Extraña

Extraña. Vaya adonde vaya, extraña soy en este mundo. Tan extraña, que se ha vuelto un peso que a veces rebasa mis fuerzas, pero aun así cargo porque no tengo otra elección.

Extraña en un mundo donde las sosas amabilidades se han convertido en el sucedáneo del amor, y el amor, en un lastre que rehuimos por miedo a que nos dañe. Hablo en primera plural por usanza, pero la verdad es que me excluyo de esta categoría porque, en realidad, no es que yo huya del amor, sino que él me rehúye a mí. A lo mejor soy demasiado intensa, lo cual, en este rincón del universo te transforma en un perro verde sobrado despampanante – y aquí es mejor pasar desapercibido, así te ahorras disgustos y envidias disfrazadas de críticas que deconstruyen, aunque pretendan erigir, y sabiendo desde el principio que falsean con descaro.

Extraña soy en este mundo y hasta por entre mis propios pensamientos. No reconozco mi rostro en sus tantos espejos, la mayoría rayados y borrosos. Extraña en el mundo de otros.

Solo mis días se quedaron fieles y quietos, para grabar el derrumbe de una vida que, aparentemente, desperdicié porque no supe llevarla según las normas – dislates – de una sociedad que clama al engaño y pretende sustituir el amor por un triste orgasmo en la carne. Aquí, donde hay que maquillar el llanto con sonrisas perfectas que uno aprende a esbozar cuando ha olvidado Ser.

Extraña en un mundo absurdo y cargando un peso que me dijeron que era mío, pero que no, no lo es, sino que es de sus tinieblas, donde nació – que no en mi alma, que solo lo cobija mientras está de paso en este mundo de locura.

Extraña, solo yo conmigo y el runrún del océano…

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