Integrar la dualidad, el primer paso hacia Dios

El camino hacia la divinidad comienza cuando uno integra la dualidad, que desaparece dentro de esta. Pero para integrarla, primero hay que sentirla, experimentar las luces y las sombras de la existencia, comprendiendo las lecciones que trajeron a nuestra vida; no podemos integrar algo que no conozcamos en profundidad, que no hayamos comprendido con la mente y desde el corazón, a la vez. Por ello hay que agradecer cada experiencia, independientemente de si fue buena o mala, porque en ambos casos nos acerca a Dios.

El conocido físico David Bohm dijo (y demostró) que, «en lo más profundo, la consciencia de la humanidad es una». Por lo que somos seres sin fronteras, a pesar de las apariencias, y cada uno de nosotros actúa como un fragmento de un holograma, conteniendo dentro de sí todas sus características. Ello significa que cada uno de nosotros tenemos acceso al conocimiento de toda la raza humana. Sin embargo, ¿por qué no accedemos conscientemente a dicha información? Robert M. Anderson jr., psicólogo del Rensselaer Polytechnic Institute de Troy, Nueva York, justificó lo anterior explicando que cada uno de nosotros solo es capaz de obtener del orden implicado (y de la consciencia colectiva) solamente la información relacionada con sus recuerdos pasados y su experiencia personal. Por ello, muchas veces he afirmado que, para volvernos conscientes de la verdadera naturaleza del Absoluto que nos integra y que somos, debemos experimentar e integrar emocionalmente todo lo que es posible sentir, porque solo así tendremos acceso a toda la información de la existencia. No podemos ver ni conocer nada que no esté ya dentro de nosotros. La dualidad desaparece (se une) en el Todo, en el Absoluto, Dios, o cómo prefieras llamarlo, dentro de la comprensión de su propósito para la evolución. Así que, para comprender esa divinidad, para integrarnos dentro de ella, primero tenemos que comprender la dualidad. Y solo podremos comprenderla cuando la experimentamos en todas sus facetas, volviéndonos conscientes de que todo tiene su propósito y un fin amoroso, a pesar de las envolturas que a veces pueden ser grises.

El galardonado Nobel David Josephson sugirió que la realidad objetiva nace de la memoria colectiva de la raza humana, mientras que los acontecimientos anómalos observados en muchos chamanes, por ejemplo, son manifestaciones de la voluntad individual. Por lo que, todo indica que estamos programados internamente para ver el mundo en términos de partes, pero cada uno de nosotros tenemos la capacidad de eludir dicha programación y percibir la realidad tal como es y el contacto con nuestro subconsciente es la clave para acceder a la parte de la psique que estructura la realidad. Por ello el trabajo con el subconsciente es el quid de nuestra evolución, y es imprescindible y el primer paso hacia nuestro devenir personal. El conocido místico Sri Aurobindo decía que fragmentamos las cosas porque existimos en una vibración baja de la realidad y es esa fragmentación, la percepción errónea de la separación de las cosas (la cual es una de las consecuencias de la dualidad) lo que nos impide experimentar la intensidad de la consciencia y el amor y la alegría de la existencia, que son su verdadera naturaleza. Pero la verdad es que el universo entero está contenido en cada célula de nuestro cuerpo, como decía tan bellamente William Blake: «Ver un mundo en un grano de arena / y un cielo en una flor silvestre, / abarcar el infinito en la palma de la mano / y la eternidad en una hora».

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