La desolación de Palestina antes de la llegada de los judíos sionistas. Testimonios que demuestran que no había ningún pueblo palestino

«A los que distorsionan el libro de su Señor, el Corán, les digo: ¿De dónde sacaron el nombre de Palestina, mentirosos, malditos, cuando Alá ya la ha llamado Tierra Santa y la ha legado a los hijos de Israel hasta el Día del juicio? No existe tal cosa como Palestina en el Corán. Su demanda por la tierra de Israel es una falsedad y constituye un ataque al Corán, a los judíos y a su tierra. Por lo tanto, no tendrás éxito y Alá te fallará y te humillará, porque Alá es quien los protegerá (a los judíos)». Luego, el jeque añadió: «Los palestinos son unos asesinos de niños, ancianos y mujeres. Atacan a los judíos y luego los usan (niños, ancianos y mujeres) como escudos humanos y se esconden detrás de ellos, sin piedad por sus hijos como si no fueran sus propios hijos, para decirle a la opinión pública que los judíos los forzaron a matarlos. Esto es exactamente lo que vi con mis propios ojos en los años 70, cuando atacaron al ejército jordano, que los refugió y protegió. En lugar de agradecerle (al ejército jordano), llevaron a sus hijos frente al ejército jordano, para hacer creer al mundo que el ejército mata a sus hijos. Ese es su hábito y costumbre, su crueldad, su corazón de piedra para con sus hijos, y su mentira a la opinión pública, para conseguir su apoyo. (…) (Los judíos) son personas pacíficas que aman la paz, que no son hostiles y no son agresores, pero si son atacados, se defienden causando el menor daño posible a los atacantes. Es un honor para ellos que Allá los haya elegido sobre los mundos, es decir, sobre la gente y los genios hasta el Día del Juicio. Dejé claras las razones de la elección de Alá en mis libros y folletos. Cuando Alá los eligió, no lo hizo por cortesía, y no fue injusto con otros pueblos, es solo que ellos (los judíos) se lo merecían» (Sheikh Ahmad Adwan, jeque de Jordania)

«Si bien la realidad del pueblo judío es un hecho conocido, la idea del pueblo palestino es algo que se creó recientemente por razones políticas. Admitimos fácilmente los sistemas de un pueblo árabe, pero afirmar que los árabes que viven dentro del territorio israelí son palestinos y que, por lo tanto, tienen una nacionalidad específica es algo que no tiene ninguna base étnica o histórica» (Sheikh Abdul Hadi Palazzi, jefe de la comunidad musulmana en Italia)

«Los judíos tienen derecho a su propia tierra. Los árabes quieren un estado a expensas de otras nacionalidades. (…) El sionismo significa que los judíos quieren establecer su propio Estado. Es su derecho. Nunca escuchamos que los (antiguos) judíos vivieran en Alaska o en Australia. La historia y todas las religiones y culturas admiten que los judíos vivieron en Palestina. El sionismo es el establecimiento de una patria judía, que es el derecho de cualquier nación. No se puede esperar que establezcan su tierra natal en la luna. Tienen derecho a regresar a su tierra natal. ¿Qué quieren los árabes? Quieren establecer una patria árabe, pero no en el territorio reconocido como suyo por la historia y la geografía. No señor. Quieren que su tierra sea a expensas de la tierra y de la existencia misma de los demás. En ese sentido, los árabes son más lo que ellos llaman «zioinst» que los judíos. Si los árabes se respetan a sí mismos, deberían ceñirse a sus propias fronteras. Deberían permanecer dentro de la Península Arábiga, en el Hijaz, para ser precisos. Los árabes pueden seguir soñando que son la raza suprema (nota mía: los árabes se consideran a sí mismos el pueblo elegido). (…) Los árabes, en su audacia, traspasaron sus fronteras y quieren un Estado árabe a expensas de otras nacionalidades y del derecho de los demás a existir y vivir con dignidad, libertad e independencia. ¿Son los sionistas los que son hostiles a los árabes, o son los árabes los que son hostiles a toda la gente libre?» (Malika Mazan, poeta y activista marroquí)

«La soberanía judía en la Tierra de Israel se extendió por 1400 años. (…) Fueron los judíos quienes implantaron la cultura y las costumbres del asentamiento permanente» (Ibn Khaldun, uno de los historiadores árabes más fidedignos, 1377)

«El país se encuentra en grado considerable vacío de habitantes y, en consecuencia, necesitado de un cuerpo poblacional» (informe de James Finn, cónsul británico en Palestina en 1857)

«Fuera de los portones de Jerusalén, no hemos visto ciertamente objeto viviente ni oído sonido viviente. Hemos hallado el mismo vacío, el mismo silencio, como si hubiésemos encontrado las puertas sepultadas de Pompeya. (…) Un silencio completo y eterno reina en el poblado, en las carreteras, en el país. (…) La tumba de todo un pueblo» (Alfonse de Lamartine, poeta francés, 1835)

«No hay una sola aldea solitaria a lo largo de toda su extensión. (…) Uno puede andar diez millas a la redonda y no ver diez seres humanos» (Mark Twain, escritor norteamericano, 1867)

«En Judea casi no es una exageración decir que por millas y millas no hay ninguna seña de vida o población» (Arthur Penrhyn Stanley, 1881)

«Cuanto antes la trabajen los judíos, mejor, porque sus colonias son lugares brillantes en el desierto» (T.E. Lawrence, famoso arabista más conocido como Lawrence de Arabia)

«Y después de eso, Nosotros (Alá) les dijimos a los hijos de Israel: “Morad seguros en la Tierra Prometida. Y cuando se cumpla la última advertencia, los reuniremos en una multitud mezclada» (Corán 17:104)

«Y cuando Moisés dijo a su pueblo: ¡Pueblo! Recordad la gracia que Alá os dispensó cuando suscitó de entre vosotros a profetas e hizo de vosotros reyes, dándoos lo que no se había dado a ninguno en el mundo. ¡Pueblo! Entrad en la Tierra Santa que Alá os destinó y no volváis sobre vuestros pasos; si no, ¡regresaréis habiendo perdido!», (Corán, Cap. 5, La mesa servida, Suras 20 y 21)

«Me asombré de ver los asentamientos judíos. (…) Habían colonizado las dunas de arena, tomado agua de ellas y las habían transformado en un paraíso» (Rey Abdullah de Transjordania, 1946)

El historiador Arnold Blumberg documentó en su libro Sión antes del Sionismo: 1838-1880 el periodo previo a las grandes migraciones sionistas de los judíos europeos a Oriente Medio. Blumberg examinó la población que existía en el territorio comprendido en las fronteras finales establecidas por el Imperio Británico, que son casi las mismas que las del actual Estado de Israel, y demostró que, a mediados del siglo XIX, «la mayoría de ellos eran musulmanes sunitas. En el extremo Norte había concentraciones de musulmanes chiítas y drusos. Había otros asentamientos grandes de drusos cerca de Haifa. (…) Había un pequeño remanente de samaritanos viviendo entre los musulmanes de Nablus. (…) Las cuatro ciudades sagradas para el judaísmo en Palestina, que son Jerusalén, Hebrón, Safed y Tiberias, tenían poblaciones judías importantes. También subsistían pequeñas comunidades judías en la mayoría de las ciudades grandes e inclusive en los pueblos de Galilea. En Belén y Nazaret los árabes cristianos eran mayoría». «Lo que se ve es un popurrí de etnias, religiones y culturas, incluyendo a un buen número de judíos», dice Gil-White, y «no es fácil discernir en este resumen dónde está el pueblo palestino». En realidad, «en Safed, Tiberias y Jerusalén, de hecho, los judíos eran mayoría para mediados del siglo XIX. Un documento del consulado británico de 1859 testifica: “Los mahometanos de Jerusalén son menos fanáticos que en muchas otras partes, a consecuencia de que su número no excede una cuarta parte de la población entera”».

Por lo cual, el argumento pro-palestino se cae estrepitosamente ya que, como documentan Joan Peters, Nathan Weinstock y muchos otros historiadores, la población de lengua árabe de Palestina era una mezcla increíble de gente que había llegado de varias partes del mundo, de los que solo algunos eran árabes. Esa gente no poseía una identidad cultural y étnica común, a lo que se añade la diversidad religiosa, ya que algunos eran musulmanes, la mayoría chiítas y sunitas, otros eran judíos, otros cristianos, drusos, etcétera.

Por otro lado, el sistema social en el «desierto marginado» de Palestina era claramente feudal y muy pocos campesinos poseían título de propiedad sobre la tierra. Los campesinos arrendaban la tierra y eran prácticamente los siervos de los grandes terratenientes efendis que tenían derecho a gran parte de su cosecha y que ostentaban el poder político y comercial pero que, a diferencia del antiguo sistema feudal europeo, no se encargaban de la defensa militar de sus campesinos, que estaban totalmente desprotegidos frente a las bandas de tribus beduinas que pululaban por la zona. Pero los beduinos no eran los únicos depredadores. Además de ellos, había soldados turcos que extorsionaban a gusto a los campesinos, y mucho peores que ellos eran las tropas irregulares de los bashi-bazouk o howari, que eran mercenarios árabes que, pese a tener el mismo origen árabe, no tenían escrúpulo alguno a la hora de robar las gallinas, vacas y las cosechas de los pueblos con los que no tuvieran lazos de sangre o alianza.

Para más inri, Blumberg demostró que «toda la población árabe musulmana de la región, fuera nómada beduina o asentada en pueblos, recordaba que eran Yeminis o Kais. (…) Los Kais, cuya residencia en Palestina databa de la conquista musulmana del siglo VII, provenían de unas tribus que tenían unas muy viejas enemistades con los Yeminis. Estos últimos, según recordaban, habían sido guerreros en el sur de la península árabe». Por lo cual, está más que claro que la población de Palestina del siglo XIX no solo que no tenía una identidad común, lo cual significa que no conformaba un pueblo, sino que se dividía en identidades que se cruzaban de forma compleja y que invocaban lazos de clase, tribu, clan, ocupación y linaje más que diferente.

De paso, la impresionante gama de identidades culturales que habitaban Palestina en el siglo XIX ni siquiera se consideraban a sí mismos palestinos y menos aún pensaban que viven en un lugar llamado Palestina. El historiador Nathan Weinstock aclaró que «el territorio del Mandato Británico de Palestina correspondía a la Siria Mediterránea y sus habitantes se consideraban ciudadanos de Siria (bilad al-Sham)». Pero ni siquiera eso estaba claro si tenemos en cuenta que, en 1919, el Congreso Árabe en Jerusalén dijo que las tierras árabes constituían «un todo completo e indivisible» y que no se admitían identidades regionales, lo cual fue asentado de nuevo por el Partido Baaz (Baath), que en 1951 declaró lo mismo.

En realidad, los únicos que se autodenominaban palestinos eran quienes soñaban con regresar a Oriente Medio para recrear ahí su patria: los judíos sionistas, mientras que los árabes de la zona rechazaban ser llamados «palestinos», considerando que palestinos eran los judíos que vivían allí, como veremos luego. El líder sionista Hillel Kook (alias Peter Bergson) decía: «Soy hebreo. Mi lealtad es a la nación hebrea. Mi país es Palestina» Y como matiza Gil-White, «la gran mayoría de los así llamados árabes palestinos que hoy se quejan del Estado de Israel, igualmente vinieron de otros lados y al mismo tiempo que los judíos sionistas». Y para más inri, «los judíos sionistas que inmigraron a Palestina no despojaron a nadie de su tierra», como se verá a continuación.

Una diferencia importante entre las dos etnias es que, a diferencia de los judíos, que durante siglos volvieron a Israel para repoblar su tierra ancestral y una vez llegados, ahí se quedaban («El año que viene, en Jerusalén», rezaron cada año, durante dos milenios, los judíos esparcidos por todo el mundo, en el Pésaj, la Pascua judía), la gran mayoría de los árabes de Palestina eran una población transitoria rotante de inmigrantes con diversos orígenes étnicos que jamás conformaron un pueblo palestino. Y es que los terratenientes árabes importaban labradores de fuera para trabajar sus latifundios, pero debido a las condiciones usureras, a las que se añadían los constantes robos, después de más o menos tiempo, esos se marchaban, según documenta Peters. Ello hizo que Palestina fuese un área despoblada, y viajeros europeos del siglo XIX escribieron que había pocos campesinos y que el lugar era sobre todo un desierto. Por ejemplo, después de visitar Palestina, Mark Twain escribió que en el Valle de Jezreel no había un solo pueblo en 30 millas a la redonda. A mediados de siglo, el cónsul británico de Palestina también se quejó de que había muy poca gente en la zona y reportó que estaba casi «vacía de habitantes» y que urgentemente precisaba de «una población substancial de la religión que sea». A finales de siglo, Pierre Loti, un escritor francés, después de visitar Palestina, escribió que las ciudades y los palacios se habían convertido en polvo.

El reverendo Carl Hermann Voss resumió muy bien la situación de Palestina en un estudio que publicó en 1953, diciendo que: «En los doce siglos y medio que hubo entre la conquista árabe del siglo VII y los comienzos del regreso de los judíos en 1880, Palestina fue yerma. Sus antiguos canales y sistemas de irrigación fueron destruidos y la maravillosa fertilidad de la que habla la Biblia desapareció para convertirse en desierto y desolación». A ello se añade la investigación de Arnold Blumberg, quien dijo que: «no se hizo ningún censo, pero el estimado más fiable establece un máximo de 300 000 habitantes en 1841».

