Palestina antes del radicalismo islámico: el Acuerdo Faisal-Weizmann y la Correspondencia Faisal-Frankfurter

La idea en sí (del sionismo) es natural, modesta y justa. ¿Quién puede desafiar los derechos de los judíos en Palestina? Históricamente, es realmente su país.

Yusuf Diya al-Khalidi, funcionario otomano

Los árabes, especialmente los educados entre nosotros, miran con la más profunda simpatía el movimiento sionista. Nuestra diputación en París conoce en detalle las propuestas presentadas ayer por la Organización Sionista a la Conferencia de Paz y las consideramos moderadas y apropiadas. Haremos todo lo posible, en lo que a nosotros respecta, para ayudarles y damos a los judíos una cálida bienvenida a casa.

Faisal ibn Hussein, rey hachemita

Las dos ramas principales de la familia semítica, que son los árabes y los judíos, se entienden mutuamente y espero que, como resultado del intercambio de ideas en la Conferencia de Paz, que se guiará por los ideales de autodeterminación y nacionalidad, cada nación haga progresos definidos hacia la realización de sus aspiraciones. Los árabes no están celosos de los judíos sionistas y tienen la intención de darles juego limpio, y los judíos sionistas han asegurado a los árabes nacionalistas su intención de ver que ellos también tienen juego limpio en sus respectivas áreas.

Faisal ibn Hussein, rey hachemita, 12 de diciembre de 1918, The Times

Los recursos del país siguen siendo tierra virgen y serán desarrollados por los inmigrantes judíos. Una de las cosas más sorprendentes hasta los últimos tiempos fue que el árabe de Palestina solía abandonar su país, vagando por alta mar en todas direcciones. (…) Al mismo tiempo, hemos visto a los judíos de países extranjeros emigrar a Palestina desde Rusia, Alemania, Austria, España y América. La causa es obvia para aquellos que tienen una visión más profunda. Sabían que el país era para sus hijos originales una patria sagrada y querida. El regreso de estos exiliados a su patria será, material y espiritualmente, una escuela experimental para sus hermanos que están con ellos en los campos, fábricas, oficios y todas las cosas relacionadas con la tierra.

Hussein ibn-Ali, padre del emir Faisal y sharif de La Meca, Al Qiblade, 1918

 

Hoy en día es casi imposible imaginar Oriente Medio sin las convulsiones que suelen darse con frecuencia, especialmente entre palestinos y judíos. Sin embargo, la situación no fue siempre así y, antes del surgimiento del islamismo y de Hajj Amin al-Husseini, el muftí de Jerusalén, un siniestro personaje que fue uno de los padres del radicalismo islámico y amigo de los nazis, el movimiento sionista fue bienvenido en la región. Una de las pruebas más claras de ello es el acuerdo que el rey hachemita Faisal ibn Hussein firmó con el dirigente del movimiento sionista Chaim Weizmann en 1919, y también en otros documentos de la época.

Faisal, hijo de Hussein bin Ali, sharif de La Meca, era considerado descendiente directo del Profeta Mahoma y fue el líder político del mundo árabe, en su totalidad, después de la Primera Guerra Mundial, siendo reconocido como el único líder árabe del mundo en aquel momento. El rey hachemita consideraba que el regreso de los judíos a su antigua patria era consistente con la fe musulmana, ya que el Corán afirma sin lugar a dudas que Israel es la tierra de los judíos, y que era en el mejor interés de las naciones árabes emergentes que lograran la independencia de Turquía y de las potencias coloniales europeas, e imaginaba una asociación constructiva entre los judíos y los árabes.

El emir Faisal fue reconocido formalmente como jefe de la delegación árabe en la Conferencia de Paz de París de 1919, en la que se concluyó el Tratado de Versalles, que marcó el fin de la Primera Guerra Mundial y puso las bases de nuevas naciones soberanas y de la Sociedad de las Naciones, la predecesora de la ONU. En dicha conferencia, Faisal pidió el reconocimiento por parte de la Sociedad de las Naciones de las veintidós naciones árabes que hasta entonces habían estado bajo dominación otomana. Poco después, reconoció formalmente las pretensiones de los judíos de establecer su patria en Palestina, firmando un acuerdo que validaba lo anterior en nombre de todo el mundo árabe, que es conocido como el Acuerdo Faisal-Weizmann.

