Extraña…

Extraña. Vaya adonde vaya, extraña soy en este mundo. Tan extraña, que se ha vuelto un peso que a veces rebasa mis fuerzas, pero aún así cargo porque no tengo otra elección. Extraña en un mundo donde las sosas amabilidades se han convertido en el sucedáneo del amor, y el amor en un lastre que rehuimos por miedo a que nos dañe. Hablo en primera plural por cortesía, pero la verdad es que me excluyo de esta categoría porque, en realidad, no es que yo huya del amor, sino que él me rehúye a mí, con ímpetu; a lo mejor soy demasiado intensa, lo cual, en este rincón del universo te vuelve un perro verde sobrado despampanante, y es mejor pasar desapercibido, así se ahorran disgustos y envidias disfrazadas de criticas que desconstruyen, aunque pretendan erigir y sabiendo desde el principio que falsean con descaro. Extraña soy en este mundo y hasta por entre mis propios pensamientos, no me encuentro en este lugar ni reconozco mi rostro en sus tantos espejos, la mayoría estropeados y borrosos; extraña en el mundo de otros. Solo mis días se quedaron fieles y quietos, para grabar el derrumbe de una vida que desperdicié porque no supe llevarla según las normas – dislates – de una sociedad que clama al engaño y pretende sustituir el amor por un triste orgasmo en la carne, aquí, donde hay que maquillar el llanto con sonrisas perfectas que se aprenden a esbozar cuando uno ha olvidado Ser. Extraña en un mundo absurdo y cargando un peso que me dijeron que era mío, pero que no, no lo es, sino que es de sus tinieblas, donde nació – que no en mi alma, que solo lo cobija mientras está de paso en este infierno. Extraña, solo yo conmigo y el llanto del océano…

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