El propio muftí Husseini dijo que, en toda el área, o sea, el actual Israel, el Líbano, Siria y Jordania, en un territorio que abarca 35 veces más que la superficie del actual Israel, había unos 1.700.000 personas a principios del siglo pasado (en un futuro post daré la cita entera, que es bastante larga y se relaciona con otro aspecto que analizaré en breve). Hoy en día, el pueblo de Israel cuenta con casi 9.000.000 habitantes, lo cual significa que, a finales del siglo XIX, la población total de Palestina era de aproximadamente un 3% de lo que es ahora y que la zona estaba casi vacía. Además de lo anterior, varios viajeros dejaron testimonio de sus visitas a Tierra Santa en libros, catálogos y artículos, reflejando la desolación de la región durante el gobierno otomano. En 1697, Henry Mandruell describió a Nazareth como «una aldea desconsiderable», sobre Nablus dijo que había «un solo bote de ninguna descripción en el lago (Tiberíades)». En 1857, el cónsul británico en Palestina James Finn informó a Londres que: «El país se encuentra en grado considerable vacío de habitantes y, en consecuencia, necesitado de un cuerpo poblacional». En una enciclopedia alemana de 1827, Palestina fue descrita como «desolada y vagabundeada por bandas de ladrones árabes». En 1858, el académico suizo Félix Bovet escribió los árabes de Palestina: «Clavaron sus carpas en los campos ríspidos o construyeron sus lugares de refugio en sus ciudades ruinosas. No crearon nada en ellas», y agregaría en tono melancólico: «El viento del desierto que los trajo podría un día sacarlos sin dejar tras de sí rastro alguno de su presencia». En 1835, el poeta francés Alfonse de Lamartine acotó: «Fuera de los portones de Jerusalén, no hemos visto ciertamente objeto viviente ni oído sonido viviente. Hemos hallado el mismo vacío, el mismo silencio, como si hubiésemos encontrado las puertas sepultadas de Pompeya. (…) Un silencio completo y eterno reina en el poblado, en las carreteras, en el país. (…) La tumba de todo un pueblo». El escritor norteamericano Mark Twain visitó Palestina en 1867 y escribió sobre el valle de Jezrael: «No hay una sola aldea solitaria a lo largo de toda su extensión. (…) Uno puede andar diez millas a la redonda y no ver diez seres humanos».

Por si fuese poco, una comisión inglesa recorrió el área en 1878 y luego informó que halló «las tierras en desorden, expuestas a incursiones de beduinos saqueadores (provenientes) del otro lado del (río) Jordán, abandonadas por los agricultores, y sólo levemente cultivadas”. En 1881, cuando empezaron a llegar los primeros judíos sionistas a Palestina, el cartógrafo británico Arthur Penrhyn Stanley dijo que: “En Judea casi no es una exageración decir que por millas y millas no hay ninguna seña de vida o población”.

Una vez llegados, los judíos sionistas reformaron radicalmente el paisaje, secando pantanos, plantando bosques (apenas quedaban árboles en Palestina porque los otomanos habían fijado impuesto por cada uno, por lo que los campesinos los tallaban para no pagarlo), construyendo pueblos, carreteras, universidades, y generando una floreciente industria y comercio. Ello fue lo que atrajo la inmigración árabe, por lo que, en el periodo comprendido entre 1922 y 1947, la población árabe en las ciudades judías creció un 290% en Haifa, 158% en Jaffa, 131% en Jerusalén, 64% en Hebrón, 56% en Nablus, 37% en Belén, los últimos tres siendo lugares en los antes hubo pocos o ningún judío. Tal fue así que, en 1930, un informe británico advirtió del flujo incontrolable de inmigrantes árabes ilegales que llegaban desde Egipto, Siria y Transjordania.

En 1934, Tewfik Bey El-Hurani, el gobernador de Hauran, un distrito sureño de Siria, dijo al periódico La Syrie que: «en los últimos meses, entre 30 000 y 36 000 hauraneses (sirios) han entrado a Palestina y se han asentado allí». El oficial británico encargado de la provincia del Sinaí entre 1922 y 1936, dijo con respecto a los nómades árabes: «Esta inmigración ilegal no solamente estaba ocurriendo desde el Sinaí, sino también desde Transjordania y Siria». En 1939, Winston Churchill también observó que «los árabes se han amontonado en el país», y el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt dijo que «la inmigración árabe a Palestina desde 1921 ha excedido vastamente el total de la inmigración judía durante todo el período». Aunque Churchill no era justamente un amante de los judíos sino todo lo contrario, cuando fue recriminado por apoyar el movimiento sionista, dijo: «¿Por qué está siendo cometida una cruel injusticia si gente nueva llega y crea medios de subsistencia para más gente, transformando el desierto en palmerales y naranjales? ¿Por qué es una injusticia que haya más trabajo y riqueza para todos? No hay injusticia. La injusticia ocurre cuando aquellos que viven en el país lo dejan siendo un desierto por mil años». Incluso T. E. Lawrence, cuyos credenciales arabistas no pueden ser cuestionadas, dijo durante un viaje a Palestina en 1909: «Cuanto antes la trabajen los judíos, mejor, porque sus colonias son lugares brillantes en el desierto». La riqueza creada por el trabajo de los judíos recién llegados fue advertida incluso por los oficiales ingleses. En este sentido, el secretario de Estado Malcolm MacDonald dijo que: «Si ni un solo judío hubiera venido a Palestina luego de 1918, yo creo que la población árabe aún estaría hoy en día alrededor del guarismo en el que había estado de forma habitual bajo el gobierno turco».

También es importante un censo de 1931 que contabilizó al menos 23 idiomas diferentes que se hablaban en la región por musulmanes y 28 idiomas habladas por cristianos, sumando un total de al menos 51 idiomas habladas en la pequeña área de lo que hoy en día es Israel. En el mismo censo, los no judíos de Palestina eran provenientes de 24 países y también de América y Europa.

A esa tierra de nadie emigraron los judíos a finales del siglo XIX. Pero casi a la vez, en 1878, «los turcos habían comenzado sistemáticamente a colonizar el lugar con musulmanes de fuera, principalmente circasianos y argelinos», según explica Blumberg. «Millones de muhagir, musulmanes que salieron huyendo de los nuevos Estados cristianos en los Balcanes tras las derrotas turcas del siglo XIX, abandonaron lo que habían sido provincias otomanas en Serbia, Grecia, Bulgaria, Rumania, Bosnia-Herzegovina, Tesalia, Epirus (el Sur de Albania) y Macedonia», explica la historiadora Bat Ye’or. Por lo cual, de repente, a finales del siglo XIX, la demografía de Palestina fue alterada por inmigración judía y también musulmana.

