Lo masculino y lo femenino en un mundo dual

Vivimos en un mundo dual, por lo que, por mucho que queramos, no podremos eludir la oscuridad, el dolor, el desamor, el desencanto. La otra cara de la medalla es que, por mucho que lo intentemos, tampoco podremos eludir la luz, la verdad, el amor y todos los demás colores de la vida. Todos sentimos todas esas emociones y el mundo se nos presenta a todos en sus ambas polaridades. Es como una clase de juego – que a veces se transforma en una montaña rusa de locuras y desenfreno – que nos pone a prueba, retándonos a lograr el equilibrio tanto cuando tocamos el cielo como cuando bajemos a los infiernos del Hades y de nuestras mentes.

Mantenerse positivo es un buen ejercicio. Pero mantenerse siempre positivo es imposible y, además, contraproducente, porque en los mundos duales venimos para experimentar ambas facetas de la polaridad, aprendiendo de las dos para luego trascenderlas y llegar al Uno, a la Unidad, allá donde estas dejan de existir.

Expresarse en ambas circunstancias es esencial tanto como autoterapia, como debido a que verbalizar ayuda a adentrarse en el propio subconsciente, y este es el primer paso hacia la maestría del ser. Las emociones suelen ser una buena guía que, si le hacemos caso, nos llevarán a buen puerto casi seguro – aunque es posible que durante el recorrido atravesemos tormentas y los mares se nos echen encima. Por ello hay que respetarlas, honrarlas como maestras y nunca temer adentrarse en sus profundos caudales.

Las mujeres lo tenemos más fácil en eso de las emociones porque, si algo nos es característico casi en exclusiva, es nuestra alta capacidad de sentir, lo cual tiene como efecto experimentar una alta gama de emociones.

Los hombres no lo tienen tan fácil, principalmente debido a los condicionamientos sociales y a una educación casi espartana y muy pasada de moda, pero que aún perdura, que le niega su legítimo derecho de manifestar su lado emotivo cuando le hace falta. También se debe a la necesidad de protegerse a sí y a su tribu/clan/familia en un ambiente más hostil que amable, donde la emotividad puede llegar a ser peligrosa a veces. A ello se debe la tendencia del hombre de mirar hacia el exterior.

Sin embargo, e igual que en el caso de la mujer, para que el hombre adquiera su verdadero y pleno potencial, deberá recorrer el camino hacia dentro. De ello no se escapa nadie, es una condición sine qua non de la evolución. Y es aquí donde encuentra su más bello papel la mujer. Porque ella tiene a su espalda milenios de evolución experimentando los tormentos de las emociones y los vaivenes asincrónicos de los desajustes hormonales cíclicos. Y la mujer, cuando se completa a sí misma y hace de sus tempestades aliados, se vuelve maestra y apoyo del hombre en su recorrido hacia su propio devenir, guiándolo por el tortuoso camino hacia dentro, que solo puede ser andado cuando se ha conseguido el dominio de las emociones, pero no eludiendo experimentarlas, que es lo que la mayoría de los hombres han sido enseñados, sino nadando y sobreviviendo a sus tormentos con plena consciencia. Por ello, muchas veces he dicho que, para que un hombre se vuelva maestro de sí mismo, requiere a su lado de una mujer que ya lo es.

La esencia del hombre es proteger. Aunque está claro que en una sociedad enferma lo masculino enferma también y hay muchos hombres que no solo que no protegen, sino que dañan incluso a propósito por motivos que van desde la mera tontería hasta el placer del sádico de someter y doblegar, que se debe a un fallo de personalidad del copón que requiere con premura sanación por las buenas o por las malas, porque al final desintegra el ser de ambos: del verdugo y de la víctima. En contrapartida, la esencia de la mujer es unir – y aquí también hay «aunques» que ocuparían libros enteros y que no trataré en este breve post.

