La noche cuando comenzaba el verano…

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Lo miraba en la penumbra, mientras una sonrisa nacía en la comisura de sus labios.

– Te escondes como un tonto – quiso decirle, pero en lugar de ello se acercó en silencio, fingiendo que no sentía su mirada recorriéndole el cuerpo desde la coronilla hasta los pies, parando unos segundos, muy disimuladamente, al llegar a su boca, y luego a sus pechos que afloraban juveniles por debajo de una camiseta de verano que intentaba ajustarse lo más fielmente posible a su cuerpo esbelto y bronceado.

– No me escondo. Lo comprenderás cuando te lo cuente… – quiso responder él, adivinándole sin esfuerzo el pensamiento en la sombra fugaz que cruzó su mirada.

No sabían qué decirse. Después de tanto tiempo, lo que habían imaginado, eso de cómo sería, por fin, el anhelado encuentro, se había esfumado de su memoria y ahora no sabían qué decirse. En realidad, más bien lo habían pensado tantas veces que les parecía que ya se habían dicho todo y que no necesitaban de más respuestas. Sin saber qué hacer, un poco tímida, un poco atrevida, ella se le acercó otro paso, mirando como hechizada sus ojos negros que la medían y a veces destellaban por risa, otras, por recuerdos no sanados aún. Le parecía como si acabara de despertarse del sueño y aún divisaba con dificultad la frontera entre lo real y lo onírico.

– Me parece que me miro a mí misma en tus ojos – pensó, preguntándose si lo había dicho en voz alta, o no. Y a la vez te veo a ti, pero con tantos rostros, que me pierdo cuando recuerdo cuándo y cuánto los amé todos.

– ¿Es ella? ¿Es ella esa mujer que tan bien conozco que hasta hice mapas de su alma, a la que desmaquillé tantas veces de filtros para leer lo que estaba escrito en su mirada? Aún sigue doliendo esa maldita soledad de saber que la tenía tan cerca, pero sin poder tocarla y ni siquiera hablarle. Pero eso pasó… – pensó para sus adentros y de repente le dijo, sorprendiéndose a sí mismo también: conozco tu alma entera, mujer-niña. No te esfumes, porque siempre volverás a caer en mis brazos, ya lo sabes tú muy bien.

Luego, en lugar de hablar, se abrazaron, mientras el mar rugía envuelto en el atardecer que empezaba a caer unos cuantos metros más allá, hacía el horizonte. Se abrazaron como se abrazan los ciegos, tocándose largamente para estar seguros de que no eran fantasmas y pensando que se conocían tan bien, que las palabras habrían molestado, innecesarias entre dos almas que habían caminado juntas tantas veces y en tantos tiempos, que las frases ya no tenían nada nuevo que decir ni quedaban sorpresas por destapar.

– Me tendré que acostumbrar a vivir sin ese fiel añoro que me recorría sin clemencia cada mañana cuando te extrañaba, aunque a veces te sentía tan cerca que tu respiración me hacía cosquillas en la oreja, pero sin embargo no te podía ver ni tocar, ni siquiera sabía quién eras… Te sentía tan cerca y me estabas tan prohibido… – le dijo apenas oído ella, acariciándole la sien con los vahos de su boca.

– Yo también me tendré que acostumbrar a vivir sin esa melancolía tan rara que sentía cuando te extrañaba, aunque te tenía delante, pero sin poder tocarte, cuando parecía que el presente se había dividido en dos partes: una donde estabas tú, pero prohibida, y otra donde estaba yo, envuelto en la monotonía gris de mi rutina diaria que solo se desvanecía cuando te miraba, y tú sin ser mía. Estar durante tanto tiempo cerca y no ser mía… Tienes que amar a alguien como yo te amo a ti, para comprenderlo y no volverte loco, créeme.

– Esta noche comienza el verano -, le dijo ella mirando el cielo que oscurecía en matices de índigo. Esta noche comienza el verano…

 

«Vida desnuda», Mónica Nita

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