El sultán de Turquía, en bancarrota ya, fingía cooperar con los sionistas y cobraba mucho por tolerar que entrase un puñado de judíos europeos en la zona. Sin embargo, estaba decidido a destruir el movimiento sionista, por lo cual reasentó a los refugiados musulmanes en Judea, Galilea, Samaria y Transjordania, donde les otorgó derechos colectivos sobre la tierra en condiciones muy favorables. Pese a ello, los judíos sí sentían un amor profundo por esas tierras por las que habían rezado durante dos mil años y, sin importarles el estado deplorable en el que las encontraron, en poco tiempo transformaron ese desierto en un oasis rebosante de vida. Debido a ello, muchos musulmanes foráneos se sintieron atraídos por la prosperidad que nacía y «masas de vagabundos empobrecidos y tradicionalmente sin tierra, que son endémicos en Oriente Medio», empezaron a llegar.

Ese repentino flujo de musulmanes fue documentado por los británicos en un estudio de 404 páginas que, según escribió el historiador Howard Sachar, «detalla los logros de la Patria Nacional Judía, incluyendo una economía tan vigorosa que había estimulado un crecimiento del 50% en la población árabe desde 1921». Lo anterior es visible también hoy en día y una simple mirada sobra para darse cuenta de que Israel, además de ser la única democracia de Oriente Medio, es el país más floreciente de la zona, envidiable hasta por las civilizaciones más desarrolladas de Europa, a pesar de que apenas cuenta con 72 años de existencia, periodo en el que, casi permanentemente, fue azotado por guerras iniciadas por sus vecinos árabes y por los desdeñables terroristas islamistas.

Después de la llegada de los sionistas, «sin duda, alguna los árabes, tanto felajines (campesinos) como terratenientes, empezaron a gozar de una prosperidad jamás vista en Palestina hasta entonces», escribió Sachar, lo cual incluso los detractores del sionismo lo reconocen, como por ejemplo Nathan Weinstock, quien dijo que: «No hay la menor duda de que los pioneros judíos sí limpiaron los pantanos, rescataron la tierra abandonada, reforestaron los montes y lo hicieron todo verde otra vez con el uso cuidadoso de técnicas avanzadas basadas en la irrigación racional e intensiva». Incluso el Rey Abdullah de Transjordania, quien participaría en el esfuerzo por destruir el recién nacido Estado judío en 1948, escribió en 1946: «Me asombré de ver los asentamientos judíos. (…) Habían colonizado las dunas de arena, tomado agua de ellas y las habían transformado en un paraíso».

Ahora queda claro que el resplandor económico ocasionado por los judíos que inmigraron a Israel a finales del siglo XIX, reflejado en el estudio de Peel, fue lo que atrajo a los árabes a emigrar a Palestina. Pero ello también deja claro que los judíos no desplazaron a ningún palestino ni menos aún robaron la tierra de nadie, sino todo lo contrario: la compraron a precio de oro, como se verá a continuación. Pese a ello, el reporte Hope-Simpson de los británicos, publicado en 1930, sí menciona un supuesto desplazo, aunque luego se contradice por sí solo cuando reconoce los factores de lo anterior y más aún cuando admite que los funcionarios británicos rutinariamente hacían la vista gorda con la inmigración ilegal de miles de árabes. Y no solo eso, sino que el reporte «confiesa que la inmigración ilegal árabe era una injusticia que desplazaba a los inmigrantes judíos en potencia». La política británica favoreció la inmigración ilegal árabe, mientras que una gran multitud de judíos se esforzaban por emigrar ilegalmente en los años treinta del siglo pasado para salvar sus vidas de la amenaza nazi, pese a que había prometido permitir una patria judía en la Declaración de Balfour. De hecho, la enorme ola de inmigrantes musulmanes que llegaron en esa época a Palestina abrumó incluso a la población islámica que ya vivía allí.

«Un dato curioso confirma lo reciente de la llegada de los así llamados palestinos a Palestina. Cuando los Estados árabes lanzaron un ataque genocida conjunto para impedir la creación de un Estado judío en 1948, y perdieron, provocaron además un éxodo de musulmanes—y lo causaron ellos, no los judíos que se defendían—. Posterior a ello, la ONU, siempre tan solícita con las quejas de los árabes contra los israelíes, se arrogó el poder de definir lo que es un refugiado palestino. Dictaminó que dos años de residencia en el Mandato Británico de Palestina bastaban para que un árabe o musulmán tuviera derecho a la categoría. O sea que, según la ONU, cualquier inmigrante a Palestina era palestino, por reciente que fuera, ¡con tal de que no fuera judío! Si la ONU hubiese requerido una residencia sustancial para los musulmanes, y en particular una residencia de más de una generación para elaborar su categoría, la población resultante de refugiados palestinos habría aproximado un conjunto vacío», escribe Francisco Gil-White. Luego concluye: «Los puntos principales aquí son dos. Primero, que los judíos se asentaron sobre todo en tierras abandonadas e improductivas y por lo tanto no desplazaron a la población nativa. Segundo, que la gran mayoría de los supuestos palestinos de quienes ahora tanto se habla son descendientes, por un lado, de la multitud musulmana reasentada ahí por los turcos otomanos al mismo tiempo que empezaban las inmigraciones sionistas, y por el otro de musulmanes que inmigraron atraídos por la prosperidad que produjeron los judíos. En Palestina casi todo el mundo era inmigrante: llegaron todos al mismo tiempo a una tierra prácticamente vacía. Si los inmigrantes musulmanes son nativos de Palestina, entonces también lo son los inmigrantes judíos. Pero como ya vimos, esos musulmanes no se consideraban a sí mismos palestinos».

El mundo árabe consideraba la región bautizada por los británicos como Palestina como parte de Siria y aún hacia la primera década de los cincuenta, los académicos árabes afirmaban que el movimiento sionista se había movilizado en territorio sirio. En la Conferencia de Paz de Paris de 1919, la comisión árabe que representaba a Palestina dijo: «Nosotros consideramos a Palestina como parte de Arabia Siria, ya que nunca ha sido separada de ella en ningún tiempo. Nosotros estamos unidos a ella con lazos de índole nacional, religioso, lingüístico, natural, económico y geográfico». Más tarde, en el documento nº 22 de marzo de 1946, el Comité Árabe se refiere al problema palestino delante del Comité Anglo-Americano de la siguiente manera: «(…) geográficamente, Palestina es parte de Siria. (…) Es de común conocimiento que Palestina no es sino el sudeste de Siria» (palabras de Ahmed Shuqeiri, el primer presidente de la OLP, cuando se dirige al Consulado de Seguridad). En 1937, en la Comisión Peel, el líder palestino Auni Bey Abdul-Haiti va aún más allá y dice: «No existe tal país… Palestina es un término inventado por los sionistas. Nuestro país fue por siglos parte de Siria». Mientras que en la convención investigadora anglo-americana de 1946, el historiador árabe Philip Hitti dijo que: «No hay en absoluto tal Palestina en la historia árabe».

