Somos magia, aún sin saberlo

Aun lloviznaba perezosamente, pero ya no pudo aguantar. Se puso un vestido florido y salió afuera para celebrar la llegada de la primavera y saborear el olor de tierra mojada que le habían regalado las lluvias que habían caído durante la semana. Sonrió, sintiéndose más liviana que nunca. La comprensión le había traído el perdón que durante tanto tiempo había buscado y fue ese perdón el que le abrió otras percepciones y formas de entender los porqués de la vida, que ahora le parecían un puzle perfectamente sincronizado, como una orquesta que tocaba al son de un guionista invisible.

La comprensión llegó como un destello, como un relámpago que cayó con fuerza y sin avisar, materializándose de la nada y haciéndola comprender hondamente todas las lecciones que le habían llegado por medio de las personas y eventos que se habían sucedido en su vida. Entendió eso que un viejo amigo le había dicho tiempo atrás: que, más allá de la ilusión de este mundo, el amor siempre es correspondido, que solo puede ser correspondido porque fuera de esta existencia dual no hay blancos y negros, sino simplemente un aquí y ahora inmóvil y eterno donde todo está unido, y lo que une es justo el amor, por ello siempre está correspondido. Sintió que ese peso que había sentido casi siempre en su pecho se había vuelto de repente calma, esa calma sapiente que trae la sabiduría que nace cuando uno percibe la vida con la mente y el corazón a la vez.

Recordó al antiguo párroco del pueblo de su abuela, que visitó después de veinte años de dar vueltas por el mundo. Lo encontró sentado en el porche de su casa de al lado de la pequeña iglesia donde tantas veces se había ocultado de niña cuando jugaba al escondite. Lo miró y cuando vio sus ojos, que se habían vuelto azuláceos y apenas eran capaces de divisar algo a más de unos cuantos metros de distancia, sintió que el paso del tiempo nunca la había herido tanto. Lo recordaba alto y fuerte, un hombre con autoridad en el pueblo; pero ahora le pareció como la rama de un árbol que espera resignada y desnuda que el invierno la arranque y vuelva a jugar el eterno juego de renovación y de muerte y vida de la naturaleza. El párroco no reconoció en esa mujer de tez bronceada y ojos que habían visto mundos lejanos, a la niña que antaño regañaba a veces, más en broma que en serio, por curiosear por los rincones de su iglesia. Pero vio algo en ella, algo que ni ella había descubierto aún. «Escribe, hija. Vas a saber qué escribir cuando esto se una con esto», le dijo tocándole la frente y el pecho. Después, volvió a su mundo de sombras y no le dirigió la mirada hasta que ella se marchó, intentando no sucumbir a la honda melancolía y ternura que le despertaba ese lugar donde había pasado tantos momentos felices en su infancia.

Volvió al presente y se preguntó si eso que sentía era porque su mente y su pecho se habían unido, como le había vaticinado el viejo párroco, o porque ya había llegado la hora de parar el recorrido de su vida y simplemente esperar, estar sin hacer nada pero sintiendo todo, como si entre lo que la rodeaba y ella ya no había distancia ni diferencia alguna. Como si todo fuese un continuo en el que los acontecimientos no eran más que olas manifestándose en un mar infinito de energía inteligente. Sonrió cuando, de repente, se le pasó por la cabeza que su papel no era traer su grano de arena al mundo, sino EL grano, eso que solo ella podía hacer, que la hacía única en el universo, porque cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles – un logro que maravilla a cualquiera que es capaz de darse cuenta de lo que ello significa en una existencia que nunca cesa, solo cambia de formas y maestros. Dejó de sentirse insignificante y errando en un cosmos más intrincado que los pasillos de un laberinto imaginado por un loco, y empezó a percibirse cocreadora de lo que la rodeaba y que ahora le parecía un espectáculo perfectamente puesto en escena incluso en sus más minúsculos detalles.

«Celebremos la vida», pensó mirando a su gato que dormía tranquilamente en el cobijo que le había montado con una almohada vieja en el castaño que tenía de vecino al lado de casa. Sonrió al ver cómo movía los bigotes, paseando tranquilo por los reinos de los sueños, y casi lo despertó cuando estalló en risa al escuchar ese pitido que a veces sacaba, que no habría sabido decir si era ronco, agudo, o cómo, pero que siempre delataba alegría frente a las bonanzas de la vida. «Celebrémosla, porque no hay mejor maestro que su locura», le dijo tocándole un punto de la oreja que lo hacia moverla de una forma que siempre la hacía reír. «Es cierto que a veces duele como nada y sientes que te rompes en añicos, y también es cierto que a veces su belleza hechiza incluso a los dioses, pero hay que celebrarla justo por eso», le dijo de nuevo. «Celebrarla en medio de todas sus manifestaciones, sin importar sus polos de expresión, porque sus altibajos son nuestros mejores maestros y el sosiego solo llega después de bendecir su locura», pensó mientras se alejaba buscando un hueco donde el sol, aún tímido, calentara más.

«A algunos se les ha dado por pensar que manipulando al ser humano y cambiando los patrones de sus emociones podrían lograr que esto se vuelva un mundo feliz, pero yo digo que no, que no es así, que lo único que conseguirían sería un mundo inconscientemente feliz, como mucho, y sin suficientes garantías ni para eso. La inconsciencia puede aparentar ser felicidad, o por lo menos un estado de ánimo algo más liviano que el tremendo choque que se siente cuando se mira el mundo sin lente alguna; pero no es ni será jamás felicidad, porque la felicidad es justo ese vivir de forma consciente la vida y cada uno de sus segundos, aceptando y comprendiendo no solo su belleza, sino también sus sombras», pensó para sus adentros.

Cuando la felicidad depende del exterior, no es felicidad verdadera, sino solo un escalón hacia el logro de un estado de alma que todos tenemos que adquirir en algún momento. Está claro que lo interno y lo externo están conectados y se influyen mutuamente, pero cuando el ser humano madura, la felicidad pierde del todo esa dependencia del exterior y uno logra mantener su sosiego incluso cuando las lágrimas le chorrean por la cara y el mundo se derrumba debajo de sus pies. Pero la felicidad solo se adquiere por medio de la comprensión, cuando uno se vuelve maestro de sí mismo y de cada uno de los trozos que lo conforman, creencias y emociones incluidas. Eso de crear un «mundo feliz» manipulando mentes y creando nuevos patrones sociales es lo mismo que esconder la cabeza en la arena, que no le sirve ni al avestruz que se lo inventó; como para pretender que nos funcione a nosotros… A nosotros, seres humanos hechos de carne, mente y vahos de Dios, solo nos puede salvar la locura del mundo, porque estamos concebidos para sobrevivirle y para trascenderla y trascendernos incluso en medio de su infierno. Nos volvemos dioses cuando los últimos muros de la ignorancia se derrumban y empezamos a ver el mundo sin ningún filtro, sin miedo alguno, cuando hemos conseguido salir fuera de la caja social que nos tocó vivir y nos volvemos niños; o sea: sin prejuicios, sintiendo la existencia con la inocencia que solo la verdad y unos sentidos purificados otorgan. Solo entonces empezaremos a manifestar la magia que creó este universo. Porque somos magia, aún saberlo…

 

Imagen de Deflyne en Pixabay

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