Si un día después de la guerra aún queda amor…

Miró el castaño, sonriendo al verde inocente de sus hojas que tanto había echado de menos el invierno pasado. Por entre sus ramas, el cielo brillaba con destellos hipnóticos y unas cuantas nubes se desperezaban sin prisa. El murmullo del océano se escuchaba a lo lejos, como un recuerdo que no quiere dejarse olvidar.

«Paz», pensó levantando su mirada que dejaba entrever el cansancio de presenciar demasiados dramas que no pudo ni supo amainar. «Paz», siguió pensando. «Me pregunto si alguna vez este mundo será redimido, si alguna vez se hartarán de desenterrar el hacha de guerra y aprenderán que, sin paz, no hay camino, que no se puede tocar a Dios si el ruido de los tambores de guerra ensordece el mundo». Se acercó al castaño, acarició su corteza del color de la tierra y lo abrazó con ese amor que a veces sentía desbordarse desde su pecho como un río, como queriendo envolver en olvido lo que pudo ser, pero no fue. «Mi vida está repleta de tus recuerdos y a veces oigo tu voz como si estuvieras a mi lado, como un fantasma que no quiere estar, pero tampoco marcharse. Anda, besa mis heridas y sana las grietas que me cavaron en el alma los que no me amaron, y vamos a olvidarnos de todo…», pensó con melancolía.

«El mundo sin ti es soso», le pareció escuchar su voz, como el aleteo de una brisa que no se atrevía acercar por miedo a que la rechazara y la perdería de nuevo. «Si estuviera contigo, le diría al tiempo que pare, que deje de correr, que sus segundos se vuelvan infinitos, a ver si así me aburro de ti. Que perdamos las mentes, para así olvidarnos de las guerras que enloquecen el mundo. Qué extraño es este amor que siento por ti… Es ese amor que hace que ames en una mujer lo que odiarías en todas las demás. Ese amor que hace que, pese a conocer todos tus vicios, locuras y desmadres, los perdone todos porque sé que jamás podría olvidar tu sonrisa, que es manjar para este loco que te ama, pero no sabe cómo amarte y, por miedo a perderte, prefiere huir».

El viento removió las hojas del castaño y sintió de nuevo esa melancolía que tan familiar se le había hecho esos últimos años. Recordó sus labios y le pareció escucharlo cantando el estribillo de una canción de los sesenta:

«Un día después de la guerra,

Si hay un día después de la guerra,

Te tomaré en mis brazos y te haré el amor.

Si un día después de la guerra aún tenga brazos;

Si un día después de la guerra aún queda amor»…

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