Hágase su voluntad. ¿Fluir, o cocrear?

En el primer volumen de este libro mencioné los descubrimientos de David Bohm, quien demostró que cuando los electrones de un átomo estaban en un plasma, dejaban de comportarse como entidades individuales y empezaban a manifestarse como elementos de un conjunto mayor e interconectado, lo cual convenció al físico de la importancia de la totalidad. Según la física clásica, el estado de totalidad de un sistema se debe a las interacciones de sus partes, siendo las partes las que dan forma a la totalidad. Sin embargo, los experimentos de Bohm y la física cuántica indican todo lo contrario y demuestran que es el todo el que organiza el comportamiento de las partículas, siendo la totalidad la realidad primaria. Según el físico, todo lo que existe en el universo forma parte de un continuo, aunque tenga cualidades propias únicas, lo cual le hizo afirmar en varias ocasiones que la actual forma de fragmentar el mundo en partes no solo que no funciona, sino que además, nos puede llevar a la extinción como especie. «En lo más profundo, la consciencia de la humanidad es una», decía Bohm, por lo que somos seres sin fronteras, a pesar de las apariencias, y cada uno de nosotros actúa como un fragmento de un holograma, conteniendo dentro de sí todas las características de la misma.

Traspasando lo anterior a lo cotidiano, lo cual significa ser conscientes de que formamos parte de una totalidad que nos organiza y conforma nuestra realidad para un fin que es el equilibrio del conjunto y de sus partes, para mí, la mejor fórmula de decretar lo que deseo que se manifieste en mi vida es: «que se cumpla la voluntad de Dios», siendo Dios la totalidad a la que se refería Bohm. Sin embargo, muchos consideran que es mejor concretar nosotros mismos lo que deseamos que se manifieste en nuestra vida, en los menores detalles. Lo cual tampoco está mal, porque con ello asumimos el papel de cocreadores, la capacidad creativa siendo uno de los atributos más significativos del Absoluto. En el primer caso, somos la gota que se vuelve río, sin diferenciarnos de este y fluyendo adonde nos lleven sus corrientes, cumpliendo con nuestra función concreta dentro del inmenso engranaje de la existencia. En el segundo caso, somos el río que se manifiesta en una gota, pero solo y cuando lo que estemos decretando y creando está en sintonía con la totalidad. Si no lo está, se produce un desequilibrio temporal que hará que la gota se salga del río (lo cual significa su desaparición, porque fuera de sus aguas se seca), para que el equilibrio vuelva a establecerse, ya que ello es un rasgo esencial del cosmos (que en griego significa «orden» y en latín, «universo»).

La diferencia entre las dos fórmulas es que, en el primer caso estamos hablando del «fluir», mientras que en el segundo de «cocrear», que siempre es influenciado por el mito personal y los filtros por los que percibimos la realidad, que suelen ser subjetivos (solo los «iluminados» son capaces de percibir la realidad sin filtro alguno, al haber integrado previamente la dualidad y eliminado los condicionamientos sociales o de otro tipo). En el primer caso, nos entregamos al Todo que nos contiene para cumplir con el propósito de nuestra existencia y nunca nos podemos equivocar, aunque a veces parezca que nos dirijamos de cabeza y a todo gas hacia el precipicio. En este caso, los obstáculos, retrasos, adversarios y demás barreras con las que nos topamos, en realidad nos son maestros o lecciones maestras que nos ayudan a superarnos y a conocernos mejor («Nosce te ipsum», conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los dioses). Por ello, cuando el equilibrio se ha restablecido, lo cual significa que el daño ha sido reparado y los principios éticos han vuelto a regir, es muy recomendable hacer las paces con esos maestros que en su día se disfrazaron de obstáculos, agradeciendo la experiencia. Sin embargo, si ello ocurre antes de que el equilibrio se restablezca, lo anterior potencia lo negativo, lo cual crea desequilibrio en el orden del cosmos.

Por ello he dicho muchas veces que en este mundo uno tiene que saber cuándo hay que ir a la guerra y cuándo hay que hacer las paces, lo cual muchas veces hace la diferencia entre un ser humano consciente y otro que se ha desviado del recto camino. Un buen guerrero tiene que saber extraer sabiduría tanto del polo positivo como del polo negativo de una situación, jugando a la vez con lo luminoso como con lo oscuro, pero siempre dentro de las leyes universales que hacen que el equilibrio se mantenga y la vida siga. En la cultura oriental, lo anterior fue expresado admirablemente por el ancestral símbolo del yin/yang, que expresa gráficamente un concepto que necesitaría de unos cuantos tomos para definir con precisión y que deja patente que en la dimensión material los opuestos nunca son absolutos, que son interdependientes, formando un equilibrio dinámico (el desequilibrio solo puede ser temporal y circunstancial, llevando a una nueva transformación) y que en la oscuridad siempre habrá algo de luz y al revés. Comprender esto e integrarlo emocionalmente es, de hecho, el primer paso hacia la «iluminación». Lo anterior no es exclusivamente un concepto oriental, sino que lo mismo vino expresando el principio hermético de Polaridad (la Ley de los opuestos) y el concepto matemático occidental conocido como «la dualidad de Poincaré».

Personalmente, considero que el concepto de la New Age según el cual tenemos que concretar exactamente lo que deseemos que se manifieste en nuestra vida (por medio de decretos) es recomendable solo en el caso de los seres humanos «iluminados» que han eliminado sus filtros e integrado la dualidad, y que son muy pocos en este mundo. En el caso de los demás, las realidades que cocrearían por medio de sus decretos podrían ser positivas o negativas, en función de sus filtros personales y de su capacidad álmica e intelectual. Jugar a Dios (cocreando) es seguro solo cuando la consciencia ha alcanzado las cumbres de la sabiduría, como mínimo; en caso contrario, puede tener un efecto contrario a lo deseado, tanto para uno mismo como para el conjunto que integra. Seamos dioses cuando nos hemos vuelto «como los dioses», lo cual fue predicho para nuestra época hace milenios por las antiguas escrituras de casi todas las culturas del mundo, la Biblia incluida. Si no es este el caso, el cocrear no es más que orgullo espiritual, un fallo moderno del ego y de la consciencia, cuyos efectos suelen ser impredecibles y casi siempre desequilibran. El fluir no significa abandonar nuestro poder personal en manos de nadie, sino asumir que formamos parte de una totalidad que se rige por leyes rectas y amorosas, a la que nos entregamos seguros de que nada malo nos pueda pasar, igual que un niño que se entrega confiado en los brazos de sus padres, sonriendo y seguro de que es amado y de que todo saldrá bien.

Mónica Nita – Camino de Libertad, 2º volumen

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