En el espejo

Ayer me miré en el espejo y fue la primera vez que percibí mi cuerpo como sagrado, y no como un mero artefacto que me ayuda a pasear mi alma por el mundo. También fue la primera vez que lo amé de verdad. Amé las arrugas que el tiempo dibujó en las esquinas de mis ojos y, en lugar de pensar en el próximo tratamiento de belleza para tapar lo que no tiene sentido tapar, me acordé de las tantas risas que las cavaron. Me ahondé en mis ojos y recordé los millones de instantes que vieron e inmortalizaron en mi memoria, creando así una vida, la mía, y también mi carácter y mi personalidad, forjada en una vida con más altibajos que una montaña rusa. Luego, miré mis labios y me acordé de los bellos amores que allí nacieron, de los besos y susurros que dieron y recibieron, y de los tantos sabores que disfrutaron. Miré mi pecho y lo honré como santuario de donde surgió lo más bello y santo de mí, eso que me ayudó a superar las tristezas que, a veces, se presentaron en mi camino, para así comprender que la oscuridad y la noche también son sagradas, porque sin ellas, no podríamos entender ni ver la luz y los amaneceres en que nacen los días. Miré mi vientre, que tanto trabajo me dio hasta comprender que soy indomable, que así tengo que aceptarme y amarme, y que mis fuertes emociones no son mis enemigas ni mucho menos, sino el aliado que me ayuda a transformar los sinsabores de la vida en rimas y pétalos de flores.

Fue una revelación, como si no me hubiera visto nunca antes. Fue la primera vez que sentí amor por todos esos defectos que tanto rechazaba antes. Miré todas mis imperfecciones y me sentí perfecta. Me acordé cuando, de joven, las rebuscaba y cazaba para así tener un motivo más para odiar mi vida y, con eso, crear un poema para recitar delante de la pandilla de románticos y anarco-nihilistas de la uni, por entre humo de cigarros, citas de Bakunin y frases de Nietzsche. Y reí. Me reí a carcajadas, zambulléndome en esos tormentos que nacían en mi mente, pero esta vez sin dolor, porque ya comprendí y perdoné lo que tenía que perdonar, y la paz del perdón vence incluso las más amargas guerras. Sentí que, desde ese momento, mi vida se había vuelto un camino suave, a pesar de los obstáculos, que ya no temo, sino que bendigo como ilustres maestros de mi devenir.

Ayer me miré en el espejo y me amé. Vacié las pocas lágrimas que aún encerraba, sin saber, en mi alma, y luego todo se volvió luz, pues solo luz hay más allá de nuestros miedos y dolores.

 

Imagen de JL G en Pixabay 

2 Comments on “En el espejo”

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: