Momentos

La mañana se desperezaba después de una noche de lluvia tranquila. Un rayo de sol le tocaba tímido la cara, cerca de la comisura de los labios, como un beso suave para no despertarlo. Olía a sal y algas marinas, y el chirrido de una ventana olvidada abierta que se balanceaba por la brisa despertaba melancolías. Salió despacio de la cama, con ganas de beberse un té doble que la devolviera con los pies en la tierra. Se fue a la cocina y, cuando volvió, después de unos diez minutos, con dos tazones de cerámica en las manos, uno con té y el otro con café recién hechos, lo encontró en el porche, mirando a lo lejos y saboreando la mañana. Su mirada parecía atravesada por eras olvidadas y recuerdos empecinados en permanecer, y un destello la cruzó cuando escuchó sus pasos y la vio acercándose con los dos tazones envueltos en vahos.

La miró y quiso decir algo, pero se le olvidó; o no quiso decírselo. Pero su mirada dijo más que cualquier palabra. Los pocos secretos que aún guardaba querían desvanecerse también, igual que las ganas de ella de conocerlos. No, no quería saber su pasado, por eso, sus secretos no la interesaban ya, ¿para qué? El silencio se volvió pregunta y respuesta a la vez. El silencio y el rugido del mar golpeado por los alisios de marzo. Se sentían con ganas de empezar, de seguir como fuera, pero juntos. El pasado y el futuro parecían haberse disuelto en un presente continuo desvergonzadamente estático y perezoso, salpicado de miradas que se cruzaban y a rachas se fundían una con la otra y con el viento que soplaba suave, pero firme, trayendo a la consciencia memorias que afianzaron una vez más su fe de que ni su encuentro ni nada de lo que les ocurría era casual o falto de sentido.

– Toma – dijo ella tendiéndole uno de los tazones, el de café, a la vez que sorbía del otro con té endulzado con miel de azahar y aderezado con limón exprimido y jengibre. Esta es la mejor medicina para la resaca – dijo después de unos instantes, levantando su tazón como en un brindis y sonriendo por detrás de los vahos que se esfumaban como se esfuman los misterios en la luz del saber.

– Gracias – le contestó él agarrando la taza y mirándola con algo de disimulo, para que no se enterara de lo que pensaba. Le gustaba su belleza sin peinar por la mañana, así, fresca, como la yerba después de la lluvia que había caído por la noche. A ti los años te sientan como al vino que nos bebimos ayer; cuantos más, más sabrosa te pones – le dijo y, como si nada, le metió la mano por debajo de la bata, pensando que cuando sus dedos se adentraban en sus carnes era como si se adentraran en las olas de un mar cuyo vaivén hechizaba.

Pensó que hacerle el amor era como surfear, con su cuerpo como mar; un mar de emociones y pensamientos que nunca paraban y que aún le gustaba descifrar. Se mordió un labio sin querer cuando recordó lo que le había hecho la noche anterior, y disimuló una sonrisa escondiéndola tras el tazón de café, sin querer estropear la solemnidad de esa mañana de invierno que todavía se empecinaba en quedarse y primavera que empujaba, pero sin mucha fuerza aún. Pensó que lo que más le gustaba de ella era que apenas hacía falta hablar porque parecía que ya se conocían todos los pensamientos, y tampoco merecía la pena guardar muchos secretos, porque siempre se enteraba de todo, tenía ese don suyo que seguro heredaba de alguna bruja que tenía en su linaje sin saberlo. En realidad, tampoco quería guardar muchos secretos de ella, ¿para qué?, si la sentía como un trozo de sí mismo y entre sus almas apenas quedaba distancia.

– No recuerdo muy bien lo que pasó la noche pasada – rompió ella el silencio relamiendo una gota de té que se escurría por sus labios y, adivinando sus pensamientos, sonrió disimulando un rubor pasajero mientras cambiaba la taza en la otra mano, para calentarla también. Como si el olvido quisiera ocultarme algo que es mejor guardarlo lejos de mi memoria y de la memoria del mundo…

– Shhh… – le dijo él tapándole los labios con un dedo. Escucha el rugido del mar. Escucha a ver lo que dice y cuéntamelo a mí también. Dime qué presagios trae, qué será de ti, de mí, de nuestra vida.

– Deja de querer saber lo que ni el mar ni nadie sabe aún – le contestó ella. Deja que corra el tiempo, que el futuro se vuelva presente, y será entonces cuando se destaparán sus secretos. Ofrenda tus dudas en el altar de la fe y ten por seguro que todo es perfecto. Porque por encima de esta locura, todo es perfecto, cariño. Todo es perfecto siempre, en realidad, y lo que aquí parece locura, más allá es santa verdad. Porque, sin esta locura, ni tú ni yo ni nadie seríamos lo que somos: aprendices de Dios que pueden manifestar sus dones y artes solo después de que hayan aprendido a esquivar las tantas locuras que componen esto que llamamos vida. Aprendices de Dios que olvidaron que se inventaron la locura para poder descifrar las maravillas del vivir, sabiendo que, sin sombras, nadie podría ver la luz ni lo que hay más allá de ella, si es que hay algo. Aprendices de Dios que aprenden a perdonar a medida que se dan cuenta de que no hay nada que perdonar porque todo es perfecto tal cual es. Y eso es el más sagrado perdón. Que aprenden a celebrar la vida sin que haya ningún motivo especial para celebrar porque la vida misma es la más bella fiesta. Aprendices que, por fin, se han dado cuenta de que los tantos infortunios del mundo no son más que empujones para acelerar nuestro crecimiento y dar fuerza al ser. A veces la vida duele, cariño, pero por mucho que duela, es perfecta y la mejor opción de todas las que haya. Y cuando miras desde arriba, como un águila que sobrevuela los montes, verás que todas las piezas encajan y que el puzle cobra forma y sentido… Así que te amo así imperfecto como eres. E igual amo tus imperfecciones que, para mí, son santas como santa es la vida, y amo tus locuras que dan sabor a mis días. Te amo igual que amo la vida, sabiendo que más allá de todo esto eres perfecto. Y te amaría incluso si fueras el fallo más grande del mundo, porque sin ti, jamás me volvería yo perfecta…

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