Sonrisa del cielo…

Hoy, las aguas del océano se volvieron turquesas, reflejando la sonrisa del cielo, y el vaivén de sus olas me recordaba nuestros abrazos. Calma. Calma dentro del movimiento, para lograr el equilibrio que se hizo echar de menos estos últimos meses. A lo mejor todo eso pasó para que aprenda la calma, un ingrediente imprescindible en cualquier batalla. Aunque, sinceramente, no creo que haya aprendido la lección, porque la paciencia no es mi don, y espero que el destino me lo perdone; aún sigo buscando la calma, pero cuando la encuentro, me aburre, porque soy un culo inquieto. Mi mente también es un culo inquieto, su runrún no para ni bajo las peores amenazas y a veces me regala genio, otras, locuras enredadas; sabe que, cuando para, se ilumina en la calma del océano mental que envuelve y crea los mundos – «Todo es Mente», me guiñan los Arcanos de Hermes -, y a lo mejor es eso lo que más teme, porque la maya, este mundo de espejismos en el cual existimos, aún la tiene encantada, prisionera de sus hechizos, aunque no lo quiera admitir.

Sin embargo, hoy, igual que casi siempre, encontré la calma en la orilla del océano. Él también te echa de menos; me dijo que si te entran ganas de besarlo, que olfatees su brisa, que llega hasta allá lejos, donde estás tú ahora, en ese lugar remoto que te arrebató a mi amor y a mi abrazo. Dijo que sabrás distinguirla en el buqué de vientos que soplan allá, porque en tiempos remotos fuisteis una. Como yo te echa de menos el océano… conseguiste domarlo cuando aprendiste a hacerte una con él, y algo tan sublime nunca se olvida.

Hoy, como tantas veces, me perdí por entre los destellos turqueses del océano que reflejaba la sonrisa del cielo, y que tanto te amó; como yo te amó, como yo cuando desfallezco gritando mi placer e hiriendo tu piel…

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