La población árabe, que en su mayoría era conformada por descendientes de los inmigrantes que habían llegado a Palestina en la segunda mitad del siglo XIX, comenzó a identificarse como pueblo separado solo después del nacimiento del Estado de Israel en 1947. Ello fue confirmado por Hafez Assad, quien le dijo a Yasser Arafat, cuyas ansias de controlar comprendían no solo Israel, sino también Líbano: «Usted no representa a Siria más que yo (…), no se olvide, no existe ningún pueblo palestino ni ningún Estado palestino. Sólo existe Siria».

De hecho, en 1917, el comité político árabe encabezado por el muftí de Jerusalén, Hajj Amín al-Husseini, no fue llamado Comité Palestino, como es llamado hoy en día, sino Alto Comité Árabe, y aún se guarda el documento nº 22 de marzo de 1945 donde se puede leer: «Los árabes de Palestina son descendientes de los primitivos habitantes de la región que se establecieron desde el comienzo de la historia. (…) Ellos (los árabes de Palestina) no pueden admitir contra su voluntad a una inmigración extranjera cuyo reclamo está basado en una conexión bíblica que cesó hace muchos siglos». Pero lo anterior es absurdo y es el mismo caso de España, por poner un ejemplo, que estuvo durante ocho siglos bajo ocupación árabe, excepto el Principado de Asturias. Sin embargo, «España nunca cesó de ser el país de los españoles y aunque en el caso de Israel fueron trece siglos, el principio es el mismo», matizó muy cabalmente Benjamín Netanyahu. Por lo cual, que el pueblo judío fuera expulsado a la fuerza de su tierra y debido a ello viviera en el exilio durante siglos no significa que Israel no sea su país, y más si tenemos en cuenta que, pese a lo anterior, en Judea siempre quedó un importante segmento de población judía durante los últimos dos milenios, aunque no pudieron constituirse como Estado debido a la ocupación romana, árabe, otomana y luego británica.

Sobran las pruebas sobre la desolación de Palestina bajo el dominio árabe. En este sentido es muy relevante la colección de fotos del prolífico escritor y fotógrafo Felix Bonfils, que vivió en Beirut junto con su familia. Se trata de unas 15.000 fotos de Palestina, Egipto, Siria y Grecia y más de 9000 vistas estereoscópicas (https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Photographs_of_Palestine_by_F%C3%A9lix_Bonfils). Lo curioso es que en ninguna de esas fotos se ve ni rastro de ningún pueblo palestino ni tampoco lo mencionó nunca. No se ven en las fotos ni banderas y apenas hay mezquitas en Palestina. Si hubo un pueblo palestino de un millón de habitantes, que es lo que afirman los actuales palestinos, desde luego que no vivió en Palestina. Ello lo corrobora la simple lógica también, ya que, si hubiera habido un millón de palestinos a principios del siglo pasado, debido a la alta tasa de natalidad de las mujeres musulmanas, de las más altas del mundo, hoy en día serían unos 40 millones; pero resulta que solo hay 4 millones.

Tampoco mencionan al pueblo palestino ni la Biblia, ni el Corán, ni casi ningún libro de la época (en los 2-3 que existen, se refieren a los judíos y a las cruzadas, no a ningún pueblo palestino). Por lo que, está claro que los que hoy en día se llaman palestinos en realidad son los descendientes de los egipcios, sauditas y otros países árabes que acudieron a la llamada del muftí Husseini para la yihad.

Lo mismo muestra una colección de fotos del Príncipe de Gales de Inglaterra, que más tarde sería el Rey Eduardo VII, tomadas en 1862 por Francis Bedford, el primer fotógrafo en viajar en una gira real, durante una gira de cuatro meses que hizo por Palestina y Oriente Medio. No se ven palestinos, ni mezquitas, sino, principalmente, pueblos fantasma y tierra yerma. La única mezquita que se ve en las fotos es la Cúpula de la Roca del Monte del Templo, construida encima del antiguo Templo de Salomón, pero está vacía de musulmanes. Ello no es habitual, y si miramos cualquier otra ciudad musulmana de la época, veríamos muchas mezquitas, no solo una en una gran tierra casi yerma.

Retrocediendo un siglo, resulta que tampoco encontramos ni rastro de ningún pueblo palestino en Palestina, ni tampoco nombres árabes en la zona. En el libro Palaestina, ex Monumentis veteribus illustrata, escrito por el erudito Hadriani Relandi en 1714, el autor examinó durante su viaje a Palestina muchos de los lugares que se mencionan en la Biblia o la Mishná, trazó un mapa de la tierra de Israel y organizó un censo de la población en cada comunidad. Las conclusiones que sacó son más que claras:

  • En primer lugar, ningún asentamiento de la Tierra Santa tenía nombre de origen árabe, sino hebreo, griego, latino o romano.
  • En segundo lugar, casi toda Palestina era tierra yerma, vacía y los pocos habitantes de la zona vivían en las ciudades de Jerusalén, Jaffa, Acco, Tzfat y Gaza (todos ellos nombres de origen hebreo), en su gran mayoría siendo judíos y cristianos. También había musulmanes, en su mayoría tribus beduinas nómadas, que Relandi dice que eran temporeros de la agricultura. La única excepción en este sentido fue Nablus, conocido como Shchem, donde vivían unas 120 personas de la familia musulmana Natsha y unos 70 shomronitas. En Nazaret (que hoy en día es de mayoría palestina) vivían unos 700 cristianos y en Jerusalén unas 5000 personas, en su gran parte judíos y también algunos cristianos. En Gaza vivían unas 550 personas, mitad de ellas judíos y la otra mitad cristianos. La misma pauta se repite en toda Tierra Santa de aquellos tiempos.
  • En tercer lugar, no hay rastro de ninguna cultura del supuesto pueblo palestino de mil años de antigüedad, como grita McGovern o de dos mil años de antigüedad, como se escucha en la BBC cuando afirma que Jesús de Nazaret fue palestino. No hay en Palestina nada de lo que se ve, por ejemplo, en España, donde las huellas de la dominación árabe están por todas partes empezando con los monumentos arquitectónicos y terminando con literatura, medicina y un largo etcétera.

Otro documento que demuestra sin lugar a dudas que nunca hubo ningún pueblo palestino en Israel es un mapa elaborado por Palestine Exploration Fund, una misión de reconocimiento británica entre 1871 y 1878, a una escala de 1 a 63.000, que demuestra que en Tierra Santa la población era escasa, confirmando el lema sionista: «Un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo». Con este mapa, el más preciso que existe, se pueden calcular con precisión el tamaño de los poblados de Tierra Santa, lo cual nos hace llegar a la misma conclusión: que era tierra yerma, confirmando una vez más lo que ya sabemos y corroborando los testimonios de los que la visitaron antaño.

