Plantas maestras, física y metafísica

Hay un principio chamánico que dice que es imposible imaginar nada, porque cuando uno cree que se está imaginando cosas nuevas, en realidad accede a otras posibilidades ya creadas en otras dimensiones que están esperando su materialización en este plano. En realidad, solamente tenemos consciencia de una ínfima parte de nosotros mismos, pero de hecho nos rigen discretamente otras fuerzas: el subconsciente, el supraconsciente y a lo mejor otras que ni siquiera llegamos a sospechar, de momento. Jung decía: «Hasta que el subconsciente no se haga consciente, seguirá conduciendo tu vida y tú le echarás la culpa al destino». Ello se puede conseguir por medio de ciertas técnicas (meditación, regresión, hipnosis, relajación, etcétera), o con la ayuda de ciertas plantas maestras que los chamanes utilizan desde siempre: la ayahuasca, la wachuma o el cannabis, entre otras, que estimulan la producción de la DMT en nuestro cerebro, una sustancia psicoactiva que segrega nuestra glándula pineal, semejante a la melatonina y a la serotonina, que produce experiencias extracorpóreas e induce estados místicos, siendo una clase de conexión entre nosotros y lo divino.

Muchas de las tradiciones antiguas afirman que dentro de nuestro cuerpo existe una glándula maestra que es capaz de captar lo divino y, a la vez, enviar al campo universal nuestros pensamientos y emociones. Del tamaño de un guisante y en forma de piña, sin formar parte del cerebro, aunque ubicada en su centro, la glándula pineal es donde se reciben las transmisiones telepáticas y muchos de los antiguos, como por ejemplo Platón, Pitágoras o Descartes, se referían a ella como la «sede del alma». Otros investigadores afirmaron que existe una comunicación permanente y no consciente entre nuestro planeta y los seres humanos, que se realiza a través de la glándula pineal. A continuación, haré una breve referencia a su representación en nuestra cultura occidental, aunque las orientales son las que más la mencionan:

1) El Gran Sello de los Estados Unidos representa un ojo inscrito en un triángulo que flota por encima de una pirámide, poniendo de manifiesto su conexión simbólica con la glándula pineal, relacionada con lo que se conoce como el «tercer ojo» o el «ojo de Horus». Según algunos, lo anterior también tendría otro significado bastante más oscuro, delatando las intenciones de una élite conformada por individuos que se consideran «iluminados» y ocupan el pico de la pirámide, de dominar al resto de la sociedad que está en su parte inferior y a la cual ocultan el «secreto de la iluminación», el verdadero conocimiento, dentro de un Novus Ordo Seclorum donde el control sustituya la compasión que debería de ser la base de todas las relaciones humanas.

2) En la plaza San Pedro del Vaticano hay una estatua gigante que representa una piña (que es la forma de la glándula pineal), que se observa también en el báculo de los papas. La estatua está rodeada de símbolos egipcios y flanqueada por dos leones sobre pedestales con jeroglíficos egipcios y por dos aves que representan, con mucha seguridad, al Ave Fénix. En el mismo Patio de la Piña del Vaticano se puede contemplar una escultura extraña, una esfera dentro de otra, muy parecida a un ojo. Las dos esferas gigantes están giradas a noventa grados una respecto a la otra y parece que ello significa que, para acceder a otras dimensiones, deberíamos realizar un giro de este tipo en un movimiento llamado «rotación ortogonal».

3) El polémico escritor masón Manly Palmer Hall dijo que la masonería se remonta a las escuelas mistéricas egipcias y que su máximo secreto es la regeneración del ser humano en un estado divino mediante el despertar de la glándula pineal, que se consigue haciendo «subir el Fuego del Espíritu (en otras tradiciones llamado Kundalini) por los treinta y tres grados o segmentos de la columna vertebral. La masonería operativa, en el sentido más pleno del término, es el proceso por el que se abre el Ojo de Horus, el tercer ojo. (…) Como su nombre indica, la glándula pineal es la piña sagrada del hombre, es el ojo único que no se puede abrir hasta que Chiram (el Fuego del Espíritu, la Kundalini) se eleve a través de los sellos sagrados (los chakras), que se llaman las Siete Iglesias de Asia. La glándula pineal es un órgano espiritual que está destinado a ser lo que fue en tiempos, a saber, un vínculo de conexión entre lo humano y lo divino», decía el escritor. Los francmasones, los alquimistas y otras sociedades esotéricas se referían a la glándula pineal despierta como la Piedra Filosofal y el anterior mencionado escritor decía que: «La Piedra Filosofal es un símbolo antiguo del hombre perfeccionado y regenerado, cuya naturaleza divina resplandece. El que posee la Piedra Filosofal posee la Verdad, que es el mayor de todos los tesoros; es inmortal, porque la Razón no tiene en cuenta la muerte; y está curado de la ignorancia, que es la más repugnante de todas las enfermedades».

