Nada está fuera de Dios. Hoy celebro…

Hoy celebro el comienzo de una nueva etapa en mi vida. La verdad es que no hay señales de que está a punto de empezar alguna, menos una intuición mía poco definida y una esperanza a la que llevo tiempo diciéndole que deje de tardar tanto. Pero yo lo celebro, a ver si así animo al Destino a que salga de la pereza invernal. Hoy cierra el Transito de Saturno en mi vida. Los astrólogos rehuyen como a nada a Saturno, demonio oscuro de los malditos reyes del mundo y maestro a la antigua que enseña a base de palos y de agua con pan. Saturno, el Señor del Karma… me hizo tocar fondo unas cuantas veces estos últimos años mientras atravesó mi vida, sin pedirme permiso ni avisar la visita. Así aprendí a renacer, las veces que fue necesario. Aprendí a amar incluso cuando la vida me dolía más que nada. La vida y mis relaciones.
Dejé trabajos, amores, tierras lejanas, tierras cercanas, abandoné recuerdos que ya no servían… Anduve de error en error, sin embargo estuve feliz, incluso cuando cruzaba los bordes de la locura de querer abandonarlo todo – principalmente a mí. Saturno no anduvo con bromas, me empujo no de abrazo en abrazo, como me habría gustado, sino más bien de patada en patada. Al final, encontré el equilibrio por entre emociones desbordadas y pensamientos incesantes, navegando sin rumbo ni propósito conocido en las turbias aguas de un océano de errores, errando tanto cuando amaba como cuando dañaba. Pero eso me enseñó a ser feliz – con o sin razón; porque o a pesar; cuando el amor me amaba, o cuando el amor me dolía…
Hoy celebro las muchas veces que anduve por el borde del abismo de la caída sin retorno, y las otras tantas que me resistí sucumbir a sus hechizos. Cuando el dolor se queda como única opción, lo cuerdo es encontrarle gusto, por lo menos hasta que los vientos amainen, y descifrar el sentido de sus enseñanzas, que muestran la puerta para salir adelante – aunque te la oculta para así darle aún más picante al juego. Sentí el placer del letargo que se sorbe de la copa de amargura de saber que ya has tocado fondo, que desde ya las cosas no pueden sino mejorar porque más abajo es imposible caer. Una vez llegado a ese punto, la decisión se vuelve liviana. Volver, si quieres. Quedarte – sin remordimientos – si piensas que el auto-sabotaje es más llevadero. El más triste de los auto-sabotajes es el conformismo. El perezoso conformismo hechiza la mente, convence de que, de entre las infinitas posibilidades – que intuye, pero rehuye -, solo queda una, la peor: morir mientras se vive. El aburrido conformismo hasta es capaz de convencer a uno de que la fatalidad existe, que el tiempo y el espacio son sustancias que las almas no pueden moldear y los pensamientos no pueden convencer.
Hoy celebro mis propias navidades sin compras, sin petardos y sin borracheras. ¿Por qué no? Ya que Gregorio XIII se tomó el tiempo tan a la ligera, creando el calendario que nos marcan las eras a todos, yo también me confiero el derecho de fijar mis propias navidades cuando mejor me parezca. Las navidades del papa Gregorio XIII y el Saturno son muy hermanadas, por ello prefiero las mías. En realidad, se trata de la misma sangrienta fiesta, la Saturnalia – nada que ver con el Christo, esto es otra mentira. Las navidades, cuando las ciudades se llenan de luces que no calientan y menos aún alientan a los muchos hambrientos robados que deambulan buscando un propósito que hace tiempo perdieron… Las bellas navidades, cuando todos desean el bien a todos y hasta los amores perdidos, pero no olvidados, se vuelven a juntar por unos instantes… Las sagradas navidades, que nos hacen perdonar hasta a ese mismo marido, o a esa misma mujer, o a esa misma soledad, que tanto aburren el resto del año… El encanto de las navidades gregorianas solo dura una semana – otra razón para preferir las mías, que duran mientras mi alma está con ganas de marcha. Luego se vuelve a lo cotidiano, y lo cotidiano embrutece, eso ya lo tenemos todos muy asumido. Lo cotidiano… El trabajo agobia, la tele atonta, el miedo reina por entre derrumbes de guerras inventadas de la nada solo para ganarrrr… Ganar dinero, ganar pasta, ganar riqueza y más riqueza… Ganar tanta riqueza que saciaría hasta la avaricia más infame, pero que no sacia a los que se inventan las guerras. Ganar hasta almas a cambio de nada, o engaños… Sí, las navideñas Saturnalias tienen su encanto, ¿quién ha dicho que no? Por usanza, en estos días, algunos hasta recuerdan la magia del amor y el consuelo del perdón que perdieron hace tanto, que ya ni se acuerdan. El adormilamiento inducido por las infantiles canciones navideñas también tiene su encanto. Nos lo merecemos después de un año de cansino trabajo, salpicado de miedos existenciales – o filosóficos – y repleto de conformismo y hasta de fatalismo. Las Saturnalias navideñas predican el perdón a las masas, pero ocultan una gran verdad: que en cada uno de nosotros se esconde un héroe de la existencia cuya fuerza podría mover montañas – pero como no lo sabe, se conforma con aceptar las migajas que los que sí lo saben le echan por entre risas. Eso si no deciden practicar la necedad, tan inducida y calificada como valor absoluto por los políticos de turno que ya vendieron sus almas a Saturno. Esa necedad nacida en la muerte de la imaginación que hace a uno olvidarse incluso que la esperanza debería ser la ultima en morir…
