Quiero tu fuego y quiero tu locura…

El corazón tiene sus propias leyes, que solo él entiende. Son leyes fuera de la razón así que, por mucho que les busques la lógica, no las comprenderás con la mente. Las mejores consejeras para este tipo de asuntos son esas noches en blanco entrelazadas con días con las persianas bajadas, la música a tope en los auriculares y la locura merodeando por las esquinas de tu cuarto. «Paz y paciencia», te dicen las bocas amigas. Pero la paz se ahogó en tus lágrimas con sabor a océano y la paciencia nunca fue tu don ni quieres que lo sea. No, no tengo paciencia ni me gustan los que la tengan. La paciencia es aburrida y ahoga el fuego interno, es cómoda para los que buscan seguridad, pero cobarde para los que confían en la bondad del universo porque… para qué tanta paciencia y vueltas y más vueltas, cuando sabes que todo está perfecto y que la perfección de los mundos se refleja incluso en nuestros peores errores, ya que nada pasa por azar e incluso cuando nos equivocamos, nos equivocamos por algo. Por lo menos esta fue la lección maestra de mi vida, o bueno, una de ellas. Acaso no sabes que los mayores sabios fueron los que más se equivocaron? Ellos sí saben que no hay mejor maestro que el error. Así que no, cariño, no quiero tu paciencia. Quiero tu fuego y quiero tu locura. Te quiero salvaje, con el pelo alborotado y gritando tu pasión porque ya no te cabe en el pecho. Porque solo así harás juego conmigo, y con mi locura…

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