Pecados…

Yo también tengo mis pecados, lo confieso, y no podría ser de otra forma en este mundo. Por eso digo muchas veces que nadie tiene el derecho de tirar la primera piedra, porque aquí todos somos pecadores y lo único que nos diferencia es cuánto y cómo se equivocó cada cual. Pero que se equivocó, de eso no hay duda. De hecho, en este mundo venimos los pecadores de todos los universos, y no tanto para redimirnos, sino muchas veces para reafirmar el goce del pecado y dar testimonio para que se le otorgue la inocencia.

Sí, yo también tengo mis pecados, lo confieso. No tantos como los tuyos, pero los tengo, allí están, algunos a la vista y otros, tan escondidos por entre los rincones de mi alma, que ni yo los encuentro muchas veces. Fueron y son mis maestros del perdón, porque si no hubiera errado, no sabría ahora perdonar al otro el mismo error que yo cometí. Por eso agradezco por mis pecados y les pido que siempre me recuerden que nunca hay que condenar nada ni a nadie de forma irreversible, porque la redención es universal y nadie se le puede escapar, excepto si así desea.

Sí, lo confieso, yo también tengo mis pecados. Pero los perdoné. Los perdoné con ese don que todos tenemos, que heredamos de la Madre Cósmica que nos parió y que nos ama sin importarle si pecamos o no, porque es madre, y las madres aman sin condiciones. Si alguien afirma lo contrario, miente, los curas primero, porque no necesitamos de curas ni de nadie para redimirnos, igual que no necesitamos de nadie para hablar con Dios, porque vive dentro de nosotros.

Sí, tengo mis pecados, ya te lo confesé. Pero me los perdoné con esa excelencia que se nos otorgó para poder perdonar que nace cuando comprendemos que no hay pecados, sino siempre lecciones maestras que guían nuestras vidas y nos empujan a trascender, a olvidar que somos débil carne y recordar que somos chispas de Dios.

Me perdoné y, cuando lo hice, pude perdonarte a ti, porque el perdón sana y cuando uno sana, sanará al otro también. Perdóname tú ahora, porque te toca y porque quiero caminar libre. Libre de juicios, libre de culpas y más que nada, libre, por fin, de ti. Aunque ya sabrás: antes tendrás que perdónate a ti…

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