El hombre, para comprender la existencia, la tiene que desmenuzar, dividirla en partes y analizar cada una hasta que no queden secretos (es lo que hace la actual ciencia, cuyo enfoque es muy masculino). En la otra punta está lo femenino, que encuentra el sentido de la existencia en su unidad (juntando las partes para comprender el entero), lo cual se relaciona con el amor que, a su vez, tiene mucho que ver con lo emocional. Pero, igual que en el anterior caso, está claro que en una sociedad enferma lo femenino enferma también y hay muchas mujeres que se han vuelto incapaces de manifestar su esencia más básica, principalmente porque han perdido la capacidad de amarse a sí mismas, lo cual deriva en una baja autoestima, que es uno de los principales ingredientes en una relación tóxica sea de dependencia, sea de víctima/verdugo (aquí hace par con el sádico del que hablaba antes).

Para poder acceder a los dones y sabiduría de ese gran maestro, que es el subconsciente, y al que se llega por medio de las emociones, el hombre necesita de una mujer como guía. O, si no, desarrollar lo suficiente su lado femenino como para lograr abrir esa puerta hacia sí mismo – donde vientre, plexo y corazón se armonizan volviéndose una. Lo cual es bastante más difícil que lo primero. Es aquí donde interviene la compenetración, lo recíproco, porque mientras la mujer necesita del hombre para sobrevivir en un entorno que muchas veces requiere de más fuerza física de la que tiene para domarlo y adaptarlo a las necesidades humanas, el hombre necesita de la mujer para elevarse por encima de lo físico y trascender su condición. Por ello, mujer y hombre son imprescindibles el uno al otro. Porque lo masculino y lo femenino solo tienen sentido – y solo pueden sobrevivir – si entretejen sus esencias, creando sinergias que derrumban las leyes matemáticas y hacen que uno más uno no sumen dos, sino miles.

Pensé en lo anterior cavilando sobre el feminismo, un concepto muy politizado últimamente, al que han dado un nuevo sentido más que erróneo y que parece que intenta cambiar la dictadura machista de los últimos miles de años por otra igual de nociva, que sería la feminista. Es otra aberración de nuestros tiempos y una prueba clara de que tanto lo masculino como lo femenino aún están en pañales en este mundo. El feminismo debería manifestar el principal rasgo de lo femenino, que es la unidad, el unir, y no fomentar una nueva desigualdad, sino la consciencia de la compenetración de los dos polos de la existencia: lo masculino y lo femenino; el sol y la luna; el día y la noche. También debería fomentar el apoderamiento de nuestra esencia femenina, el anhelo de unión, pero no solo en la mujer, sino también en el hombre. Porque tanto hombres como mujeres tenemos ambos polos dentro de nosotros, somos una clase de andróginos álmicos donde femenino y masculino se entremezclan y en los que solo las dosis y las cuantías difieren, y no la esencia.

Sin embargo, en el camino hacia dentro que todos tenemos que recorrer para trascender nuestra condición, lo sutil prevalece y la maestría de las emociones es imprescindible. Lo cual hace que sea la mujer la que maneje mejor el proceso principalmente debido a sus dones natos, ayudando luego al hombre a recuperar su esencia femenina y a potenciar su lado sensible, sensitivo, e incluso psíquico, sin lo cual jamás se volverá entero como ser – como tampoco será nunca entera una mujer que no ha completado su aspecto masculino.

Solo conseguiremos una sociedad sana cuando ambos polos del ser humano estén equilibrados. Jamás funcionará una sociedad en la que prevalezca lo masculino, y la prueba la tenemos delante de nuestras narices: un mundo azotado permanentemente por guerras (que son consecuencia de la falta de la consciencia de unión y de la fragmentación excesiva, que se debe a un defectuoso o deficiente femenino a nivel social) y en las que las artes están empezando a brillar por su ausencia, desapareciendo tras sucedáneos que muchas veces rozan lo grotesco (lo cual se debe a la ausencia o fallo del sentido de belleza, que también pertenece a lo femenino). Es el efecto de un exceso de masculino, lo cual deriva en enfermedad y deforma paulatinamente. Pero si prevaleciera lo femenino tampoco sería mejor ni mucho menos, porque jamás habrá equilibrio si uno de los polos domina al otro. Y sin equilibrio no se puede evolucionar porque falta coherencia, falta sosiego y falta el empuje que nace en la sinergia creada por la mente-corazón / hombre-mujer unidos. Nunca habrá trascendencia ni a nivel personal ni a nivel social si el ser humano no equilibra sus ambos polos primero dentro de sí, y luego a nivel de sociedad, que es el reflejo de los hombres y las mujeres que la conforman.

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