Los Protocolos de los Sabios de Sion y su relación con el Vaticano y la Segunda Guerra Mundial

Contenido:

  • Los Protocolos de los Sabios de Sion, un plagio desmontado hace un siglo
  • Henry Ford, el principal impulsor del fraude
  • El Vaticano y la trama del lobby judío que quiere hacerse con el mundo
  • Los nazis, los jesuitas y… los Protocolos de los Sabios de Sion
  • El antisemitismo, la sociopatía más antigua de la tierra, y su relación con el CFR y los altos círculos de poder del mundo actual

 

  • Los Protocolos de los Sabios de Sion, un plagio desmontado hace un siglo

Los Protocolos de los Sabios de Sion es un líbelo antisemita del principio del siglo pasado redactado por la Ojrana, la policía secreta zarista, para culpar a los judíos de la Revolución rusa y difundido posteriormente en el Occidente por el Vaticano, los nazis, algunas de las grandes fortunas norteamericanas como Henry Ford, por ejemplo, y en general los judeofobos de toda clase. El autor del texto afirmó que el documento era la transcripción de unas supuestas reuniones de unos sabios judíos que se juntaban en el Consejo sionista de Basilea, urdiendo el control del mundo. En realidad, los Protocolos no son más que uno de los peores plagios de nuestra historia y la publicación antisemita más aireada en los ámbitos neonazis, de ultraderecha y radical islámicos. En 1921 se demostró que, en realidad, el documento es un copia-pega de varios fragmentos del libro Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, escrito por Maurice Joly y publicado un siglo antes, una obra de ficción en la que el autor describía un complot de Napoleón III (el hermano de Napoleón Bonaparte) para dominar el mundo, y también de una novela antisemita llamada Biarritz, escrita por Hermann Goedsche en 1868. Es muy probable que el propio Joly copiara algunas de sus ideas de otra novela, Los misterios de las personas, escrita por Eugène Sue y en la que el autor se refería a un complot de los jesuitas, no de los judíos.

Hoy en día es de conocimiento general que los Protocolos de los Sabios de Sion son un plagio que fue publicado por primera vez en San Petersburgo, en 1903, por Pavel Krushevan, un editor ultraderechista, racista y antisemita que había participado personalmente en varios pogromos (persecuciones y matanzas de judíos) y sentía un odio visceral para el progreso y liberalismo político que se solía asociar con los judíos y los masones. Posteriormente, el texto fue traducido a todos los idiomas europeos, teniendo especial éxito en Alemania, donde fue utilizado para cargar todas las desgracias del país a los judíos y así justificar la confiscación de sus bienes y su posterior asesinato. También tuvo y aún tiene mucho éxito en los países árabes. Comenzando con 1921, Hitler, que citaba el texto en sus discursos, lo introdujo como materia de estudio obligatoria en los colegios y utilizó el documento para justificar el genocidio nazi. «Hitler utilizó los Protocolos como un manual en su guerra de exterminio de los judíos», afirmaba Nora Levin, y los cientos de miles de ejemplares que se imprimieron en la Alemania nazi se repartían gratuitamente en los hogares. Goebbels, el ministro de Propaganda nazi, analizó en sus diarios la utilidad del infame texto como propaganda y dejó claro que, aunque él estaba muy al tanto de que el documento era un torpe plagio, al parecer Hitler sí creía en su autenticidad (de hecho, en su libro Mein Kampf lo cita en varias ocasiones). Sin embargo, de cara al público, Goebbels afirmó que: «Los protocolos de los sionistas son tan actuales hoy como lo fueron el día en que fueron publicados por primera vez». La primera versión en alemán fue publicada en 1920 y para 1933 se habían publicado treinta y tres ediciones, llegando a ser best-seller no solo en Alemania, sino también en otros países europeos, gracias a una hábil financiación, como se verá unas cuantas líneas más abajo.

Las similitudes que dicho documento guarda con los libelos de sangre antijudíos de la Europa medieval son más que obvios. Pero pese a ello, el plagio inspiró la masacre de unos 60 000 judíos rusos a los que se culpó de la Revolución rusa de 1917 y, posteriormente justificó el peor genocidio de nuestra historia conocida, el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. El que destapó en gran medida la farsa fue Philip Graves, quien descubrió que el texto de los Protocolos y los Diálogos de Maurice Joly eran más que similares y que había más de 160 pasajes en los Protocolos que eran basados o directamente copiados tal cual de la novela de Joly, el texto copiado llegando a más de 50% del contenido de los Protocolos. Dejando de lado la inocencia de su contenido que pocos se tomarían en serio y la absoluta falta de términos hebreos en el texto, llama la atención el uso de una cita en latín, Per me reges regnant (Por mí los reyes reinan), tomada de Proverbios 8,15 de la traducción católica de la Biblia, que es imposible que los participantes del Congreso Sionista de Basilea usaran, ya que habrían usado la cita en hebreo, lógicamente.

Los Protocolos fueron presentados al público como un conjunto de actas de una reunión secreta del «Gobierno judío mundial en la sombra» celebrada en 1897 en Basilea, Suiza, donde se habría aprobado un plan para la conquista del mundo utilizando para ello el control de las finanzas internacionales, la prensa y los medios de comunicación. Además, se presentaba a los judíos como estando detrás de la francmasonería para difundir ideas contra la Iglesia católica, y del bolchevismo, que perseguía una revolución mundial acorde a sus intereses (aunque los bolcheviques fueron de los que más hostigaron a los judíos, en realidad). Según el documento, los judíos conformaban una conspiración internacional secreta que controlaba el sistema financiero, los medios de información, las industrias capitalistas, los movimientos sindicalistas y los gobiernos de Occidente, incluyendo el gobierno de los Estados Unidos. Es decir, todo. Y utilizarían ese poder clandestino total para destruir a la civilización cristiana. El parecido de los Protocolos con lo ocurrido en Occidente durante la Peste Negra del siglo XIV, cuando los judíos fueron acusados de ser una conspiración internacional que había envenenado todos los pozos y que produjo una ola de odio y terror tan inmensa, que desembocó en el genocidio de millones de judíos en Europa, es obvio. Lo mismo se denuncia en nuestros días, cuando en las redes se pueden encontrar publicaciones sin pies ni cabeza culpando a los judíos de la pandemia de coronavirus y de hecho, es justo en esta ocasión cuando los Protocolos están siendo de nuevo aireados con mucha intensidad (lo cual es la causa del presente post).

 

  • Henry Ford, el principal impulsor del fraude

Uno de los principales impulsores y financiadores de los Protocolos fue el magnate norteamericano Henry Ford. Su cinismo no tuvo límites cuando acusó que líderes judíos de Estados Unidos, como Louis Marshall y Louis Brandeis, manejaban desde la sombra a los presidentes Taft y Woodrow Wilson. Sin embargo, ahora ya sabemos que Woodrow Wilson, líder radical del eugenismo y de la ideología pro germánica y antisemita de Henry Ford, de ninguna forma podría ser un títere de los judíos sino todo lo contrario. De hecho, fue Woodrow Wilson quien en 1918 le pidió a Ford que se presentara como candidato al Senado por Michigan, por lo cual la trama se desentrama aún más. En realidad, acusar a Wilson de ser títere de los judíos fue un teatro muy efectivo de Ford para convencer al público norteamericano del supuesto poder desmedido de los judíos y lo repitió con fuerza en los grandes medios, sin importarle que era él mismo el hombre más rico de Estados Unidos. Sobre Henry Ford, el hombre más rico de Norteamérica y el más importante distribuidor de propaganda antisemita tanto en Norteamérica como en Alemania y Europa, su biógrafo dijo: «Si acaso puede destacarse un estadounidense por su contribución a la maldad que fue el nazismo, ese tendría que ser Henry Ford».

