de la Teoría del universo eléctrico. Las tablillas mencionan unos grandes arcos eléctricos que se generaban entre los planetas, mientras se estaban acercando el uno al otro. En realidad, muchas culturas ancestrales describen nuestro universo como una telaraña cósmica y epopeyas parecidas a la anterior encontramos no solo en Sumeria, sino también en el antiguo Egipto y demás culturas antiguas, además de la visión de muchos chamanes de todas partes del mundo. Lo esencial es no cerrarnos a nada, buscar siempre la verdad y eliminar los prejuicios y conceptos que nos han inculcado desde nuestra infancia y que se han visto negados por descubrimientos posteriores que, pese a su peso y argumento, siguen siendo rechazados por la ciencia oficial, que cada vez más se parece a un cuento que no convencería ni a los más ingenuos.

 

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