Uno de ellos fue Mark Twain, que visitó Tierra Santa en 1867, unos quince años antes de que empezara la migración sionista. Su testimonio es más que aclarador: «Llegamos sanos y salvos a la montaña Tabor. (…) Durante todo el camino no vimos un alma viviente. (…) Apenas había un árbol o un arbusto en ninguna parte. Incluso el olivo y el cactus, esos rápidos amigos de la tierra sin valor, casi abandonado el país. (…) Palestina se siente tristemente envuelta en cilicio y cenizas. Sobre ella se cierne el hechizo de una maldición que ha arruinado sus campos y aprisionado su esencia en cadenas. La Tierra Santa está desolada y privada de amor. La Tierra Santa ya no pertenece a este mundo de acción. Se dedica a la poesía y la tradición, una tierra de sueños. (…) Nazaret está abandonada, (…) Jericó está maldita, (…) Jerusalén … un pueblo de miserables».

Examinando, con la ayuda del mapa, el tamaño de las aldeas, veremos que eran muy pequeñas: los más grandes tenían una superficie de 150 por 100 metros y apenas tenían dos hileras de casas. Áreas enteras estaban absolutamente vacías; Haifa tenía una superficie de 190 por 440 metros; Nazaret de 600 por 300 metros; Jaffa de 240 por 540 metros; Shekh Munis, donde ahora se encuentra la Universidad de Tel Aviv, era una pequeña aldea de 90 por 180 metros. El propio Jerusalén solo media 1000 por 1000 metros y no había nada fuera de sus muros (y dentro ya sabemos con precisión que siempre hubo una mayoría judía).

Lo anterior es corroborado por un montón de testimonios. Uno de ellos, que se llama justo así: La desolación de Palestina, fue publicado en el número 20 de 10 de junio de 1880 del periódico Livermor Herald (https://cdnc.ucr.edu/cgi-bin/cdnc?a=d&d=LH18800610.2.11): «Desolación de Palestina. El reverendo W. J. Starcey escribe al periódico London Time sobre la deplorable condición de la Tierra Santa, que ha visitado recientemente. Él dice: «Nada puede exceder bien la desolación de gran parte de ella. Sin árboles por veinte o treinta millas a la redonda, bosques que existieron hace treinta años (por ejemplo los del Monte Carmel y del Monte Tabor) han desapareciendo, ricas llanuras del mejor suelo de jardín pidiendo ser cultivadas, pero que están agrietadas con grietas de unos cuantos centímetros de profundidad, sin setos ni límites; terrazas de montaña, formadas de forma natural o artificial, listas para ser plantadas con vides; la gente vive nada más que en chozas de barro, tierra y miseria; los habitantes cuentan con ropa escasa solo suficiente para ser decentes; sin caballos o vacas, ni ovejas, ni perros; sin caminos, excepto el de Jaffa a Jerusalén, y esto como un camino para carros sobre un campo arado, el resto, en el mejor de los casos, son como los senderos de ovejas de Sussex, pero en su mayor parte como el lecho seco del río más rocoso donde, en medio de bloques de piedra, cada uno hace su camino al andar tan bueno como mejor pueda, torres o sobre piedras sueltas arrojadas desde las paredes del lado en cualquiera de los lados; nada sobre ruedas para ser recibido en un viaje de más de 300 millas”. Todo está gravado (Nota mía: los turcos pusieron impuestos sobre cada árbol, por lo que los que poseían arboles los cortaron); cada árbol frutal, pero ninguno se planta ahora; cada vaca o caballo, etc.; cada verdura vendida de un jardín privado. No se ve nada, ni una pequeña granja, ni lejos ni cerca. Nada más que Jerusalén en sí. (…) Nada se hace por el bien o la mejora del pueblo o de la tierra por parte del gobierno. No sólo así, sino que todas las ofertas —y he oído hablar de varias hechas por individuos o empresas— son rechazadas, a menos que primero se dé un soborno a las autoridades. Esta es una imagen que no tiene nada que ver con lo que una vez fue la tierra donde “fluía leche y miel”. (…) No hay esperanza para Palestina mientras permanezca en manos de los actuales gobernantes. Palestina no vale nada para el gobierno turco».

A continuación, daré más citas al respecto. Es imposible que toda esa gente se haya confabulado para que, un siglo después, se pudiera argumentar que no hubo ningún pueblo palestino en Palestina de aquellos tiempos.

«No hay un pueblo solitario en toda su extensión (valle de Jezreel, Galilea); ni en treinta millas a la redonda. (…) Uno puede andar diez millas por aquí y no ver diez seres humanos. Ven a Galilea, para que la clase de soledad lo haga a uno triste. (…) Nazaret está desamparada (…) Jericó yace en ruinas (…) Belén y Betania, en su pobreza y humillación (…) despojadas de cualquier ser vivo (…) Un país desolado cuyo suelo es lo suficientemente rico, pero está entregado por completo a la maleza (…) una extensión silenciosa, lúgubre (…) una desolación (…) Nunca vimos un ser humano en toda la ruta (…) Apenas un árbol o arbusto por ningún lado. Hasta el olivo y el cactus, esos veloces amigos de una tierra sin valor casi abandonado el país (…) Palestina se sienta en cilicio y cenizas (…) desolada y desagradable» – Mark Twain, Los inocentes en el extranjero, 1867.

«Palestina es una tierra en ruinas y desolada» – Conde Constantine François Volney, autor e historiador francés del siglo XVIII.

«La tierra en Palestina carece de gente para labrar su suelo fértil» – Arqueólogo británico Thomas Shaw, mediados de 1700.

«En 1590, un “simple visitante inglés” de Jerusalén escribió: “No hay nada para ser visto excepto un poco de las viejas murallas que aún se conservan y todo el resto es hierba, musgo y hierbajos muy parecidos a un trozo de rancio o suelo húmedo”» – Artillero Edward Webbe, Fondo de Exploración de Palestina, Declaración trimestral, p. 86.

«Luego entramos en el distrito de las colinas y nuestro camino atravesaba el lecho estruendoso de un antiguo arroyo, aguas bravas se han ido hacia el pasado junto con la raza feroz y turbulenta que una vez habitó estas salvajes colinas. Puede que haya habido cultivo aquí hace dos mil años. Las montañas, o enormes montículos pedregosos que rodean este camino accidentado, tienen crestas niveladas hasta la cima; en estas repisas paralelas todavía hay algo de verdor y tierra: cuando el agua fluía aquí y el país estaba atestado de esa extraordinaria población que, según las Historias Sagradas, se apiñaba en la región, estos escalones de la montaña pueden haber sido jardines y viñedos, como vemos ahora prosperando a lo largo de las colinas del Rin. Ahora el distrito está bastante desierto y cabalga entre lo que parecen ser tantas cascadas petrificadas. No vimos animales moviéndose entre los pedregosos frenos; apenas una docena de pajaritos en todo el recorrido» – William Thackeray en De Jaffa a Jerusalén, 1844.

«Los propios árabes no pueden ser empleados sino residentes temporales. Instalaron sus tiendas en sus campos de pastoreo o construyeron sus lugares de refugio en sus ciudades en ruinas. No crearon nada en él. Como eran extraños a la tierra, nunca llegaron a ser sus dueños. El viento del desierto que los trajo hasta aquí podría algún día llevárselos sin que dejen rastro de su paso por él»- Comentarios de cristianos sobre los árabes en Palestina en el siglo XIX.

«El país está en un grado considerable vacío de habitantes y por lo tanto su mayor necesidad es de un cuerpo de población» – James Finn, cónsul británico en 1857.

«El área estaba despoblada y permaneció estancada económicamente hasta la llegada de los primeros pioneros sionistas en la década de 1880, quienes llegaron a reconstruir la tierra judía. El país había permanecido como «Tierra Santa» en la conciencia religiosa e histórica de la humanidad, que lo asoció con la Biblia y la historia del pueblo judío. El desarrollo judío del país también atrajo a un gran número de otros inmigrantes, tanto judíos como árabes. La carretera que va de Gaza al norte era sólo una pista de verano apta para el transporte en camellos y carretas. (…) Las casas eran todas de barro. No se veían ventanas por ningún lado. (…) Los arados utilizados eran de madera. (…) Los rendimientos eran muy pobres. (…) Las condiciones sanitarias en el pueblo (Yabna) eran horribles. (…) No existían escuelas. (…) La tasa de mortalidad infantil era muy alta. (…) La parte occidental, hacia el mar, era casi un desierto. (…) Las aldeas de esta zona eran pocas y estaban poco pobladas. Muchas ruinas de aldeas estaban esparcidas por la zona ya que, debido a la prevalencia de la malaria, sus habitantes abandonaron muchas aldeas» – El informe de la Comisión Real Británica, 1913.

«Hay muchas pruebas, como ruinas antiguas, acueductos rotos y restos de caminos antiguos, que muestran que no siempre ha sido tan desolado como parece ahora. En la parte de la llanura entre el Monte Carmelo y Jaffa, rara vez se ve una aldea u otros lugares de vida humana. Aquí hay algunos molinos rudos que son movidos por la corriente. Un viaje de media hora más nos llevó a las ruinas de la antigua ciudad de Cesarea, una vez una ciudad de doscientos mil habitantes y la capital romana de Palestina, pero ahora completamente desierta. Mientras se ponía el sol, contemplamos el puerto desolado, una vez lleno de barcos, y miramos el mar en vano en busca de una sola vela. En este mercado una vez abarrotado, lleno del estruendo del tráfico, reinaba el silencio del desierto. Después de nuestra cena, nos reunimos en nuestra tienda como de costumbre para hablar sobre los incidentes del día, o la historia de la localidad. Sin embargo, fue triste, mientras me acostaba en mi lecho por la noche, escuchar el gemido de las olas y pensar en la desolación que nos rodea» – BW Johnson, en Gente joven en tierras bíblicas, 1892.

El historiador James Parker escribió: «Durante el primer siglo después de la conquista árabe (670-740 d. C.), el califa y los gobernadores de Siria y Tierra Santa gobernaron enteramente sobre súbditos cristianos y judíos. Aparte de los beduinos de los primeros días, los únicos árabes al oeste del Jordán eran las guarniciones».

También es muy convincente la descripción del mayor Condor en 1884 de cuán arruinada se había vuelto la región, la disminución resultante de la población, responsabilizando de ello al gobierno otomano: «Lo que sí aprendemos del estudio de la tierra y de la historia es la desolación provocada por medios humanos en Palestina. Encontramos por todas partes el bosquecillo que cubre la prensa de los vientos, los cardos que crecen entre los viejos campos en cierres, las terrazas en ruinas, el viñedo viejo desierto, los olivares exterminados y muchos de los bosques antiguos totalmente talados. Los bosques que existían en la época de Tito y de los cruzados a menudo se destruyen por completo, y los hermosos bosques viejos están representados por acres de tocones y raíces; las grandes ciudades de Antonino al otro lado del Jordán se encuentran en un desierto de pueblos en ruinas, sobre los cuales vaga el árabe con sus rebaños de camellos. En resumen, vemos que la pobreza y la disminución de la población, el deterioro de carreteras y acueductos, la ruina de las antiguas cisternas, la destrucción de los bosques, terrazas y los viñedos son la causa de la presente desolación. Esto se ha señalado a menudo, y la experiencia demuestra que, con un gobierno justo y fuerte en el país, Palestina podría convertirse, como el sur de Italia, en un jardín del mundo».

La lista se haría interminable si citáramos a todos los que escribieron sobre la situación devastadora en que se encontraba Tierra Santa mientras estuvo bajo dominio árabe y otomano. Entre ellos están: Sir George Gawler, Alphonse de Lamartine, Siebald Rieter, Arnold Van Harff, Martin Kabatnik, Sir George Adam Smith, Edward Robinson, el sacerdote Michael Nuad, Johann Tucker, Felix Fabri, etcétera. Todos ellos hablan de una tierra yerma y casi vacía, excepto las comunidades judías de Jerusalén, Gaza, Haifa, Hebron, Safed, Acre y algunas ciudades de Galilea. Napoleón Bonaparte incluso pensó en impulsar un regreso masivo de judíos, después de visitar Tierra Santa y ver lo devastada que se había vuelto. A ellos se añaden muchos árabes de la época que también consideraban que Tierra Santa seguía siendo judía, pese a la diáspora:

Ibn Khaldun, uno de los historiadores árabes más fidedignos, escribió en 1377: «La soberanía judía en la Tierra de Israel se extendió por 1400 años. (…) Fueron los judíos quienes implantaron la cultura y las costumbres del asentamiento permanente».

En 985, el escritor árabe Muqaddasi se quejó de que en Jerusalén la gran mayoría de la población era judía y dijo que «La mezquita está vacía de adoradores».

A ello se añade el mismísimo Corán, donde leemos:

«Y después de eso, Nosotros (Alá) les dijimos a los hijos de Israel: “Morad seguros en la Tierra Prometida. Y cuando se cumpla la última advertencia, los reuniremos en una multitud mezclada» – Corán 17:104.

«Hijos de Israel, recordad la gracia que os dispensé y que os distinguí entre todos los pueblos» (Corán 2:47)

«Y cuando Moisés dijo a su pueblo: ¡Pueblo! Recordad la gracia que Alá os dispensó cuando suscitó de entre vosotros a profetas e hizo de vosotros reyes, dándoos lo que no se había dado a ninguno en el mundo. ¡Pueblo! Entrad en la Tierra Santa que Alá os destinó y no volváis sobre vuestros pasos; si no, ¡regresaréis habiendo perdido!», (Corán, Cap. 5, La mesa servida, Suras 20 y 21).

«Hicimos a los hijos de Israel los herederos (de la tierra)», (Corán, Sura 26, La Sura de los poetas, Verso 59).