Hubo muchos otros, pero sobre Ford no hay ni puede haber controversia alguna y todo está más que bien documentado. Poco después de que empezara la Primera Guerra Mundial, el magnate dijo que había descubierto pruebas de que los judíos estaban detrás de todos los problemas del mundo y que su misión era comunicarlo a todo el planeta. Por ello, en 1918, Ford compró el periódico semanal Dearborn Independent y le dio un giro antisemita muy virulento. En muchas ocasiones, en su periódico presentaba a Boris Brasol, un fanático ruso zarista y posteriormente agente de la inteligencia militar estadounidense y espía nazi, que arremetía como nadie contra los judíos, culpándolos de la Revolución Rusa y ello pese a que los bolcheviques habían organizado pogromos muy sangrientos contra ellos. En una serie llamada El Judío Internacional, Ford promocionó y reprodujo Los Protocolos de los Sabios de Sion, pero más que esas desinformaciones repletas de odio con los que los judíos nada tenían que ver, nunca aportó ninguna prueba concluyente de sus afirmaciones. Actualmente, los mismos documentos están difundidos con una virulencia aún más intensa por la Radio Islam de Suecia y los colaboradores del dicho canal.

Es importante remarcar la ferocidad de la campaña de Ford, ya que sus falsas acusaciones no eran simplemente un desvarío de su periódico, sino que eran impulsadas incluso por su compañía, Ford Motor Company, cuyos distribuidores estaban obligados a comprar su periódico y vender subscripciones. Los que llenaran su cuota de subscripciones eran premiados con un automóvil Ford; los que se resistían eran amenazados con cartas seudolegales que insistían que vendieran el periódico. Como si ello no fuese suficiente, Ford juntó varios números del periódico, los encuadernó y los distribuyó a las bibliotecas norteamericanas y a las Asociaciones de los Jóvenes Cristianos de todo el país. De esa forma, se transformó en el héroe de los antisemitas en todo el mundo.

En Alemania, miles de copias de las enseñanzas de Ford se publicaron bajo el título El Judío Eterno, que rápidamente se convirtió en la biblia de los antisemitas alemanes, incluido Hitler, y que se sigue difundiendo en las redes (a mí personalmente me llegó una copia en PDF hace poco más de un año, por medio de un contacto que suele frecuentar los ámbitos conspiracionistas). Tanto apreciaba Hitler a Ford, que en su despacho exhibía un gran retrato suyo y hablaba de él incesantemente, según afirma Edwin Black. El industrial estadounidense le provocaba tanta emoción al führer que, en 1931, poco antes de subir al poder, declaró para el Detroit News: «Yo considero a Henry Ford mi inspiración». Y era literalmente cierto, ya que muchos de los desvaríos de Mein Kampf son idénticos a pasajes de El Judío Internacional de Henry Ford.

Pese a que la propaganda de Ford fue refutada con lujo de detalle en una serie de artículos escritos por Phillip Graves y publicados en 1921 en The Times de Londres, que demostró con pruebas claras que el texto de los Protocolos no era más que un torpe plagio de una obra de ficción que nada tenía que ver con los judíos, sin embargo, ello no mermó la campaña de Henry Ford ni menguó su efectividad. Se ve que Ford había adoptado el lema de Hitler: «No importa la verdad, importa la victoria».

El prestigio de Henry Ford era muy importante en la época y llegó a ser posicionado en unas encuestas populares como el tercer hombre más grande de la historia, solo por debajo de Napoleón y Jesucristo. Los industriales alemanes admiraban sus sistemas de producción masiva y se proclamaban fordistas. Ese prestigio lo aprovecharon los nazis al distribuir en Alemania millones de copias de su libro en todas las escuelas y oficinas del partido del país, muchos mostrando juntos a Hitler y a Ford en la portada. El Judío Eterno convirtió a Baldur von Schirach, el líder de las Juventudes Hitlerianas, al antisemitismo. En su juicio por crímenes de guerra en Núremberg, este exclamó: «No pueden imaginarse la influencia tan grande que tuvo este libro en el pensamiento de la juventud alemana. La generación de los jóvenes veía con envidia los símbolos del éxito y la prosperidad de Henry Ford, y si Ford les echaba la culpa a los judíos, naturalmente que le creíamos». Aunque tampoco fue difícil para Ford vender un prejuicio que en Alemania muchos ya compartían y la «conspiración judía mundial con un tremendo poder clandestino internacional económico y político» estaba en las bocas de todos de hacía mucho tiempo. Esa supuesta conspiración, un bulo difundido en sus orígenes por la Iglesia Católica, aún tiene mucha difusión en las redes en nuestros días y sigue habiendo aún bastantes que se lo creen.

Ford nunca abandonó su nazismo y continuó apoyando a los nazis incluso después de comenzada la guerra, en 1939. El 30 de julio de 1938, cuando cumplió 75 años, fue condecorado con la Gran Cruz del Águila Alemán, el honor más grande que podía conferirle Hitler. El dictador alemán también admiraba abiertamente los campos de concentración de Norteamérica para los indios y su biógrafo, John Toland, dijo que «a menudo elogiaba en su círculo íntimo la eficiencia del exterminio estadounidense por medio de hambrunas y combate desigual». Hitler admiraba también a los británicos y en una ocasión declaró: «Estos caballeros británicos saben bien lo que es el derecho del más fuerte. En lo que concierne a las razas inferiores, ellos han sido nuestros maestros» (citado por Eberle Henrik y Uhl Matthias), lo cual deja claro la influencia de los eugenistas anglo-americanos en el nazismo, de la que hablaré en una futura ocasión.

 

  • El Vaticano y la trama del lobby judío que quiere hacerse con el mundo

Yendo un poco atrás en la historia, nos daremos cuenta de que los judíos no fueron acusados de revolucionarios solo en Rusia (lo cual fue lo que originó la trama de los Protocolos de los Sabios de Sion), sino que ello ocurrió en otros países europeos también. Si durante la peste negra los judíos habían sido acusados de envenenar los pozos de Europa en una gran conspiración contra la cristiandad, ahora eran acusados de conspirar contra Europa cristiana por medio de la Revolución Francesa y de las libertades de la Ilustración. El dedo acusador pertenecía principalmente al Vaticano y si bien es cierto que hubo cristianos que clamaban a favor de los judíos compadeciéndose de la degradación y pobreza en las que estaban obligados a vivir, lo único que ello hizo fue despertar las sospechas de la Santa Sede. Por poner un ejemplo en este sentido, menciono al sacerdote Abbé Grégoire, que en Francia lideraba la lucha para otorgar a los judíos igualdad en derechos y que por ello era insultado constantemente por el clero y la aristocracia llamándole de todo y como mínimo, Judas Iscariote. Para ahogar tales pretensiones y evitar que otros se aunaran a la causa, después de la derrota de Napoleón Bonaparte en 1815, el papado restauró la Compañía de Jesús y por medio de la revista católica jesuita Civiltà Cattolica la Iglesia propagó en toda Europa que la Revolución Francesa había sido urdida por los judíos para destruir a la cristiandad. Dichas acusaciones serían retomadas de forma casi idéntica en el siglo XX por la propaganda nazi, culpándolos de bolcheviques.