Aunque ha habido debates sobre el tema, un importante segmento de investigadores considera que dicho acuerdo constituye el reconocimiento formal por parte de los árabes de la Declaración Balfour y, en consecuencia, de la Palestina judía, que es Israel. Uno de ellos fue Chuck Morse, quien expuso su argumento en su libro The Nazi Connection to Islamic Terrorism (La conexión entre el nazismo y el terrorismo islámico).

El reconocimiento de la patria judía por parte de la máxima autoridad árabe del momento se deduce también de la correspondencia escrita entre el emir Faisal y Felix Frankfurter, profesor de la Facultad de Derecho de Harvard y posteriormente juez de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos. Faisal consideraba las reclamaciones judías como «modestas y apropiadas», dando al pueblo judío un «cálido bienvenido a casa». En el mismo sentido se expresó años más tarde Yusuf Diya al-Khalidi, un funcionario otomano que conoció personalmente a Theodor Herzl, el padre del sionismo, y que dijo que: «La idea en sí (del sionismo) es natural, modesta y justa. ¿Quién puede desafiar los derechos de los judíos en Palestina? (…) Históricamente, es realmente su país»¹.

El preámbulo del Acuerdo Faisal-Weizmann es una ilustración perfecta de la visión progresista que muchos árabes tenían en aquel momento, haciendo referencia al «parentesco racial y los antiguos lazos existentes entre los árabes y el pueblo judío», y habla de una «colaboración lo más cercana posible en el desarrollo del Estado árabe y Palestina (en sus comienzos, y a diferencia de hoy en día, tanto los árabes como los judíos se referían a la futura patria judía como Palestina y «palestinos» eran llamados los judíos nativos de la zona, los árabes considerándose solo árabes, y no palestinos, como veremos en un futuro artículo).

El artículo 2 del Acuerdo pedía que una comisión definiera las fronteras permanentes entre los futuros Estados árabe y Palestina (Israel), lo cual se podría considerar que se realizó en 1922, cuando el Mandato Británico de Palestina se dividió a lo largo del río Jordán en un sector árabe oriental llamado Transjordania, que hoy en día es el Reino Hachemita de Jordania, y en un sector judío occidental llamado Cisjordania, que actualmente son Israel y los Territorios Palestinos. Por aquel entonces se consideraba que Transjordania (la Jordania de hoy en día) sería la Palestina árabe y, como tal, quedó fuera de los límites de la inmigración judía. A continuación, podrán leer el Acuerdo en su totalidad:

«Artículo I: El Estado árabe y Palestina (Nota mía: referencia al Estado judío) en todas sus relaciones y compromisos estarán controlados por la más cordial buena voluntad y comprensión, y para ello se establecerán y mantendrán agentes árabes y judíos debidamente acreditados en los respectivos territorios.

»Artículo II: Inmediatamente después de la finalización de las deliberaciones de la Conferencia de Paz, las partes del Estado árabe y Palestina determinarán las fronteras definidas entre el Estado árabe y Palestina.

»Artículo III: En el establecimiento de la Constitución y la Administración de Palestina, se adoptarán todas las medidas que concedan las máximas garantías para llevar a cabo la Declaración del Gobierno británico del 2 de noviembre de 1917 (Nota mía: se refiere a la Declaración Balfour).

»Artículo IV: Se tomarán todas las medidas necesarias para alentar y estimular la inmigración de judíos a Palestina a gran escala y lo antes posible, para asentar a los inmigrantes judíos en la tierra a través de asentamientos más cercanos y cultivos intensivos del suelo. Al adoptar tales medidas, los campesinos árabes y los agricultores inquilinos estarán protegidos en sus derechos y serán asistidos para el avance de su desarrollo económico.

»Artículo V: No se prohibirá ni interferirá de ninguna manera ninguna regulación o ley con el libre ejercicio de la religión; y, además, se permitirá para siempre el libre ejercicio y disfrute de la profesión y el culto religiosos, sin discriminación ni preferencia. Nunca será necesaria ninguna prueba religiosa para el ejercicio de los derechos civiles o políticos.

»Artículo VI: Los Lugares Santos Mahometanos estarán bajo control mahometano.

»Artículo VII: La Organización Sionista propone enviar a Palestina una Comisión de Expertos para hacer un estudio de las posibilidades económicas del país e informar sobre los mejores medios para su desarrollo. La Organización Sionista pondrá a disposición del Estado árabe a la Comisión antes mencionada con el fin de realizar un estudio de las posibilidades económicas del Estado árabe e informar sobre los mejores medios para su desarrollo. La Organización Sionista hará todo lo posible para ayudar al Estado árabe a proporcionar los medios para desarrollar sus recursos naturales y sus posibilidades económicas.

»Artículo VIII: Los partidos acuerden actuar con total acuerdo y armonía en todos los asuntos aquí adoptados ante el Congreso de Paz.

»Artículo IX: Cualquier asunto de controversia que pueda surgir entre la sala de partes contratantes será remitido al Gobierno británico para su arbitraje».

Al final del acuerdo, Faisal añadió una posdata en la cual condicionaba el cumplimiento del acuerdo en función de la posterior independencia de los países árabes. Aunque después de firmar el documento el emir fue expulsado por los franceses a Iraq, muchos consideran que sus cláusulas se deberían de cumplir porque hoy en día todos los países árabes son independientes, lo que otorga validez al acuerdo.

Como veremos luego, en el siglo XIX, poco antes de comenzar la emigración de los judíos sionistas a Palestina, la población en la región era más escasa y la tierra era un desierto yermo. Se aproxima que, a mediados del siglo XIX, no había más de 100.000 personas en todo el territorio, de los cuales muchos eran judíos que vivían allí desde tiempos ancestrales, llegando a contar unos 200.000 en 1882 y manteniéndose casi igual hasta 1919, cuando se firmó el acuerdo. Fue por ello que Hussein ibn-Ali, el padre del emir Faisal y sharif de La Meca, escribió en Al Qiblade en 1918: «Los recursos del país siguen siendo tierra virgen y serán desarrollados por los inmigrantes judíos. Una de las cosas más sorprendentes hasta los últimos tiempos fue que el árabe de Palestina solía abandonar su país, vagando por alta mar en todas direcciones. (…) Al mismo tiempo, hemos visto a los judíos de países extranjeros emigrar a Palestina desde Rusia, Alemania, Austria, España y América. La causa es obvia para aquellos que tienen una visión más profunda. Sabían que el país era para sus hijos originales una patria sagrada y querida. El regreso de estos exiliados a su patria será, material y espiritualmente, una escuela experimental para sus hermanos que están con ellos en los campos, fábricas, oficios y todas las cosas relacionadas con la tierra».

El emir Faisal mantuvo la misma postura en las cartas que posteriormente intercambió con Felix Frankfurter – en lo que se conoce como Correspondencia Faisal-Frankfurter -, como por ejemplo en la siguiente, fechada el 3 de marzo de 1919:

«Estimado Sr. Frankfurter,

»Quiero aprovechar esta oportunidad de mi primer contacto con los sionistas americanos para decirles lo que a menudo he podido decirle al Dr. Weizmann en Arabia y Europa.

»Sentimos que los árabes y los judíos son primos, al haber sufrido opresiones similares a manos de poderes más fuertes que ellos, y por una feliz coincidencia han sido capaces de dar el primer paso hacia el logro de sus ideales nacionales juntos.

»Los árabes, especialmente los educados entre nosotros, miran con la más profunda simpatía el movimiento sionista. Nuestra diputación en París conoce en detalle las propuestas presentadas ayer por la Organización Sionista a la Conferencia de Paz, y las consideramos moderadas y apropiadas. Haremos todo lo posible, en lo que a nosotros respecta, para ayudarles y damos a los judíos una cálida bienvenida a casa.

»Con los jefes de su movimiento, especialmente con el Dr. Weizmann, hemos tenido y seguimos teniendo relaciones cercanas. Él ha sido un gran ayudante de nuestra causa y espero que los árabes pronto estén en condiciones de hacer que los judíos regresen por su bondad. Estamos trabajando juntos para un Oriente Próximo reformado y renovado, y nuestros dos movimientos se complementan entre sí. El movimiento judío es nacional y no imperialista. Nuestro movimiento es nacional y no imperialista, y hay espacio en Siria (Nota mía: el termino Siria muchas veces incluía también a Palestina) para los dos. De hecho, creo que ninguno de los dos puede lograr un verdadero éxito sin el otro.

»Las personas menos informadas y menos responsables que nuestros líderes y los suyos, ignorando la necesidad de cooperación de los árabes y sionistas, han estado tratando de explotar las dificultades locales que necesariamente deben surgir en Palestina en las primeras etapas de nuestros movimientos. Algunos de ellos, me temo, han tergiversado sus objetivos para el campesinado árabe, y nuestros objetivos para el campesinado judío, con el resultado de que las partes interesadas han sido capaces de hacer capital de lo que llaman nuestras diferencias.

