Eso tan bello que me haces sentir…

El sol aún dormía cuando se despertó, casi a la misma hora de siempre.

– Apenas he dormido – pensó, mirando el reloj.

Escuchó el mar mezclado con el viento y sintió melancolía. Esa melancolía que nace cuando uno recuerda la transitoriedad de todo lo que hay y empieza a aceptar que los momentos que conforman la vida nunca serán eternos más que en las mentes y en los recuerdos de los hombres. Esa melancolía que entra cuando uno recuerda que, aunque nos envuelve la eternidad, todo sufre el paso del tiempo y nada perdura para siempre en su rueda sin fin. Eso que se siente cuando uno se da cuenta de que, aunque todo es infinito, tú y yo incluidos, ese infinito está compuesto por momentos únicos que van y jamás vuelven, sin repetirse nunca.

Miró a su derecha y lo vio allí, al lado, durmiendo tranquilo y sin enterarse de su melancolía. Paseó sus dedos, sin tocarlo, por encima de sus labios y de unas arrugas que descansaban en su rostro como huellas del tiempo, del sol y del mar, y sonrió, cerrando los ojos. La melancolía desapareció y en su lugar empezó a sentir alegría inocente y a la vez, pasión.

El mar cantaba su runrún de siempre y el sonido lejano de las olas la transpuso, entrando en una clase de ensoñación, pero sin perder el contacto con este mundo. Sentía paz. Una paz inmensa, como el océano. Una sensación de infinito en el que se esfumaron los últimos recuerdos de tristeza que le quedaban. Sentía que comprendía los porqués de todos los segundos de su vida y a todos les encontraba sentido, sin sobrar ni faltar ninguno.

Pensó que, tras esta realidad material donde las cosas parecen estar bien definidas – aunque no son más que sombras -, todo es perfecto. Como un puzle cuyas piezas, por sí solas, no tienen mucho sentido, pero que luego, cuando uno mira el conjunto, se le estremece la piel, comprendiendo la existencia, o trozos de ella, y se da cuenta de que todo es perfecto así como es, aunque a veces no lo entendamos.

– Nunca me cansaré de ti – pensó escuchando el rugir lejano del mar. A veces me siento una contigo. Siento que soy tu arena, tu sal y tu vértigo. Siento que fui tú, hace eones, para luego nacer como mujer y expresar otras formas de decir que te amo. Para unirme contigo desde otras perspectivas y así comprenderte mejor. Fui tus aguas y bailé como olas. Fui los acantilados donde anidan las gaviotas que, hartas de los sinsentidos del mundo, se refugian en el silencio estático y pulcro de la naturaleza. También fui viento, acariciando tu rostro y, a veces, haciéndote rugir, para luego reencontrarme alegre en tu abrazo. Y ahora soy otra de tus orillas, cantando en palabras eso tan bello que me haces sentir…

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