En realidad, pese a la clara influencia del pensamiento judío del filósofo holandés de origen sefardí Baruch Spinoza en la Ilustración y consecuentemente, en la Revolución Francesa, no fueron los judíos los que organizaron la revolución en Francia y cuando nos enteramos de que solamente unos 500 vivían en el país en aquellos tiempos, ya que el resto había emigrado a Europa del Este debido a las persecuciones medievales, la mentira de la Iglesia se vuelve evidente. La supuesta conspiración judeomasónica (concepto que retumba en los ámbitos conspiracionistas incluso en nuestros tiempos) era más de lo mismo y aunque es cierto que algunas logias masónicas permitieron membresía a unos cuantos judíos, ello fue más tarde, en el siglo XIX, después de la Revolución. «No puede negarse que el pensamiento judío influenciara el desarrollo de la Ilustración, misma que preparó el camino de la Revolución. Claro, no había conspiración judía como tal, pero el gobierno de la Iglesia tenía razón de ver en el pensamiento hebreo un reto al orden aristocrático (desigual y represivo) que la jerarquía eclesiástica favorecía, pues era cierto que aquel pensamiento había sembrado las semillas del cambio liberal europeo. ¿Cuál sería la consecuencia? Nuevamente identificando al judaísmo como locus clasicus de todo liberalismo objetable, la Iglesia quiso vengarse del mundo posrevolucionario con políticas antisemitas y vertió todos sus recursos materiales, políticos y espirituales en el esfuerzo. (…) Los estragos del mundo moderno han sido una negociación sin descanso—y a veces muy violenta—entre el empuje liberal y la reacción derechista/conservadora sobre las consecuencias de la Revolución Francesa. (…) Desde esta perspectiva, argüiré, tiene sentido que el Vaticano haya preparado el clima europeo, durante el siglo XIX, para el amanecer del nazismo», aclara Francisco Gil-White en su excelente y muy bien documentado libro El eugenismo, movimiento que parió al nazismo alemán (el segundo volumen de su magistral serie El Colapso de Occidente: El Siguiente Holocausto y sus Consecuencias). Según Gene Burns, «ideológicamente, la doctrina social católica del siglo XIX se opuso al liberalismo desde la Derecha política. (…) En la percepción de los papas, los principios políticos liberales del racionalismo, libertad de pensamiento, libertad de culto y demás no eran sino declaraciones de guerra contra la fe católica como sistema de creencias y también como institución». Por lo cual, se vuelve cada vez más evidente que la Iglesia organizó su guerra contra el liberalismo por medio de la propaganda antisemita, lo cual fue copiado pocos años más tarde por los nazis (de hecho, el mismo Hitler reconoció abiertamente que él no hizo otra cosa más que lo que había hecho la Iglesia durante siglos).

Sobra una escueta mirada a la historia para darnos cuenta de la veracidad de lo anterior. Solo por poner un ejemplo, resulta que, tras elogiar públicamente a la Inquisición y canonizar al inquisidor español Pedro Arbués (un asesino con muchas victimas en su consciencia), el papa Pío Nono acusó en su famoso Temario de Errores de 1864 a los masones y a la sinagoga de Satanás de conspirar contra la Iglesia, acusando al pueblo judío de la Revolución Francesa y de asesinar niños cristianos para sus rituales (en realidad, la religión judía prohíbe desde hace dos milenios no solo los sacrificios de animales, sino también consumir sangre). Además, en 1869, dicho papa bendeció y condecoró con la Cruz del Comandante de la Orden Pontificia a Henri Gougenot des Mousseaux, que presentaba en sus libros a los judíos como demonios sedientes de sangre cristiana, de lo cual el periodista presumió en las siguientes ediciones de su libro y que años más tarde los nazis traducirían y difundirían en Alemania. La propaganda eclesiástica también se difundía por medio de «la revista católica más influyente del mundo, fundada a petición del papa Pío Nono y supervisada por los papas y sus secretarios de Estado, que era la bisemanal jesuita Civiltà Cattolica (…) la cual llegó a considerarse la voz extra oficial del papa mismo», según explicó el historiador David Kertzer. «Los sacerdotes que escribían para la revista, todos jesuitas, estaban bajo el liderazgo de un director cuyo nombramiento lo aprobaba el papa. (…) Antes de publicarse, los borradores eran enviados al secretario de Estado para la aprobación final. (…) El papa también revisaba los borradores y a menudo se entrevistaba con el director de la revista. (…) La red de publicaciones católicas de todo el mundo la consideraba, junto con el diario L’Osservatore Romano, la fuente de mayor autoridad para las perspectivas vaticanas sobre los eventos y citaban sus artículos todo el tiempo. (…) Civiltà Cattolica consideraba la Inquisición “un espectáculo sublime de perfección social”», sigue el mismo autor. L’Osservatore Romano, el otro diario fundado por Pío Nono y al cargo del cual estaba Marcantonio Pacelli (el padre del futuro papa Pío XII), pronto se convirtió en la voz moral y política del papado, que hoy en día sigue siendo financiado por el Vaticano y se publica en siete idiomas.

«¿Cuál sería el mensaje de la prensa vaticana? Basta con escuchar los discursos del papa para tener una idea. En 1871, dirigiéndose a una organización de mujeres católicas, Pío Nono les dijo que los judíos “habían sido hijos en la Casa de Dios” pero que “debido a su obstinación y a su negativa a creer, se habían convertido en perros”. Pocos meses atrás, las fuerzas italianas habían liberado el gueto de Roma. “Tenemos hoy en Roma, desgraciadamente, demasiados de estos perros” protestó el papa, “y los oímos ladrando en todas las calles y molestando a la gente en todos lados”. En una encíclica de 1873, el Sumo Pontífice volvió al tema de que la sinagoga de Satanás se hallaba detrás de la conspiración mundial. La acusación de la conspiración mundial, ahora promulgada por un papa infalible, no es otra cosa que el antisemitismo político y moderno, aquel que desde 1825, en el panfleto del Padre Fernando Jabalot, era proclama oficial de la Iglesia», escribe Francisco Gil-White.

Pasando a Francia, veremos que el legado del papa León XIII fue el mismo. Preocupado por haber perdido fuerza en el nuevo Estado posrevolucionario, el papa se quejó del poder de la prensa no católica, lo cual hizo que los padres asuncionistas lanzaran el periódico La Croix, que pronto tuvo una distribución nacional sin precedentes y que se centraba, claro está, en llamar a la acción pública para defender a la sociedad francesa de los judíos. Según David Kertzer, «La Croix a menudo expresaba una voz picante. El Padre Vicente Bailly, director del periódico, acusaba que los judíos, asesinos de Cristo, eran los agentes de Satanás, y al igual que Pío Nono hablaba mucho de la sinagoga de Satanás». «Pero el argumento fuerte era el que León XIII también fomentaba en Austro-Hungría: que los judíos se apoderaban de todo para destruir a los católicos. Había, afirmaba el padre Bailly, una conspiración judeomasónica en contra de los monarcas cristianos. Y no podía confiarse en los conversos al cristianismo: esos eran espías. Para 1890, La Croix presumía ser el periódico más antijudío de Francia. Sus ataques contra el gobierno republicano francés se volvieron tan extremos que el papa se preocupó, pues dificultaban su diplomacia, pero nunca criticó el contenido antisemita que a diario espumeaba de las páginas de La Croix», escribe Gil-White.

Eduard Drumont, el gigante de la prensa francesa y el más prominente de los escritores antisemitas de Francia, repetía en su libro Francia Judía, que había sido revisado por un sacerdote antes de su publicación para que no contuviera errores teológicos, todas las acusaciones de La Croix, principalmente la conspiración judía mundial, pero también el absurdo libelo de sangre medieval acusando de que los judíos se bebían sangre de niños cristianos. Las mismas aberraciones publicaba también en su periódico La Libre Parole, al que estaban suscritos unos 30 000 sacerdotes y un importante segmento del clero francés. «Las publicaciones católicas, desde L’Univers, el periódico católico de más abolengo en el país y el más cercano al papa, hasta los boletines diocesanos, expresaron entusiasmo por el trabajo de Drumont. Pero los obispos, por lo menos, guardaron algo de distancia, lo cual les ganó la acusación, en otro libro de Drumont, El Legado de un Antisemita, de estar faltos de espina y de buscar, según él, la aprobación de los judíos. En esa obra, como disco roto, reanudó el estribillo de las acusaciones de canibalismo satánico» (Francisco Gil-White).

