Gotas de cielo

Lloraba el cielo, mientras el silencio de la noche empezaba a desperezarse debajo de las últimas estrellas de la mañana. Lloraba y no comprendí si lo hacía por amor, o por penas. Me tumbé sobre la tierra mojada y fría, llenándome de su aroma empapada de recuerdos de días pasados que se esfumaban antes de definir bien.
 
– ¿Por qué lloras? – pregunté al cielo
 
– No lloro. Son gotas de mi alma que celebra la vida, que solo puede nacer en mis aguas. Gotas de lluvia que nutren la tierra y se mezclan con el mar para así saber qué se siente cuando se es océano. No lloro buscando abrazos, porque la mayoría desaparecen en los vahos de esta tierra de quimeras cuando la luz de los mundos delata su falsía. Menos aún lloro para vaciar unos recuerdos que se murieron hace rato en las tinieblas del olvido. No lloro por alegría tampoco, aunque motivos hay de sobra cuando uno mira el mundo sin los velos de las mentiras que lo habitan.
 
Yo solo lloro cuando es tiempo de llorar, igual que río cuando es tiempo de reír. A veces lloro porque soy parte de esta tierra – que es mujer, igual que todo lo que nace vida – y mis espirales de tiempo ondean en ciclos; y hay ciclos para reír como los hay para llorar, sin que haya pecado en ninguno. Otras veces lloro para jugar con mi arcoíris que se refleja en tu mirada, y para zambullirme en tu sonrisa donde nacen cielos. Pero siempre que lloro, luego sonrío, e igual te amo cuando lluevo, que cuando brillo…

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