Investigaciones recientes han demostrado que ciertas plantas usadas por los chamanes desde tiempos inmemoriales, como la ayahuasca, los hongos, el cannabis o la wachuma, favorecen la producción de la DMT en el cerebro, estimulando las funciones de la glándula pineal. Por lo que, mejor quitarnos las vendas de los ojos y dejar de catalogar estas plantas como drogas y, a la vez, aprender cómo usarlas para mejorar, en lugar de buscar en ellas un escape momentáneo a nuestras tensiones. Son plantas maestras que no producen adicción física, aunque sí psíquica en el caso del cannabis, si es consumido a la ligera y sin una intención pura. En realidad, ninguna planta maestra produce adicción, sino todo lo contrario: limpian tanto a nivel físico como emocional y energético. De hecho, incluso diría que es imposible que se vuelvan adictivas ya que, excepto el cannabis, no se pueden consumir con frecuencia o en grandes cantidades porque el cuerpo las rechaza naturalmente si no le sirven o no es el momento adecuado. Incluso el cannabis es un medicamento natural y la única razón de estar prohibido en muchos países es porque es una fuente de ingresos muy jugosa de la cual se aprovechan incluso los gobiernos, como se verá más adelante en este libro. Pero hubo tiempos cuando fue uno de los sacramentos en ciertas culturas, como por ejemplo en Etiopía, o fue utilizado como moneda de cambio en las colonias americanas. Como curiosidad, la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776 fue redactada en papel de cannabis y cuando la reina Victoria de Inglaterra sufría de dolores menstruales, su médico le recetaba marihuana, convencido de que es la mejor medicina para los dolores femeninos, que utilizaba incluso para preparar los partos.

Las plantas maestras nos ayudan a cambiar nuestro estado de consciencia y a percibir otras dimensiones y el que últimamente se hayan visto demonizadas es porque su consumo consciente facilita nuestra conexión con otros niveles de la realidad. Si tanto nos quieren el bien, deberían ser objetivos y prohibir todo lo que daña nuestra salud: el gluten de nuestro pan (y también de nuestra cerveza), el azúcar (además de tóxico, es muy adictivo), las carnes rojas (nuestro sistema digestivo no las puede digerir y se pudren en los intestinos provocando cáncer de colon, además de otras enfermedades), el alcohol (es una de las adicciones más difíciles de superar y corta la conexión con lo divino), la comida envasada en aluminio (es uno de los elementos más tóxicos para el ser humano), el wifi , el flúor de la pasta de dientes y del suministro público de agua y un largo etcétera.

William James, filósofo y psicólogo estadounidense con una larga y brillante carrera en la Universidad de Harvard, decía: «Nuestra conciencia normal de vigilia, que nosotros llamamos racional, no es más que un tipo especial de conciencia y a su alrededor, separadas de ella por la más transparente de las películas, existen formas potenciales de conciencia totalmente diferentes». Acceder a ellas se consigue mediante el trabajo con nuestro subconsciente y hace poco se confirmó el papel más que importante que el mismo tiene en nuestras vidas. En realidad, es el «gran jefe», el que nos rige, como decía Jung, aunque no lo pudo demostrar en su tiempo. Se ha demostrado que, antes de que nosotros seamos conscientes de algo, el subconsciente ya lo ha procesado, mandando a nuestro cuerpo los impulsos necesarios para actuar en consecuencia. Por ejemplo, si estoy sentada en el sillón y decido irme a dormir, por lo menos un segundo antes de ser consciente de mi deseo de irme a la cama, mi cuerpo ya empezó a levantarse. Mi subconsciente conocía con antelación la decisión que iba a tomar y el momento exacto cuando ello iba a ocurrir y coordinó los músculos y órganos de mi cuerpo para llevar a cabo dicha acción, por lo menos un segundo antes de que yo fuese consciente de ello. En este caso, ¿quién tomó la decisión? ¿Yo, o mi subconsciente? ¿Quién mandó la orden a mi cuerpo de levantarse del sillón, si yo aún no había pensado en ello? Es obvio: mi subconsciente, que me conduce desde la sombra. Por ello es recomendable comunicarnos con este gran desconocido que tanta importancia tiene en nuestras vidas y reprogramarlo, diciéndole lo que deseamos que se manifieste en nuestra vida. La fórmula que yo uso con más frecuencia es esta: «Que se haga la voluntad de Dios en el mundo y en mi vida, para mi bien y el bien de los demás seres divinos del universo. Que Dios se manifieste en mí en todo momento. ¡Así sea! ¡Así es!». Esto no significa que abandono mi poder personal en manos de nadie, sino que ordeno a esa parte desconocida mía que actúa desde la atemporalidad y que tiene consciencia de todo lo que existe en todo momento, que se active en la dimensión terrenal de la que soy consciente. Creo que es la «magia» más simple y efectiva de las que existen. Eso sí, luego hay que fluir y prepararse para lo que venga, porque los caminos de Dios a veces se vuelven muy tortuosos.