Sin embargo, el papel más importante de Drumont para la causa del antisemitismo fue su contribución al nacimiento de Los Protocolos de los Sabios de Sión, que es lo que nos ocupa en este artículo. El general Globychev, director de la Ojrana, la policía secreta zarista, dijo que dicho documento tenía sus orígenes en París, en los años 1896-1900. Herni Rollin, quien había trabajado para el servicio secreto francés, afirmó que muy probablemente Drumont tuvo un destacado papel en el fraude, ya que «fue instrumental en establecer el vínculo con los rusos, a quienes veía con regularidad en el salón de Juliette Adam. (…) Fue probablemente ahí que Rachkovskii (jefe de la Ojrana en París y el responsable de crear el fraude de Los Protocolos) conoció a sus contrapartidas franceses y donde por primera vez vio el libro de Maurice Joly», que plagió posteriormente, copiando de Drumont la idea de la conspiración judía internacional. En Rusia, aclaró el general ruso, dicho documento fue publicado para incitar pogromos contra los judíos y así desviar la atención del populacho y ahogar la Revolución Rusa. Sergei Svatikov, oficial ruso e historiador, logró la cooperación de los agentes de la Ojrana en el juicio de Berna de 1935, donde se demostró de forma irrefutable que dicho documento era un fraude. En parís, Svatikov entrevistó a Henri Bint, el encargado de la nómina de los falsificadores, quien le dijo que Los Protocolos «describen cómo los judíos conspiran para dominar el mundo y como han tenido éxito en esa empresa. Pero, claro, es una sarta de tonterías, son fantasías al estilo de Edouard Drumont». Cuando Svatikov le dijo a Bint que no había oído nunca de Drumont, este le dijo: «Nunca entenderá la historia entera de Los Protocolos, a menos que se familiarice usted de lleno con las actividades e influencia de Drumont, el más importante promotor del antisemitismo en Francia en la segunda mitad del siglo pasado. El libro que escribió aquel hombre, La Francia Judía, podía encontrarse en la mayoría de los hogares franceses. Fue publicado en más de doscientas ediciones».

Hay que saber que en el juicio de Berna no solo que se demostró una vez más la falsedad de Los Protocolos de los Sabios de Sion, sino que además se hizo patente la colaboración y financiación del gobierno alemán nazi en la difusión del dicho documento fraudulento en Suiza, incluido el activista antisemita y editor de Welt-Dienst, Ulrich Fleischhauer, y del barón Grotguss, un ciudadano ruso muy involucrado en la diseminación de esa propaganda, que viviría después en Alemania y participaría en el movimiento nazi. Los dos hijos del barón pertenecían a Action Française, una agrupación antisemita francesa que se había originado cuando el asunto Dreyfus y que sería pionera del nacionalsocialismo que posteriormente copiarían en Alemania Anton Drexler y Adolf Hitler.

Tirando del hilo, llegaremos a la implicación de Drumont no solo en Los Protocolos de los Sabios de Sión, sino también en el asunto Dreyfus, del que por falta de espacio no hablaré en esta ocasión, sino que solo aportaré algunos detalles para aclararar un poco más las cosas. Como sabemos, el oficial militar franco-judío Alfred Dreyfus fue acusado falsamente por alta traición a la patria en la última década del siglo XIX, justo cuando se urdía en París la trama de Los Protocolos. Pocos años más tarde, se demostró que no había sido Dreyfus quien había entregado secretos militares a los alemanes, sino Marie Charles Ferdinand Walsin Esterházy, un militar francés de origen húngaro. Esterházy estuvo durante poco tiempo en el ejército francés, después de lo cual se enroló en los zuavos del papa, que defendían los Estados Pontificios. Intentando mantener un estilo de vida lujoso y amargado con el ejército francés porque no le había solucionado su problema económico, Esterházy ofreció en 1892 sus servicios como espía al Imperio Alemán, a cambio de un pago elevado y usando como chivo expiatorio al capitán Dreyfus. Cuando el coronel Georges Picquart fue nombrado jefe del contraespionaje francés en 1895, descubrió varias cartas que Esterházy había dirigido al alto mando alemán en París comunicándole secretos militares franceses y en las que también manifestaba su profundo desprecio hacia Francia y hacia los judíos. En 1898, Esterházy se refugió a Inglaterra, donde pasó el resto de su vida dedicándose a difundir propaganda antisemita. También se descubrió que Esterhazi había trabajado como consejero secreto de Drumont en su revista La Libre Parole, que había sido la que más olas había movido culpando a Dreyfus de alta traición y afirmando que ello se había debido al deseo de su raza (judía) de arruinar a Francia.

Mientras tanto, el diario jesuita Civiltà Cattolica, que como sabemos se publicaba bajo la supervisión del papa y de su secretario de Estado, añadía más leña al fuego y siguió culpando a Dreyfus incluso después de haberse demostrado su inocencia. El padre Raffaele Ballerini aseguraba que «los judíos habían comprado todos los periódicos y conciencias de Europa» para conseguir el indulto de Dreyfus y que «allí donde se había concedido el derecho de ciudadanía a los judíos» el resultado había sido «la ruina de los cristianos o la masacre de la raza extranjera», como demostró el periodista y académico inglés John Cornwell en su libro El Papa de Hitler. «El escándalo del asunto Dreyfus continuó ardiendo por años, durante los cuales los diarios más cercanos al trono pontificio atacaron histéricamente a Dreyfus y al pueblo judío. En 1896 se organizó en Lyon una conferencia nacional democrática cristiana de seis días, de obediencia pública al papa. Drumont, el organizador, presidió el evento del primer día: un discurso antisemita. Entre los patrocinadores oficiales del evento estaban los directores de los más importantes periódicos católicos de Francia: el padre Bailly de La Croix y Eugène Veillot de L’Univers. Cuando terminó su discurso, Drumont fue despedido en la estación de Lyon con gritos de “¡Viva Francia! ¡Abajo con los judíos!”. El papa León XIII no bendijo explícitamente el antisemitismo, pero si bendijo aquel congreso y, por extensión, al hombre que lo había organizado (Drumont)», escribe Gil-White. Curioso como dicho papa había escrito pocos años antes, en su encíclica Rerum novarum (Acerca de las nuevas cosas), que las clases y la desigualdad eran rasgos inalterables de la condición humana, igual que los derechos de la propiedad. También es cierto que en la misma encíclica deploraba la opresión y la esclavitud de muchos seres humanos por parte de «un puñado de gente muy rica» y consideraba justo que se organizaran en sindicatos, preferentemente católicos, pero a la vez consideraba que la democracia no era el camino correcto. Personalmente, considero que hay muchas incongruencias y antagonismo en sus palabras, y más bien lo veo como una propaganda frente a la expulsión del movimiento obrero de la época, además de una indirecta que huele a conspiranoia antisemita.

Mientras tanto, en Francia, el gran líder antisemita Eduard Drumont, muy ligado al movimiento católico, fallecía en 1917, después de haber puesto las bases de uno de los movimientos antisemitas más poderosos y extendidos de Europa, y haber participado en el fraude de Los Protocolos de los Sabios de Sion. Su sucesor fue el padre Ernest Jouin, un favorito del Vaticano que se enorgullecía de haber inventado el término judeomasón con el cual se refería a la presunta gran conspiración liberal que la Iglesia combatía heroicamente. El mismo Benedicto XV le envió un reconocimiento especial por defender «los derechos de la Iglesia Católica en contra de los enemigos de la religión» y poco más tarde, en 1919, el Cardenal Pietro Gasparri, secretario de Estado y mentor y jefe de Eugenio Pacelli (el futuro papa Pío XII), también le agradeció públicamente. Dichos honores se reflejaron en el prólogo de los Protocolos de los Sabios de Sión, que Jouin publicó en Francia en 1920 y firmó con: «E. Jouin, Prelado de Su Santidad». Como si lo anterior fuese poco, en 1922, Achille Ratti, el futuro papa Pío XI y amigo de Eugenio Pacelli, honró a Jouin con una audiencia privada en el Vaticano y dos meses después lo nombró protonotario apostólico, el grado más alto de monseñor en la oficialía pontificia, la antesala a ingresar en el Colegio Cardenalicio.

