Y las manos se volvieron abrazos

Le tendió la mano y ella se la cogió con algo de recelo, que percibió como un suspiro dentro de sí misma.

«Su falta de confianza tiene una dulzura peculiar», pensó él, y en un gesto involuntario se la apretó un instante, intentando mientras disimular la pequeña sonrisa que nació de repente en la comisura de sus labios.

«Confío en él, aunque sé que piensa al revés. Pero me gusta, porque el misterio añade algo de picante, que nunca sobra en los comienzos», pensó ella e, involuntariamente (y como si nada), acarició esa mano, cuyo calor empezaba a percibir que era el mismo que a veces subía desde las honduras de su alma cuando la belleza de algún atardecer estremecía sus miradas.

«Parece tan frágil, que no sé dónde cabrá esa alma en ella», pensó él, parando otra caricia, que temió que lo delatara demasiado y demasiado temprano.

«Parece tan humano, aunque los fuegos de tantas estrellas vivieron y aún viven en él», pensó ella volviendo la mirada al cielo, para que el brillo de sus ojos, que nació de repente y sin sonrojarse, se mezclara con el brillo del sol que empezaba a desperezarse por encima del océano, disimulando así eso que sentía y aún escondía, por pudor y por no saber aún que rostro mostrarse para gustarle.

«Ninguna de tus mascaras me gusta más que tú», pensó él, sonriendo.

Entonces ella lo miro… y las manos se volvieron abrazos.

(Mónica Nita – Camino de Libertad, 3º Volumen)

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