»Deseo darles mi firme convicción de que estas diferencias no se basan en cuestiones de principio, sino en cuestiones de detalle como las que inevitablemente deben producirse en todos los contactos de los pueblos vecinos, y que se ajustan fácilmente por la buena voluntad mutua. De hecho, casi todos ellos desaparecerán con pleno conocimiento.

»Espero con interés, y mi pueblo conmigo (Nota mía: que eran todos los árabes, en cuyo nombre hablaba), un futuro en el que os ayudemos a vosotros también, para que los países en los que estamos mutuamente interesados vuelvan a ocupar su lugar en la comunidad de pueblos civilizados del mundo.

»Atentamente, Fdo.: Faisal».

Lo primero que hay que puntuar aquí es que el emir habló en nombre de los árabes – de todos ellos – en su carta y que la propuesta de la Palestina judía a la que Faisal se refería incluía ambos bancos del Jordán, que hoy son el Estados de Israel y el Reino de Jordania – igual que en la Declaración Balfour. De la carta también resulta que tanto Faisal como Weizmann tenían una visión nacionalista y apoyaban el concepto de repúblicas democráticas libres y soberanas.

El mismo tono amistoso del emir hacia los judíos se observa también en otros documentos y declaraciones suyas. Por poner un ejemplo, el 12 de diciembre de 1918, Faisal fue citado por el periódico londinense The Times: «Las dos ramas principales de la familia semítica, que son los árabes y los judíos, se entienden mutuamente y espero que, como resultado del intercambio de ideas en la Conferencia de Paz, que se guiará por los ideales de autodeterminación y nacionalidad, cada nación haga progresos definidos hacia la realización de sus aspiraciones. Los árabes no están celosos de los judíos sionistas y tienen la intención de darles juego limpio, y los judíos sionistas han asegurado a los árabes nacionalistas su intención de ver que ellos también tienen juego limpio en sus respectivas áreas».

Desgraciadamente, el posterior líder árabe de Palestina, Hajj Amin al-Husseini, fue imperialista, igual que Hitler. En cambio – y a contrario de las teorías conspirativas que Adolf Hitler expuso en su libro Mein Kampf, que luego fueron difundidos por al-Husseini en todo el mundo árabe y hoy en día hacen la delicia de millones de neonazis, islamistas radicales y toda clase de extremistas -, el sionismo fue y es un movimiento nacional cuya finalidad era y es la autodeterminación nacional y establecer una patria donde el pueblo judío pueda vivir tranquilo, evitando la cruel discriminación y los sangrientos pogromos que sufrió durante los casi dos milenios que duró su exilio. Tanto de los anteriores documentos como de otros que serán presentados a lo largo de esta serie, resulta que las intenciones de los judíos sionistas fueron siempre la convivencia pacífica con los árabes, lo cual fue mutuo antes de que el muftí Husseini incitara a la violencia e hiciera alianza con Hitler y Mussolini – y sus sucesores se mantuvieron en la misma línea hasta el día de hoy.

El emir Faisal fue un musulmán tradicionalista y, cuando reconoció la patria judía en Palestina, estaba actuando con todo el respeto hacia el Corán, que afirma que Israel pertenece a los judíos y a nadie más. El libro sagrado musulmán refleja la misma idea que la Torá y las palabras de Moisés hacia su pueblo que aparecen en los dos libros sagrados son casi idénticas: «Recuerda, mi pueblo, los favores que Alá te ha concedido. (…) Ve, pueblo mío, a la tierra santa que Alá te ha asignado» (sura V). Y también: «Cuando la promesa del más allá llegue a suceder (en el Día del Juicio Final), os traeremos como una multitud reunida de varias naciones» (sura XVII:104).

El emir Faisal se convirtió en rey de Siria en 1920, pero poco después fue destituido por los franceses. En 1921, con la ayuda de los británicos, fue nombrado rey de Iraq, cargo que mantuvo hasta su muerte, en 1933. De lo anterior se deduce que, en sus comienzos, las pretensiones de los sionistas fueron reconocidas de forma oficial por la única autoridad árabe de aquel momento. Hoy en día, algunos lo niegan; sin embargo, los peros que pueda haber con respecto al Acuerdo Faisal-Weizmann se desmontan al leer la correspondencia del emir con Felix Frankfurter, en parte reproducida anteriormente.

Fragmento de mi libro La conexión entre el radicalismo islámico, el nazismo, el Vaticano y la ONU

En la imagen del principio del artículo se ven el emir Faisal y Chaim Weizmann, vistiendo un tocado árabe como signo de amistad, en 1918, en Transjordania

 

 

 

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