Te mereces todo…

– Lo sé todo de ti. Espero que no te entren vergüenzas sin sentido debido a ello – le dijo él como una clase de sentencia final, mientras ella no sabía si reírse a carcajadas para ocultar el choque que le habían provocado sus palabras, o inventarse algún truco para desaparecer, avergonzada de que alguien más que ella conocía tanto de sí misma.

Después de una breve pausa cuando el tiempo pareció haberse fugado, se acercó un paso y con un ademán de apartarle una mecha de pelo de la cara, le dijo:

– En realidad, sé de ti más de lo que sabes tú misma. No quiero que esto te asuste – añadió, mientras intentaba comprobar el efecto que sus palabras habían tenido en ella.
A ella le pareció que los cielos se habían abierto y un leve mareo empezó a envolverla, trasportándola a una dimensión que aún no conocía, que era más dulce que todo lo que había sentido hasta entonces.

– Si no fueras tan guapo, me esfumaría ahora mismo – le dijo más con una sonrisa, que con palabras, intentando ocultar la fuerza de lo que sentía y dándose cuenta de que le costaba como nunca volver a la dimensión de este mundo. Pero eres tan guapo, que ni por vergüenza me esfumaría – le sonrió de nuevo después de unos instantes, abandonándose sin oponerse ya a ese dulce mareo que la trasportaba a un plano que, aun desconociendo, le encantaba como nada antes.

De repente, empezó a sentir una extraña apertura en el pecho que no recordaba haber sentido antes y, en lugar de esfumarse ella, empezó a hacerlo todo lo que la rodeaba y todo lo que era, o pensaba haber sido hasta entonces. Lo miró a los ojos y se fundió con su mirada, que la envolvió como el más dulce de los olvidos y la más tierna de las memorias. Por su mente empezaron a sucederse recuerdos como relámpagos de iluminación, trayendo sus rostros a través de las eras, que volvió a amar con la misma fuerza de aquellos tiempos lejanos. Le parecía que conocía todos sus gestos y a veces incluso sus palabras, antes de que él las pensara siquiera. Quería reír y saltarle en brazos, pero no se pudo mover porque una clase de hechizo misterioso y desconocido le selló los labios como una bendición silenciosa, como un encantamiento que le gustaba tanto, que el deseo de que esos instantes fueran eternos se volvió su único deseo. Intentó disimular y mantener la compostura, pero sabía que había perdido la cordura y ello ni siquiera le importaba. Lo único que sentía era ese fuerte deseo de que todo eso se volviera eterno.

El tiempo ya no importaba y no supo si habían pasado segundos, o siglos, desde que se había adentrado en esa mirada color azabache que la envolvía como las aguas calmadas de un océano y que le daba seguridad, pese a las fuertes emociones que la recorrían como olas de una dimensión que su ser apenas empezaba a vislumbrar con sorpresa. Sentía que sus mentes y almas se habían unido en esa mirada, que se habían hecho una y que las palabras sobraban. Pensó que no podía hablar ya, que había olvidado todos los vocablos, y se sorprendió cuando se escuchó diciéndole con voz entrecortada:

– Yo también siento como si te conociera, incluso mejor que tú mismo, porque antes te amé incontables veces en otros rostros ajenos en que creía haberte encontrado, que pasaron por mi vida como las piezas de un puzzle que, por mucho que intentaba, no conseguía encajar del todo porque faltabas tú, aunque yo aún no lo sabía.

– ¿Esto sientes ahora? – le sonrió él y después de una breve pausa añadió: ¿Qué es lo que más sientes ahora?

– Siento que ya no quiero buscar, que mis búsquedas ya no tienen sentido, que todo lo que quería saber lo tengo delante ahora, que lo único que quiero es mirarte sabiendo que siempre amaré tu mirada y que todas mis respuestas están allí, en tus ojos. «¿Y tú? ¿Me amas como yo te amo a ti?» – quiso añadir, pero frenó las palabras antes de que salieran de su boca, pensando que estropearían con ansias lo más bello y completo que había sentido en su vida.

Él pensó que también se veía a sí mismo en ella y le entraron unas ganas locas de reír. La sentía más descolocada que nunca y apenas ocultó sus ganas de reírse a todo pulmón, pero decidió que era más picante delatarse poco a poco y sonrió pensando que esa mirada descolocada le sentaba mejor que todos los trucos con que solía disfrazarse.

– ¿Qué he hecho tan bueno para merecerte? – lo preguntó ella apenas oído y la inocencia de su pregunta casi lo hizo delatarse y estallar en risa, pero en un último instante se frenó, pensando que sería más delicioso posponerla por unos cuantos ratos más.

«Te mereces todo el tiempo que no me cansé de esperarte, aun cuando ni sospechaba que existías ni cuánto podría llegar a amarte» – quiso añadir ella, pero en lugar de ello lo miró y le dijo sonriendo:

– Vámonos a jugar. A reír. Tengo ganas de reír. Reírme como una loca que es capaz de reírse y amar incluso en una batalla. Reír como nunca me he reído, como había olvidado que se puede reír. Reírnos y leer en tu risa todo lo que quiero saber de ti y del mundo. Reírnos como si ello fuera lo más sublime del universo, como se ríen los sabios cuando descubren que el misterio más arcano siempre estuvo debajo de sus narices, reír para festejar que me han regalado toda la belleza del mundo porque… ¿qué he hecho tan bueno para merecerte?…

 

                                                                  – Continuará –

 

Fragmento de «Vida desnuda», de Mónica Nita

Imagen de ArtTower en Pixabay

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