Mientras esté contigo…

– Te lo voy a hacer hasta que te olvides de todo, incluso de tu nombre y del mío. Hasta que solo queden nuestros suspiros, abrazados como antes de un cataclismo final. Hasta que grites tu gozo y ello sea lo único que se escuche en el cielo – le susurró, agarrándole las nalgas y empujándola hacia la pared.

Ella lo miró con la añoranza de mil vidas, sonrió disimulado a un pensamiento fugaz y el fuego de sus ojos lo envolvió como uno de esos hechizos que no tienen remedio ni cura, que ni el tiempo rompe ni las eras merman. Sentía su fuerza en sus entrepiernas y el tiempo se esfumó, quedando solo breves lapsos cuando escuchar sus suspiros era lo único que la devolvía a la realidad, para que instantes después todo volviera a desaparecer en olas de pasión que paraban todo, en un océano inmutable y eterno que parecía sin comienzo ni fin. Quiso decirle que parara, en un último relámpago de cordura avergonzada, pero en lugar de ello ocultó sus palabras y mirada, pensando que el pecado nunca había tenido tanta dulzura. Solo podía llamar de vez en cuando su nombre, a veces apenas oído, otras, en gritos que no sabía ni quería contener u ocultar.

– Grita mi nombre sin vergüenzas tontas. Que sea el último nombre que grites, porque nadie te volverá a tocar como yo te toco ahora. Grítalo hasta que te olvides de tus amores pasados y así amainen mis celos. Grítalo como al último nombre de tu vida y araña mi piel, para que por esas heridas salgan los otros nombres que gritaste antes del mío. Que solo mi nombre se quede, como ofrenda a las eras pasadas cuando ni tú ni yo no nos acordábamos el uno del otro – le dijo él mordiéndole el cuello, como sellando lo dicho.

Ella gritó su nombre y se agarró a él como si de ello dependiera su vida. Abrazó las guerras que aún refulgían en sus ojos, mientras él perdonaba lo que hasta ayer no había comprendido de ella. Lo que antes era yerro se volvió inocencia y lo que aún no se habían dicho se volvió saber que no necesitaba ya de palabras. Como el fin y el comienzo fundidos en la rueda del tiempo, como una muerte que ya no asusta cuando se tiene la certeza de que habitamos el Infinito, como una alquimia que transmuta en instantes almas y mundos.

Cuando el amanecer empezó a asomarse en sus miradas y por entre el vaivén de sus brazos y piernas, la preguntó:

– ¿Nos vamos? ¿No nos vamos? ¿Adónde nos vamos?

– Me da igual, mientras esté contigo…

 

(Fragmento de «Vida desnuda», de Mónica Nita)

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