Hoy también celebro todas mis relaciones, como los antiguos indios de las estepas americanas. Celebro todas mis relaciones, las que me hicieron dar lo mejor de mí y también a las que me ayudaron a conocer lo peor. Al fin y al cabo, la vida es un juego de experiencias que se volverían aburridamente monótonas si tuviésemos la garantía de un final feliz. Las tragicomedias también tienen su encanto, salpimientan la vida – poco sabe mejor que la pasión de la reconciliación, pero hay que estar preparado para el derrumbe que vuelcan encima cuando uno menos se lo espera. La complementariedad no elude las diferencias – a veces feroces -, pero ayuda a comprender que siempre las habrá en un mundo donde todos somos únicos e irrepetibles, dentro de la infinitud de la existencia. Todos nos nutrimos de la misma verdad, pese a que solo vislumbramos añicos de ella. Cada uno vislumbrando su añico, su trocito de verdad… Ello, a veces, puede confundir. El añico de verdad que uno percibe puede parecerle al otro descarada mentira, pero con los años aprendemos que nuestras verdades se pueden juntar, pese a las diferencias, lo cual ayuda a comprender mejor las cosas. Eso sí, siempre que la encontremos en el camino, apedrear la mentira, la Gran Ramera, esa mentira que roba y daña, hiere y mata a gotas – para disfrazar, a veces por inconsciencia punible, otras solo por morbo enfermizo, las ganas de que todo se muera, porque el alma llegó a pesar demasiado, por demasiados pecados sin perdonar. En realidad, si lo pienso mejor, no hay nada que perdonar, porque de todo se aprende y éste es el fin y propósito de cualquier juego de experiencias, como la vida. Si no tocan lo absurdo, o no tienen un propósito pernicioso, nuestras diferencias deberían ser declaradas Patrimonio de la Humanidad, por la riqueza que nos aportan los diferentes puntos de vista. No se trata de ganar o perder, sino de Vivir.
Hoy celebro porque, por fin, comprendí que el Camino se nos muestra solo cuando nos atrevemos a recorrerlo solos, cuando hemos perdido el miedo a la soledad y a la falta de apoyo y caminamos desnudos de alma, solo acompañados por la fe que se gana cuando uno comprende que de todo se aprende algo. La valentía, nacida en la soledad aceptada y la fe, sabe cómo y cuándo descorrer los velos de nuestros caminos. Así se aprende a confiar…
Hoy celebro el día en que todos recordemos que somos polvo de estrellas, aunque llevamos dentro la rternidad y el sabor del Absoluto. Celebro que todos nacimos en la transitoriedad de la materia, pero en realidad venimos del Infinito y nos dirigimos hacia su otro lado. Venimos aquí para aprender tanto del amor como de su ausencia, para disfrutar tanto de las alegrías de la prosperidad como del desapego forzoso de la escasez, para disfrutar tanto de la compañía y del compartir, como de la serenidad casi divina de la soledad. En el mundo del Yin y del Yang, del hombre y la mujer, del bien y el mal… hasta la oscuridad se vuelve maestra. Una maldita maestra, es cierto, pero la que más nos empuja a dar lo mejor de nosotros. Por ejemplo, en nuestros tiempos, la oscuridad nos empujará a unirnos – pese a nuestros diferentes puntos de vista, tantos como los que vivimos sobre la faz de la tierra. Porque una cosa es segura: si queremos pasar aún un buen rato en este planeta como seres humanos libres, no nos queda otra que unirnos – difícil y complicado ejercicio en este mundo tan castigado. Lo que más destruye la cohesión, la unidad, es la mentira, una de las grandes enfermedades de este mundo. Bueno, en el Mundo de la Imperfección en el que vivimos a veces urgen mentiras piadosas, o silencios que encubren, pero solo si el fin es noble tienen algún mérito.
Hoy celebro el que no tengo nada en especial para celebrar, a no ser a la Vida misma, con la que tanto nos hemos acostumbrado, que poco valor le damos ya. Celebro el que no sé dónde estaré mañana ni qué haré, y menos aún con quién. Celebro el Amor, que aún late dentro de mí, pese a las tantas heridas que marcaron su rostro. Celebro la Luz, que siempre alumbró mi camino y las noches oscuras de mi alma. Celebro la Libertad, que nació en la verdad hallada en el descubrirme y que me enseñó a leer el Libro del Mundo. Hoy me celebro a mí misma, y una vez con ello, a todo lo que hay, porque Todos somos Uno. Tú eres yo y yo soy tú, en la mente de Dios no hay separación.
Nada está fuera de Dios…
(Texto escrito el 2 de enero de 2018)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: