La dualidad de la rosa

Poseo la dualidad de la rosa – como todos los humanos. Por eso, a veces regalo belleza y otras, espinas. También por eso amo las rosas, porque reflejan como nadie la naturaleza doble de este mundo en el que comparten hábitat ángeles y demonios – un experimento que no suele darse en muchas partes, y la verdad es que tiene su cierto encanto; por lo menos, es difícil que uno se aburra aquí.

Soy rebelde de nacimiento y por convicción. Rebelde y libre, que son casi lo mismo, y también casi un pecado o incluso delito en esta tierra donde, a veces, las sombras ganan demasiado terreno. La rebeldía es, de hecho, el tronco alrededor del cual se enredan mis demás rasgos que, juntos, conforman el ego que me sujeta a este mundo y en contra del cual, desde luego que no arremeto, sino que prefiero ganármelo de aliado, porque sin él, me volaría de aquí. Esas nuevas terapias que se han inventado los de la nueva era, que tratan de matar al ego, no van conmigo – ni con nadie que entienda, incluso en lo mínimo, cómo funcionan la psique, el plexo y el vientre humano.

Soy loca por elección y por vocación, es una de las arduas tareas a las que dedico tiempo y vida. Por ello, los que prefieren una vida segura, mejor que se alejen, ya que en mí no encontrarán su mejor compañía. Porque a mí me gustan la fiebre, el fuego, los gemidos pasionales y las artes temperamentales. Porque las tormentas me son amigas igual que me lo son las playas solitarias y el mar que, cuando grita, en lugar de huir despavorida de sus rugidos capaces de borrar tierras y nacer otras nuevas, yo lo invito a gritar juntos, a ver si entre los dos desahogamos un poco la turbación del mundo.

No miento para gustar a nadie. Eso, principalmente, porque muchas veces, gustar a otros me ha acarreado más problemas que nada. Tampoco pido disculpas por decir la verdad, aunque sí, si las formas de comunicarlo no han sido las más correctas – lo cual es un fallo bastante habitual en las personas sinceras, así que, muchas veces, mejor agradecerlo, que enfadarse.

Nunca me ha importado, ni me importa, ni me importará lo que piensen los demás de mí; aunque mi plexo se revuelca cuando lo alcanzan las malas vibras de envidia, celos y juicios equivocados de los que aún no han conseguido madurar lo suficiente como para no caerles víctimas.

Soy bruja, dicen algunos. Pero yo no me considero, porque cuando miro en el espejo, lo que veo no es ninguna bruja, sino solo una mujer que ha aprendido a nadar en sus propias aguas y a jugar siguiendo sus corrientes, en lugar de tropezar con las tantas emociones que suelen turbarnos a las féminas. Es un logro que requiere cierta cantidad de horas invertidas en probar a ver cuándo dura el aguante y en ejercicios de paciencia.

Eso sí, lo reconozco, estoy muy lejos de ser un modelo de paciencia. En realidad, nunca lo seré, creo, porque hay demasiado fuego en mí como para ser capaz de domarlo. Sin embargo, en lugar de culparme por ser como soy y porque no podría ser de otra forma, he aprendido a transformar mi impaciencia en reflejos de lucha que nunca sobran en un mundo donde las guerras ya ni siquiera ruborizan a nadie.

No me quedan muchos miedos. Aparte de el de no volver a mi otro lugar sin haber cumplido la promesa que hice cuando vine aquí, pocos me quedan, la verdad. Esto se debe a que me han clavado tantos cuchillos, que he aprendido a transmutar el dolor de las traiciones en energía para nuevos proyectos, y a transformar las patadas de la vida, en rimas y amor.

Soy demasiado directa, lo reconozco. Pero no pido disculpas por ello, porque quiero crear un mundo mejor, que necesariamente deberá ser sincero, y en un tal mundo, la falsedad de la diplomacia es incluso pecado. Los que quieren crear un mundo mejor tienen que entrenar su estómago para aguantar sobrios la desnudez de la verdad pronunciada de la forma que fuera.

De entre los sagrados elementos que componen la vida y todo lo que vemos, los míos son, principalmente, el fuego, que da luz al arrebato de mis pasiones; y el aire, que aviva el fuego y también me refresca con su brisa cuando los ánimos se ponen demasiado calientes incluso para mí.

Una de las cosas que más aborrezco son las polillas que fingen ser mariposas. Está claro que los farsantes no gustan a nadie, pero resulta que, en mi caso, además, actúa una clase de magia que les quita las máscaras y se quedan desnudas, como si algo en mí provocara a que sus demonios se manifestaran. Sin embargo, a diferencia de las mariposas, que considerarían lo anterior una santa bendición, ya que no cualquiera es capaz de mostrarte tus sombras, para así sanarlas, las polillas son tontas y arremeten contra el mensajero con toda la fealdad de sus envidias y celos.

Me gustan los enigmas, pero los prefiero resueltos. Por esto, ahora me he resuelto a mí misma, para que deje de ser enigma para nadie, a ver si así cesan las envidias, al darse cuenta cualquiera que estoy muy lejos de ser perfecta y ni siquiera quiero serlo, ya que en este mundo es imposible debido a su naturaleza dual, como la de las rosas. Escribí estas palabras intentando evitar otros nuevos atascos de malentendidos que se transforman en cuervos de celos dentro de los que aún están lejos de lo que llamamos consciencia. Me voy a retirar ahora en mi mundo de hadas… Bueno, bromeo; ya no hay hadas en mi vida y hace tiempo que se fue la edad de mi inocencia de niña. Ahora estoy tratando de encontrar la inocencia del alma, porque sé que, sin ella, no puedo abrir las puertas de mi paraíso.

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