Una bella eternidad…

La brisa me trajo tu perfume, mezclado con olor a lluvia y mar. Me envolvió en un abrazo colmado de añoro que sentí como si fuera tuyo, porque así me solías abrazar tú. Miré las olas nadando suave hacia la orilla, como sí el mar le hiciera el amor a la tierra en una danza salpicada por gotas de sol que reían alegres en los reflejos del agua; como unas niñas que descubren la vida.

De repente, sin darme cuenta, el tiempo pereció; dejó de existir incluso su recuerdo y, en su lugar, sentí paz. Una paz extraña, atemporal, que lo envolvía todo, como las aguas de un lago sin olas ni orillas cuya belleza apagó todos mis apegos a este mundo. Pensé que, por un solo segundo de esa paz, renunciaría sin arrepentirme a una eternidad en la tierra.

Me acordé de ti, tan bello, hace tiempo. Ese momento que duró unos cuantos instantes, cuando un rayo de sol brilló en tu pelo de una forma que nunca olvidaré, entró a formar parte del eterno que siempre nos envuelve y del que somos ondas, como las olas de un mar. Me pregunté si la eternidad acaso es solo una creación nuestra inconsciente, formada por momentos como ese, que se juntan para cumplir el sueño de inmortalidad que siempre fascinó al ser humano.

Me gustaría que estuvieras aquí, callado, a mi lado, contemplando juntos la belleza del mundo. Pensé que, a lo mejor, la única forma de borrar las guerras es recordar a los seres humanos esta belleza que siempre nos rodea, pero que tantos la han olvidado y ya no la ven, aunque está en todas partes. Porque esos momentos que se vuelven eternos cuando contemplamos la belleza del mundo son los que devuelven la inocencia a las almas, y es ese amor que nace en esos instantes, que no tiene objeto alguno, sino que solo corre desde el corazón envolviéndolo todo incondicionalmente y sin juzgar ya nada, el que borra y sana los tantos absurdos de esta afligida humanidad.

Me gustaría que estuvieras aquí, a mi lado, jugando con el mar, con su brisa, las olas, el sol y mis risas, y construir juntos una bella eternidad…

 

 

Imagen de Dimitri Svetsikas en Pixabay

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