Escombros

La vida es como una clase de montaña rusa. A veces, estamos arriba; otras, abajo; y la falta de oscilaciones delata no equilibrio, como algunos podrían pensar, sino, más que nada, una existencia mediocre, anodina, falta de experiencias que pongan a prueba la capacidad de reacción y la adaptabilidad del sujeto en causa – lo cual suele ser modelo a seguir en sociedades como la nuestra, en la que la uniformidad se ha vuelto modelo a seguir y meta, y una consciencia abierta es tachada de locura, rebeldía (punible), o, en el mejor de los casos, «inadaptabilidad».

Pero, en realidad, el propósito de esas continuas oscilaciones que casi todos tenemos que atravesar a lo largo de nuestras vidas está encaminado para que el ser humano aprenda a mantener la serenidad y la ecuanimidad independientemente de los condicionamientos externos, asumiendo paulatinamente que las mismas son estados interiores que más bien dependen de uno mismo, y no de nada exterior. Es una forma de superar la ilusión de lo que los orientales llaman «maya», que no es otra cosa que este mundo de quimeras donde lo que percibimos con nuestros cinco sentidos dista mucho de lo que verdaderamente es – en este sentido, los físicos modernos se parecen a los antiguos magos alquimistas y las realidades que describen parecen copiadas de los antiguos manuales que iniciaban a los elegidos en los misterios de los mundos sutiles (que son la base y conforman el «real»). Sin esas oscilaciones sería imposible desapegarse de la materia, lo cual es imprescindible para volver a nuestro estado originario de Luz hecha carne.

Hay veces cuando la vida se nos vuelve una montaña de escombros, cuando todo se derrumba y parece perdido irremediablemente – lo cual, muchas veces no es un mero parecer, sino la realidad pura y dura que cada cual tiene que superar como pueda, si no quiere sucumbir a la desintegración de su propia existencia y de sí mismo. Algunos dicen que este tipo de experiencias son otorgados a los más fuertes, porque sin una fuerza interior capaz de mover montañas es imposible sobrevivirles. Pero yo no creo esto.

Yo creo que el derrumbe es una mera etapa que, tarde o temprano, casi todos tenemos que aprender a lidiar y superar, a no ser que elijamos estancarnos en una existencia que ya no nos aporta nada – excepto la comodidad de lo conocido – y que incluso puede degenerar en involución. «Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan», nos dijo el maestro Jesús hace dos milenios, legándonos con ello una de las más importantes lecciones maestras que nos prepara para aceptar que, en algún momento, todos tenemos que abandonar el confortable estado de oruga, para renacer como mariposas. Un proceso que siempre es doloroso, pero sin el que nos estancamos, lo cual duele aún más que perderlo todo.

Una de las cosas más seguras de nuestras existencias es que, en algún momento, en alguna vida, en alguna hora, el derrumbe llegará sí o sí, generalmente precedido de una serie de altibajos, que casi siempre aumentan en fuerza a medida que nuestra propia fuerza y capacidad de superarlos aumenta. Dicen que lo más seguro en la vida es la muerte; yo añadiría, además, el derrumbe, esos eventos impredecibles y de los que casi nunca somos culpables, que transforman nuestras vidas, nuestros conceptos e incluso a nosotros mismos, en una montaña de escombros.

Aunque en un primer momento podría parecer una venganza del destino, un castigo que no entendemos a qué viene, en realidad, es uno de los momentos cruciales de nuestras existencias que nos ayudan a vaciarnos y, de esta forma, aprender que no somos nuestro ego (que desde luego no hay que despreciar ni mucho menos, como claman algunas de las recientes pseudofilosofías que llenan las cabezas de los desprevenidos de pajaritos que no sirven de nada – excepto para llenar los bolsillos de los gurús de turno). Porque es justo en esos momentos de caída libre cuando nos damos cuenta de que somos más, mucho más que nuestro ego (que no es más que esa parte nuestra que nos ayuda a vivir en la materia), y tomamos contacto con nuestra verdadera esencia, que muchas veces es cuando se nos muestra por primera vez, en toda su bella desnudez.

En esos momentos dolidos, algunos se agarran de lo viejo e intentan reconstruirse a partir de los escombros del derrumbe de sus vidas. Sin embargo, la solución no es esta, sino empezar de cero, volvernos odres nuevos para vino nuevo. Ser conscientes que lo viejo ya no es, ya no sirve y ya no nos aporta nada. Y bendecir el momento y la experiencia, aunque duela. Encender una vela de agradecimiento delante de nuestros escombros y partir hacia nuevos horizontes que, aunque no sepamos aún dónde nos llevan, marcarán nuestros destinos y nos acercarán a nuestras metas, a lo que verdaderamente somos: Luz hecha carne, hijos de Dios que recuerdan, por fin, lo que verdaderamente son.

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