La unidad de la existencia según la ciencia y las tradiciones ancestrales

«La actual forma de fragmentar el mundo en partes no solo que no funciona, sino que nos puede llevar a extinción como especie» – David Bohm.

 

Este sueño llamado vida a veces parece tan real, que uno se puede volver loco pensando que la realidad es lo que nos pasa (mientras ensoñamos la vida). Todo esto que llamamos realidad parece verdadero, que tiene sustancia propia y una existencia bien definida y diferenciada. Sin embargo, somos vacío en más de un 99% todos nosotros y también lo que nos rodea. La «nada» de la que nos hablaban las religiones y tradiciones esotéricas orientales ha sido demostrada por los físicos del siglo XX, quienes probaron que el átomo, o sea, lo que nos compone a nosotros y todo lo que vemos a nuestro alrededor, está vacío en más del 99% y que la sensación de solidez de la materia (y de nosotros mismos) se debe a la casi infinita velocidad con la que los electrones dan vuelta alrededor de su núcleo. Dicho en otras palabras: que lo que percibimos, la materia, la vida, el gato, el árbol, etcétera, no es que no existan, sino que lo hacen en una forma distinta de la que nos hacen creer nuestros sentidos.

En realidad, a nivel subatómico no hay diferencia ni entre nosotros ni tampoco entre nosotros y demás objetos, siendo todos una clase de olas en un inmenso océano de «nada», o de energía que, según la ciencia, es una forma condensada de información. Esto me recordó el antiguo principio hermético: «Todo es mente», una prueba más de que los antiguos no eran tan inocentes como se cree, sino todo lo contrario, ya que lo que nos dejaron escrito hace milenios lo confirman hoy las pruebas de laboratorio. La ciencia moderna estableció que todos los fenómenos físicos conocidos poseen la dualidad onda/partícula, por lo cual podríamos deducir que la consciencia, que al parecer es una forma más sutil de materia, también posee dicha característica. Cuando la consciencia tiene apariencia de partícula estaría localizada en el interior del cerebro, mientras que cuando tiene aspecto de onda podría causar efectos mediante la influencia remota (telepatía, telekinesia, sanaciones a distancia, etcétera).

El conocido físico David Bohm decía que «en lo más profundo, la consciencia de la humanidad es una». Somos seres sin fronteras, a pesar de las apariencias, y cada uno de nosotros actúa como un fragmento de un holograma, conteniendo dentro de sí todas las características de la misma. Ello significa que cada uno de nosotros tenemos acceso al conocimiento de toda la raza humana. Sin embargo, ¿por qué no conocemos conscientemente dicha información? Robert M. Anderson Jr., psicólogo de Rensselaer Polytecnic Institute de Troy, Nueva York, justificó lo anterior explicando que cada uno de nosotros solo es capaz de obtener del orden implicado (y de la consciencia colectiva) la información relacionada con sus recuerdos pasados y su experiencia de vida personal. Por ello, siempre he dicho que, para volvernos conscientes de la naturaleza del Absoluto que nos integra y que somos, debemos experimentar e integrar emocionalmente todo lo que es posible sentir, porque solo así conseguiremos acceder a toda la información que hay.

En el mismo sentido se expresó el doctor Carl Pribram, colaborador y amigo de Bohm, quien dijo que «nuestros cerebros construyen matemáticamente la realidad objetiva, interpretando frecuencias que son, en última instancia, proyecciones de otra dimensión, de un orden más profundo de la existencia que está más allá del tiempo y del espacio». Pribram se dio cuenta de que nuestro universo es un enorme mar de ondas y frecuencias, y que percibimos la realidad como algo solido porque nuestros cerebros interpretan la nube de energía que nos rodea como objetos materiales. Ello no significa que, por ejemplo, el gato que tenemos delante no exista, sino que su realidad tiene dos aspectos distintos, como si fueran dos dimensiones en las que existe a la vez: cuando se filtra a través de la lente del cerebro se manifiesta como un gato; pero si pudiéramos verlo sin nuestras lentes conceptuales, lo experimentaríamos como un patrón de interferencias. «Para mí, ambos son reales, o si queréis, ninguno de los dos es real», dijo el científico.

