Nuevos comienzos

La acarició como se acaricia alguien amado que perdiste durante mucho tiempo y lo acabas de reencontrar. Sin prisas y sin creerlo. Con lo que queda de esa larga añoranza que, por fin, empieza a desvanecerse. Con alguna sonrisa por en medio y ganas de fundir tu ser con el suyo. Miró sus ojos y vio vidas cruzando fugaces su mirada, como un tren que corre sin paradas, y la sintió. Sintió su carne, el calor que desprendía su cuerpo, sintió su vida. La sintió respirando el aire que expulsaba y se adentró en su ser lo más hondo que pudo.

Ella lo miraba parada, como una estatua elevada en honor a los renaceres que siguen a las tormentas que a veces nublan los cielos de todos nosotros, dioses fingiendo la necedad para ver si comprendemos a qué se debe el paso del tiempo y por qué la vida es a veces regalo, y otras, tempestad. Intentó aguantarse un estallido de risa que le entró sin entender qué celebraba, pero no lo consiguió muy bien y se le escapó una sonrisa que disimuló mordiéndose un labio.

A él le pareció tan familiar ese ademán suyo, la reconocía en todos esos gestos que poco a poco despertaban recuerdos hace mucho olvidados. Y esa sonrisa disimulando a ver qué, porque ya no quedaban secretos entre ellos, destapó un caudal de recuerdos que de repente irrumpieron en su mente y empezó a sentirse extraño y a la vez cercano a ella. Quería entrar dentro de ella, llegar hasta el más lejano rincón de su ser, allá donde los enigmas se desvanecen sin rastro, y sentir su cuerpo estremeciéndose y temblando en su abrazo, como un pájaro que dejó de ser apresado y alza su vuelo hacia el sol.

El tiempo empezó a correr locamente; a veces paraba, otras, se envolvía en remolinos que bailaban al ritmo de sus cuerpos agarrados el uno al otro con hambre, como se agarran los náufragos de los sueños que les devuelven la esperanza y las ganas de revivir ilusiones, aunque tan breves como los instantes que duran las noches. La estrujó debajo de su cuerpo en un intento de volverse una con ella, haciéndola desaparecer entre sus carnes, para así tenerla siempre consigo. Bebió su aire y nadó en esos ojos suyos que destellaban hechizos, ocultos por entre los bucles despeinados de sus cabellos negros. De repente, el viento de la noche empezó a soplar como trayendo presagios de nuevos comienzos.

– Sopla el viento, mi hermano – susurró ella mientras envolvía la luna en el contorno de sus manos. Su brisa me amaestró en el arte de comprender las locuras del mundo y me acercó tantos horizontes, que necesitaría muchas vidas para pisar todas esas tierras cuyas fragancias me trajo en su aleteo. El viento me contó lo que vio sobrevolando los tantos mundos que se juntaron en este y me fue maestro, amigo y a veces amante, cuando tú no estabas. Él me enseñó los secretos de las palabras y me adentró en los misterios de los poemas de las noches. Lavó mi alma y ahuyentó los nubarrones que tantas veces atormentaron mi soledad. Luego me volvió serena, domando mi sangre rebelde que es amor y fuego a la vez, devolviéndome la calma en medio de la locura y la paciencia en medio de los sinsentidos de la vida.

– La brisa sabe a sal ahora, le dijo él lamiendo su mejilla. A sal de mar y a vientre sanado. A guerras que se fueron y a eras que se esfumaron. Sabe a ti, a mí y a nuevos comienzos…

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