En Italia las cosas tampoco andaban lejos: el Monseñor Umberto Benigni, exjefe del servicio secreto y policía política del papa Pío X, publicaba su propio Bolletino Antisemita y pronto ejercía de editor en la revista Fede e Ragione (Fe y Razón), fundada por el padre Paolo de Töth, exdirector del diario L’Unità Cattolica, en la cual Benigni publicó en 1921 la primera edición italiana de Los Protocolos de los Sabios de Sión. Un año después, Benigni publicaba el escrito Los Documentos de la Conquista Judía del Mundo… Sin embargo, lo más significativo de esa época fue la firma del Tratado Lateranense de 1929 entre el Vaticano y la Italia fascista de Mussolini, mediante el cual el catolicismo se convirtió en la única religión de todo el país y se le permitía a la curia imponer en Italia el nuevo Código de Derecho Canónico. Fue cuando se creó el Estado Vaticano y, en compensación por sus pérdidas en tierras y propiedades, se le concedió el equivalente a 85 millones de dólares actuales. Por medio del mismo Tratado se disolvió el Partito Popolare Italiano, un partido católico antifascista, y su líder, don Luigi Sturzo, fue exiliado, por voluntad del mismo Vaticano, porque se oponía a los esfuerzos del fascismo de abolir la libertad política, que la misma Iglesia venía combatiendo desde el Medioevo. En las elecciones que siguieron al Tratado, el Vaticano animó a los sacerdotes de toda Italia a apoyar a los fascistas y el Papa dijo que Mussolini era «un hombre enviado a nosotros por la Providencia».

Mientras tanto, en Alemania, el famoso actor judío Kurt Eisner declaró en 1919, apoyado por una gran masa obrera y sin disparar una bala, una república liberal que desafortunadamente duró poco, ya que Eisner fue asesinado por un aristócrata derechista y los marxistas se apoderaron del gobierno de Baviera y empezaron a cometer toda clase de abusos. Como nuncio papal en Múnich, Eugenio Pacelli (el futuro papa Pío XII) reportaba al Vaticano los horrores de la «tiranía revolucionaria judeorrusa». Según el periodista y exsacerdote católico John Cornwell, «la constante mención de Pacelli de que todos aquellos usurpadores eran judíos es consistente con la creciente y extendida creencia entre los alemanes de que los judíos eran los instigadores de la revolución bolchevique (en Rusia), con la intención de destruir la civilización cristiana» (aunque los bolcheviques fueron de los que más judíos asesinaron en la historia).

 

  • Los nazis, los jesuitas y… los Protocolos de los Sabios de Sion

Una línea de investigación con respecto a los Protocolos de los Sabios de Sion que se aleja de lo anterior, pero lo viene a completar y que me pareció interesante, fue la propuesta por Jorge Guerra, quien aclaró que, además de los dos libros anteriormente mencionados y que ampliamente se considera que inspiraron el plagio que forma objeto del presente, dicho documento también tiene muchas similitudes con un fragmento del libro Los secretos de los ancianos de Bourg-Fontaine, enfilado contra los jansenistas, un movimiento francés católico declarado enemigo de los jesuitas. Guerra aclaró que la afirmación del sacerdote ruso Serghei Nilus (el primero que publicó el plagio como texto adjunto en la 3º edición de su libro Lo grande y lo pequeño. La venida del Anticristo y el dominio de Satanás en la Tierra, en 1905), en el sentido de que su fuente había sido el Congreso Sionista, era más que dudosa porque se sabe que dicho congreso se celebraba de forma pública, por lo que escasas probabilidades hay de que un documento con un contenido tan conspiratorio se debatiera de forma pública.

Guerra afIrmó que las ideas del documento inspiraron al padre jesuita Staempfle, quien escribió algunas partes del libro Mein Kampf (Mi lucha), de Hitler, según demuestra Edmond Paris en su libro La historia secreta de los jesuitas. En realidad, el anterior documento fue «el plan jesuita para que Hitler tomara el control de Alemania», como se expresó Jack T. Chick en su libro Los Padrinos, porque había sido reconocido en 1941 como «el enviado de Dios» por el cardenal Spellman de Nueva York (Michael de Semlyem en All roads lead to Rome. The ecumenical movement).

Según Jorge Guerra, Hitler no fue más que una pieza en el puzzle del General Superior de la Orden de los Jesuitas, también conocido como el Papa Negro, que por aquel entonces era Halke von Ledochowsky, un exgeneral del ejército de Austria cuyo plan era una federación de naciones católicas en Europa. En palabras de Jorge Guerra, «el plan del Papa Negro y del Vaticano era planificar, financiar y llevar a cabo la Segunda Guerra Mundial para establecer un imperio papal en Europa».

Conocido por su devoción católico-romana, Hitler fue ascendido al poder con la ayuda del monseñor Klass, el jefe del Partido Católico, «bajo el patrocinio de la Santa Sede, con la ayuda de Franz von Papen y del nuncio de Múnich, el monseñor Pacelli, que luego fue el papa Pío XII» (Edmond Paris en La historia secreta de los jesuitas). Agradecido, Hitler transfirió la organización estructural de los jesuitas a su partido: «“Aprendí mucho de la Orden de los Jesuitas”, dijo Hitler. “Hasta ahora, nunca ha habido algo más grandioso en la tierra que la organización jerárquica de la Iglesia Católica. Transferí mucho de esta organización a mi propio partido. Voy a decirles un secreto: estoy fundando una Orden. En mis Burgs de la Orden levantaremos una juventud que hará temblar al mundo”. Entonces Hitler se detuvo, diciendo que no podía hablar nada más». (Hitler, citado por Michaele Schmaus en La historia secreta de los jesuitas y por Jack T. Chick en Cortinas de humo). Dicha orden no fue otra que las SS, también conocidas como las «Camisas Negras», el escuadrón de defensa paramilitar del partido nazi.

Las SS fueron organizadas por el mismísimo Papa Negro, Halke von Ledochowski, y dirigidas desde 1929 por Kurt Heinrich Himmler, un devoto católico y sobrino del padre jesuita Himmler, quien era el ojo y brazo derecho del Papa Negro. El título de Himmler como jefe supremo de las SS debía ser equivalente al de general jesuita y toda la estructura directiva del partido era una imitación del orden jerárquico de la Iglesia Católica. Dentro del Servicio Secreto Central de las SS se creó una organización cuyos puestos directivos fueron ocupados en su gran mayoría por sacerdotes católicos portando el uniforme negro de las SS. Franz von Papen, diplomático y vice-canciller católico del gobierno nazi, declaró: «El Tercer Reich es la primera fuerza mundial que no solamente reconoce, sino que pone en práctica los altos principios del papado» (Michael de Semlyem en All roads lead to Rome. The ecumenical movement).

 

  • El antisemitismo, la sociopatía más antigua de la tierra, y su relación con el CFR y los altos círculos de poder del mundo actual

Teniendo en cuenta que lo anterior es conocido de hace casi un siglo, me parece absurdo que un plagio tan hartamente demostrado como tal vuelva a ser aireado en las redes sociales con toda la impunidad del mundo y estar a la venta en cadenas de librerías tan grandes y famosas como la española Fnac (que también vende, incluso como best-seller el libro Mein Kampf de Hitler que, a nivel personal e igual que la gran mayoría de los que lo han leído, lo considero un afronte a la inteligencia). Todo ello bajo la tapadera de una supuesta libertad de expresión que, al parecer, muchos confunden con la libertad de difundir odios y mentiras con toda la impunidad del mundo. No se trata de una mentirilla inocente, sino de un documento de texto que acusa gravemente a un pueblo entero y que tuvo como consecuencia el asesinato a sangre fría de millones de inocentes durante la Segunda Guerra Mundial, a los que nadie o casi nadie se molestó en defender, demostrando así lo absurdo de la teoría del gran poder judío. Tanto durante la Segunda Guerra Mundial como en la Rusia zarista y a lo largo de los últimos dos mil años, fue la inversión orwelliana la que hizo posible el auge de la violencia: los débiles son los fuertes (igual que en el libro 1984, de George Orwell, donde leemos: la libertad es esclavitud, la paz es guerra, etcétera). Históricamente, los judíos han sido la población más aplastada de Occidente y otras partes del mundo, y cuando no perseguidos y expulsados, entonces robados, violados y asesinados. Pero pese a ello, al resto de la población se le decía que los medios de información, los bancos, las industrias, los gobiernos, todo estaba clandestinamente en manos de los tremendos y todopoderosos judíos. Los que entienden algo de psicología de las masas saben que cuanto más grande es una mentira, más rechaza la mente que se trata de un timo y la acepta tal cual. La gente común es fácilmente engañada cuando se le cuenta una gran mentira y ello fue demostrado una vez más por los Protocolos de los Sabios de Sion.

En realidad, cuando miramos en perspectiva, nos damos cuenta de que el antisemitismo siempre ha sido el arma predilecta del totalitarismo en Occidente. A lo largo de la historia, cada vez que se ha deseado una dictadura o una guerra, o simplemente desviar la atención de ciertas políticas impopulares, olas de antisemitismo lo han precedido. Hoy en día ocurre lo mismo, pero ahora la desinformación judeofoba viene en paquetes para que cuele tanto en las mentes de los menos inteligentes, que son servidos con documentos tipo los Protocolos de los Sabios de Sión y otras aberraciones por el estilo, pero también en las mentes de los que son algo más inteligentes. Para los segundos se difunden discursos y libros de politólogos prestigiados, como por ejemplo John Mearsheimer o Stephen Walt, que desde las cátedras de Harvard y Universidad de Chicago hablan con todo el empeño e impunidad del mundo del lobby judío que supuestamente ejerce un control asfixiante sobre el Gobierno de Estados Unidos y del mundo en su totalidad. Esas acusaciones, casi calcadas a las de Los Protocolos de los Sabios de Sión, han generado un tremendo ruido y han sido diseminadas a lo largo y ancho del planeta.

Pero igual que en la Segunda Guerra Mundial, esa acusación se refuta sola, ya que ambos pregoneros (y otros como ellos) no solo que no son impedidos difundir sus afirmaciones por ningún todopoderoso lobby judío, sino que además tienen un vínculo muy íntimo con el todopoderoso CFR (Council on Foreign Relations), cuya influencia es tan penetrante (en Estados Unidos y en todo el mundo), que es difícil distinguir los programas del CFR de los del gobierno estadounidense. De hecho, el CFR fue creado y financiado, entre otros, por Carnegie, Ford y Rockefeller, que fueron los eugenistas más destacados que difundieron el eugenismo tanto en los Estados Unidos como en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial, para finalmente financiar a Hitler ya sea directa, ya sea indirectamente, como se verá a lo largo de esta serie. Las tres fortunas anteriores estuvieron detrás de la guerra y se enriquecieron enormemente a causa de esa inhumana deflagración. Y si hace un siglo Henry Ford difundió con una furia psicótica  los Protocolos de los Sabios de Sión, ahora otros pregoneros del CFR difunden lo mismo, aunque un poco más elaborado, porque saben que muchos no quieren aprender de su historia y que el grado de inteligencia de algunos aún no es suficiente como para darse cuenta de la sucia trampa que subyace tras la farsa del supuesto lobby judio.

Cuando uno analiza el Curriculum Vitae de John Mearsheimer, uno de los autores del libro The Israel Lobby (el lobby judío), una publicación que revive las acusaciones que antaño fueron los pilares de la propaganda nazi, constatará con sorpresa que es miembro no solo del CFR, sino también del Standing Committee on Foreign Relations y del Chicago Study Group on U.S. National Interests after the Cold War, subsidiado por el CFR. También se enterará de que recibió el Whitney H. Shepardson Fellowship del CFR y es autor de artículos publicados en Foreign Affairs, también del CFR. Por otro lado, Stephen Walt, el otro autor de The Israel Lobby, también es miembro del CFR, del Task Force on Transatlantic Relations del CFR, dirige el proyecto del Chicago Group on Defining the National Interest, del CFR, y es autor de varios artículos en Foreign Affairs y de un libro publicado por el CFR. El mismo CFR, fundado por los extremadamente e inimaginablemente ricos eugenistas del siglo pasado que difundieron y financiaron el eugenismo, que a nivel político se reflejó en el nazismo alemán, hace de nuevo visible su cara intentando… ¿qué? ¿Otra guerra mundial tan provechosa para unos pocos y tan devastadora para la gran mayoría de los pueblos? Porque esta es la conclusión que sacaría cualquiera que haya estudiado al menos un poco la historia, al ver lo que está ocurriendo en nuestro mundo, azotado de nuevo por hordas de neonazis, aunque ahora con un poco más de jugo añadido por el radicalismo islámico.

Hay fuerzas ocultas que intentan hacerse con el control y las riquezas de este mundo, pero no son los judíos, porque ellos ya tienen más que de sobra con defenderse de las hordas de terroristas islámicos que los superan numéricamente con creces, sino la ultraderecha infiltrada en los gobiernos de las naciones y en cuyas filas se colaron los miles de asesinos nazis y sus acólitos y descendientes que no solo que no fueron juzgados por crímenes de guerra después de la Segunda Guerra Mundial, sino que cruzaron (muchos de ellos con pasaportes vaticanos y suizos) el Atlántico, para ser más que bien recibidos en los aparates militares, de inteligencia y políticos de Estados Unidos y otros países. De hecho, el papa Juan XXIII predijo que el mundo sería gobernado durante un tiempo por «nazis que no fueron juzgados». Son los maestros de la inversión orwelliana que pretenden revivir el antisemitismo en todo el mundo, para así robar sin que nadie se dé cuenta, igual que lo hicieron en las guerras que azotaron este mundo el siglo pasado. El antisemitismo es un peligro para todos, no solo para los judíos, y esta es la mayor lección que nos dio la Segunda Guerra Mundial, aunque algunos no han sido capaces de asimilarla.

Para demostrar el absurdo de su teoría, usaré como ejemplo el mito de la FED (la Reserva Federal Americana, el banco central de Estados Unidos) independiente y controlada por el «sionismo» (que hoy en día, gracias a la propaganda nazi y de los radicales islámicos ya no se traduce como siendo el sentimiento nacionalista del pueblo judío, igual de legítimo que el de cualquier pueblo, sino como un oculto poder en la sombra que controla todo el mundo: el supuesto lobby judío). Ya se ha demostrado que lo anterior no es más que un mito pregonado por los mismos alborotadores de siempre y que, además de falso, incluso da risa, porque ello es lo mismo que decir que, por ejemplo, los mejicanos controlan el mundo porque actualmente el director general del BIS (el Banco de Pagos Internacionales, que es el banco central de casi todos los bancos centrales del mundo, con sede en Suiza, y que está por encima y controla incluso a la poderosa FED) es el mejicano Agustín Carstens. Pero en realidad, la FED es y siempre fue controlada por el Gobierno estadounidense, tal como resulta del análisis de sus políticas financieras, que a lo largo del tiempo han cambiado a la par que las políticas de los respectivos presidentes estadounidenses (aquí os dejo el enlace de un antiguo post donde sintetizo escuetamente lo anterior). Eso sí, a diferencia de la FED, que anualmente rinde cuenta al Congreso norteamericano, el BIS no rinde cuenta a nadie, a ningún gobierno de ningún país de este mundo, por lo cual, ¿qué deducir de aquí? ¿Qué existe un poder oculto en la sombra, un lobby mejicano todopoderoso que intenta hacerse con el control de este mundo? Si le dices a alguien que los mejicanos controlan el mundo porque el director general del BIS es un mejicano, se reirá a carcajadas; pero si le dices que los judíos controlan el mundo porque alguna vez ha habido alguno en la FED y hay algunos banqueros judíos ricos, aunque no tengan nada que ver ni con la FED ni con el BIS, muchos te creerán y nacerá una conspiranoia de mucho cuidado que retumbará las redes (de hecho, ya lo hace). ¿A qué se debe esto? Principalmente a la judeofobia, que es la sociopatía más antigua de este mundo y de la que adolecen muchos, incluso sin ser conscientes de ello.

Niños en el gueto judío de Varsovia

En realidad, los judíos no solo que no controlan el mundo, y menos aún al Gobierno estadounidense, sino todo lo contrario: a lo largo de su historia han sido los más hostigados y discriminados de todos los pueblos, y su diminuto país de reciente creación llamado Israel y cuyo tamaño es aproximadamente del tamaño de la Comunidad Valenciana, se ha topado con políticas desfavorables y a rachas incluso podría decir que asesinas tanto por parte de Estados Unidos como de Europa y la ONU, por no mencionar a sus vecinos árabes. Tradicionalmente, los judíos, una minoría de costumbres extrañas para los cristianos, considerados responsables de la muerte del hijo de Dios, carentes de un Estado propio y de un respaldo político y militar, siempre habían sido un colectivo al que era muy cómodo usar como cabeza de turco y culpar de cualquier penuria política o económica de cualquier sociedad de la que formaran parte. A ello contribuía su destacada presencia en el mundo financiero, pero sabemos que muchos desempeñaban la fundamental pero poco popular profesión de prestamistas porque la Iglesia católica no permitía a sus fieles prestar dinero con intereses. Pero la verdad es que es imposible que el mundo sea dominado por un diminuto pueblo que hasta hace 72 años no tenía territorio, ni armada, ni políticos, ni nada más que su sueño de libertad, que celebran cada año de Pascua. La conspiración del supuesto lobby judío en la sombra se debe a que personajes como los anteriormente mencionados disponen de financiación ilimitada y pueden permitirse pagar la propaganda que quieran para intoxicar con esa inversión orwelliana las mentes de los desprevenidos y de los inocentes incapaces de darse cuenta de que si de verdad existiera un gobierno judío todopoderoso que desde la sombra intentara hacerse con el control de este mundo, no habría necesitado dos milenios para tener un diminuto Estado, igual que todos los demás pueblos del mundo, ni habría permitido que un tercio o más de los judíos del mundo fuesen asesinados de la forma más brutal posible por los nazis, ni habrían permitido los demás holocaustos, pogromos e indescriptibles vejaciones que los judíos sufrieron a lo largo de la historia en casi todos los países europeos, ni permitirían ahora la descarada propaganda judeofoba que llena las redes y que es difundida por los vasallos de personajes como los anteriores, por neonazis y por radicales islámicos.

Los judíos han sido y son odiados por tantos y tan inverosímiles pretextos, que lo que más podría deducir uno es que el termino más exacto que defina la judeofobia/antisemitismo/antisionismo (palabras sinónimas, por mucho que algunos lo nieguen) es «odio sin más, odio irracional, odio sin saber por qué se odia». Los han odiado por ser burgueses o proletarios, capitalistas o comunistas, internacionalistas o nacionalistas. Hitler y el Vaticano los odiaron por ser bolcheviques; los bolcheviques mataron a decenas de miles de judíos por ser capitalistas. Si viven en el exilio, son odiados por los pueblos donde viven; si viven en su tierra Israel, son odiados porque viven en Israel y se clama que Israel no tiene derecho de existir como Estado. Fueron odiados por ser considerados una raza inferior o incluso una subraza incapaz de nada bueno; pero también son odiados porque tienen un porcentaje de genios más alto que cualquier otro pueblo y porque ganaron muchos premios Nobel y de cualquier otro tipo. Fueron odiados por ser considerados deicidas; pero en realidad quien asesinó a Jesucristo, según la Biblia, fueron los romanos, y justo los descendientes de esos verdaderos deicidas romanos, la nobleza germano-católica y el Vaticano son los principales fabricantes de la judeofobia (es primicia en derecho la postura de la Iglesia de castigar al supuesto impulsor y todos sus descendientes para siempre, y dejar impune al autor directo, que fueron los romanos, pero de ello hablaré en una futura ocasión). Fueron odiados por ser esclavistas, aunque nunca esclavizaron a nadie y el ideal de libertad fue el mayor aporte de los judíos a esta humanidad (la religión hebrea se basa en la liberación del yugo egipcio, una primicia en las religiones de aquellos tiempos); pero también por crear repúblicas demócratas, como la de Weimar (ello tampoco es cierto del todo, aunque sí es verdad que hubo cierta contribución de dos políticos judíos en ello, uno de los cuales fue asesinado por los nazis, como aclaré anteriormente). Fueron odiados por ser prestamistas, pero resulta que no pudieron ser otra cosa en muchas épocas de la historia porque tenían prohibidas casi todas las profesiones y tampoco se les permitía comprar terrenos. Los nazis y los radicales islámicos los odiaron y odian en base a la farsa más grande de la era moderna: Los Protocolos de los Sabios de Sion, que nada tiene que ver con ningún judío. Son odiados porque controlan el mundo, la ONU, el CFR, el Club Bilderberg, Skulls&Bones, etcétera; pero resulta que la ONU y el CFR arremeten como nadie contra Israel, y el Club Bilderberg (fundado por el príncipe de Holanda, un exnazi) y Skulls&Bones (donde ciertos investigadores afirman que se come en la vasija de Hitler y entre cuyos miembros más destacados están los Bush, que se enriquecieron enormemente en la gran guerra) más tienen que ver con los enemigos de los judíos, los nazis. Son odiados porque controlan a los Estados Unidos y a la Unión Europea; pero resulta que Estados Unidos ha promovido muchas veces políticas contra Israel, (por no hablar de Inglaterra, que casi ahoga el sueño de los judíos de vivir en su propia patria donde estar protegidos de políticas asesinas como las promovidas por casi todos los países europeos antes y durante la guerra) y la Unión Europea financia incluso hoy en día a los terroristas palestinos (bajo la tapadera de dudosas ONG´s y aún más dudosos pretextos), pese a los avisos que Israel le dio en incontables ocasiones. Son odiados porque controlan a la FED, pero resulta que la FED fue creada por eugenistas antisemitas como J.P. Morgan y está controlada por el Congreso norteamericano; para más inri, la FED está sometida a las políticas del BIS, cuyo pasado nazi es harto conocido (estos días publicaré por aquí un antiguo artículo al respecto, de mi antiguo blog). Y la lista se volvería interminable.

«El punto neurálgico es analizar no a los sujetos del odio (los judíos en este caso), sino a los que lo profesan (los antisemitas)» escribe Gerardo Stuczynski. «Los poseídos por el extraño demonio del antisemitismo pertenecieron y son parte de las más diversas corrientes ideológicas, pero todos ellos tienen elementos en común. ¿Qué valores pueden compartir los antiguos imperios, la Inquisición, el nazismo, el comunismo y el integrismo islámico? Simple: su férrea oposición a la libertad. En todos esos regímenes despóticos y absolutistas, la voluntad del “faraón” de turno es la ley suprema. Al despreciar la libertad, rechazan la justicia, el derecho, la paz y… aborrecen a los judíos. Los enemigos de la libertad siempre son enemigos de los judíos. Cuando en una sociedad los judíos no son respetados, o el ambiente les es hostil, debería ser una advertencia de peligro para todos. Si el espíritu de la continuidad es amenazado, si la toxina del antisemitismo comienza a envenenar el aire, eso perjudicará a todos. Tarde o temprano, otras minorías políticas, sexuales, o religiosas sufrirán discriminación y desprecio. Es un error creer que el antisemitismo es un asunto de los judíos, pues agrede y debe preocupar a todos los integrantes de la sociedad. Debería servir como enseñanza la reflexión del teólogo luterano alemán Martin Niemöller, que explicaba la postura que mantuvo la sociedad alemana que permitió la ascensión al poder del nazismo: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar”», escribe Stuczynski.

