Sin lodo, no hay loto

Últimamente se me ha dado por escribir sobre el amor. Supongo que lo hice para comprenderlo mejor porque, en mi opinión, es la esencia de la vida, el Alpha y el Omega de la existencia. Lo deshice en casi todas sus facetas, hurgando dentro de mí ser y también fuera, intentando entenderlo lo mejor que pude. No sé si lo he comprendido aún y, de hecho, pienso que en este mundo nadie o muy pocos pueden presumir de comprender el amor. Más bien creo que es un tema abierto que evoluciona a la vez que evolucionamos nosotros, cambiando sus matices y valores en función de los colores que adquirimos cada cual en nuestro camino evolutivo.

Pero a la vez soy sincera. No presumo de ello, porque la verdad es que, en mi vida, ello ha sido más bien un castigo, que un premio. Pero prefiero quedarme así, da menos quebraderos de cabeza que inventarse y luego mantener una mentira. Soy sincera principalmente para conmigo misma; también para con los demás, pero si para con ellos sí admito, cuando las circunstancias lo requieran, eso que llamamos «mentiras piadosas», para conmigo misma ni eso, prefiero la verdad pura, aunque desgarre el alma. Eso porque considero que la mentira es el primer paso hacia el mal y la prueba de ello es este propio mundo, donde la mentira es reina absoluta e incluso se ha llegado al absurdo de llamarla «libertad de expresión» – y así les va.

La combinación de las dos cosas anteriores resultó en que, en este intervalo de poco más de un año durante el que decidí dedicar algunas de mis letras e instantes de vida a este tema llamado «amor», pinté no solo sus rosas, sino también sus espinas, garabateando sus tristezas pasajeras de la misma forma y con el mismo ímpetu con los que dibujé sus bellezas. Podría haberme contentado solo con lo primero, y la verdad es que habría recogido más laureles, porque está claro que la gente prefiere leer algo bonito – y les doy toda la razón, porque comprendo el hambre de belleza que muchos sufren en este mundo donde, muchas veces, los grises ganan demasiado terreno. Pero, si lo hubiera hecho, no habría sido sincera – y yo lo soy -, y tampoco habría ayudado con nada el proceso de aumento de la consciencia, que es el reto de todos y cada uno de nosotros.

Lo digo porque este mundo es dual, un mundo de luces y sombras, y madurar aquí significa ser capaz de afrontar la realidad en todas sus facetas, manteniendo el equilibrio en cualquier circunstancia: en la alegría y en la tristeza; en los momentos de amor y en los de desamor; en la riqueza y en la pobreza. Sin ese equilibrio nunca seremos capaces de trascender, de superar nuestros condicionamientos y los de este mundo. Es fácil mantener el equilibrio en los momentos de bonanza, pero la verdadera maestría se adquiere cuando uno se mantiene ecuánime en medio de la locura, de ese dolor atroz que a veces nos desgarra el pecho, o cuando nos acechan miedos y problemas existenciales tan graves, que pensamos que es un milagro que aún respiramos.

Igual que el maestro Jesús dijo hace dos milenios que no tiene merito alguno el que ama solo a los que lo aman, ya que esto lo puede hacer cualquiera, y que el reto es amar a los que no te aman – o por lo menos perdonarlos -, de la misma forma considero que no tiene merito alguno el que es capaz de mantener el equilibrio solo en los momentos amenos de la vida, sino que el reto es manifestarlo en todo momento e independientemente de las circunstancias exteriores, aprendiendo a extraer el aliento de vida de nuestras propias aguas interiores. En un mundo dual como este, hay que integrar tanto la luz como la oscuridad, comprendiendo que ambas son aspectos de la misma realidad que nos ayudan a percibir de forma completa y plena lo que nos rodea, porque, ¿se puede saber qué es el amor, sin experimentar también el desamor? ¿Se puede saber qué es el calor, sin haber sentido antes el frío? ¿Se puede saber que es el blanco, sin saber qué es el negro?

Trascender las propias sombras y, consecuentemente, las de este mundo, es imprescindible en nuestro devenir, en nuestro camino hacia lo que verdaderamente somos: hijos del Absoluto, células de Dios y pensamientos que crean mundos y vida – porque todos creamos, aunque la mayoría lo hace sin ser consciente de ello aún. Por esto escribí sobre el amor en casi todas sus facetas, bendiciendo de la misma forma y con el mismo empeño tanto al amor como al desamor, porque sé que, sin lodo, no hay loto; que, sin comprender y trascender el dolor, el miedo, la traición, nadie se comprenderá ni trascenderá a sí mismo y su débil condición de carne cuya meta (obligatoria sí o sí) es volverse Espíritu.

Ahora siento que es el tiempo de volver, en breve, a mi primer amor: la investigación. Lo haré de la misma forma, expresando tanto las luces como las sombras de mi objeto de análisis, aunque eso puede hacer que algunos me rompan más platos en la cabeza de las que me gustaría. Pero es lo que hay, soy sincera, odio la mentira, y prefiero platos en la cabeza, que laureles por mentir, o por expresar solo una parte de la verdad. Ha sido un bonito año este de hablar con vosotros sobre el amor, de abrir mi alma muchas veces (una bendita terapia y un excelente ejercicio de apertura de la solitaria que escribe estas líneas, con sus fuertes tendencias hacia la introspección y aislamiento). No descarto seguir haciéndolo, si el tiempo me lo permita y si las ganas me empujan a ello, pero de momento creo que es un capítulo cerrado del que he aprendido lo que tenía que aprender y por lo que doy las gracias y me despido.

Feliz vida y siempre recordar que… Sin lodo, no hay loto.

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