Sheikh Ahmad Adwan, jeque de Jordania

El jeque de Jordania, Sheikh Ahmad Adwan, también habló en el mismo sentido, afirmando sin tapujos que no existe la palabra Palestina en el Corán y que Alá dio Israel a los judíos. El erudito jordano publicó su opinión en su página Facebook, y posteriormente fue citado por Al Quds y otros medios árabes. «A los que distorsionan el libro de su Señor, el Corán, les digo: ¿De dónde sacaron el nombre de Palestina, mentirosos, malditos, cuando Alá ya la ha llamado Tierra Santa y la ha legado a los hijos de Israel hasta el Día del juicio? No existe tal cosa como Palestina en el Corán. Su demanda por la tierra de Israel es una falsedad y constituye un ataque al Corán, a los judíos y a su tierra. Por lo tanto, no tendrás éxito y Alá te fallará y te humillará, porque Alá es quien los protegerá (a los judíos)». Luego, el jeque añadió: «Los palestinos son unos asesinos de niños, ancianos y mujeres. Atacan a los judíos y luego los usan (niños, ancianos y mujeres) como escudos humanos y se esconden detrás de ellos, sin piedad por sus hijos como si no fueran sus propios hijos, para decirle a la opinión pública que los judíos los forzaron a matarlos. Esto es exactamente lo que vi con mis propios ojos en los años 70, cuando atacaron al ejército jordano, que los refugió y protegió. En lugar de agradecerle (al ejército jordano), llevaron a sus hijos frente al ejército jordano, para hacer creer al mundo que el ejército mata a sus hijos. Ese es su hábito y costumbre, su crueldad, su corazón de piedra para con sus hijos, y su mentira a la opinión pública, para conseguir su apoyo».

El canal Israel en árabe le hizo una entrevista al jeque en la que justificó que su apertura hacia el pueblo judío por su fe en el Corán y, después de citar varios suras, además de las anteriores, agregó: «(Los judíos) son personas pacíficas que aman la paz, que no son hostiles y no son agresores, pero si son atacados, se defienden causando el menor daño posible a los atacantes. Es un honor para ellos que Allá los haya elegido sobre los mundos, es decir, sobre la gente y los genios hasta el Día del Juicio. Dejé claras las razones de la elección de Alá en mis libros y folletos. Cuando Alá los eligió, no lo hizo por cortesía, y no fue injusto con otros pueblos, es solo que ellos (los judíos) se lo merecían».

Incluso el ministro del Interior y Seguridad Nacional de Hamás, Fathi Hammad, admitió en el canal Al-Hekma TV de Egipto el 23 de marzo de 2012 que los árabes mintieron en la cuestión Palestina y negó que existieran palestinos, diciendo que esos son de Egipto y Arabia Saudita, y no de Palestina. Hammad admitió que el pueblo palestino es un invento y que nunca existió y que una invasión de la tierra palestina, que en realidad es un territorio que perteneció a los judíos más de mil años antes de que incluso naciera Mahoma. Los palestinos reales son inmigrantes ilegales de las naciones árabes circundantes empujados a ocupar el área para cometer una intifada (resistencia). «Al-Aqsa y la tierra de Palestina representan la punta de lanza del islam y de los musulmanes. Por tanto, cuando buscamos la ayuda de nuestros hermanos árabes, no buscamos su ayuda para comer, vivir, beber, vestir o vivir una vida de lujo. No. Cuando buscamos su ayuda, es para continuar librando la yihad», dijo el ministro, y poco después añadió: «Todos tenemos raíces árabes, y cada palestino, en Gaza y en toda Palestina, puede demostrar sus raíces árabes, ya sea de Arabia Saudita, de Yemen o de cualquier lugar. Tenemos lazos de sangre. (…) Personalmente, la mitad de mi familia es egipcia. Todos somos así. Más de 30 familias en la Franja de Gaza se llaman Al-Masri (apellido egipcio). Hermanos, la mitad de los palestinos son egipcios y la otra mitad son saudíes. ¿Quiénes son los palestinos? Tenemos muchas familias llamadas Al-Masri, cuyas raíces son egipcias. ¡Egipcio! Pueden ser de Alejandría, de El Cairo, de Dumietta, del norte, de Asuán, del Alto Egipto. Somos egipcios. Somos árabes. Somos musulmanes. Somos parte de ti».

Que nunca hubo un pueblo palestino también lo dijo Sheikh Abdul Hadi Palazzi, jefe de la comunidad musulmana en Italia: «Si bien la realidad del pueblo judío es un hecho conocido, la idea del pueblo palestino es algo que se creó recientemente por razones políticas. Admitimos fácilmente los sistemas de un pueblo árabe, pero afirmar que los árabes que viven dentro del territorio israelí son palestinos y que, por lo tanto, tienen una nacionalidad específica es algo que no tiene ninguna base étnica o histórica».

«Los judíos tienen derecho a su propia tierra. Los árabes quieren un estado a expensas de otras nacionalidades», dijo la poeta y activista marroquí (amazigh) Malika Mazan en una entrevista hecha pública en Internet el 19 de septiembre de 2014. A continuación, reproduciré parcialmente la trascripción de la entrevista: «Los judíos querían algo que los uniera en su propia tierra. Iniciaron varias actividades políticas y económicas, habiendo vivido en una diáspora y sufrieron el racismo, las masacres y las cámaras de gas de los nazis. Creían que era su derecho. Quizás el nazismo les presentó una oportunidad histórica para despertar y pensar en una forma de regresar a su tierra, en lugar de dispersarse por todo el mundo. Querían rectificar el error histórico. (…) El sionismo significa que los judíos quieren establecer su propio Estado. Es su derecho. Nunca escuchamos que los (antiguos) judíos vivieran en Alaska o en Australia. La historia y todas las religiones y culturas admiten que los judíos vivieron en Palestina. El sionismo es el establecimiento de una patria judía, que es el derecho de cualquier nación. No se puede esperar que establezcan su tierra natal en la luna. Tienen derecho a regresar a su tierra natal. ¿Qué quieren los árabes? Quieren establecer una patria árabe, pero no en el territorio reconocido como suyo por la historia y la geografía. No señor. Quieren que su tierra sea a expensas de la tierra y de la existencia misma de los demás. En ese sentido, los árabes son más lo que ellos llaman «zioinst» que los judíos. Si los árabes se respetan a sí mismos, deberían ceñirse a sus propias fronteras. Deberían permanecer dentro de la Península Arábiga, en el Hijaz, para ser precisos. Los árabes pueden seguir soñando que son la raza suprema (nota mía: los árabes se consideran a sí mismos el pueblo elegido). (…) Los árabes, en su audacia, traspasaron sus fronteras y quieren un Estado árabe a expensas de otras nacionalidades y del derecho de los demás a existir y vivir con dignidad, libertad e independencia. ¿Son los sionistas los que son hostiles a los árabes, o son los árabes los que son hostiles a toda la gente libre?».

 

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