Envidia

La envidia, una de las emociones que más corroe el alma e impide el desarrollo del ser humano, no es más que el síntoma de que uno no se ama suficientemente – ni ama a los demás debido a ello, claro está. Por lo que se sana trabajando la autoestima, como primer paso, aunque el camino es largo, igual que en el caso de todas las emociones, pero no hay forma de trascender sin antes sanarla.

Un ser humano maduro y coherente no siente envidia, sino alegría por los logros de otro, porque sabe que esos pertenecen a toda la especie humana y, por consiguiente, a sí mismo. Esto no es misticismo ni religión ni nada por el estilo, sino ciencia, y fue demostrado por Rupert Shaldrake en su teoría de los campos morfogenéticos. Según dicha teoría, los conocimientos que alguien adquiere se transmiten a los demás miembros de su especie por medio de unos supuestos campos mórficos que transportan el conocimiento de unos a otros. Es una teoría que, pese a no ser aceptada aún de forma unánime, tiene su peso en el campo de la ciencia y casi todos están de acuerdo con ella. Dicha teoría explica por qué los conocimientos han aparecido casi al mismo tiempo a lo largo de la historia, pero en áreas geográficas alejadas entre sí, y casos hay muchos para comprobarlo, lo pueden mirar analizando los artículos que el científico tiene publicados en su web (os la dejo al final del post). Por eso, el conocimiento que uno adquiere es también de todos los demás, y los logros de uno pertenecen a todos los de su especie, aunque en una primera fase solo como embrión subconsciente. Y lo contrario también. Así que, ¿qué sentido tiene la envidia?

La envidia también es un síntoma de que a uno le falta una gran dosis de amor por los demás en general. Lo cual es lógico, porque si uno no se ama suficientemente a sí mismo, tampoco podrá amar a los demás, por lo menos no suficientemente como para no sentir la ingrata emoción que forma objeto de este post. Por eso me extraña cuando me topo con ella en seres que pretenden haber entendido algo de la vida, o que presumen de practicar artes y saberes nobles como el yoga o parecido. Pero no hay problema, porque ya se sabe cómo reparar el fallo: trabajando el aspecto femenino del ser. Porque, cuando el amor es suficientemente desarrollado en alguien, percibirá la unidad de la existencia, lo cual imposibilitará la envidia, porque sería como envidiarse a sí mismo, lo cual no puede ser.

La mayoría de los que sienten envidia no se preocupan por sanarla porque suelen ser seres poco desarrollados que ni siquiera se molestan cuando se dan cuenta de que han caído en su trampa. Sin embargo, también se dan casos de seres íntegros y cuerdos que a veces le caen víctima y quieren sanarla, sabiendo que es una de las cosas que más imposibilita el equilibrio, lo cual es imprescindible en cualquier práctica espiritual.

En el caso de estos últimos, el primer punto que hay que subrayar es que no hay que culparse nunca. Esto es, de hecho, una de las claves en cualquier terapia. Porque las emociones van y vienen, y es difícil e incluso improductivo controlarlas, sino que el proceso de sanación se produce mediante la comprensión, lo cual requiere de un prolongado análisis y auto-análisis, y eso, a su vez, requiere que uno sienta repetidamente y por el tiempo suficiente la respectiva emoción. El mismo es el caso con respecto a la envidia que, cuando surge, uno la tiene que mirar de frente y con amor tanto por ella como por sí mismo para ver cuál es el fallo. Y eso lo conducirá a la causa primordial que ha producido el desajuste energético (cualquier emoción de este tipo es y a la vez produce un desajuste energético, por ello, si se prolonga, puede ocasionar patologías a nivel del cuerpo físico). Uno de los milagros de la psicología es que casi cualquier dolencia se sana con el mero hecho de concienciarla; una vez has concienciado un problema, generalmente no hará falta que hagas nada más, porque se sanará por sí solo. Por eso, concienciar una emoción dañina significa haber recorrido medio camino.

También hay que agradecer a la emoción, por muy fea que fuera, principalmente porque es nuestra, y como todo lo que forma parte de nosotros, hay que amarla. Segundo, y esto es muy importante, porque cualquier emoción o dolor no son más que síntomas que nos muestran que hay algo bastante más profundo que sanar. El síntoma nos marca el camino hacia la sanación, por esto hay que agradecer a la emoción cuando surja, y no huir despavoridos, o meter la cabeza en la arena, como recomiendan algunos de los nuevos terapeutas de la nueva era. Si le hacemos caso al síntoma, muchas veces nos ahorramos una enfermedad.

Otra de las cosas que el que quiere sanar su envidia tiene que saber es que siempre habrá muchos igual o mejores que él, porque la carrera del conocimiento es infinita, hasta desembocar en eso que algunos llaman Dios, otros Infinito, Absoluto, o cómo quiera llamarlo cada cual. Por lo que es inevitable que los haya y, en este caso, ¿qué sentido tiene la envidia? Es de masocas ser conscientes de lo anterior y aun así envidiar. De aquí se deduce que el envidioso, después de asumir los pasos anteriores, tendrá que trabajarse la humildad. O sea, reconocer que, por muy bueno que fuera, siempre habrá alguien igual o mejor que él. Y al revés también, así que regocíjense, pues hay salvación para todos.

Luego, se tiene que preguntar si sería capaz de llevar la cruz del que envidia. Si sería capaz de cargar con su destino y con eso que lo hizo desarrollar esas habilidades que envidia en el otro. Porque, por ejemplo, un poeta, antes de ser el gran poeta que uno envidia, tuvo que llevar mil y una batallas consigo mismo, durante mil y una noches y días, tratando de hacer las paces con la locura de sus emociones. Y ese  sabio que uno envidia derramó más noches y días aún, muchas veces privándose de cosas importantes a sí y a los que amaba, tratando de alumbrar los enigmas de los mundos. Y así con todo. Entonces, el que envidia debería analizar también este aspecto, y muchas veces comprobará que solo con esto sana su nefasta emoción. Además, se dará cuenta de que nadie despierta por milagro divino ni por alguna magia oculta, sino por recorrer el largo camino hacia su centro y recoger con humildad las lecciones que se le presentan. No existe algo así como la «magia», sino que esta no es más que un concepto en el que algunos incluyen, muchas veces sin criterio, lo que no comprenden de la vida y sus leyes. Pero no, no hay magia ni puede haber en un universo tan matemático como el nuestro, a no ser como poesía, pero no en el sentido que algunos le dan, de milagro.

Resumiendo: la envidia no es más que el síntoma de que hay aspectos que hay que sanar dentro de nosotros, principalmente el ego, la humildad, la autoestima, la capacidad de amar y la comprensión de la unidad de la existencia. Igual que en el caso de las demás emociones, no podremos trascender ni evolucionar sin antes sanar esta emoción. No hay que culparse nunca, porque eso añadiría más paja al fuego, y tampoco tiene sentido, porque todos hemos sentido envidia en algún momento, si no en esta vida, en otras, antes de sanarla. Pero sí hay que actuar con consciencia, sabiendo que el primer perjudicado no es el que uno envidia, que en la mayoría de los casos ni se entera ni le importa, sino uno mismo. Además de enturbiar con ello el subconsciente colectivo de la especie humana, cuya toxicidad ya está sobrepasando los límites admisibles para que una civilización pueda seguir existiendo.

 

 

P.D.: Os dejo la web de Rupert Shaldrake, por si alguien quiere consultar sus trabajos:

https://www.sheldrake.org/

 

 

Imagen de ArtTower en Pixabay

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