Los chamanes predicen desde siempre que la paz reinará en el mundo cuando los hombres se den cuenta de que son uno con el universo, que entre todos formamos el Todo (el Absoluto, Dios). Últimamente, muchas ramas de la ciencia moderna se han visto obligadas a reconocer esta unidad intrínseca de la existencia, de la cual nosotros, los seres humanos, formamos parte. Es lo que los místicos e iluminados de todos los tiempos y credos de la tierra intentaron hacernos ver: que todos estamos interconectados, que «Todos somos Uno». Mi opinión es que la ecología es la más completa en este sentido ya que, además de desarrollar la ciencia de los ecosistemas, abarca disciplinas muy variadas que desarrollan nuevas formas de vivir, nuevos sistemas de valores, nuevas estrategias económicas y políticas, reconociendo el valor intrínseco de todos los seres vivos dentro de un profundo sentimiento de conectividad y unión.

Por otro lado, la física, la madre de todas las ciencias, tiene aplicación no solamente en el campo de la tecnología, sino también en el del pensamiento y de la conciencia, y nos ofrece una visión del mundo similar a la de los místicos, en el sentido de la unidad e interrelación de todos los fenómenos. La física moderna describe el mundo como un sistema de componentes inseparables, interrelacionados entre sí y en constante movimiento, siendo el observador (nosotros mismos) una de las partes que lo integran. La teoría cuántica demostró la unidad básica del universo y nos mostró que, a medida que nos adentramos en la materia, no descubriremos ningún «ladrillo básico» aislado, sino una clase de telaraña de relaciones que se dan entre las distintas partes del conjunto, donde la conciencia del observador humano tiene un papel de primer orden. La teoría de la relatividad de Einstein fue el detonante de este proceso al demostrar que las partículas de materia (que componen nuestro universo material, incluidos nuestros cuerpos) nacen de la energía. Se podrá dividir la materia las veces que queramos, pero nunca obtendremos trozos más pequeños, sino otras partículas que surgirán de la energía aportada en el proceso. En realidad, la materia es algo completamente mutable y las partículas pueden ser creadas partiendo de la energía, o desvanecerse en ella; ello es la explicación de los milagros de materialización de objetos de la nada que han sido documentados y probados con cientos o miles de testigos, como en el caso de Sai Baba, por poner un ejemplo.

La unidad básica del universo se observa sin lugar a dudas a nivel atómico y la teoría cuántica demostró que las partículas no son granos aislados de materia, sino patrones de probabilidad. Cuando las observamos, no vemos sustancia alguna, sino modelos dinámicos que cambian de forma permanentemente, en una clase de danza eterna de energía (representada en el hinduismo por la Danza de Shiva). El «campo cuántico» aparece como una continuidad presente en todo el espacio, siendo las partículas simples condensaciones locales de este, como una clase de concentraciones de energía. Einstein dijo: «Podemos considerar la materia como constituida por las regiones del espacio en las cuales el campo es extremadamente intenso. En este nuevo tipo de física no hay lugar para campo y materia, pues el campo es la única realidad». Walter Thirring, profesor de física teórica en la Universidad de Viena y director de la División de Teoría del CERN entre 1968 y 1971 completó: «El campo existe siempre y en todos los lugares; nunca puede ser eliminado. Es el que transporta a todos los fenómenos materiales. Tanto el aparecer como el desaparecer de las partículas son sencillamente formas de movimiento del campo».

