Pasión amorosa, pasión dolorosa…

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Me acostumbré a convivir contigo en mi mente y a dar las buenas mañanas a tus ausencias sin sentir amargura. No es fácil amar a una sombra que a veces parece que ni siquiera existe. Una sombra de otro mundo que intenta tocar al tuyo para eludir una distancia que parece sin fin, mundos paralelos que bailan como reflejos de un espejo casi iguales, pero sin tocarse.

– Mónica… Mónica…, – escucho tu voz salpicada por la lejanía (extraña, en un universo donde todo existe aquí y ahora, para siempre), por tu necedad de querer demasiadas seguridades (en un mundo donde lo único que es seguro es la muerte), y por el sabor añejo de los celos que te bañan como las olas de una marea que viene y va, castigo que te atormenta por mantenerte lejos durante demasiado tiempo, negándote y negándome el amor que nos unió incluso antes de conocernos.

Intenté apartarme de esa voz igual de real que tu ausencia y mi añoro, para seguir disfrutando de la inocente ignorancia de no saber que existes.

– No es más que una quimera, sácatelo de la cabeza -, me susurró el viento golpeándome las mejillas con su frescura que olía a mar, a sal y a lejanías.

– Si solo estuviera en mi cabeza, hace tiempo que lo habría olvidado. Pero está en mi pecho, allí donde nazco y renazco cada día por esa magia a la que ya no me opongo ni intento desentrañar sus misterios, porque sé que no la puedo vencer -, le respondí. Por mucho que lo ahuyente de mis pensamientos, seguirá estando en mi alma y esto no lo cura ni el tiempo ni los brujos. Y cuando a veces consigo olvidarlo, es cuando más me duele la vida, porque la sonrisa del mundo pierde su encanto y los días se desvanecen anodinos y sin sorpresas. Duele más olvidarlo, que vivir en su ausencia.

El viento se calló, pero en sus golpes seguía sintiendo su amor dolido y ese vaivén de celos que venían y se desvanecían como olas de mar, trasmutando el dolor en pasión.

– ¿Cómo te llamas? Te perdí hace tanto, que se me olvidó incluso tu nombre y solo recuerdo tu mirada y los matices de tu alma que reflejaba. Tu mirada, que traspasó siglos y mundos, es mi recuerdo más fiel y aunque te pierdas o te pierda, siempre te delatará y me hará encontrarte, porque una vez me amó tanto, que nunca pude olvidarla, por mucha lejanía que nos separó y por muchas ausencias que nos atormentaran.

El viento me amaba y me golpeaba a la vez, olvidando las tristezas y volviéndonos pasión. Pasión amorosa, pasión dolorosa…

 

Mónica Nita, «Vida Desnuda»

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