En mi opinión (y la de la mayoría de los que han investigado este asunto) es que el liberalismo que hizo la demarcación entre el Medioevo y la era moderna comenzó con la Revolución Francesa de 1789, que tanto aborrecieron las aristocracias germánicas y el Vaticano. Y sí, es cierto que el liberalismo nació en el pensamiento judío, pero ello no significa que fueron los judíos los que provocaron el movimiento en sí, como sostuvo y sostiene aún la Iglesia, porque no tuvieron tanta fuerza para hacerlo. Diría que el pensamiento judío fue la chispa que encendió el deseo de liberación de los pueblos, pero luego fueron los mismos pueblos los que tomaron consciencia de que el antiguo orden social era insostenible. Por ello la Revolución Francesa al final desencadenó en una serie de revoluciones en toda Europa, en 1848, cuando los obreros y las clases medias de casi todo el continente derrumbaron el anterior sistema que suprimía los sueños de libertad nacional y un gobierno constitucional justo. Conscientes de que no podían frenar el ímpetu de los revolucionarios y para salvaguardar sus vidas, al final las aristocracias europeas otorgaron constituciones y concedieron derechos ciudadanos como nunca antes en la historia (aunque en Alemania los junkers – los aristócratas alemanes – se salieron con la suya por medio de un rotundo fraude), pero desde entonces las palabras liberal y judío se volvieron sinónimos una vez más y se fortaleció la convicción de que para derrotar el cambio liberal habría que montar a las masas en contra de los judíos.

Así nació por primera vez la propaganda de la gran conspiración judía mundial. Después de las revoluciones de 1848, los ricos aristócratas e industriales tenían que desviar la atención y dirigir la rabia de los pueblos contra un enemigo que los oprimiera, para así no darse cuenta de quién era el verdadero opresor. Desde las altas y oscuras esferas de la sociedad se financiaban y dirigían partidos derechistas que por medio de argumentos simplistas manipulaban y aún manipulan las mentes de los que sienten impulso revolucionario, pero no tienen la capacidad o la formación necesaria para comprender la complejidad de la realidad política y social de este mundo, y por ello son víctimas fáciles de todo tipo de teorías simplistas, que aún son difundidas incluso en nuestros tiempos modernos en algunos canales conspiracionistas. La ignorancia es la madre de todos los males, el antiguo aforismo sigue igual de vigente en nuestra era que en las pasadas, y una de sus peores consecuencias es que, al no saber identificar correctamente el enemigo, muchos luchan sin darse cuenta justo en el bando de su verdadero enemigo, lo cual no más que una forma de volver a caer o mantenerse en la esclavitud de la que quieren salir.

La propaganda engañosa que conocemos como Los Protocolos de los Sabios de Sion fue utilizada por los nazis para encubrir el verdadero rostro de una dictadura totalitaria con ansias de imperialismo, por los eugenistas que intentaron biologizar la pobreza para así deslegitimar y neutralizar los movimientos revolucionarios y progresistas (de ello hablaré detalladamente próximamente) y también por la Iglesia vaticana para mantener su estatus en un mundo en permanente evolución.

No hubo ningún gran poder judío que salvara las vidas de estos inocentes

La Segunda Guerra Mundial fue la prueba más clara de que las acusaciones de la gran conspiración judía internacional que tanto pregonó el Vaticano y que hoy en día siguen siendo difundidas por los neonazis, radical islámicos, yihadistas y demás judeofofobos de turno, fueron las aberraciones más absurdas de la historia. Porque nadie salvó a esas pobres almas, no hubo ninguna organización todopoderosa que interviniera para salvar a los judíos del mayor genocidio de nuestra historia. Pero pese a ello, incluso hoy en día hay publicaciones católicas que siguen con el mismo refrán, que recientemente han adoptado también los radicales islámicos que quieren devolver Europa a la edad del Medioevo. Aunque ninguna persona en su sano juicio lo quiera admitir, la verdad es que, desafortunadamente, en este mundo sigue habiendo miles o millones de individuos que piensan igual que Adolf Eichmann, el principal organizador de la Solución Final (junto al muftí palestino de Jerusalén, Hadj Amin al Husseini), quien dijo: «Me reiré a carcajadas cuando baje a la tumba, por la sensación de haber matado a cinco millones de judíos. Eso me produce mucha satisfacción y placer» (citado por Jacob Robinson – palabras pronunciadas hacia el final de la guerra en una charla con su lugarteniente).

Si ya se demostró hace décadas y sin lugar a dudas que los Protocolos son un plagio que no tienen nada que ver con los judíos, me pregunto qué significa la libertad de expresión para nuestros políticos que permiten que el infame texto se siga vendiendo aún en las librerías de la civilizada España, entre ellas la tan famosa cadena Fnac, entre muchas otras. ¿Acaso la libertad de expresión significa la libertad de difundir desinformación y odio? ¿Es la libertad de expresión en realidad la forma legal de impulsar la judeofobia y cualquier otro tipo de sociopatías en nuestro mundo? ¿La libertad de expresión significa difundir mentiras odiosas con pleno conocimiento de que son mentiras? Porque en el derecho, la noble libertad de expresión no tiene nada que ver con la libertad de expresión que invocan los neonazis, radicales islámicos y judeofobos de turno para difundir sus aberraciones, algunas de las que han tenido como consecuencias en la vida real no solo calumnias y molestias a gente inocente, sino incluso asesinatos, en pleno Occidente y en pleno siglo XXI. Una cosa es publicar una información errónea por equivocación, y otra cosa es difundir desinformación con pleno conocimiento de que es desinformación y más: para incitar al odio. Lo primero se llama errar, y no hay nada de malo en ello, porque el error a veces es el mejor maestro del ser humano. Lo segundo se llama incitación al odio o incluso terrorismo y ello sí es un delito que no se debe permitir en ninguna sociedad y menos aún confundirlo con la libertad de expresión o democracia. Pero una cosa es segura: uno de los límites de la libertad de expresión es cuando con lo que se expresa se produce un daño a un tercero. Lo cual es el caso de los Protocolos, que tuvieron como consecuencia no solo la difamación injusta de millones de personas, sino incluso un genocidio. Debido a ello, la publicación del infame plagio está prohibida en todos los países civilizados. Esperemos que España, uno de los países más judeofobos de Europa, copie el ejemplo y actúe con ética y legalidad con respecto a este asunto. Porque estas fueron las consecuencias de permitir la propaganda odiosa:

 

 

FUENTES:

Libros:

Francisco Gil-White, El eugenismo, movimiento que parió al nazismo alemán (El Colapso de Occidente: El Siguiente Holocausto y sus Consecuencias nº 2)

Francisco Gil-White, Pio XII y la política del Vaticano (El Colapso de Occidente: El Siguiente Holocausto y sus Consecuencias nº 3)

Elena Dantas, El Conflicto: Las Raíces Bíblicas Del Perenne Antagonismo Árabe-Israelí

Daniel Jonah Goldhagen, La Iglesia Católica y el Holocausto

Gustavo Perednik, Judeofobia, las causas del antisemitismo, su historia y su vigencia actual

Gerardo Stuczynski, Historia de Israel

Eric Frattini, El libro negro del Vaticano, Editorial Grupo Planeta

Eric Frattini,  La Santa Alianza. Cinco siglos de espionaje vaticano

Eric Frattini, Los espías del papa

John Cornwell, El Papa de Hitler

Edwin Black, IBM y el Holocausto, Atlántida, Buenos Aires/México, 2001

David Kertzer, The Popes against the Jews: The Vatican’s role in the rise of modern anti-semitism. New York: Alfred A. Knopf.

 

Internet:

La web de Francisco Gil-White: http://www.hirhome.com/colapso/colapso.htm

Informe de Ford sobre el historial de guerra de la empresa, publicado en 2001: http://www.media.ford.com/article_display.cfm?article_id=10379

Algunos de los muchos datos comprobados de forma fehaciente sobre los Protocolos: https://es.wikipedia.org/wiki/Los_protocolos_de_los_sabios_de_Sion

El juicio de Berna durante el cual se demostró la farsa de los Protocolos: https://es.qwe.wiki/wiki/Berne_Trial

 

 

 

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