La física moderna estableció que la conexión que se da entre el observador y el fenómeno observado es absoluta, que no se pueden separar, demostrando que todo lo que vemos en la naturaleza no son más que creaciones de nuestras mentes. El galardonado Nobel, Niels Bohr y el académico Werner Karl Heisenberg, nombres de mucha carga en la física moderna, demostraron que, además de las conexiones locales que se dan entre las partículas de materia como partes que integran un todo unificado, existen otras no locales que son instantáneas e imposibles de predecir que interconectan diferentes partículas muy distanciadas en el espacio de forma instantánea. David Bohm, físico que se adelantó más que ninguno en el estudio de las relaciones que se dan entre la materia y la conciencia, se refirió a una «totalidad irrompible», siendo las conexiones no locales un aspecto esencial de la misma y la mente y la materia, proyecciones de una realidad superior que no es materia ni conciencia.

Si la física moderna demostró la unidad e interconexión de la materia en la primera mitad del siglo pasado, Cleve Backster, pionero del polígrafo y exempleado de la CIA, demostró que la misma se da a nivel de nuestras mentes y también con los animales y las plantas. Estando una noche en su laboratorio, a Backster le vino la idea de conectar el polígrafo a una planta que le había regalado su secretaria y, para su gran sorpresa, constató que su actividad eléctrica tenía el mismo gráfico que el de un ser humano, mostrando patrones de miedo cuando le acercó una cerilla amenazándola con quemarla, o de tranquilidad cuando le enviaba pensamientos amorosos. Backster descubrió que cuando empezamos a cuidar de una planta, ella seguirá nuestros pensamientos y sentimientos incluso si estuviésemos separados por grandes distancias. El mismo es el caso con los animales. Un día, Backster observó patrones de terror en su planta y se dio cuenta de que se habían registrado en el mismo momento que él vertía una cazuela de agua hirviendo en la pila de su laboratorio. Cuando las bacterias que vivían dentro de la pila murieron al entrar en contacto con el agua hirviendo, su planta efectivamente «gritó» de miedo. Los mismos resultados se produjeron cuando Backster conectó el polígrafo a huevos de gallina, bacterias de yogur, verduras o células humanas vivas, demostrando de esa forma que todos los seres vivientes estamos sintonizados con nuestro entorno y que cuando se produce algún sufrimiento o muerte, todas las formas vivientes que se hallan próximas al lugar tienen una reacción eléctrica inmediata, como si compartieran el dolor. De la misma forma, Backster descubrió que si uno reza por las plantas con las que se nutre y les agradece antes de consumirlas, enviándoles pensamientos positivos, esas aceptan su papel de nutrirnos y mantenernos vivos y el polígrafo deja de registrar patrones de miedo.

En los años 90 del siglo pasado otro pionero, esta vez en el campo de la biología, Rupert Sheldrake, un bioquímico inglés, formuló una teoría que, aunque sin ser aún reconocida de forma definitiva por la ciencia oficial, sigue siendo una de las más revolucionarias en este campo: la Teoría de la Resonancia Mórfica. Según esta teoría, las mentes de todos los individuos de una especie están unidas dentro de un mismo campo mental al que Sheldrake llamó «morfogenético», que contiene toda la información que esa especie recopiló a lo largo de su historia y que se transmite a cada uno de los individuos que la conforman. Ello tiene un parecido asombroso con lo que los antiguos sánscritos llamaban «akasha» y también podría explicar el origen de los instintos. Sheldrake dijo que: «Existen en la naturaleza unos campos, los cuales son como estructuras organizativas invisibles que moldean o dan forma a tales cosas como plantas o animales, que también tienen un efecto organizador en la conducta». Parece ser que estos campos no están formados de energía, sino que contienen información y perduran a través del espacio y tiempo sin sufrir pérdida alguna, conformando galaxias, plantas o animales que se organizan por sí mismos y cambian a la vez que el sistema al que se asocian. Así apareció lo que se llama la Teoría del centésimo mono, que demostró que las habilidades que desarrolla uno de los miembros de una especie se transmiten a los demás miembros de la misma, incluso si se encuentran a miles de kilómetros de distancia.

Sin embargo, lo anterior no es nada nuevo, ya que todas las corrientes místicas y filosóficas antiguas desde siempre afirmaron la unidad de la existencia, empezando con el hinduismo y el yoga y siguiendo con las escuelas iniciáticas del antiguo Egipto e incluso el cristianismo temprano. La ciencia moderna no hace más que confirmar lo que los antiguos nos dijeron hace milenios y uno de los libros que más lo demuestra es el best-seller El Tao de la física, del físico académico Fritjof Capra (el libro que marcó un antes y un después en mi evolución).

 

Fragmento de mi libro, La Bruja del Amor

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