Bohm concluyó en el mismo sentido que los antiguos místicos: que la realidad tangible no es más que una ilusión parecida a una imagen holográfica por debajo de la cual existe un orden más profundo, un nivel de realidad que origina los objetos del mundo físico, igual que una placa holográfica da origen a un holograma. El científico también demostró que, cuando parece que una partícula se destruye, en realidad no deja de existir, sino que simplemente ha vuelto a envolverse en el orden más profundo del que surgió, demostrando con ello prácticamente la inexistencia de lo que conocemos como muerte. Según él, todo lo que existe en el universo forma parte de un continuo, que el conocido neurólogo y místico Jacobo Grinberg Zylberbaum llamaba Lattice, aunque tenga cualidades propias únicas. Por ello, Bohm advirtió con frecuencia que la actual forma de fragmentar el mundo en partes no solo que no funciona, sino que nos puede llevar a extinción como especie.

El científico también recalcó que no hay que hablar de la interacción entre la consciencia y la materia, sino darnos cuenta de que, en realidad, son una y la misma cosa. Él consideraba que la consciencia es una forma mas sutil de materia y que la base de la relación entre ambas no se halla en nuestro nivel de realidad, sino en las profundidades del orden implicado, también llamado campo cuántico, Lattice, Absoluto, Todo, etcétera. Bohm también dijo que no tiene sentido hablar de cosas vivas o no vivas, ya que las mismas están entretejidas inseparablemente, y que incluso una piedra está viva en cierto modo, porque la vida y la inteligencia son inherentes a la totalidad que incluye la materia, la energía, el espacio y el tiempo. Ello es casi idéntico a la cosmovisión andina, por ejemplo, o a la de los antiguos chamanes, que consideraban que todo en la naturaleza está vivo (y se comunicaban con ello). También demostraría la teoría de la noosfera, la consciencia planetaria, que explicó tan brillantemente el físico académico y Nobel, Fritjof Capra. Y como si lo anterior fuese poco, Bohm dijo que no hay razón para pensar que el campo implicado fuese el fin de las cosas y que más allá del mismo puede haber otros órdenes que ni siquiera imaginamos, etapas infinitas de una evolución distinta.

El conocido astrofísico Stephen Hawking también demostró en su teoría en la que había trabajado más de veinte años y que fue publicada post-mortem, que el universo podría ser un holograma y que existen otros niveles de universos finitos igual que el nuestro (el multiverso). Según la teoría de Hawking, nuestro universo es, en realidad, un holograma, la sombra de universos de dimensiones mas elevadas, el reflejo de algo mucho más grande y conformado en más dimensiones. Lo anterior no es solo una hipótesis, sino que está demostrado con ecuaciones matemáticas y físicas, además de pruebas de laboratorio, y publicado en la conocida revista Journal of High-Energy Physics, en colaboración con el profesor Thomas Hertog de la Universidad KU  Leuven. Su teoría es muy parecida a la de Platón, que hablaba de un falso «mundo sensible», el nuestro, que sería el reflejo del autentico mundo real, que él llamó el «mundo de las ideas». También es muy parecido a lo que los orientales llamaban maya, nuestra realidad que sería un reino de ilusiones y espejismos que se transforma en el universo que conocemos solo después de que nosotros lo observemos.

El conocido yogui y místico Sri Aurobindo decía que fragmentamos las cosas porque existimos en una vibración baja de realidad y es esa fragmentación, la percepción errónea de la separación de las cosas, la que nos impide experimentar la realidad de la consciencia y el amor y la alegría de la existencia, que son su verdadera naturaleza. Por otro lado, el galardonado Nobel, David Josephson sugirió que la realidad objetiva nace de la memoria colectiva de la raza humana, mientras que los fenómenos anómalos, como por ejemplo los observados en muchos chamanes, son manifestaciones de la voluntad individual. Según él, todo indica que estamos programados internamente para percibir el mundo en términos de partes, pero cada uno de nosotros tenemos la capacidad de eludir dicha programación y percibir la realidad tal como es, y el contacto con nuestro subconsciente es una de las claves para acceder a la parte de la psique que estructura la realidad.

Sabiendo lo anterior, me pregunto cómo hemos sido capaces de avanzar tanto en el campo de las ciencias, pero no lo hicimos en el de la consciencia. Porque aún no hemos adquirido, como humanidad, la consciencia que se requiere para percibir la unidad de la existencia y nuestra hermandad como humanidad y también a nivel planetario. La ciencia nos ha demostrado que, más allá de la ilusión de la realidad, no somos blancos, negros, rojos, amarillos, judíos, cristianos, musulmanes, hindúes, etcétera, sino que todos conformamos una masa infinita de consciencia, la cual moldea nuestro universo cercano. Con esta realidad ya demostrada, ¿cómo puede haber aún guerras y tantas mezquindades, competencia y tanto afán de poseer bienes materiales que no son más que una ilusión que no dura ni una fracción de segundo en la eternidad que nos rodea, pero que ha provocado tanto dolor y destrucción?

Paz

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