Loraba el cielo

Lloraba el cielo, mientras el silencio de la noche apenas empezaba a desperezarse debajo de las últimas estrellas de la mañana. Lloraba y no comprendí si lo hacía por amor, o por desamor. Me tumbé sobre la tierra mojada y fría, llenándome de su aroma empapada de recuerdos de días pasadas, que se esfumaban antes de definir bien.

– ¿Por qué lloras? – pregunté al cielo

– No es llanto. Son las gotas de lluvia de mi alma que celebra que nace la vida, porque la vida solo así puede nacer, en mis aguas. Gotas de lluvia para que nutran la tierra y también para mezclarme con el agua del mar y ver qué se siente cuando se es océano. No lloro buscando abrazos, que la mayoría desaparecen en los vahos del maya cuando su falsedad es delatada por la luz de los mundos. Menos aún lloro para vaciar recuerdos que desaparecieron hace rato en la negrura del olvido, ¿qué sentido tendría querer vaciar un espacio infinito en todos sus extremos? No lloro por alegría tampoco, aunque motivos hay de sobra, cuando uno mira el mundo sin los velos de las tantas mentiras que lo habitan.

Lloro porque es tiempo de llorar, igual que ayer fue tiempo de reír con todo mi sol. Lloro porque soy parte de esta Tierra, que es mujer, igual que toda materia capaz de nacer vidas. Por eso lloro, porque soy fémina y nuestras espirales de vida ondean en ciclos, y hay ciclos para reír, como los hay para llorar y no hay pecado en ninguno. También lloro porque sé que solo así podría ver mi arcoíris reflejándose en tu mirada, ya sabes que no puede haberlo sin las lágrimas de mi lluvia. Ahora lloro y mañana te sonrío, pero igual amo cuando lluevo, que cuando brillo, solo son ciclos de la vida que decidí sentir cuando aún vivía como un pensamiento que se estaba imaginando a sí mismo.

(Mónica Nita – Camino de Libertad, 3º Volumen)

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