Soledad

Hace tiempo que vivo en la compañía de tu añoro; y tú, tan lejos. Qué habrá de ti… Te habrán secuestrado los delirios sensuales de alguna sirena, o te habrán aprisionado los feroces piratas para pedir de rescate bellas doncellas que acompañen sus soledades y las de sus mares. Si supieras las veces que me he preguntado qué habrá de ti… Sé que me echas de menos, de esto no me cabe duda, por lo menos tengo una certeza y un aliciente para aguantar el paso tan lento de los días.

En tu ausencia tuve tiempo de hojear el libro de tus días, lo que me fue permitido leer, y muchas veces mi rubor se transformó en risas, aunque también me costó cabreos a rachas, eso bien lo sabes tú. Mirando tus pecados, pensé que soy virgen. Santa y virgen, a pesar de que mi alcoba también tuvo sus revuelcos, suspiros y noches sin pegar ojo. No fue un retorno a la inocencia – no sé si a mí edad y con mi cañera experiencia de vida eso aún es posible -, aunque algo de alegría sí que sentí pensando que hay otros más pecaminosos que yo, y me sentí perdonada por no haberme confesado nunca; un breve alivio que se agradece después de tanta desolación existencial.

Si me preguntaras cómo aguanté y me aguanté en todo este tiempo, no te lo podría decir. «De canción en canción», te respondería probablemente. Aunque, lo más seguro es que me callaría, enmudecida de repente y amnésica, olvidando en instantes el tierno castellano de noveleros trovadores y poetas desencantados. Puede que levantaría un hombro y luego seguiría mi camino como si nada, deseando dejar todo atrás, envuelto en un olvido milagroso del que no quiero que me quede ni siquiera un recuerdo.

Fue bello mientras te tuve. Aun lo recuerdo, aunque pasaron unas cuantas eras y desde entonces muchos mundos se fueron. Eras mi razón para sonreír cuando se despertaba el alba y por las tardes, cuando se escondía el sol. Luego, cuando ya no estuviste, me acostumbré a los inviernos sola. No tienen gran encanto ni lo tendrán jamás, y menos aún para mí, que soy de sangre caliente. Pero aprendí a aguantarlos porque, después de poder con tu tanta ausencia, ya no me rindo a nada. Por lo menos de algo me ha servido este sinsentido. Pero no, no tiene encanto el invierno, me tengo que acostumbrar con ello. Sin embargo, si estuvieras aquí, tampoco lo tendría, así que, ¿qué más da?

La noche pasada pensé que ya acabó esa cadena de infortunios que arremetió como trueno y tornado en mi vida y me arrebató todo, casi me robó el alma. Si me hubiera dicho alguien que eso iba a pasar, habría confesado los pecados de mis últimas vidas, todos, a cambio de una pizca de clemencia. Pero nadie me dijo nada, así que tuve que aprender a esquivar los batacazos a ciegas y a solas, rogando por la benevolencia del destino, que se quedó como fiel amante en todo este tramo que sorteé como pude y casi siempre por milagro. Y si algo me salvó, esa fue mi soledad. Sin ella y sus sesudos consejos jamás habría podido levantar la cabeza de nuevo, me habría quedado desvencijada en el suelo helado de los inviernos que a veces azotan nuestras vidas.

De todas mis fortunas pasadas me queda la fe, así que no tengo otra elección que hacerle caso y sucumbir a su calma, la misma que alivia a los moribundos cuando aceptan su destino. Morirse y luego resucitar suele tener este efecto pero, después de pasar lo peor y seguir vivo, también se pierden los miedos. A lo mejor debería haberme marchado hace tiempo y no lo entendí, cavilando tanto en ti, en cómo sortear la debacle sin sucumbir en el intento, y en qué debería haber aprendido de todo este dislate que a veces parece sin fin. No he comprendido gran cosa ni tengo ánimo de hacerlo porque, ¿qué se supone que se debe aprender de las desgracias? Sí, es cierto que he madurado bastante, pero, sinceramente, lo cambiaría por unas cuantas risas y una sabrosa dosis de inocencia. Puede que el logro más grande fue que aprendí a ser feliz incluso en el infierno, aunque está claro que preferiré serlo estando contigo, así que, ¿qué sentido tiene saber estar feliz en el infierno? De todas formas, es algo que todos aprendemos tarde o temprano porque muchas veces no queda otra opción, así que mejor pedir a la providencia que suministre la dosis con compasión, que fue lo que menos me concedió a mí.

No te pedí perdón por haberte roto el corazón cuando miraste, sin preguntarme, a quién amé antes de elegirte a ti. Tú tampoco te arrepentiste por darme tantos motivos para perdonarte, que casi me harté. Uno tras otro, que en cierto momento llegué a pensar que habías hecho trato con el trueno y la tormenta para arrebatarme el último soplo, aunque sabía que tú ibas por tu cuenta, que no te hacían falta truenos ni tormentas para sacar lo peor de mí. Lo peor y lo mejor, da igual, porque eres maestro en cavar las tierras de mi alma y sacar de allí lo que te apetezca, o sembrar lo que te dé la gana y esperar a ver qué sale. Pero estoy feliz, así me declaro, porque le sobreviví tanto a ella, a la tormenta, como a ti y, principalmente, a mí.

Lo que sí erré fue ponerte en un pedestal, como homenaje a la esperanza que sobrevive incluso en los condenados. Lo hice porque no supe expresar de otra forma eso que sentía, parecido a un grito que tenía que sacar fuera para que no me ahogara. Porque el amor callado ahoga, como todo lo que se calla. Así que tampoco te pediré perdón por eso porque no tiene sentido pedir perdón por algo que no pudiste ni supiste hacer de otra forma.

Bueno, se ha hecho tarde. Cierro aquí esta escueta misiva de pensamientos y añoro y me voy a celebrar. Montaré una de esas fiestas mías que monto a veces, a solas, con nuestras canciones y un capuchino doble; uno para mí, y el otro también, porque me lo merezco como galardón por haber sobrevivido a una vida que habría hartado a muchos hasta llevarlos al límite del aguante y de los días, pero que a mí solo me asustó lo justo para que el teatro de la existencia me pareciera un poco más real. Estarás aquí, conmigo, como siempre, difuminado por entre mis velas, mis inciensos y las esencias del difusor de aceites; también con el gato haciéndote mimos para ganarse tus gracias, y yo al lado, harta y sola, pero feliz…

 

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