Hacia dentro

Casi todas las religiones nos han enseñado dirigir nuestras oraciones hacia afuera, como en la foto que acompaña este post. Sin embargo, Dios es omnipresente, también lo han dicho casi todas las religiones, aunque no todos lo han comprendido, y también nos han dicho que anida dentro de nosotros, que no necesitamos ni siquiera templos para rezar porque ya tenemos uno, que es nuestro cuerpo. Entonces, ¿por qué hemos arraigado tanto esa costumbre de rezar hacia el cielo, hacia ídolos, hacia algo exterior a nosotros?

Orar hacia el exterior crea seres desempoderados, que esperan ayuda desde fuera, que se declaran impotentes de lograr sus metas por sí mismos. Esperan un salvador, un mesías y no son capaces de gobernarse a sí mismos, que es requisito fundamental para la libertad que, a su vez, es imprescindible en el devenir del ser, en su trascendencia y también en el mero saber vivir por sus propios pies en la tierra. Y si alguien no es capaz de gobernarse a sí mismo, necesita ser gobernado por otro, y así han surgido los gobiernos, los pastores, la autoridad.

La oración debería dirigirse hacia dentro. Buscar dentro de nosotros la fuerza para lograr nuestros sueños. Buscar dentro la magia que manifieste en la materia nuestro deseo. Buscar dentro al dios que guie nuestros pasos por los intrincados caminos de la vida. Buscar dentro la fuente dadora de vida, salud, plenitud, amor. Ello no solamente que nos empodera poco a poco, sino que nos abre al amor hacia uno mismo, que por muy sencillo que parezca el concepto, no es fácil de lograr en este mundo debido a los condicionantes sociales y la educación que hemos recibido durante milenios. No somos seres débiles, podemos mover montañas solo con nuestra fe, como decía el maestro Jesús citando a otros miles de sabios que a lo largo de la historia nos han repetido lo mismo y lo mismo.

Orar hacia afuera ha dado lugar a una sociedad patriarcal basada en relaciones de fuerza y sumisión. Una sociedad piramidal conformada en su mayoría por seres que necesitan gobernantes, y una minoría que quiere dominar, o gobernar. Tampoco podría ser de otra forma, porque sin la segunda categoría, los de la primera deambularían perdidos sin saber qué hacer con sus días y dones. Pero, esta dependencia y obediencia compulsiva a los gobiernos y al poder en general no solo son enajenadoras para el individuo, sino que constituyen distorsiones, falsificaciones y caricaturas del amor, como decía Claudio Naranjo en un artículo que publiqué hace unos días por aquí.

Para remediar lo anterior se debe empoderar lo femenino hasta que la balanza entre ambos polos sea equilibrada, tanto a nivel individual como social. Pero equilibrio, no sustituir patriarcado por matriarcado, porque eso sería volver al mismo desequilibrio, aunque en su polo opuesto. La mente colectiva de la especie humana ya lo sabe, y a ello se deben los movimientos de emancipación de la mujer que han surgido en todas partes desde hace poco más de un siglo. Aún estamos en ello, aún estamos bastante lejos de conseguir un verdadero equilibrio a nivel planetario, aunque en Occidente los logros son importantes y hay que agradecerlo.

Pero hasta que lo masculino y lo femenino no estén en equilibrio no habrá paz en el mundo, y la mejor prueba de ello la obtendremos mirando las sociedades donde la mujer aún está en desigualdad de derechos con el hombre. Son sociedades que involucionan y están sacudidas permanentemente por infortunios que parecen que llegan del cielo, pero que no son más que síntomas de una enfermedad social que hay que sanar. Y para que ambos polos estén en equilibrio, tenemos que aprender a orar hacia dentro. Bueno, no solo esto, hay más cosas, el camino es largo, pero para empezar está bien. Conectando con esa fuente inagotable de sabiduría interior es como conectaremos con lo femenino también, porque lo femenino se relaciona más con lo interno, con el pecho, con lo sutil, mientras que lo masculino se relaciona más con lo exterior, con la mente, con el poder de manejar la materia.

Mañana es el Día de la Mujer. Me gustaría ver mujeres esparciendo su sabiduría y amor por las calles de todo el mundo. Pero también me gustaría ver a hombres acompañando a las mujeres, porque somos tan interdependientes, que la vida no podría existir sin nuestra unión y amor. Celebrar juntos el Día de la Mujer porque los hombres también tienen su lado femenino, y celebrarlo es celebrarse a sí mismos. Luego celebrar juntos el Día del Hombre, porque las mujeres también tenemos nuestra dosis de masculino y, a veces, más fuerza que cien hombres a la vez.

El ser humano es bello y especial porque es cuna y reflejo de Dios; por ello, el cuerpo es igual de sagrado que todo lo que nos conforma, y por ello es el templo más bello que puede haber. Pero somos bellos solo cuando estamos completos, porque a nadie le gustan las rupturas y los parches. Mientras no aceptemos y amemos todos nosotros, hombres y mujeres, ambos aspectos de nuestro ser, tanto dentro de sí como en el otro y a nivel social, seremos rupturas de seres que necesitamos parches para sobrevivir en un mundo que nos fue regalado perfecto, pero que percibimos roto, que nos duele, incluso sin ser conscientes de ello, y lo sembramos con nuestro dolor.

 

Mónica Nita, Caminos con vida

 

Imagen de Fotorech en Pixabay

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